Rocío Soria R.

 

Dos poemas

 

 

 

POEMA

 

Ya nadie quiere cuidar de esta mano

cuyos movimientos involuntarios han pretendido, dicen, ahorcarme.

La envuelvo

la cubro

le doy un beso en la cabecita

le arrullo

me amanezco meciéndola pero ella nunca duerme

está vigilante

pendiente

se sobresalta al menor ruido y me araña de desesperación el pecho.

 

Quiere llamar mi atención porque sabe que ya está cerca.

Le digo que sea cautelosa pero ella es muy impulsiva.

Es peor cuando la máquina de los latidos empieza a bombear toda la noche, sin descanso

y no termina de morirse ese pitido en mis ojos

o se vuelve a una sola hebra

y el hombre de blanco viene con su abulia masculla algún silencio que

   he olvidado

dice algo que no entiendo.        

Se acerca

se la lleva

le muele a sondas el cuello.

 

Él no entiende

que ella solo pretendía advertirme.

Se la lleva.

Estoy sola.

Miro por el estrecho agujero del parapeto común.

 

El hombre de la pieza seis se ha levantado

y camina descalzo hacia el fondo

agitando la pierna como si quisiera lanzarla.

 

El hombre de las flores amarillas

se golpea la cabeza contra la pared

repitiendo la misma frase.

 

El martes arañaba con la cuchara el plato vacío

en un ritual interminable de invocación.

 

Ya nadie quiere atar estos cordones blancos que me crecen cuando llueve,

nadie quiere cuidar de esta mano

cuyos movimientos involuntarios han pretendido,

dicen, ahorcarme.

 

 

La envuelvo

 

la cubro.     

 

Espero.

 

 

Las antiguas de mí misma

deben haber muerto

en fibras blancuzcas,

en aserrines

tropezándose en sus mismos pies,

ahorcándose en sus propios brazos.   

 

Las otras de mí

deben haberse contenido el peso de las pupilas

en los pañuelos de sangre,

deben haberse colgado en los muros

a desgajarse el pellejo a piedras.

 

Encuentro que estoy hecha de fríos

como las otras

lo sé porque el dolor de vivir

se me ajusta a la espalda

y me circula como un hematoma negro.

 

Voy oscura, descalza

como si ya me hubiera unido a las sombras para siempre

como si ya hubiera vivido siempre

trago cuchillos,

me deleito sorbiendo agua sal por las ternillas

hasta llenarme el estómago,

hasta volverme cianótica.

 

El dolor es una especie de éxtasis:

lloro detrás de la cortina

y me gusta cómo mis lágrimas se van espesando.

Es como haber ingerido solvente.

 

¿Hasta cuándo podré reír?

no puede existir un placer tan gratificante

como el dolor que me abunda.

¿Hasta cuánto fuego podré tolerar?

 

Estoy hecha de eritemas

como quien guarda alacranes en el cajón

y se los traga

y deja que lo piquen hasta hacerse inmune.

 

No hay poción, ni raticida para el dolor

solo me queda apretarlo hasta que de tanto apretarlo

me vuelva insaciable.

Sin embargo

hoy no estás y eso si es insalvable

es una nueva mutación del dolor.

Las otras de mí deben haberse colgado en los muros

y despellejado a piedras.

 

Rocío Soria R. (Quito, 1979)

    Realizó estudios en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador.

    Ha publicado su poemario "Huella Conceptual", con el que obtuvo el Segundo Premio en el Concurso de Poesía organizado por el Departamento de Cultura de la Universidad Central del Ecuador, 2003; obtuvo también el Primer Premio en el Concurso Interuniversitario de Relato Corto organizado por la Universidad San Francisco de Quito, 2005; Premio Nacional de Poesía Fanny León Cordero organizado por la Asociación Ecuatoriana de Escritoras Contemporáneas, 2005, Medalla de Bronce en el género cuento en el Concurso de Poesía, Cuento y Ensayo organizado por la Facultad de Filosofía, Escuela de Lenguaje y Literatura de la Universidad Central del Ecuador, 2006; Primer Premio Concurso del Libro y de la Rosa organizado por la UNESCO y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 2006. Ha publicado el poemario “El Cuerpo del Hijo”, 2008.