Lucía Fraga

 

 

Nostalgia del acero

(Selección)

 

 

 

I. EL ASESINATO

 

El asesinato

 

Yo aprendí a hablar con una piedra en la boca,

cuando el mundo era un eterno desfile por brazos desconocidos

y las almas se deshacían dentro de puños violentos.

Me acostumbré al silencio y a la hipnosis de los relojes.

 

A la caricia del verdugo antes de dormir.

 

Del hacha comprendí

que las heridas más dolorosas no se abren en la carne.

Y aunque mi grito se fue haciendo anónimo,

cuanto más crecía

más eran las manos que cercaban mi cuello.

 

Comencé a caminar de noche,

convencida de que la sombra era un escondite para ciegos.

Di mis primeros pasos a oscuras

y mis primeras palabras fueron para el reflejo de una ventana.

Pero un día me escapé y corrí hacia el sol.

 

Dicen que hay niños que traen un pan debajo del brazo.

 

A mí me robaron el pan:

en su lugar

puse un cuchillo.

 

 

II DERECHO A RÉPLICA

 

Mujer con derecho a réplica

 

He visto miserias que tú ni siquiera adivinarías:

la tragedia de las niñas rotas

que juegan en silencio

a ser pequeñas madres.

Niñas que cierran los brazos

para que nadie vea sus heridas

ni descubra que la muñeca

tiene un cuerpo debajo del trapo.

 

Son las múltiples madres silenciosas

que rondan mi cama cada noche

para que sus gritos no me dejen dormir.

 

 

Canción de cuna para dos niñas

 

Hay dolores que se inician

en el dibujo de un cuento de hadas

y terminan en unas medias negras

con un par de agujeros.

Soy aquella que ni es niña

ni quiere ser mujer,

porque demando a dentelladas del pasado

lo que por derecho el tiempo me debe.

¿Dónde está el precio de las niñeces arrebatadas?

¿Dónde está la corona de flores donde respira hoy la de espinas? 

 

Hay momentos en los que imagino

que duermo entre mis propios brazos

y mi boca busca la cara de la niña

que sostengo.

Le canto al oído dulcemente

y siento su respiración caliente contra mi cara.

Las dos nos acunamos.

Pero se rompe mi sueño

cuando descubro una muñeca rota en el suelo.

 

 

III NOSTALGIA DEL ACERO

 

APOSTAR UN LATIDO

 

Si tuviera que apostar un latido,

sería porque el tiempo se vuelve alimento de polillas.

Pero adoro el encanto suicida

de las jugadas con pérdida segura.

Cortar la baraja con mi mano de cuervo

es esconder el secreto de mármoles aún vacíos.

Así me distraigo con tu ojo,

clavo roto que quiere atravesarme,

monóculo herido por una garra invisible.

Y nada sabes:

destino del cuerpo,

huesos que entrechocan,

canciones lujuriosas de la aurora negra.

Me gusta la inocencia del que apuesta la vida

-sin saber que ya ha perdido todo de antemano-

y pide como un niño un préstamo a los amigos.

 

Para qué apostar la entraña,

si puedo hacer la carne hermosa

llamándola latido.

 

SUICIDIOS MATINALES

 

Hay mañanas en las que levantarse de la cama es un suicidio.

Yo he tenido un patio de armas dentro del cuarto de baño.

Abandoné muy pronto los peines y cambié los cepillos

por cuchillas que me acariciaban el estómago.

 

Nadie sabe que yo he amado mi cadáver con devoción.

Aquellas tardes de castigo me vuelven a la cabeza

con un fuerte olor a pintura.

El cuerpo anunciaba las carencias de la carne

y teñía mis ojeras con misticismo teresiano.

El bolígrafo describía la órbita espacial sobre un campo de venas azules.

Nunca el desprecio fue mejor aliado del arte de amar.

Cuando el silencio es luz blanca,

la boca que besa es la boca que devora.

El tiempo deja de ser contención de latidos y minutos,

porque da paso a la era de la muerte analgésica.

 

Dios tiene la extraña cualidad de hacerse desear,

alguna que otra noche que el cielo rompe en llamas.

 

DESNUDA FRENTE AL ESPEJO

 

Contemplo entre sombras

a la mujer de los ojos inyectados en sangre.

Su cuerpo emerge de las ruinas

de un paraíso que huele a hospital.

Me sonríe obscena,

sujetándose las caderas.

Me muestra el blanco histérico de su sonrisa

y me reclama con las manos,

porque me quiere tocar.

 

Intenta perforar mi vientre,

escarba con las uñas,

mientras me parte una sacudida

que es náusea del alma.

 

He visto vacas descuartizadas en el mercado

y mujeres desnudas en el cine:

lo que mi cerebro no se atreve a mirar

es el cuerpo dolorido de una niña que todavía grita.

 

 

IV  HOTELES

 

¿TE APETECE SUBIR?

 

Soy lo suficientemente ingenua como para creer

que las camas sólo son para dormir,

pero también lo bastante zorra como para saber

que no tienes sueño.

 

DE CAMA A CAMA...

 

Ya nos conocen en todos los hoteles.

 

Tú eres un padre manipulador

o yo una esposa demasiado joven,

aunque cuando cerramos la puerta

ya no soy “señora de”

y me cambian el nombre

por una palabra poco honesta.

 

Una mano tuya es una pezuña de cerdo

sobre el velo de Viridiana.

La virgen humillada.

La angustia de la mancha imaginaria.

Nunca unos ojos gritaron con tal desesperación.

 

...Y TIRO PORQUE ME TOCA

 

A veces, entre tu calor y mi frío,

me llamabas “niña”

y decías un

“te quiero” mal jadeado.

Entonces te echabas a llorar como un pobre borracho y

gemías repitiendo

“soy un desgraciado”.

 

No hay puentes suficientemente largos

para contarte lo lejos que estaba de ti.

Dabas manotazos al aire,

mientras yo aplaudía

la gran caída del hombre:

me colocaba flores de aire en el pelo

y te hablaba en susurros

pronunciando lentamente

falsas promesas postcoitales.

Tú me cerrabas la boca

con un dedo en los labios.

 

¡Qué dulces son las lágrimas de la tragedia,

la inmensa voluptuosidad del autorreproche,

la condescendencia de la absolución,

la inocencia de la arpía!

 

 

VI  LA HIJA DE ATLAS

 

AQUÍ ESTOY

 

Aquí estoy para darte un disgusto

o una alegría,

en pijama y sin peinar,

porque hoy es sábado a la una.

 

Han vuelto a plantar flores de cemento

donde antes crecían los enigmas de piedra,

pero tú ni te has dado cuenta.

¿Cuánto tiempo ha pasado?

Aquellas mañanas olían a café con galletas

y en la inmensa catedral

me enseñabas,

como buen calisto,

en qué veíamos la grandeza de Dios.

Cómo no creer en ti,

en tu palabra,

en tu mano enorme

recogiendo la mía,

cómo no creer en Dios.

 

Ya no pataleo los escaparates,

porque ahora soy yo la que no tiene suelto.

Tampoco les digo a las señoras

que además de viejas,

sus caramelos saben a caca de perro,

porque ellas se han muerto

y ahora sé realmente

a qué sabe la mierda.

 

La mierda sabe a encierro

de cuarto de baño

con tijeras, cuchillas

y agua caliente abundante.

Sabe a venas marcadas

por una goma alrededor del brazo.

A las lágrimas inútiles

que no derramaste

cuando saltaba a la cuerda

con la que me quería ahorcar.

 

La mierda sabe a desesperación,

a incredulidad,

a todas las derrotas.

 

Ahora que estamos solos los dos,

que sólo nos queda esta tarde de sábado,

déjame que haga un café bien amargo.

Tú, busca dinero suelto en el bolsillo,

dame la mano

y hagamos un esfuerzo por creer de nuevo en Dios,

aunque al final sepamos que todo es mentira.

 

SOY TÚ

 

A veces me meto las manos en los bolsillos

y camino como un gran señor,

pero me duele tanto la espalda

que ni Atlas podría llevar semejante carga.

 

Busco unos zapatos que caminen por mí,

un mapa que me indique dónde estoy

y una dirección a la izquierda para volver a casa.

 

Me pesan todas las generaciones,

las pasadas y las que están por venir.

¿Qué es el honor?-me pregunta mi hija pequeña.

El honor no es un apellido,

no está en un escudo de armas oxidado,

en almas que se venden a la galería.

 

Hay noches que no puedo dormir.

La vida ha multiplicado por cinco

mis preocupaciones,

por más que he cumplido a rajatabla

como padre, como marido, como hombre.

 

¿Qué se me ha devuelto de tantos desvelos?

Todos son malos pagadores, porque olvidan.

Yo, que tuve fuerza para levantarlos a todos,

que fui el abanderado de todas las causas perdidas,

ahora soy la causa por la que nadie quiere perder.

 

Y salgo de esa piel dolorida,

después de tanto sufrir en silencio.

 

¿De qué nos ha servido?

 

Ser un gran señor

ya no es prerrogativa de nada.

 

MAÑANA ES UN DÍA MENOS

 

Aunque no te lo diga,

sabes que hay noches que vuelvo a casa

oliendo a alcohol.

No me quieres dar un beso,

porque llevo puesto

el perfume de los fracasados

y eso te recuerda

que conmigo

también perdiste.

 

De qué sirve que te busque la cara,

si no me vas a hacer ninguna pregunta

antes de dormir.

Mañana ya no será otro día,

sino uno menos

en esta convivencia absurda

de una familia que apenas se conoce.

 

¿Sirve de algo decirte que bebo sola,

que tu hija pequeña es una borracha?

No, no cierres los ojos

ni muevas la cabeza.

Nada de eso es verdad,

tranquilo.

Pero qué pasaría si mañana

apareciese en un soportal de María Pita

sin un zapato y con el rímel corrido.

 

            Nada.

Para entonces,

me habré asegurado

de que los dos

estemos muertos.

 

 

 

LUCÍA FRAGA (A Coruña, 1979)

            

             Poeta, articulista y licenciada en filología hispánica. Inicia su labor investigadora con la publicación de “Luis G. Tosar: A palabra na procura da Eternidade” en Anuario de estudios literarios galegos, 2000. Al año siguiente entra a formar parte de la Asociación Española de Historiadores del cine y publica Pascual Duarte: del apunte carpetovetónico al film político” en Las imágenes y el inventor de palabras. Camilo José Cela en el cine español, Jaime Pena y José Luis Castro de Paz (Eds.), Festival de cine independiente de Ourense, 2001. Al año siguiente se presenta al público como poeta e inicia así una intensa labor colaborando en diversas revistas, recitales y fundaciones (Rafael Alberti, Camilo José Cela, Vicente Risco) y empieza a coordinar las jornadas poéticas “Territorios da poesía”.

            Recientemente ha presentado junto a sus compañeros en el Ateneo de Madrid el volumen de poesía Mester de Vandalía.

            En sus publicaciones destaca la perspectiva psicocrítica, la relación interdisciplinaria de literatura, pintura y cine, así como la velada ironía de sus artículos peridísticos que esconden tras la sonrisa una triste mueca. Colabora con textos poéticos en revistas como Cooltural Galicia, y aparece en las antologías Das sonorosas cordas (ed. Olivia Rodríguez, 2005), La voz y la escritura 2006. 80 nuevas propuestas poéticas. Desde los viernes de la Cacharrería (Miguel Losada, coord., Ed. Sial Ediciones, 2006), y en gallego en La Bella Varsovia (Elena Medel, 2005) y Fisterras do Mundo (Alexandre Nerieum, en prensa). Nostalgia del Acero (Santiago de Compostela, Follas Novas, 2006) supone para la autora su madurez y la consolidación de la búsqueda de su voz poética.

 

luciafraga@gmail.com 

 

 

 

 

La presente edición de 
Nostalgia del acero (selección), de Lucía Fraga,
fue colgada en la red, a los XXXX
días andados del mes de XXXXX
del año dos mil 
siete

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