MIGUEL FLORIÁN

 

 

 

Los mares, las memorias

 

 

 

a mis padres 

 

 

 Todo está lleno de dioses.

 

TALES DE MILETO

 

 

 

I     MARES

 

 

 

¡El mar, el mar, y no pensar en nada!

                              MANUEL MACHADO

 

 

 

BARCAROLA

 

Ese hombre inclinado recoge caracolas,

o tal vez traza signos

                             que descifrará el viento.

 

Rozan sus ojos mi corazón,

y su boca me habla como el mar y la arena.

 

 

  EN CADA LATIDO, EL MAR

 

Lo mismo que un mar impronunciable,

vacío solamente, desnudo ser, nada más que rosa

enmudecida -la palabra, en el magma

de escamas y de alientos.

 

En cada verbo, el fuego.  La llama

circular, el respirar que es sangre,

que es vida y es memoria.

 

Palabra de ave -de mujer o de junco

ascendiendo secreta desde el mar a mi boca.

 

 

MONASTERIO MARINO

Sant Pere de Roda, 1983

 

Es un jardín donde reposan las gencianas.

 

De tanto abrirse al mar se extraviaron

sus pupilas -sus manos acarician

el mismo musgo seco.

               El golpe de una copa

contra el muro -las almenas o el afilado

encuentro de unos ojos, nos revelan

el imperio desnudo de la muerte.

 

Aquí el viento es padre de las piedras,

 

y las sirenas reclaman a los barcos perdidos.

 

 

CLAUSTRO

Catedral de Gerona, 1983

a Teresa

 

Ven a sentarte aquí,

en el centro del día,

en el ángulo desnudo de la luz.

 

Están muertos los pájaros -y el aire,

inmóvil,

se abre en anillos más amplios.

 

Limpio,

como un amor perdido,

el tiempo

es un río que gime entre los dedos.

 

Ven a sentarte aquí.

 

Que los espejos

tiemblan tan dulcemente.

 

Ven,

que necesito amarte

bajo estos cedros encendidos

que repiten tu nombre de ala rota,

 

La cifra de tus manos,

la blanca y tibia estela de tu cuerpo.

 

 

LUJURIA DE LOS ÁNGELES

 

Bellos, atroces, inasibles.  Cada tarde

hasta la mano se aproximan y anidan

en los labios.  Sonríen mansamente,

Y aletean ingrávidos en torno de los cuerpos.

 

Aves lascivas son, potencias abisales.

 

Aguas que nos arrastran

hasta el centro desnudo del deseo.

 

 

MEDIODÍA 

Jerez de la Frontera, 1982  

 

Crecen los gorriones en el aire,

y la música infantil de alguna flauta

sostiene el mediodía.

 

                                A duras penas

el libro nos retiene.

 

                                Algún amor vendrá

al zócalo azul de la ventana

para un país más bello rescatarnos.

 

A cada instante 

el dedo de algún ángel desmorona

la carne contenida.  Tras el cristal,

la mirada de un pájaro -la alegría

infantil en los ojos del niño.

 

Aire por todas partes,

revolviendo los pliegues del hastío,

elevando la falda enamorada

de la mujer.

                     Y tiembla el corazón

en la dicha de la piel que imagina. 

                                      Es aire 

y luz que cierra el libro 

y adormece los párpados. 

Es sed de barcos, 

de bocas deliciosas. 

 

Es hambre de islas lejanísimas. 

  

  

MUJER ADOLESCENTE 

Sevilla, 1982 

  

  

No fue lujuria, 

sino tal vez 

necesidad oscura de acabarse, 

urgencia de volver, 

de extraviarse 

en los recodos difusos 

del olvido. 

  

De recobrar las horas minerales, 

la más antigua savia, 

el obstinado afán por disgregarse 

en el magma secreto 

y doloroso 

de otros labios. 

  

  

LA CASA 

  

Esta furia de sangres

tiene el eco brumoso de la noche,

la oscuridad dolida,

la espesura profunda de alguna flor.

 

La armonía de una infancia antiquísima.

 

 

SUNYATA

 

Está vacío el árbol,

y la piedra.

 

Y el cuerpo en donde habitas,

y tú también.

 

Está vacía

la pupila que mira.

 

Y la muchacha

desnuda en tu memoria.

 

 

MAR CIRCULAR

Cádiz, 1979

 

Cómo naces tú cada mañana,

cómo, amansado, brotas

meciéndote en tus olas.

 

Y llegas a mis párpados.

 

Cómo haces para rozar

la orilla seca de los labios,

 

y regresar, recogido en el beso

 

hasta tu oscuridad.

 

 

OCÉANO PRIMERO

 

Para mirar la luna amortecida,

y beber

el agua plateada de la tarde,

hemos venido aquí.

 

Con la mirada

teñida de abedules y patrias desabridas.

 

Con una hoja de acero entre los ojos,

y en los labios el sabor acerbo de algún vino.

 

 

 

II ESPEJOS

 

I am what is around me.

(Soy lo que me rodea)

WALLACE STEVENS

 

 

 

SUEÑO ESPECULAR

 

Amo las gaviotas que se alejan

con una rosa inmóvil en su espacio.

 

Más allá de todo dios

ansío esta quietud

de líneas paralelas.

 

Adivino otro mar,

otra arena de azogues

en el hueco del alma.

 

Como la rosa

que se vierte a sí misma.

 

Siempre así.

 

Siempre así,

sobre la línea ciega

que se eleva hasta el sol.

 

Así,

 

bebiendo en cada agua,

temblando en cada labio.

 

 

PLENITUD

Jerez de la Frontera, 1982

 

 

Jamás traspasaremos este instante

de dicha mineral -este presente

de panteras fugaces y de hogueras.

 

De lejanos ladridos en la noche.

 

 

NARCISO

 

Se extravía en el sueño del agua -crece

desde su sombra a bosques de densos animales.

 

Y siempre alguna piel ajena le retiene.

 

Suicida entre estos árboles de soles impasibles,

y azogues perseguidos.

 

                                                       Medroso y anhelante,

entrevé horizontes de lascivia.

 

        Es la ilusión,

amarga y dolorosa del eco,

                                                            lo que añora.

  

  

LABERINTO

Casa de Isaac el Ciego, Gerona, 1983

A Efimero

 

Indagamos la miseria última del polvo.

 

Voces de arcanas humedades, lamentos

perdidos en la encrucijada de los números.

 

Ardían yedras en el jardín, ascendían

columnas violadas en la sangre inocente

de los ángeles.  A nuestra espalda la sospecha

de una daga amenazante en el silencio.

 

(Fuentes donde soñaban las doncellas

antes de ser vencidas sobre el mármol.)

 

Nuestras manos labraron piedras indescifrables,

espejos que imitaron la avaricia del mar.

 

 

DESNUDOS, SIN MEMORIA

 

Se deslizan inertes los planetas

alrededor del fuego -aves adormecidas,

olas son que obedecen un antiguo

designio.  Guijarros que se internan

en la sombra inútil de la arcilla.

 

Golpeamos estelas animales –océanos,

torrentes abisales.  Así la lluvia

se repite igual en los tejados.

 

Sin recuerdo,

como si el tiempo mintiera

cada vez que nos cita en los espejos.

 

 

ÁRBOLES

 

Ignoramos el sueño cerrado de los árboles,

su dicha vegetal.

           Nos inquieta su tibia cercanía

cuando un atisbo de fuego presentimos.  Hondos

son sus anillos, los nervios y las venas

de savias encendidas.

            Cuando el ala de un pájaro,

o el viento en el otoño los agita, una música

de platas apagadas y metales celestes nos envuelve.

 

Y nos miran entonces con párpados lejanos,

desde mudas raíces

y secretos países abisales.

 

 

AZRAEL

 

El pájaro ha dejado en nuestra frente

un soplo de cristal.  Desde su orilla

el húmedo perfume de algún grito

nos despertó.  Tendidos en la arena

conservamos el ramo de la sombra

entre los dedos.  La mirada henchida

de horizontes, y apagadas memorias,

de barcos en la noche.  El sabor

de la neblina o la pasión vencida

de muslos aterrados.

 

Desprovistos del fuego

los cuerpos se ofrecen como valvas,

como vilano amado por el viento.

 

Son labios arrasados que se encienden

Abalorios transidos de efímeros destellos

 

 

CAÍN

 

Mi vida es el recuento

de innumerables noches

(de cuchillos, de tigres)

de gestos que repiten

eternamente un acto:

 

una herida que aún

me sangra en la memoria.

 

 

REMORDIMIENTO

 

Cuándo fue que la ola estuvo a punto de quebrarse

y los deseos regresaron fugaces a la arena.

 

Cuándo la huida, cuándo el ruido sordo de los cuerpos,

cuándo la confusión de los labios amándose.

 

La memoria se oculta en sus anillos,

y jamás abarqué aquella piel,

y nunca descansó mi cabeza en su seno.

 

Como un pecado absurdo me hiere

el filo impenetrable de aquél acto

que no logré cumplir.

 

        Y que pudo apartarme de otros actos.

 

 

DESCENDIMIENTO

Sant Joan de les Abadesses, 1983

 

Algo hemos de hacer para huir de la muerte,

 

y extraviarnos en esa altura axial

donde las azucenas nos retienen.

 

Las piedras nos oprimen: su humedad,

el reptil contacto de su musgo verdoso.

 

El aire, calmo y denso, nos vuelve barro

que nunca habrá de contener un cuerpo.

 

 

INSOMNIO

 

La noche me regala algún poema,

una palabra nueva

que no logro nombrar

 

y a duras penas

con las viejas comprendo.

 

La noche me regala unos ojos abiertos,

un sueño lejanísimo.

Y una vida también

que no la siento mía:

 

(murmullos minerales,

estelas de planetas

que amargamente giran.)

 

Y este sudor de carne inhabitable,

este estéril sudor

de sombras que se expanden

 

Y no saben cegarme las pupilas.

 

 

ALCIÓN

 

Añoramos el aire de las aves

su ebriedad,

la altura de secretos donde habitan.

 

Vemos su sombra pasar sobre la arena,

describir poliedros y palabras

y cristales que descifran la luz.

 

(Enternecidas recuerdan las pupilas

el seno que en su sueño las contuvo

 

Imaginan el filo solitario

de una cima

La delicia transparente del viento.)

 

Se derrumban en sopores de escamas

 

y bajan hasta la línea

finísima

             del hombre

 

 

ELOGIO DE LA VENGANZA

 

Por más que el agua caiga

y extienda sus alas el olvido,

el corazón se cierra

en el sopor

tan hondo

de las hojas,

 

(sí, es dulce la venganza.)

 

Sangres tibias recorren

el frío territorio de los dedos,

pero las hojas muertas de la lluvia

calladamente caen:

 

se precipitan dolientes en los labios.

 

(Avara, traza sus laberintos la venganza.)

 

Huele a tierra húmeda la venganza,

a barro primigenio, a adobe,

a cebada celeste.

 

Una ansiedad de vírgenes se agita

en el fondo del agua.

 

Las hojas se quiebran en los párpados

(es dolorosa, y dulce, y amarga, la venganza.)

 

 

LAS PALABRAS Y LAS COSAS

 

Se adhieren las palabras

a las cosas.

                  Pero, a veces,

hastiadas de su rara existencia,

solamente una brisa las separa,

y absurdas vagan,

solitarias,

tristemente calladas.

 

 

  VIGILIA

 

Ahora, nos decimos, será posible el mar. Ebrios

nos levantamos para rozar el lomo confuso

de algún libro, la estela dorada de algún sueño.

 

Qué agonía de sombra en la mejilla.

 

Eurídice gira en su más hermosa muerte.  Orfeo

se asoma a los balcones ofendidos del sol.

No hay apósito que calme esta furia de océanos.

 

Nada más que esta agonía existe -este calor tan sólo

de la noche de junio.  Desde sábanas muy antiguas

nos persigue la Luna: es celada el amor,

 

(y el libro, y sus espejos.)

                                       El mar únicamente,

el agua inmemorial -que es rosa y es diluvio-

logra desde su hondo olvido sosegarnos.

 

 

ESPEJOS

 

No debimos acercarnos al fuego,

ni jamás hubimos de sembrar su semilla

bajo nuestros párpados.  Mirar sin más

el agua quieta.  Reflejarnos en ella.

Perdernos en las vetas apagadas

y solas de sus ondas.

 

No fue el mar lo que amamos

sino la quietud perfecta de su espuma,

el azogue de cielos fecundísimos

en donde cada noche la Luna renacía.

 

Para fijar la impronta confusa de algún sueño

recorrimos la arena apagada de la tarde.

 

 

OCÉANO SEGUNDO

 

Para encelar el agua

que enamora los labios

y refleja cinturas adorables,

 

para atender al canto

de los pájaros

o al murmullo aéreo de las hojas,

 

para beber las piedras

heridas por la sombra,

y recoger las miradas azules de los muertos,

 

para besar, también,

el tronco erguido de los árboles,

y abrazar el talle desnudo de algún sueño.

 

 

 

III   MEMORIAS

 

 

Ed è subito sera

(Y enseguida anochece)

SALVATORE QUIASIMODO

 

 

CUERPOS ANTIGUOS

Sarcófagos fenicios, Cádiz, 1982

 

Se adensan las memorias,

descienden por los poros finísimos del tiempo,

y en el corazón del mineral se centran.

 

Allí, mansos, se pierden los recuerdos.

Las pupilas, las manos que ansiaron

la piel deliciosa de algún cuerpo.

 

Se juntan en esferas de lagos infinitos:

parecen animales heridos que se expanden.

 

Una gota de vidrio nos separa,

el murmullo del mar en sus mejillas.

 

En el cuenco paciente de la piedra

reposan los recuerdos, luminosos y bellos,

como apagadas auras de otros dioses.

 

 

CUMPLIMIENTO DEL VINO

 

Esta tarde es aquella otra tarde que viví,

la tarde de altos chopos, de otro viento.  Del agua

adormecida, como un rumor de madre tibia.

 

Tarde de besos blancos, de labios primitivos,

semejante a esta tarde que, dulce y somnolienta,

recupera remotos perfumes ya sentidos.

 

Me miro, y me recuerdo -ahora, como entonces-

con los ojos azules y abierta la memoria.

 

(Llegan hasta los labios las felices abejas

que inundaron de luz las horas ya vividas.)

 

Es cierto -lo sé ahora- el tiempo es la celada

y son falsas sus máscaras.  Aquél temblor de juncos,

y éste, son un sólo temblor: vahído

de vinos generosos, de fuego, de carne ya cumplida.

 

 

ANIMALIA

 

Hemos mirado el alba.  Un instante

cegamos las pupilas.  Y después

imaginamos islas maravillosas.

 

Extraños animales poblaron nuestra piel.

 

(Cuántas manos habrán acariciado

estos guijarros, esta misma espuma,

estas ondas de voces tan distintas.)

 

 

PÁJARO LUNAR

 

       El pájaro se envuelve cada noche

       de una luz más ligera.

 

       Y grita alrededor del fuego.

 

       Reúne los insectos

       y los barcos hundidos en la niebla.

 

       Indaga algún planeta donde asirse,

       un mapa prodigioso, o una selva

       de hondos vegetales.

 

       La maraña de valles de algún cuerpo.

 

       El pájaro lunar

       ha llenado los ojos de archipiélagos,

       de vigilias.

 

       Su canto horada los tejados, se dispersa

       en el mármol helado de los templos.

       Se agita como quien conoce

       el triunfo de la sangre,

       como quien presiente la amargura del viento.

       El pájaro sonríe

       desde el fondo del agua.

 

       Nos inquieta su plumaje de barro,

       el enigma lunar de sus pupilas.

 

 

MEMORIA

 

La marea nos trajo minerales

secretos, algas amortecidas y medusas.

Y algún que otro cristal.

 

Con pasión

la memoria nos habla de otras playas,

de acantilados furiosos y bahías

dulcísimas, mientras se media el sol.

 

Barcos llenos de brisas se alejaban

cuando sobre el verdín húmedo de las rocas

fuimos amados -¡labios y bruñidas

caricias animales, cuerpos densos de luz!

 

Por eso en el hastío dibujamos

signos extraños,

 

y en la lejanía

el mar se dobla inmóvil,

en su espacio.

 

 

EL TIEMPO SUMERGIDO

Sancti Petri, 1982

 

Nada queda de cuanto los hombres anhelaron,

 

pero la piel presiente algún secreto

que no logra entender, indaga

miradas tan lejanas, árboles tan profundos.

 

Ensaya extraños gestos que nunca conoció.

 

(Las horas son redondas -y circular el aire,

 

el fuego se demora en los planetas.)

 

Sólo el mar permanece.

 

Como un eco de luz, recuperamos

las voces de otros cuerpos,

el hálito vacío de otras vidas.

 

 

GAVIOTAS, ESPÍRlTUS DEL AIRE

 

Atestiguan el polvo, son las hijas del miedo,

almas endurecidas por el dolor del mar.

 

Habitan el repliegue abierto de las vísceras

y simulan el límite homicida del agua.

 

Inmóviles, las aves, no distinguen las voces.

 

Son árboles alados o dioses abatidos.

 

Como si el mundo careciera de nombres

acarician el borde brumoso de los seres.

 

En vano la memoria pretende el sortilegio.

Los pájaros mantienen el sol en la canícula,

son astros sostenidos por manos inasibles,

son cuerpos devorados por sirenas lejanas.

 

Llegan hasta nosotros, golpean las mejillas,

y descienden desnudos, por una extraña gracia,

al país de los labios, al reino de los ecos.

 

 

MADRE PRIMERA

 

Es sima de la sombra,

es el humus y el magma.

Es barro y es saliva

de donde tú surgiste.

 

Y es pájaro y es adelfa.

 

 

EL OTRO COSTADO

Ese ocaso que se apaga,

¿qué es lo que tiene detrás?

 J.R.J.

 

Qué mundo podrías darme tú

que fuera más dulce que este mundo.

 

¿Acaso en él las ramas se alzarían

desde su sombra hasta alcanzar la luz,

y caería el agua para calmar la sed

profunda de los árboles? ¿Y los ojos

oscuros de una mujer, nos raptarían

hacia el confín del alma, donde el alma

no existe?  No ambiciono otra carne,

ni otros besos.  Dame los mismos días

encendidos.  Dame las mismas noches

y sus cielos poblados de secretos.

 

¿Qué delicioso pan me saciaría?

¿En qué seno, de mujer o de ángel,

hallaría reposo?  Amo el fulgor

dorado del mar en las pupilas,

la ciencia generosa de algún vino.

 

No preciso otro mundo sino éste

que ya me has otorgado.  Y sus afanes,

y poderlo decir.  No me des paraísos

que el corazón no sepa contener.

 

 

LOS MARES, LAS MEMORIAS

 

Descienden los blandos peldaños del olvido.

No recuerdan los nombres, ni la luz, ni los besos.

 

Los cuerpos se enamoran de la arcilla,

se pierden en las vetas cegadas del silencio

hasta dar en las aguas más densas de la sombra.

 

Se golpean y caen, urden ríos,

memorias ancestrales -y planetas

que giran en torno de algún centro.

 

Los cuerpos se alejan tristemente.

 

Lanzan piedras, guijarros que no alcanzan

la mansa superficie de la vida.

 

 

OCÉANO TERCERO

 

Nada más esta tierra,

sus vahídos insectos,

los reflejos

caprichosos del agua.

 

Y estos brazos también,

 

Los únicos

que con tanta dulzura

nos refugian.

 

 

 

IV  PLEROMA

 

 

Y un eco queda solo en las orillas 

    LEOPOLDO PANERO 

 

 

PLEROMA I

Era el silencio,

el abismo,

el magma.

 

Urdimbre de brazos y de alientos.

 

Océanos presagios,

y círculos de limos iniciales.

 

Huyéndose,

expandiéndose,

pugnando por librarse de insofocables árboles.

 

Se desbordó

en frías espesuras,

en esferas de incierta lejanía.

 

Era un ave de anillos.

 

Azogues,

 

Precipicios,

túneles y bahías.

Y secretos eones.

 

Espuma tras espuma:

la huida, la perdición, la mácula,

 

espejo tras espejo,

 

hasta el arco del labio

(el dadivoso labio)

el labio que concilia la palabra y el beso.

 

 

PLEROMA II

 

A uno y otro lado del espejo,

 

Dios y yo,

 

mirándonos.

 

 

PLEROMA III

 

No sé cómo llegué hasta esta playa

de algas infinitas.  No llego a comprender

estas frágiles láminas

 

(los océanos, abismos y destinos)

 

las sutiles distancias

que nunca conseguiré librar

 

  (ese Dios que me busca

a tientas por el sueño, perdido entre visillos

y arenas abisales. Me enternece,

                                                 no puedo

rescatarlo.

                Es sombra desolada

en el quicio finísimo del vidrio.)

 

Qué frialdad de dioses repetidos,

de animales o ángeles

 

extraviados en los laberintos del olvido.

 

                                   

 

Todo fue mar

y espuma

y eco.

 

 

 

ESTE LIBRO 

SE TERMINÓ DE IMPRIMIR 

EN LOS TALLERES  GRÁFICOS DE LAVEL, 

S. A. EN HUMANES (MADRID),  EN EL MES DE MARZO DE 1992

 

 

La presente edición de Los mares, las memorias, 

de Miguel Florián, realizada por 

Portal de Poesía, ha sido 

depositada en la Red 

a los veintinueve días

andados del mes 

de marzo  

del  año 

dos 

mil 

cuatro

.