Rosario de Acuña

 

 

 

    POEMAS  

 

 

 

 

A una gaviota

 

Tú que cruzas las revueltas

            Ondas del mar,

Oye el eco que te manda entre el aura

            Mi cantar.

 

            ________

 

Eco triste y melodioso que se pierde

            En derredor,

Eco que del alma brota, cual un grito

            De dolor.

 

            ________

 

Yo quisiera sobre el mundo levantar

            Mi pensamiento,

Como allá en la mar te elevas

Desplegando tu plumaje

            En el viento.

 

            ________

 

Yo quisiera, con mi alma,

A través de los espacios

            Seguir tu vuelo,

Fijando las esperanzas

Que en ella moran

            Sólo en el cielo.

 

            ________

 

Yo quisiera del humano no ver nunca

            La maldad,

Y vivir, como tu vives,

Siempre libre y venturosa

            En constante soledad.

 

            ________

 

Yo quisiera que mi cuerpo,

Desprendido de la vida,

            Durmiese en calma,

Y á la mansión de la gloria,

Reina de paz y de amores,

            Volase el alma...

 

            ________

 

Pero ¡ay! que mi pensamiento

            Gime en cadenas,

Cuyos fuertes eslabones forman

            Las penas.

 

            ________

 

Y siempre volando en torno

            De la esperanza,

La dicha que él ambiciona

            Jamás alcanza.

 

            ________

_

Y contemplo tristemente

            Los desengaños,

Que brotan  con la experiencia,

Con los dolores del alma,

            O con los años.

 

            ________

_

Y va mi vida siguiendo

            Triste carrera,

Y de romper con el cuerpo

Que la aprisiona insensato

            Ya desespera.

 

            ________

_

Tú que escuchaste los cantos

que del alma se escaparon

            Como un suspiro,

Llévalos entre tus alas

Y no dejes que se pierdan

            Con tus giros.

 

            ________

__

Déjalos en las regiones

De otros mares

            Más hermosos,

El aura tal vez los lleve

Donde vi pasar los días

            Venturosos.

 

            ________

 

Allí morirán  sin eco,

Que  nunca tuvo respuesta

            Mi canción...

¡Llévatelos y no olvides

Que entre sus notas va envuelto

            El corazón!

 

            Gijón, 1874.

El Correo de la Moda, Madrid, 10 de diciembre 1882, p. 362.

Reproducido en El Cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, pp. 74-76.

 

 

 

Casualidad

 

Soñé, y en la dormida inteligencia

Vi al humano, con ansia desmedida,

Buscando los principios de la vida

Y dudando a la vez de su existencia;

 

Vi al ocio revestido de prudencia,

Vi la igualdad tornarse fraticida,

Vi la diosa Razón entumecida

Y en el caos a Dios y a la conciencia.

 

Vi una raza luchando con la muerte,

A Europa envuelta en sangre y desgarrada,

Más lejos, sin girar, la tierra inerte;

 

Y aún de mi sueño aquel horrorizada,

Me despertó, con peregrina suerte,

De un loco que pasó la carcajada.

 

(Revista Contemporánea, V, Madrid, 15 de agosto 1876, p. 20)

 

 

 

Un cuento

 

Paróse ante las puertas de la vida

         Un inocente niño

Y preguntó: “¿Para encontrar caricias,

Flores, arroyos, pájaros y nidos,

Me pudierais decir por dónde marcho?”

         “No conozco el camino:

Más adelante encontrarás un guía,”

          Le respondió el Destino.

 

            _______

 

Tornóse en joven, y con ansia loca

          Preguntó en su delirio:

“Para encontrar amores y riquezas,

Estimación, virtud, gloria y amigos,

Me pudierais decir por dónde marcho?”

           “No conozco el camino:

Si le quieres hallar, búscale sólo”;

             Le respondió el Destino.

 

            ________

 

Llegóse el Tiempo; con su lento paso

            Trocó el calor en frío.

El joven, en anciano transformado,

De penas y dolores perseguido,

Preguntó con un resto de esperanza:

“Me pudierais decir por dónde sigo

Para encontrar la paz, la paz del alma?”

               “No conozco el camino,

Sólo puedo decirte que le busques;”

               Le respondió el Destino.

 

               ___________

 

Al salir del alcázar de la vida,

Cuentan los que la han visto,

Que preguntaba el alma por el cielo

Y nadie le dio señas del camino.

 

1880.

(El Correo de la Moda, Madrid, 2 de febrero 1883, p. 35)

 

 

 

Soneto

 

¡Igualdad! ¡Casta virgen que aparece

Revestida de mágicos fulgores,

Y que ofrece a los hombres sus amores

Mientras el alma en la ilusión se mece!

 

Su vaga forma ante la vista crece,

Les invita a luchar por sus favores,

Y apenas se proclaman vencedores,

Cuando al irla a tocar, desaparece.

 

¡De Libertad y de Justicia hermana,

Su imperio tiene en la mansión divina

Y allí la encuentra la razón humana

 

Cuando al destino de su fin camina,

Que en este mundo de flaqueza vana

No se la ve jamás, se la adivina!

 

1880

(Asta Regia, Jerez de la Frontera, 16 de abril 1883, p. 7)

 

 

 

El fin de un año

       Soneto

 

¡Ya ha muerto! En los abismos del olvido

lo sepultó el rodar de nuestra esfera:

¡polvo queda no más, sombra ligera

de todo aquello que en la tierra ha sido!

 

El tiempo se lo lleva confundido

Con mil años y mil ¡quién lo dijera!

Tan solo el hombre en su soberbia espera

Que llegará a contar los que han huido.

 

¡Un año que ha pasado! Hacerle cargo

por ser largo, o ser breve, es bien aleve,

¡Quién le pudo llamar feliz o amargo!

 

¡Quién a medirle por compás se atreve!

Para el que halló la juventud fue largo,

Para el que vio la ancianidad fue breve.

 

(Las Dominicales del Librepensamiento, Madrid, 18 de enero,1885, p. 4.)

 

 

 

Pensamientos

 

¿Qué es la luz? El beso de las constelaciones

a través del espacio; el saludo de la humanidad

por medio de la historia; el triunfo del amor

sobre el egoísmo. ¡Oh, luz, bendita seas!

 

La caridad es la única virtud que puede transformar

La tierra en morada de ángeles.

 

¿Qué eres felicidad?... si renuncio a encontrarte

no ceso de reír, así que te busco y te persigo

ya estoy llorando.

 

¿Qué soy? ¿Por qué soy? Dos interrogaciones

formidables que se abren como abismos sin fondo

a la diestra y a la siniestra del hombre,

si se acerca a ellas; se para y no logra ver más

que sombras espesísimas, si camina sin mirarles

sigue las huellas del bruto... ¿Cómo acertaremos?

 

(Las Dominicales del Librepensamiento,  Madrid, 8 de febrero 1885, p. 3.)

 

 

 

A la memoria de Víctor Hugo

       La herencia del genio

 

Entre olas de placeres y dolores,

Luchando siempre, sobre el mundo avanza

La humanidad, siguiendo a la esperanza,

Astro que irradia ardientes resplandores;

 

Cantan sus muchedumbres mil primores,

Y cuando piensa que lo eterno alcanza,

Se inclina de la muerte la balanza

Y se hunden en la sombra sus amores.

 

Pasa, cual humo, al fin desaparece,

Y en el silencio de la noche rueda:

En tanto el alma de los genios crece,

 

De un siglo entero el pensamiento hereda,

En estelas de fuego se estremece,

Y al fin en lo inmortal luciendo queda.

 

Las Dominicales del Librepensamiento, Extraordinario en  honor de Víctor Hugo, Madrid, 28 de mayo 1885, p. 2. (Con frecuencia los poemas, artículos, etc. eran reproducidos en distintas publicaciones después, este soneto lo sería en la publicación masónica, La Humanidad, Órgano oficial de la Constante Alona, n.º 8, año III, n.º 15, Alicante, 30 de mayo 1885, p. 119.)

 

 

 

La libertad

 

¡Oh ¡ libertad, fantasma de la vida,

Astro de amor a la ambición humana,

El hombre en su delirio te engalana,

Pero nunca te encuentra agradecida.

 

¡Despierta alguna vez! Siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana:

Se te busca en el hoy para el mañana,

Viene el mañana y se te ve perdida.

 

Cámbiase el niño en el mancebo fuerte

Y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar a verte.

 

Ruedan los años sobre la ancha esfera

Y en el último trance de la muerte

Aún nos dice tu voz: ¡espera! ¡espera!.

 

 (De Rienzi el Tribuno)

Las Dominicales del Librepensamiento, Madrid, 1 de marzo 1883, p. 3. (Este soneto se encuentra reproducido en infinidad de medios de la época, de modo especial como ilustración de las críticas positivas que sucedieron al estreno del drama, en verso,  Rienzi el Tribuno <1876>)

 

 

 

El otoño

 

Templa su fuego el sol bajo el nublado;

Las nieblas rompen sus tupidos velos,

Desciende la lluvia, y arroyuelos

De límpido cristal recoge el prado.

 

Pájaro amante, insecto enamorado,

Sienten, última vez, ardientes celos;

Marchan la golondrina y sus polluelos;

Se adorna el bosque de matiz dorado.

 

¡Ya está aquí! El mar levanta sus espumas

y acres perfumes a la tierra envía...

¿Quién no le ama? Entre rosadas brumas,

 

coronado de mirtos y laureles,

viene dando a las vides ambrosía,

vertiendo frutas, regalando mieles.

 

El Programa, Número Extraordinario, “El Otoño”,  Sevilla, 1 de octubre 1899, p. 1.

 

 

 

Las dos nubes

 

Una nube sombría

cruza el espacio,

yo me llamo tristeza

va murmurando;

soplan las auras

y sus negros crespones

se desparraman.

_____

 

Otra nube muy blanca

volando llega,

yo me llamo alegría

dice á la tierra;

soplan los cierzos

y sus leves cendales

van esparciendo

______

 

Y la blanca y la negra,

 veloces pasan;

á una llevan los cierzos

y á otra las auras;

penas, placeres,

son nubes de la vida;

   ¡dejad que vuelen!

 

El Cantábrico, Santander, 11 de septiembre 1901, p. 1. (Este poema fue leído, con otros de la autora, en Gijón en una velada celebrada a favor de los presos y publicado al día siguiente en el diario El Noroeste, 27 de marzo 1911, p.2) Reproducido en El cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, p. 77.

 

 

 

Las cumbres

 

 

Se sube y quedan valles y cañadas

En rincón apacible y escondido;

Se deja, abajo, la quietud del nido,

Se busca, arriba, abismos y emboscadas;

 

Al fin de penosísimas jornadas

Se llega, si el cansancio no ha vencido,

A ventisquero por el sol bruñido;

 A rocas por el rayo quebrantadas.

 

También las almas de pasión henchidas,

Ascienden, en jornadas, a las cumbres

Del oro, del saber o de la gloria;

 

Muchas por el cansancio son vencidas;

Las que llegan ¡qué horribles pesadumbres

Tienen que compartir con la victoria!

 

El Cantábrico, Santander, 6 de noviembre 1901, p. 1.

 

 

 

La marea

Canción

 

Ya se escucha en las orillas

El rumor de la marea;

Vendavales de dolores

Traen sus olas turbulentas.

Son lamentos y sollozos de incontables muchedumbres,

Que sufrieron el martirio bajo el yugo de la fuerza;

         Viene henchida de agonías;

                ¡Ya se acerca!

 

                          I

Es el grito del espanto del minero que sucumbe

Asfixiado por el fuego, en la entraña de la tierra,

Siendo el lodo del abismo tenebroso su mortaja,

         No dejando más que el hambre

                   Por herencia.

 

                          II

 

Es el grito del que cae de una cumbre del palacio,

Jaspeando con su sangre el vestíbulo de piedra,

Donde luego, vanamente, clamarán sus pequeñuelos,

             Cuando vayan mendigando

                     Por las puertas.

                    

                          III

 

Es el grito, sin consuelo, de la inmensa desventura

De la virgen que se vende, de la virgen que se entrega,

Fustigada en su abandono por el látigo del hombre,

       Y agobiada de cansancio

              Y de miseria.

 

                     IV

 

Es el llanto de amargura de la infancia sin amparo,

Que tirita, escarchada por el hielo su cabeza,

Disputando, fieramente, con los perros vagabundos,

                  El mendrugo enmohecido

                        De la cena.

 

                               V

 

Son los ayes de los pobres desvalidos viejecitos

Que agotaron, trabajando como honrados, la existencia,

Y se mueren solitarios en rincón abandonado,

             Siendo escarnio de los hombres

                 Su tristeza.

 

                        VI

 

Son los gritos de los seres humillados y vencidos

Que formaron hondos mares con sus lágrimas de pena,

¡hondos mares tormentosos, de corrientes desbordadas!

                    Donde rugen huracanes

                           Y centellas.

 

                                 ___

 

                   Ya se escucha en las orillas

                    El rumor de la marea;

                    No habrá rocas, ni aún las altas,

Que resistan los embates de sus olas turbulentas,

                    Viene henchida de agonías;

                     ¡Ya se acerca!...

 

El Cantábrico, Santander, 27 de febrero 1902, pp. 1, 2. (Reproducido en la CNT, Madrid, 22 de agosto 1936, p. 1)

 

 

 

Los envidiosillos

 

 

La envidia, en sus negruras repugnantes,

Tiene también su mérito, y su alteza,

Y lleva un sello de inmortal grandeza

Cuando alienta en el pecho de gigantes.

 

¡Quién sabe si el Quijote de Cervantes

Fue una sonrisa amarga de tristeza

Al ver rendida su genial cabeza

Entre tantas de imbéciles triunfantes!

 

Esa envidia del genio, que ennoblece,

No es la vuestra ¡malvada camarilla

Del odio ruin, que achica y envilece!

 

Vosotros sois, cual perro de trailla,

Que a la vista del látigo enmudece

Y ante indefensa res soberbio chilla.

 

El Cantábrico, Santander, 22 de abril 1902, p. 1.

 

 

 

El soneto póstumo

 

A mi madre, Dolores Villanueva, viuda de Acuña,

aquí yacente desde 1905.

 

 

Ya estoy contigo, madre; nuestras vidas

caminaron por sendas diferentes,

llegando, al fin, cansadas y dolientes,

á dormir en la muerte, confundidas.

 

Por filial y materno amor unidas,

queden en paz eterna nuestras mentes,

cual dos opuestas ramas ó corrientes

de un solo tronco ó manantial nacidas.

 

¡No despertemos nunca, madre amada!

¡Más sí al mandato del poder divino

el yo consciente surge de la nada,

 

uniendo tu destino á mi destino,

llévame entre tus brazos enlazada

y sigamos las dos igual camino!

 

Rosario de Acuña, muerta en 19...

 

El Noroeste, Gijón, 3 de Mayo de 1923. Reproducido en El Cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, p. 78.

 

 

 

El lirio silvestre

 

A mi buena amiga Ricarda Valenciaga de Bonafoux

 

 

En la orilla del límpido arroyuelo,

sobre el verde tapiz de la pradera

te engendra la risueña primavera

cuando aún la escarcha se transforma en hielo.

 

Perfumado y erguido, desde el suelo

presta aroma á la brisa placentera,

y la pintada mariposa espera

libar su cáliz para alzar el vuelo.

 

De transparente y nítida blancura,

o violado, con briznillas rojas,

es la gala y encanto del estío

 

y es un símbolo eterno de hermosura

al desplegar el manto de sus hojas

esmaltadas con perlas de rocío.

 

El Noroeste,  Gijón, 15 de agosto de 1924. N.º Extraordinario. (Publicado con el epígrafe "Un soneto inédito")

Reproducido en El Cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, p. 78.

 

 

 

Más allá de la muerte

 

Cuando la muerte tienda sus alas

sobre las sienes de mi cabeza,

y con sus duros labios de esfinge

bese mi frente pálida y yerta.

 

Cuando en sus brazos llegue a enlazarme,

y mis oídos oír no puedan,

y mis palabras no hallen sonidos,

y mis pupilas  se queden ciegas.

 

Cuando ya nada del mundo pase

por los umbrales de mi conciencia,

recostada junto al abismo,

espere solo la paz eterna.

 

En ese instante supremo, el alma

mandará al cielo su luz postrera,

la última ráfaga de sentimiento,

la última chispa de inteligencia.

 

Con esa chispa, con esa ráfaga,

como fatídica visión horrenda,

irá el recuerdo, vivo y perenne,

de la católica romana iglesia...

 

y por encima de mi sepulcro

surgirá entonces mi anatema,

grito del alma que, eternamente,

irá diciendo = ¡maldita sea ¡ =

 

(“Escrita en 1910, revisada en 1917. Para que se publique al otro día de mi muerte”).

 

El Motín, Madrid, 12 de mayo 1923. (Le acompañaba esta nota: “Ultima poesía de doña Rosario, que depositó en manos de una joven de Tremañes —Gijón—  á quien profesaba gran cariño, para que se publicase cuando muriera, y que me honro en publicar”).

Reproducido en El Cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, pp. 79 – 80.

 

 

 

Mi última confesión        

 

El día terminó; la noche llega;

he sentido, he pensado y he llorado;

amé y odié, pero jamás ha dado

asilo el alma á la pasión que ciega.

 

La fé en el porvenir mi ser anega;

constante y rudamente he trabajado;

sufrí el dolor con ánimo esforzado

y sembré mucho, sin hacer la siega.

 

Gané el descanso en la región ignota

donde reina la paz del sueño inerte;

pero la luz que de la mente brota

 

y en ruta eterna sus destellos vierte

será encendida en estación remota.

¡Tendré otro día al terminar la muerte!

 

            Gijón, 1922.

El Motín, Madrid, año XLIII, n º 26, 30 de junio 1923.

 

*Iba acompañado de la siguiente nota de la Redacción: "Soneto inédito que se ha encontrado al abrir el cofre donde guardaba los originales doña Rosario de Acuña, soneto que no había hecho conocer a nadie"

 

Reproducido en El Cuerpo de los vientos. Cuatro literatos gijoneses, p. 80.

 

 

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Para información sobre la escritora, su obra,  y circunstancias pueden ser de utilidad las siguientes obras:

 

CASTAÑÓN, Luciano, Aportación a la biografía de Rosario de Acuña, Oviedo,  Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, n.º 117, 1986.

 

SIMÓN PALMER, M ª del Carmen, Escritoras españolas del siglo XIX. Manual bio - bibliográfico, Madrid, E. Castalia, 1991. Ver: “Introducción”, pp. IX-XVI y la entrada “Acuña Villanueva  de La Iglesia, Rosario de. Remigio Andrés Delafón (seud.)”, pp. 4 -11.

 

SIMÓN PALMER,  Carmen, “Introducción y notas”, en  Rienzi el tribuno; El Padre Juan, Madrid, E. Castalia, 1990, pp. 1-38.

 

LACALZADA de MATEO,  M ª José, “Mercedes de Vargas y Rosario de Acuña: el espacio privado, la presencia pública y la masonería (1883-1881)”, en  VV. AA. , Prototipos e imágenes de la mujer en los siglos XIX y XX, Málaga, Universidad de Málaga , Atenea, 2002, pp. 43-72.

 

BOLADO, José, “Introducción y notas biográficas”, en ACUÑA, Rosario de, El Padre Juan. Gijón, Ateneo Obrero de Gijón, 1985, pp. 11- 29.

 

BOLADO GARCÍA, José, “Biografía”, en ACUÑA, Rosario de, Artículos y cuentos, Gijón, Ateneo Obrero de Gijón, 1992, pp. 1 – 42.

 

BOLADO GARCÍA, José, “Rosario de Acuña: palabra y testimonio en la causa de la emancipación femenina”, en J. A. FERRER BENIMELLI (coord.), La Masonería española y la crisis colonial del 98, Zaragoza, CEHME, 1999, pp. 65-82.

 

BOLADO GARCÍA, José, “Rosario de Acuña”, en El Cuerpo de los Vientos. Cuatro literatos gijoneses, Gijón, Editorial Gea, Biblioteca gijonesa del siglo XX, 2000, pp. 31-74.

 

Xosé Bolado

Madrid, junio 2005.

 

 

 

 

 

Esta 

selección de 

poemas de Rosario

de Acuña, realizada

por Xosé Bolado, ha sido depositada en  

la Red a los diez días andados del mes de 

julio del año 

dos mil

cinco

.