Carmen Rueda  

 

 

  Trece poemas 

   

 

 

 

 

 

 

Después de las carrozas

se deslizó la tarde

sobre el suelo nevado de confeti.

 

Copos multicolores

                                de la estela

que deja

               tras su paso

la ilusión,

                anochecen prensados

                como calcomanías

a golpes de tacón

                             sobre la acera.

                    

                 Llueve.

A lo lejos

                 aún

grazna  alguna corneta

entre la retaguardia de tambores.

A lo lejos

                aún

es fiesta

                y arrojan serpentinas

                desde popa

                                       en la última calesa celestial.

 

Corrí,

con cinco años,

loca por un trofeo

del desfile.

          

           La última serpentina

llegó

           cruzando el aire

a las manitas prestas de otros predadores.

           Niños como gorriones

a punto de emprender

            la desbandada

dispersa hacia sus nidos,

            con las alas colmadas de colores

en rizos de  papel inmaculado,

rescatado del cielo y las estrellas.

 

Yo me incliné

                         vencida

pero no resignada.

 

Y volví con las manos prendidas a una ristra

de bucles aplastados,

                    la sonrisa escorada

de un tirabuzón roto,

                    la espiral desahuciada

de un deseo

                    y el corazón nevado de confeti.

 

 

 

Todos los días llegas

a una cuartilla en blanco

sin tiempo de volver la vista atrás...

sin demorar tu conquista en la deuda

de versos incompletos, pendientes

de otras tardes.

 

Todos los días pactas una tregua

limitada de horas

para seguir dorando tu refugio

con las últimas dádivas del sol. Todos los días

un puente

para estar con tu mundo verdadero:

Regar sus avenidas

polvorientas,

engrasar los columpios,

restablecer con tiza corazones

a punto de extinción

sobre las tapias,

Abrir bien las ventanas

para que se renueve el aire

sucio

de gérmenes de olvido...

 

Pero dudas, aún no te has decidido

definitivamente a desterrar

la hierba nueva

que devoró el camino de regreso.

 

Y es difícil a veces adivinar su cauce,

desenlace invertido del niño que tú mismo

un día llegaste a ser.

 

 

MIÉRCOLES DE CENIZA

 

Confía en la tristeza;

ella te espera siempre:

uniforme pulquérrimo, zapatos

de charol. Cierra la puerta

y todas las ventanas,

escinde tus oídos de la orquesta

desmadrada del mundo,

vela la luz

con visillos de encaje

y cállate la boca mientras ella,

como una sobria hermana

mayor,

ara tu pelo

aún manchado de arena de la playa.

 

Quedó tu calabaza

en el granero,

subiste la escalera

de puntillas

y colgaste en un sitio ventilado

ese absurdo disfraz de bailarina

con las plumas caídas

y alguna lentejuela

de menos

cada vez.

 

 

Y tú, ¿quién crees que soy?

 

¿Es que ibas a fiarte

de una cara infantil y una voz lenta,

premeditadamente derretida

como miel

en tu oído?

 

¿Es que ibas a ofrecer

tu paisaje a mis ojos extranjeros,

confundidos, tal vez

hasta el asombro,

en una madrugada melancólica?

 

Porque, ¿de dónde crees que vienen

para acabar en ti

tan súbitos, tan tercos,

tan seguros?

 

 

He retenido instantes tres minutos,

que es la capacidad de los pulmones

para filtrar perfumes en la sangre.

 

He tocado recuerdos

-alas de mariposa

que una vez profanadas

no vuelven a elevarse al cielo del que llegan-.

 

Y hoy que he venido a dar, después de todo,

de nuevo con la cal

de tus paredes,

mi memoria

ya no  pretende hacerte un homenaje.

 

Porque hoy soy yo quien muere,

yo la casa

que lentamente se desmorona viva,

 

no vengo a recordar...

 

Sólo persigo

la  plenitud  inocente de mis manos

en tu geografía, por ellas

desconchada.

 

 

Ayer acompañé

por un instante

la huida replegada de la niebla

al final de la tarde, cuesta arriba.

Desde la obligación

                                 que con los años

nos guardan las ventanas;

desde la soledad

                            en que se yerguen

los altos edificios de la vida;

la leve carretera

                             de la colina enfrente

ofreció a mi memoria sus escamas

de alquitrán acerado, como la inerte muda

que nos deja

          a su paso

el taimado reptil

                          de la nostalgia

después de devorarnos, siempre vivas,

las horas del presente.

 

 

De vez en cuando pasan

arrastrando sus sombras

por la acera.

Con las manos unidas,

desterrados

por enésima vez

de los jardines,

hoy como siempre

acaban de probar

el fruto que madura

sin sol,

junto a la orilla

de espejismos viciados.

 

Tras la promesa de unos gramos

van,

roban, mendigan, y,

una vez más,

esperan

acabar germinando en sus espaldas

blancas alas de albatros

y en sus dedos

las afiladas garras de los grifos.

 

Ni ángeles ni demonios,

sólo barro

desfigurado por su propio estío

y venas de sarmiento

que desbocan

la savia del fracaso

en sus miradas,

Adán y Eva,

como siempre,

van

camino de la muerte mientras buscan

el retorno imposible al paraíso.

 

 

He seguido muchas veces el mismo

atardecer que tú, desde otras playas.

Y me dejé llevar por la ilusión

de que pasaba un rato

contigo

cada día.

Y llegué a preferirla

a lo que di en llamar,

por aquel tiempo,

“el ignorante gozo de vivir”.

 

 

Tengo miedo.

Quisiera ser la voz de esas vecinas

cuya conversación de unos segundos

se viene repitiendo cada tarde,

de tendal a tendal,

como el más puntual de los chubascos

desde hace ya más años que yo misma.

 

Quisiera ser perenne, inalterable,

inconsciente y trivial, como su tono.

Esa serenidad, ese aplomo

blindado

de los procesos insignificantes.

Leyes cuya rutina

alcanza en decimales

un modesto periodo popular pero eterno.

 

Porque sólo quisiera

permanecer, quedarme

para siempre pendiente y desapercibida

en el rumor de fondo de un arroyo sutil

de un rincón del paisaje que adopte mi destino.

 

 

No la quise enterrar. 

Ahora vaga, perdida,

por un mundo que no la reconoce.

 

Cuando regresa al parque siempre encuentra

los columpios mojados; ningún niño.

La soledad la lleva por rincones

en los que nunca deja de llover

y comparto su miedo

día a día.

 

 

 

Antes de conocerte 

presentí que existías en las tardes de lluvia,

resolviendo senderos

                               sin memoria,

sin prisa,

sin paraguas.

 

Campo a través,

profeta

            de los ríos.

Confidente

                 de los espantapájaros.

Vagabundo

                 de la tierra desnuda y empapada.

 

Otras tardes fue el mar

quien me contó de ti

la mirada tan honda esperando en la cima

de pómulos desnudos como su acantilado.

                                          Esperando.

 

Y el mar era un ser vivo,

un solo cuerpo,

oscilando

nervioso

entre los dos.

 

 

Sí, es verdad que la vida

transcurre

muchas veces

como un flirteo de alas

sobre la soledad de los sembrados

 

mientras la tierra añora

desnuda y bronceada

entre sus lomas tiernas

la caricia, el amparo,

la guardia temblorosa

de un olmo antiguo

enamorado

al viento.

 

 

Yo soy la que te pisa, quien recorre

la tierra apelmazada de tu cauce

sin memoria de fuentes, ni destino.

 

Tan sólo la nostalgia

llena la cicatriz donde una vez tuviste

una canción de amor labrándote el trayecto.

Y ahora mi vida entera,

su forma invertebrada, de torrente,

quiere hallar en tu cráter

de tierra endurecida, al mismo tiempo

su cuerpo y su camino.

 

 

 

            Carmen Rueda (Gijón, 1970). Licenciada en Medicina, ha ejercido como médico de Familia y, actualmente, como psiquiatra.

            Sus andanzas literarias se inician en la tertulia «La Ronda», época en la que colabora con publicaciones en la revista «Pretexto».

            En 1999 recibe el premio de poesía «Luis Rosales».

            Desde el año 2002 participa en  tertulias y recitales promovidos por el grupo «POEGÍA».

 

             Carmen Rueda agradece cualquier comentario sobre sus poemas:

  senenpp@telecable.es