Teresa Núñez

 

 

 

Ocho poemas

 

   


 

 

 

 

ÉL PIDE UNA CERVEZA EN LES DEUX MAGOTS Y PUEDE QUE SEA SÁBADO

  

         Monsieur, tráigame un bosque

inflamado y armónico.

Tráigame un cementerio

con la tumba de Sartre y de Simone.

 

         (A veces, hasta puedo

beberme de una vez el Louvre

y tres jardines)

 

         Si le parece bien, que flote la aceituna

dulcemente, suplico.

 

         Sobre la mesa tiembla – como un ave –

el silencio.

Y una luz va curvando,

                   pequeña,

                            estremecida,

                                      poco a poco, la calle.

Suena un acordeón en algún sitio.

Qué tópico (él se ríe)

Codo a codo, las sillas

acercan un gentío que calla o que se ama

en medio de las cosas.

 

         ¿Las siete ya? Decide. No tengo todo el día.

¿Qué prefieres tomar?

Luminiscente, llega

el olor de las dalias.

 

         No sé. París entero.

Quiero beber París.

                   (del libro Si arde París, premio Ciudad de Alcorcón 2001)

 

 

 

 

ENCONTRAR A TIEMPO LA ETERNIDAD

 

Porque se dice

que en alguna mesa de café

un jueves por la tarde,

lindando Chez Madame Arthur,

alguien halló la eternidad

con una mariposa lacia

colgada de los hombros.

 

         Me han contado

que era una joven pálida.

Apenas si se pudo

sostener sobre el mármol, mientras

con voz de cisne suplicaba:

Monsieur, sírvame un croissant

untado en mantequilla.

 

         Pudo tener  los ojos soberanos,

robárselos  a Ankesnamún,

la más bella de todas, pero cuentan

que una alondra palpitaba

contra su seno izquierdo.

¿O era tal vez el corazón

escapado

por su blusa de seda?

 

         Se narra

que no estuvo esperando más de cinco minutos.

Que alguien la llamó desde una esquina,

pero  al cruzar la calle,

envuelta en una roja transparencia

de semáforos,

un rápido autobús la asesinó,

llevándose las ventanillas impregnadas

de cuentas de cristal.

 

                   (del libro Si arde París, premio Ciudad de Alcorcón 2001)

 

 

 

HOY, DOCE DE SEPTIEMBRE, TENEMOS QUE PARTIR Y AMANECE LLOVIENDO

 

 

 

         Por fin he  visto cómo llueve.

La lluvia forma lágrimas,

decapitados ojos, señales de tristeza en un farol.

La Avenida Leclerc es más desconocida ahora,

cuando tenemos que partir bajo la luz cansada de las nubes.

 

       -¿Qué dirá Luis Catorce si nos vamos? – pregunto. 

                                           Y él me mira.

        -Te has vuelto loca – dice.

Tiene razón, sin duda. Llover me vuelve loca.

Mientras él inicia la armonía,

voy tomando el agua, a sorbos, del cristal.

                No quiero

meter en las maletas el verano.

 

         De pronto lo he sabido:

no volveremos a París. Jamás

caminaremos juntos,

descubriremos juntos en París

                lo imprescindible.

Él dirá alguna vez: ¿Te acuerdas?

¿Recuerdas cómo pronunciaba  yo... ? Esa pobre mujer

que no pudo entenderme, cuando yo repetía

impasible, señora, la avenou,

dónde la avenou... ¿Recuerdas?

Y aquel vagón que desgranaba días en tan solo segundos.

Los santos:

         Saint Michel...

         Saint Germain...

         Saint Sulpice …

         Saint Placide…

Cómo corría el metro debajo de la vida.

¿Alguna tarde nos besamos? Nadie miraba nunca.

Alguna tarde, sí. Las tardes nos trajeron

tanto sol que dolían.

 

Hoy deshago el armario y me pregunto:

¿qué creerá Luis Catorce si me marcho

y no le digo adiós al Sena?

 

No sé cómo explicarlo.

De repente, quisiera no tener un hogar.

Que nadie me aguardase

para encenderle velas al olvido.

Quedarme en este hotel, durmiendo entre unos brazos

habitados de viento.

Mas él quiere ordenar

            mi vida y la maleta.

No entiende cuánta sal se prende en mis encías.

-¿A qué hora el avión? – pregunta sin mirarme.

 

         Y París se me escapa en medio de un conjuro de luciérnagas.

Y se me queda noche, de esta lluvia, lo azul.    

 

                   (del libro Si arde París, premio Ciudad de Alcorcón 2001)

 

 

 

BOHÈME EN EL GARDA

 

 

   Hoy casi se diría

que si cierras los ojos para oír a la soave fanciulla,

crujen dentro de ti todas las escaleras,

y hay una estación de moho verdecido,

que, de repente, vibra a la llamada

              de un tren.

 

   Pájaro el recuerdo, que nos viste

de absurdos la memoria.

Se levanta de pronto los domingos

y hace suya la luz

cuando trepa ventanas conmovidas,

versos, llanuras.

 

   El agua se ha arañado con un grito de nubes.

Precipita la noche faroles tristecientes

que nos abren de otoño el corazón. Y nos florece

un aire de mimosas quién sabe de qué puerto,

bajo cuántas banderas angelado este deseo de ser otro,

de existir con nombre diferente y amar otros lugares.

 

   Pues nadie nos espera

 

y no supimos regresar,

conjure tanta luz

los dedos del verano aquel.

Y no nos pesen las premoniciones.

 

   El Garda es un azogue

donde el otoño desliza sus patines

de niño intemporal.

 

   Il primo bacio dell´aprile è mío.

Silencio. Bohème está cantando.

 

Al menos ella no envejece.

 

                     (Del libro La canción del agua, Premio Tardor 2000)

 

 

 

PUENTE ROMANO

Encadeno la historia. La hilvano y la mastico.

Vuelvo a saber del sol en cada

gota de tarde, cuyo diente

demuele mi tristeza.

 

   Y hay una niña, apenas iniciada en la sonrisa,

que lleva su legajo de miel entre las manos.

Va cosiendo amapolas azules, nomeolvides,

punto de cruz entremezclado al viento,

sentada en el bordillo de la piedra,

escapada de un aula

con ventanales tibios de pájaros y aquella profesora

que siempre se adormece en el momento justo.

 

   Desvela el corazón la luz de esta memoria.

 

   Hoy sé

que hubo un aura de rosas impacientes

             acechando.

Casi conozco la diminuta abeja que tejió tanto exilio,

que hizo de las horas una aguja cansada

y de los años un regreso casi jamás

a aquel país de nunca.

 

   Donde otras aves anunciaban febrero,

hoy reinan las cornejas.

La niña bordadora de heliotropos y espigas

perdió las llaves

y dobló todos los rincones.

Cuesta reconocer su risa trasmutada.

 

   Una nota,

un signo repetido identifica

este revival que elude hoy los límites del tiempo:

 

   Emérita dormida

a un paso de esa quieta eternidad de entonces,

y el sol, que es el mismo sobre el Puente Romano.

  

                                       (Del libro La canción del agua, Premio Tardor 2000)

 

 

 

BALADA ÚLTIMA DEL LECHO QUE FUE RÍO

 

 

   Mirad cómo nombra la noche sus heridas:

son piedras de zafiro arrojadas al arroyo.

Por más que pasen sobre ellas

cascos, pezuñas, pisadas infernales,

nadie hollará jamás

el turbio devenir de este granito.

 

   Sólo el canto del agua.

 

   Dicen los más ancianos

que hubo aquí un riachuelo saltando sobre sí;

y en los meses de agosto,

en la silente madrugada,

rodaban una a una las piedras

y las hería el sol.

 

   Ahora todo es ocre. El agua ya no cruza

con su murmullo añil bajo los álamos.

Poco más que un reguero

ha quedado a la espalda de aquel monte

y tiene el eucalipto

su lengua travestida de cianuro.

 

 

   Pero la piedra

se tornó redondez, súbito aroma.

 

   Nada vuelve a pasar por la cama del tiempo.

Nadie mueve una hoja

sin que el reloj empuje el infinito.

 

   Sólo el canto del agua.

 

                                    (Del libro La canción del agua, Premio Tardor 2000)

 

 

 

 

CAJA DE PINTURAS

 

 

Dispuesta está la casa a encerrar los sentidos

sin deslucir el tiempo que duerme en los balcones.

Ven a buscarme, porque estoy tomando

de mi paleta todos los matices.

 

Te enseñaré esta noche a esclarecer azules.

Porque el azul es aire, apenas una gota.

Mas no olvides  el rojo en las esquinas

por si teñir pasión hiciera falta,

ni dejes escapar el tenue blanco,

cabellera de abril guardada en el bargueño.

(Blancas fueron las fechas de la infancia

y los muertos solemnes,

aquellos que llegaron cuando apenas

teníamos conciencia de morir.)

 

En las estancias que ya no tienen sillas,

búscame el bermellón,  el naranja y el  índigo,

escapados -tal vez- por las ranuras de una persiana rota.

Acosa al verde que se oculta

en las ramas de los nublados sauces:

pregúntale  su origen a los mirlos.

 

Yo sé que has advertido cómo a veces

me va habitando el agua

sin tiempo de vestir con negro los enigmas. 

El cárdeno repliegue de mi boca

recuerda cien maneras de dibujar la lluvia

o qué policromía prestar a los inviernos.

No te enfades si escapo al fondo del pasillo,

donde el exacto vientre del reloj

pretende exorcizar las amarguras

sin disfrazarlas antes con un toque de gris.

 

         Mas trae tu silencio si me hallo 

delante de una aguada marinera,

desatando memorias cuando nadie me ve,

tan confusa de sal y tan furtiva

que me cuesta  trabajo resistir

y saber dónde es lunes, o sobre qué lunar

estorbará la almohada.

 

No siempre son las cosas como tú las descubres.

Cuando abro mi caja de pinturas

debo tomar a veces con cuidado un tono más tangible

para encender el alba,

una pizca de cera, un difumino

con que extender aprisa

ese dolor de ausencia que ocupa los armarios.

 

Pero no te preocupes. He logrado

prender en los cristales una estela de luz

y un amarillo al vuelo de la tarde.

Y si no estalla en trozos el enigma

y el violeta no tiene cicatriz

ni el amaranto llena con sonidos de miedo

el cincel de la bruma,

para mi corazón vivir contigo es tan sencillo

como ondular la piedra de un poema.

 

                        (Premio Castell de Guadalest 2005 - Inédito)

 

 

  

DE MI CUARTO Y MI PIEL

 

 

Cuando yo me haya ido y se cuente tu edad como las luces

            de las altas estrellas,

impunemente y sin malicia,

te sentirás feliz por entrar en mi estudio.

Y te pondrás a revolver en mis papeles.

Y el correo electrónico,

que tantas veces intentabas abrir sin resultado,

ya jamás guardará otro misterio que anuncios de Viagra

y fotos de top-less -todo escrito en inglés-.

 

            Te pido que no abras los cajones. Allí he guardado el mar.

No es cosa que se escape y te inunde la casa.

También verás que dentro de la música

escribí para siempre los nombres que más amo.

Cuando te encierres en mi estudio, únicamente pon

la rutina del agua en las macetas.

Quizá entonces comprendas lo que dejé de hacer por ir contigo

o te dé tiempo a leer esa historia que contigo escribí.

 

         Encontrarás las rosas, cada una acostada

en el lugar exacto del poema.

Permíteles dormir, si el tiempo no lo impide,

pero rompe palabras que no se hayan ido en la anarquía.

Rómpeme las ideas, lo inédito de la noche.

Que nunca me sorprendan

lo que pensé escribir después de amarte.

 

         Sabes, mi cuarto es como yo: desordenado, prófugo,

con notas de violín en el fondo del pecho

y libros sin leer detrás de los estantes.

Este escritorio encierra lo que guardó mi vida,

aquello que jamás confesé a los amigos.

 

            Llévate los retratos, eso sí,

porque son esos rostros los que me enamoraban

y ellos fueron la luz en los momentos tristes.

Por lo demás,  como serás tan viejo que ya no te preocupe

–tal vez- lo que sentía,

no muevas de su sitio los búhos, los diplomas

no dejes que se empolve

la bruja que trajimos de aquel viaje a Praga

ni permitas la entrada de quien nunca me quiso.

 

No dejes que me hieran la poesía.

 

        (Premio Ciudad de Jerez 2005 - Inédito)

 

 

 

      

         

Teresa Núñez

     Madrileña de padre donostiarra y madre sevillana, poeta y narradora. Estudios de francés e italiano, Posee igualmente cursos de Poesía, Guión literario, Literatura y Psicología Infantil y animación a la lectura para niños.   Escribe desde temprana edad. Publica el primer poema a los catorce años (Revista Arquero, Barcelona), y el primer relato a los dieciocho (Blanco y Negro, Madrid)  Durante más de veinte años colabora en ediciones de bolsillo con los seudónimos de Paul Lattimer y Vicky Doran. Es becada y premiada en diversas ocasiones por la Universidad Complutense, el Instituto Francés de Madrid y el Círculo de Bellas Artes. Ha colaborado como crítica de poesía en el Taller Fuentetaja y ha sido columnista del diario Metro Directo.

Entre sus premios de poesía se cuentan Blas de Otero, Ciudad de Burgos, Juan Alcaide,  Provincia de Guadalajara, Tardor, Poeta Mario López, Mariano Roldán, Ciudad de Alcorcón, Rosalía de Castro, Vicente Aleixandre y Feria del Libro de Madrid. En narrativa ha obtenido también diversos premios entre los que destacan Círculo de Lectores, Asociación de la Prensa de Ávila, Diario de León, Puente Zuazo, Clarín, Internacional Lena, Emiliano Barral, Alfonso Martínez-Mena y Barcarola.

En teatro infantil fue Premio de la Asociación Española de Teatro para la Infancia y la Juventud, Premio de la Fundación Maria José Jove, estrenándose las dos obras premiadas en la Sala San Pol de Madrid y el teatro Rosalía de Castro de La Coruña respectivamente, y Premio Érase una vez Lorca. Posee también los premios de literatura infantil Fundación Sedesa de Valencia, Cuento infantil no sexista de la Comunidad de Madrid y Rincón de los Cuentos de Méjico.

           Ha publicado tres libros de teatro para niños, un volumen de cuentos para trabajo de profesorado y numerosos cuentos cortos en antologías y revistas, así como un volumen de narraciones bajo el título de “Naufragios” (Madrid, Huerga & Fierro 2005) que comprende quince relatos.

           Es miembro de la Sociedad General de Autores y Editores de España.

Teresa Núñez agradece cualquier comentario sobre sus poemas:

mtnunez@hotmail.com