Rodrigo Olay

 

Ocho poemas de La víspera

 

(Isla de Siltolá, Sevilla, 2014)

 

 

 

                    

                             

 

JOSÉ

 In memoriam J. B.

 

 

Fue solo algunos días, los primeros

del verano. Nos era todavía

difícil dormir bien. Muy de mañana

cuando el cielo es aún blanco,

estábamos vestidos, antes casi

de irse los mayores.

Nos quedábamos solos pronto, y pronto

cogíamos las bicis.

Recuerdo bien cómo al salir de casa

sentíamos el frío que no puede

vencer la ropa fina de principios de junio

y el aire nos hería poco a poco

al ir pedaleando

mientras la hierba húmeda

nos lamía las piernas.

Nos íbamos los tres por el sendero

rojizo, junto al río,

sin saber bien a dónde,

pero al llegar al cruce

la inercia nos llevaba

a la vieja cancela.

El primer día Pedro lloró un poco,

pero lo convencimos.

Dejábamos las bicis apoyadas

junto al muro musgoso, y, ayudándonos,

saltábamos la tapia.

Después, dentro, el camino

nos era familiar, y, al desandarlo solos,

volvía la presencia reciente de los días

pasados, de la mano,

rodeados de gente, pero rápido

llegábamos delante, y era allí

donde nos deteníamos.

Sentados en el suelo, silenciosos,

el tiempo iba trenzando nuestras respiraciones,

nos iba rodeando.

Queríamos tan solo

sentir su compañía, hacernos a la idea,

recordar sus palabras de las últimas veces.

En la piedra posábamos las manos

recorriendo las letras con los dedos,

sintiendo su relieve.

Al poco nos marchábamos,

y volvían las bicis y ya eran vacaciones

y de regreso a casa echábamos carreras.

 

Fue solo algunos días, los primeros

del verano. Queríamos decirle

más despacio,

sin miedo,

adiós,

abuelo,

gracias.

 

 

 

 

EL ÚLTIMO POEMA DE NICK CARRAWAY

 A Jesús Beades

 

 

Un parpadeo verde en la bahía;

y un nombre, Daisy, un nombre, a cada hora;

y un cuchillo, tan lento, hasta la aurora

de estrépito, de alcohol y demasía.

 

Un hombre en la piscina, y su derrota;

y un coche, un beso, un todo para nada;

y cuando oye a lo lejos la llamada,

Gatsby entiende, mientras su cuerpo flota,

 

que nunca volverá la vez primera,

que no habrá flirt en un cocktail galante,

que ella jamás regresará a su lado;

 

y que el futuro es ya lo que antes era,

que tiene su recuerdo por delante,

que ella lo amará siempre en el pasado.

 

 

 

 

BARCELONA

  

 

La luz, era la luz sobre nosotros

y perdernos y siempre y cielo limpio,

era el viento salobre, el perfil blanco

del skyline de julio y Barcelona.

Eran tus manos eligiendo calles

frescas y parques lentos y mañana

y entonces y ya no regresaremos.

Pídeme lo que quieras. Pide. Es tuyo.

Pero no aquellos días, por favor.

Pero no aquellos días.

  

 

 

 

DÍA DE NIEVE

 

 

Moja la leve hierba

la luna hecha pedazos

y es la luz del entonces la que duele en las manos.

Es un azúcar húmedo, es niebla por los suelos,

es un esmoquin blanco hecho de espuma,

es lejana agua blanda,

la amortecida piel de Isabel Freyre,

es un mar detenido,

una desnuda diosa, arena pura

que tirita, aterida,

y es la promesa antigua que las horas consumen.

Eres tú,

que devuelves el tiempo a la aurora más tierna

y que haces florecer de repente el almendro

o conviertes el prado en tobogán.

Eres tú, nata fresca

o labios de cristal,

silencio

             desplomado

                                 poco a copo,

noche encendida, humilde y fugitivo

mármol, sábana súbita y crujiente,

momentáneo papel en que los pies se inscriben,

cuaderno el primer día de colegio

y virgen temerosa de su propia hermosura,

o algodón melancólico o nube de la tierra

o también el cadáver de la luz

o quizá piel del frío

o nostalgia radiante

o todas o ninguna de todas esas cosas.

 

Pero a ti, nieve nueva, nada quiero decirte.

Es a ti, nieve humilde,

a ti, nieve del día

después, nieve grisácea,

nieve sin nieve, rota, nieve por los rincones,

a quien solo le queda el orgullo fugaz

del padre pobre de una hermosa hija,

a ti, nieve en minúscula,

relegada a las tapias altas, sucias, umbrías,

a ti, nieve de barro, modesta nieve, quiero

darte ahora las gracias, nieve impura,

nieve que nos regalas certidumbre.

Gracias a ti sabemos que no fue ayer un sueño.

Gracias a ti sabemos

que, a veces,

sí que ocurren

los

milagros.

 

 

 

 

 LA VÍSPERA

 

 

Cada cinco de enero.

La última semana de colegio.

La noche antes de un viaje.

Todo viernes.

La tarde del ya lo verás mañana.

Hasta un libro de texto el día que lo compras.

Un sobre sin abrir.

El primer paso fuera del hotel.

Navidad en verano.

El instante en que sabes que se va a desnudar.

Un regalo aún envuelto.

La victoria, tan limpia, sobre el mapa.

Los besos, cuando no eran para ti.

 

Y peor todavía:

lo que quisiste ser.                                                                                                         Ahora, compara.

 

 

 

 

BEAT GENERATION

 A José Luis  Sevillano

 

 

Escapar. La carretera.

El Chevrolet. Algún disco

y algún libro. San Francisco.

Lucky Strike. La camarera

de otro bar. La noche entera

despiertos. Ácido. El mar.

Miles Davis. Corea. Aullar

al horizonte. Escribir

porque vamos a morir

pero pudimos amar.

 

 

 

 

FIN DE CURSO

 

«Amo el campus

universitario».

Á. González

 

«…las leyes físicas no tienen

plena vigencia en este territorio».

J. A. González Iglesias

 

Mediodía en el campus.

 

A la sombra ligera de una morera blanca

estudian en el césped unos jóvenes.

 

No saben que los miro.

 

Sus apuntes cultivan, minuciosos,

retículas de nieve sobre el verde caliente,

y en sus gafas oscuras

brilla la claridad de los que ven más lejos.

 

Se tumban. Boca arriba,

sus cristales devuelven el azul que contemplan

con un lago minúsculo en los ojos.

 

Si se sientan en corro, son un collar veloz.

 

La luz que se derrama desde el cielo de junio

se enreda entre las hojas del moral                                

y arroja en la penumbra                                

un breve enjambre de monedas de oro         

que en sus pieles joviales

imprime incandescentes tatuajes.

 

El tiempo no transcurre

porque no les importa.

 

                                    De sus labios,

a menudo, flexibles brotan viejas palabras

que áridos eruditos

en noches pensativas concibieron

como crece un amor.

 

Sonrientes, concentrados, en el prado

la primavera última es su reino

porque es el tiempo de la intensidad

y, solo así, de los estudios nobles.

 

Comienza a hacerse frío

su cobijo de hierba.

 

                                            Y, sin embargo,

no importa que la noche se aproxime

porque más duradera es la lección

de su estudio salvaje.

 

Junto al sol, bajo un árbol, rodeados

de amigos y de libros, unos jóvenes

saben alegre la sabiduría.

 

 

 

 

SI PUDIERAN MIS VERSOS SER LOS ÚLTIMOS

A Nuria

 

Si esta noche muriera, no lloréis.

Soy joven y, quizá, digáis: «no era su meta

todavía». Da igual. Si incluso fui poeta

(o espero que vosotros lo penséis).

 

Lo tuve todo, y eso es tenerlo aún. Vi

New York, nevar, crecer a mis hermanos,

y una joven me quiso lo mismo que a sus manos

y yo la amaba tanto como mi madre a mí.

 

No sufrí gran dolor. Leí. Reí. Viajé.

Y cuanto hice, o casi, hoy volvería a hacerlo.

Mis amigos, familia… Sé que me añoraréis.

 

Pensad: si fui feliz, ya siempre lo seré.

Si fui infeliz, ya no volveré a serlo.

Si esta noche muriera, no lloréis.

 

 

                            

 

Esta selección de poemas de

Rodrigo Olay de su libro La víspera ha sido

depositada en la Red a los 

veintiocho días andados 

del mes de agosto

del  año 

dos mil 

catorce

.