Mario Cuenca Sandoval 

 

Cinco poemas

 

 

nos miraba

“Tienen que decirles lo que nos va a pasar. Despídanse. Pero cuando se despidan, díganselo como si desde el otro lado del teléfono estuvieran agarrando su mano. Háganles saber que si sueltan esa mano, morirán. Debemos avergonzarlos para que nos ayuden”

Del guión de Hotel Rwanda, de TERRY GEORGE

 

 

Pero recuerda cómo nos miraba

recuerda aquellos ojos con vocación de hilo

anudándose al cuello de una esperanza idiota

Recuérdalo

el pez se ahogaba dentro de un cajón

sin ayuda de nadie Sus escamas

Sobre ellas brillaba todavía el océano

o los últimos besos del océano

o era que en sus espasmos se encendía la muerte

como el flash de una cámara

Se hundía en el oxígeno                Se sumergía

en el escaso aire del cajón entreabierto

Y acuérdate de cómo nos miraba

maldita sea con qué lentitud

con esa lentitud en línea recta

con que algunas verdades nos sacuden

Y nosotros

que aún éramos niños

mirábamos su muerte desde el vientre de un tigre

Protestábamos Ayúdenle Se asfixia

Muerde el aire y ustedes tan parados

Pero debe existir algo así como un túnel

donde enterrar los ojos

un túnel de lavado de todas las conciencias

Ya se verá dijeron

no será que ese pez se ahoga en cualquier parte? Eso dijeron

al tiempo que mi madre nos cerraba el cajón

(de El libro de los hundidos, 2005, en prensa)

 

 

el derrotado

 

George Foreman cayó en el octavo asalto

a la lona caliente de Kinshasa

entre las tretas sucias los insultos de Alí

los gritos de aquel público incendiario

que exigía su muerte o su vergüenza

Cayó tras un mortífero uno-dos

frente al que estuvo solo

atléticamente solo

muerto de frío en la noche africana

muerto de frío dentro del corazón del frío

Aún así logró alzarse

echando al fuego toda su rabia de estar vivo

Pero la cuenta había terminado

Ya no pudo dormir durante meses

Sólo Foreman sabe cuánto duele

llegar tarde al dolor

(de El libro de los hundidos, 2005, inédito)

 

 

 cuando él es siglo XX y ella XXI

 

Él era siglo XX, talla 54, peinado a lo James Mason.

Ella llevaba trenzas de muñeca

y uniforme de niña japonesa

(a pesar de no serlo).

Él era como contemplar la selva

guarecido detrás de los cristales.

Ella tendía mil enredaderas,

Desplegaba sus flores de diseño

sabiéndose observada.

Él no amaba a Lolita.

Amaba a su Lolita.

Amaba la verdad de estar amándola,

la circunstancia eléctrica en que queda

el vientre del que ama.

Él no amaba exactamente a Lolita,

sino tener de nuevo 15 años,

el resplandor que él mismo desprendía

quemando las pupilas de su nínfula.

Y era un ciclo de luz,

reciclaje de luz,

recogida de luz que prende nuevas luces,

lo que ponía en marcha

la maquinaria ronca del deseo.

Él era siglo XX.

Callado espectador de su temperatura.

Ella la efervescencia de unos labios

contra un cristal helado.

Él venía de un mundo de certidumbres quietas.

Ella no comprendía esa distancia.

(de La selva en el cristal, 2004, inédito)

 

 

miedo de la selva

 

Este poema empieza con un árbol

que brotó de repente, en una sola tarde,

que en una sola tarde nos sacaba una cuarta,

que en una sola tarde era frondoso,

femenino, fecundo,

porque midió los pasos intermedios

entre nosotros dos.

Y así arraigó en el centro,

en el núcleo exactísimo

de lo que nos separa a ti y a mí.

Tú dijiste algo más y otro árbol subió

del suelo, sorprendido, como si no entendiera

su profesión de aumento.

Y de pronto teníamos un bosque,

que es mucho más que la simple adición

de aquel árbol con este otro y con otro y con otro más.

Y ya es extraño

porque también hay bosques de bambú.

Lo que uno no entiende es cómo arraiga

y a qué velocidad

esa selva de los malentendidos.

(de Todos los miedos, Renacimiento, Sevilla, 2005)

 

 

miedo a volverse de hielo

 

Si me vuelvo de hielo,

si me lleno de espejos,

promete que harás algo con tus manos,

un truco, un sortilegio, qué sé yo.

Prométeme el deshielo, recupérame

no sé con qué febril sabiduría.

Con tus labios calientes como pan recién hecho.

Con tu trenza de luz tendida desde el aire.

No olvidemos que hay hombres que parecen

estar hechos de frío. No olvidemos

que hay hombres como tumbas.

Y por eso el amor les viene grande.

Y por eso no entienden la manzana.

Estarán imantados por la muerte,

o qué se yo (la muerte es tan magnética...).

No olvidemos que hay hombres de fósforo y tristeza;

un instante de brillo, pero dentro no hay más

que otra repetición callada de sí mismos. Y por eso,

si me lleno de espejos,

si me vuelvo de hielo,

promete que otra vez, una vez más tan sólo,

tu escarmiento de luz me dará forma.

(De Todos los miedos, Renacimiento, Sevilla, 2005)

 

   

 

                MARIO CUENCA SANDOVAL (Sabadell, Barcelona, 1975) es licenciado en Filosofía. Reside en Córdoba, y ejerce como profesor de Filosofía en el IES Inca Garcilaso.

                Formó parte del grupo poético Nochedumbre, junto a Raúl Pérez Cobo, Benjamín Pérez Cobo, Inmaculada Serrano, y Francisco José Molina, con los que organizó numerosos recitales de poesía y música.

                Ha publicado artículos en “Tragaluz. Revista de filosofía” (Granada), poemas en “Angélica” (Lucena) y “Alas” (Sevilla), relatos en “Etcétera” (Zaragoza), “Cataficcia” (México), así como en diversos medios electrónicos como La plaza humana, Ficticia, El mundo del cuento, Los noveles, etc.

                Ha sido finalista  del 5º Premio Artífice de Poesía (Loja, Granada) y ha recibido el IX Premio Internacional Surcos de Poesía (Coría del Río, Sevilla), por razón del cual ha publicado el poemario Todos los miedos (Renacimiento, Sevilla, 2005). Ese mismo año ha recibido el V Premio Vicente Núñez de poesía por su poemario El libro de los hundidos, que aparecerá en Visor durante el 2006. Asimismo, ha publicado una breve antología en la colección “Manantial”, del Excmo. Ayuntamiento de Priego de Córdoba.

Mario Cuenca Sandoval agradece cualquier comentario sobre su obra:

mcsandoval@eresmas.com