ANTONIA ÁLVAREZ ÁLVAREZ

 

Poemas

 

(selección)

 

 

 

 

           

Quizá la noche sea un sueño; este momento, seguro, ha amanecido

  

Los ojos, silenciosos,

son soñados encuentros.

Era la tarde misma

la flor de los aromas.

Palpan ciegas, las manos,

sólo el instante inmenso.

El párpado se aduerme

más allá de las ramas.

El horizonte enlaza

la nada inerme y muda.

Lo fugaz es lo eterno,

sin luz ni transiciones.

Ya no maduran ansias,

ni besos que acordonen.

La risa es golondrina

que se expande en sus alas.

Todo lo llena el alma

de blancas certidumbres.

Por eso ha amanecido,

en luz,

           este momento.

      

 

 

 

(XI PREMIO DE POESÍA “JULIÁN CAÑAS HERNÁNDEZ”)

 

 

 

Vesperal

                                                                                                          Whan that Aprill whit his shoures soote

 The droghte of March hath perced to the roote

 

And bathed every veyne in swich licour,

Of which vertu engendred is the flour;

                                                                                                                                                 G. CHAUCER

    

                                                             

Declive calmo a contraluz del tiempo,

cuánto andamiaje cabe en una tarde,

cuántos abriles rotos en la lluvia

que cae

                tan

                             gota

                                           a

                                                  gota

                                           sobre el mundo:

                                                   

un corazón atroz se ha salpicado

de otra sangre floral, ya detenida

en el trágico punto del asombro.

Ya marchitada al borde de sí misma.

Sin comas y sin brotes suspensivos.

Y no hay tregua que entregue a la mirada

la última instantánea de un recuerdo,

un aire de ternura, una clemencia.

 

¡Qué dolor vierte abril

                                      por sus costados!

 

Quizá una nube blanca esconda, breve,

el abrazo febril de dos mitades,

la ardicia codiciosa de otro cuerpo,

en olvido tenaz de lo que somos.

Un fuego colma el alma de locura.

Como si todo fuese llamarada

y sólo en ese espacio, al beso vivo,

se le abrieran al mar todos los cielos.

 

 

¡Qué de amor en abril

                                     guarda la rosa!

 

Puede pasar la tarde como brisa

sobre las lentas alas del silencio,

deslizando su luz evanescente

hacia el desván del tamo y de las sombras.

Una quietud de luna nos sosiega.

El agua del presente se remansa.

Cesa el instante de agotar su río.

Da el sueño al sueño su perdón de arena.

 

¡Qué seda viste abril

                                    abierto en rama!

 

Y ahora, en este ocaso que está siendo

—que pronto será un fue donde habré sido—,

ocurre la palabra en que se inventa:

desde su longitud

hasta

su

fondo.

 

De todo lo que ha muerto en esta tarde,

de todo lo que nace, y calla, y llora,

de todo lo que espera, si llegamos,

abril tiene la culpa.

                                        Está en nosotros.

 

 

 

 

 

Mayo en beso

 

 Mayo dulce y procaz, lento, maduro,

 lasitud de tu nombre entre las rosas,

 -un cielo abierto con puñal de lunas-

 y en la noche olores a promesa

 y a retama florida,

 en tus  brazos de amor desparramados

 se vacían los besos,

 y mayo añil y ardiente,

 enardecido,

 rompe la grama el verde y el silencio,

 tallecen en tus manos las palabras

 hasta rasgar la boca

 y el suspiro,

 y el duelo de la tarde que se triza

 hacia las nubes rosas trasmontanas,

 y mayo blanco al viento,

 entre los trinos,

 -los ojos de  sabor y  lejanía-

 y el tronco sabedor de la tortura

 de la rotunda entraña de la tierra,

 sangrada de quereres,

 mayo grana y tenaz, y en la distancia

 el hueco de tu voz

 y tu presencia,

 hoy se pintan las flores; a la muerte

 le han crecido mordazas

 y se esconde,

 y tu afán que aún me hiere y me vulnera

 sobre el soñar lascivo de tu boca,

 para fugarse tibio,

 tembloroso,

 mayo verde en las hojas,

 la risa que ha posado sus mohínes

 para alegrar el aire y la tristeza,

 tú y mayo, solos,

 en el profundo aroma de las lilas,

 en el vedado ahogo de mi anhelo.

 Tiende ese puente largo, que ya quiero

 ir a mayo con flores...

                                    y contigo.

 

 

 

 

 

 

Diciembre

 

Hoy la nieve se funde en el monte,

y en los troncos dormidos, la escarcha;

rumia el cielo su frío de invierno

y tiritan, desnudas, las ramas;

el arroyo derrumba el silencio

de las piedras que lame y que labra;

es diciembre, hace sol, y en la fuente,

de repente, algún pájaro canta;

una niña de trenzas morenas,

coge el tiempo, lo acuna y lo calza,

y lo lleva a los días aquellos

del arcón de sus sueños de infancia;

vuelven siempre las flores y el trigo,

siempre vuelve el batir de las alas,

vuelta a vuelta se doran las hojas,

y de nuevo la nieve y el agua...

 

 

 

 

Se salva el trino

 

Se salva el alma que asoma a la mirada

recién levantada del asombro;

se salva el aire recién nacido a la mañana,

aún frío de la luna;

se salva el niño que llora el hueco de sus sueños

y tiende sus manitas de pan blanco;

se salva el trino

que astilla soledades y silencios

alanceando el cielo con su arpegio,

saeta de bemoles,

bandadas de alegría:

se salva el trino.

 

 

 

 

Ardicia

 

Ayer me regalaron una ardicia.

Él dijo solamente: toma, es tuya.

Puesto que no sabía lo que era,

la fui desenvolviendo poco a poco

y así, a primera vista, parecía

un dulce que quemaba, algo pequeño,

quizá un animalito cariñoso.

Cuando quedó la ardicia entre mis manos

ya supe cómo era:

me pesaba

igual que una pasión al rojo vivo.

 

 

 

 

 

El arroyo

 

Tomó la manta helada de la tarde

y se arropó los párpados,

el frío se posaba entre las ramas

ojerosas, dormidas,

y el silencio

despertó de la nada como un trino:

alzó el arroyo arpegios a las piedras

y se alhajó de cielo:

la mirada

fue el agua de la vida,

la inocencia.

 

 

 

 

A Doña Inés de Castro

 

Fría quedó tu piel de mármol, fría,

bajo el silencio santo sepultada,

piedra de eternidad blanca y callada

donde la noche llora hilando el día.

-

Un cuchillo de amor, dulce, te hería

de hermosura a sus ojos, puñalada

tu juventud segó, y en la mirada

qué azul  asesinaron la alegría.

-

No hubo infierno, ni cielo, ni camino,

ni un segundo de paz para su duelo,

ni un resquicio de luz a su alma loca;

-

quiso que fueras reina del destino,

y ciego te arrancó del frío suelo

por venerar la muerte de tu boca.

****

 

Fue la pasión total, cruenta y hermosa,

amor de sangre y miel - bello misterio-

los labios más dolientes de una rosa

descansan en la paz de un monasterio.

                                 Monasterio de Alcobaça - agosto de 2002

 

 

 

Nombrarte

 

 

Hoy mencioné tu nombre, y al decirlo,
lo mentaron las almas de las cosas:
la calle gris, la acera, las baldosas,
el perro, el pez, el gato, y hasta el mirlo.

Todo lo que se mueve y lo que siente,
todo lo que está inmóvil, sin mirada,
llevando entre sus átomos la nada,
todo tu nombre de hoy lo hizo presente.

¡Qué poder la palabra que te nombra
entre mis labios murmurada apenas
para no mutilar su alegoría...!

Tu nombre me entimisma, y aun me asombra,
me borda el corazón, y por las venas
corre un milagro azul de fantasía.

 

 

 

Tiempo

 

Se nos escapa el tiempo entre los dedos 

como granos minúsculos de arena, 

dejando en el camino risa y pena, 

amores, odios, esperanzas, miedos.

  

Y en ese devenir de los enredos

 con que la vida gira y nos condena,

 aprendemos la eterna cantilena

 que nos ha de dejar mudos y quedos.

  

Hacia un final desconocido y yerto

que intentamos obviar día tras día

llevamos nuestras lágrimas de muerto.

 

Sólo ese fin tenemos como cierto,

y en el amor buscamos valentía

para apagar la sed de este desierto

 

 

 

La fuente del tiempo

 

A la espalda, el ocaso,

en los brazos, hastío,

la renuncia en los ojos,

y en las manos, el frío.

 

Una sed de infinito, de infinitos instantes,

donde ya no haya noches, ni mañanas, ni antes.

 

En la fuente del tiempo

los recuerdos cantaban:

los deseos no mueren,

las pasiones se acaban.

 

Una sed que no cesa se ha colado en el alma,

y no tiene veneros, ni vasijas, ni calma.

 

En las olas que vienen

se encaraman empeños,

en las olas que marchan

juguetean los sueños.

 

¡Ay caracolas locas de susurros remotos!,

en la orilla se lavan los amores ya rotos.

 

Con la carne del trigo

se han dorado las eras,

y se van los otoños

a buscar primaveras.

 

Infinito el instante, infinito el anhelo,

en el tiempo se aloja una esquirla del cielo

 

 

 

 

  Primer premio del I Certamen ´´Poemas sin rostro´´
www.canal-literatura.com

________________

 

TRAS LOS CRISTALES                           

 

                        y fuese una luz fija la ceguera,

              y entre el mirar y el ver quedara el viento...

                                                      LUIS ROSALES

 

A veces (tantas veces,

                       tú lo sabes),

nos quedamos mirando

el otro mundo desde la ventana

oscurecida y triste de la tarde,

mirando, —que no viendo—,

cómo el frío

besa la herida abierta de los árboles,

mirando cómo sopla sobre el tiempo

tan viento

         a

          viento

                el tedio del instante...

Silencio en la mirada. En el recuerdo,

aquel amor que nos dejó apagados,

tristemente herrumbrosos

y cobardes.

 

¡Qué dolor el amor

                  ya malherido,

y cuántas rosas muertas por los parques!

 

La mirada, en silencio,

le dicta al corazón sus certidumbres,

dudas del soy, del fui, medias verdades,

y se pierde, se pierde inmensamente

en los brazos alígeros del aire.

 

Y mientras, en los ojos des-

                            hojados,

la luz evanescente se hace carne

para habitar el hueco del olvido,

para sabernos vivos, todavía,

y alumbrar los umbrales

de este desasosiego de ser hombres,

de esta rara aventura   

sin anclaje.

                                

Bandadas de estorninos

                       vuelan segando el cielo

y nadie sabe

en qué chopera dormirán sus alas,

hacia qué latitudes

                  de qué valles

expandirán su espíritu de pájaro.

 

¡Qué belleza, sin más,

                      sobre la tarde!

 

Y así, con el silencio ensimismado

en sus propios sentires

                       (o pesares),

nos quedamos mirando

esa alta soledad que nos da el cielo,

ese dejar de ser...

                    tras los cristales.

 

 

 


 

         

         Antonia Álvarez Álvarez (Rabanal de Luna -Babia-, León) es licenciada en Filología Románica por Salamanca y Oviedo. Reside en Gijón desde 1983.

 

    Premios:

           En 2001 obtiene el segundo premio en el «Certamen Poético Bellido Dolfos». En 2005,  ´´I Certamen Poemas sin rostro´´,  el XI premio "Julián Cañas Hernández" y el XII Concurso de Poesía 'Háblame de Amor y Amistad', Premio de poesía "Pedro Marcelino Quintana" 2005. En 2006,  Primer premio del ´´XV Certamen de Poesía del Centro de la Mujer de Urbanización Mediterráneo´´,  Mención especial del ´´XIII Premio de Peñaranda de Bracamonte´´,  Premio Voces Nuevas (XIX selección) de Torremozas, Accésit del ´´XXII Certamen Internacional Jara Carrillo´´ de Poesía,  El color de las horas (XXXVI Premio "Pastora Marcela"), Otoño, (XIV Premio Internacional de Poesía "Antonio Alcalá Venceslada"), La raíz de la luz (Premio Flor de Jara de la Diputación de Cáceres, 2007), A pesar de las sombras (VII Certamen de Poesía Iberoamericana Victor Jara).

 

   Obra publicada

 

      -En 2003 publica algunos de sus poemas en la antología Gotas de poesía (Ediciones Malberte), junto con catorce poetas hispanoamericanos y ocho españoles.

      -La mirada del aire, Gran Canaria, Tepemarquia ediciones, 2006.

      -La raíz de la luz,  El Brocense,  Diputación de Cáceres, 2007.

      -Otoño, Ayuntamiento de Andújar, 2007.

      -A pesar de las sombras, Amarú Ediciones, Salamanca, 2008.

 

       Parte de su obra se encuentra en revistas y en páginas web.

lavinia_her@hotmail.com