MIGUEL FLORIÁN

 

 

ANTEO

 

 

a  Teresa

 

 

Mira la tierra, Anteo. Todo en ella

se acostumbra a la muerte.

FERNANDO GUTIÉRREZ

 

 

                                           I

 

 

 

EL ALBA ES UNA LÍNEA BLANCA

 

 

El alba es una línea blanca

que han tendido los pájaros,

 

una cuerda de luz, abandonada.

 

 

Nada se escucha aún...

sólo el murmullo,

la marea de sangres

que encenderá la vida.

 

 

Atraviesa la calle

un frescor de inocencia...

 

Y los hombres no existen todavía.

 

 

CONFLAGRACIÓN DE LOS PÁJAROS

 

 

Amanece..., y los pájaros

describen con sus voces

redondas simetrías

de pálido cristal...

 

Otros enigmas urde el corazón

-la maravilla oscura de la sangre,

la luz tiñendo los pulmones

de vida roja y limpia.

 

Amanece, las palabras se agitan

en el sopor profundo de la sombra.

 

El tiempo es este instante,

la breve eternidad

que se demora un momento en los árboles.

 

 

LA DICHA ES SOLAMENTE

 

 

La dicha es solamente

estar aquí,

 

asomado a la puerta

para beber la luz.

 

 

Y no temblar,

y no moverse de este instante.

 

 

UNOS PASOS ATRAVIESAN LA CALLE

 

 

Unos pasos atraviesan la calle,

(¿a dónde irán?), y tú vagas tras ellos,

imaginas la vida presurosa

que se pierde en la sombra.

 

La vida ajena,

vida siempre fugaz, que se extravía,

(lo mismo que la tuya).

 

 

EL MAR, AZUL, AL FONDO

 

 

El mar, azul, al fondo

y más acá

la línea rota de la espuma.

 

Del tiempo también roto.

 

 

(Y fuera sangre,

pupila que se extiende

hasta alcanzar el blanco

velamen de algún barco).

 

 

Y siempre el mar

como un latido añil

-redondo-

que se aleja.

 

 

ESTA LÍNEA QUE PARECE ALEJARSE

 

 

Esta línea que parece alejarse

no es el mar,

ni el corazón tampoco.

 

 

La brisa de la noche,

en el estío,

a veces nos devuelve

sílabas semejantes,

parecidas fronteras.

 

 

El mar abandona en el alma

guijarros, caracolas,

palabras como éstas

 

(pero más verdaderas).

 

 

CEMENTERIO MARINO

 

                                           a Carmen y José María

                                           [ Luarca, 1992]

 

 

1

 

Aquí la muerte es blanca,

encalada desciende

por los muros heridos

hasta abrazar el mar.

 

 

El mar, el horizonte...,

el sueño de los hombres,

la lentitud del alma...

 

Las palabras son blancas.

 

 

El mar... Las gaviotas,

por un instante planas,

han ido derramando

su muerte generosa,

como musgo de luz

que humedece los labios.

 

 

2

 

La muerte es aquí blanca

junto al azul del cielo.

 

 

El perfume del pino,

la tibieza del agua...,

la luz es también blanca.

 

 

Son lagartijas blancas

los muertos al tenderse

bajo la cal, desnudos,

avarientos de olvido...

 

 

Cuando después se alejan

a otro país más frío,

cuando caen hacia el sueño,

reflejando las velas

de los barcos, el ala

dorada de los pájaros,

 

en sus pupilas blancas.

 

 

ALONDRAS

 

 

Desde los labios ingrávidos del viento

me llegan sus palabras, las líneas que dibujan

sobre el espacio azul del mediodía.

 

Su reguero de luz,

el abismo lejano de su vuelo.

 

Y yo me sé  nostalgia

de su altura, azogue que recoge

su voz transfigurada, su carne de cristal,

su alma de hondo sueño.

 

 

ESCUCHAS EL VIENTO AL MEDIODÍA

 

 

Escuchas el viento al mediodía

gemir entre los álamos, rasgar

el corazón, herirlo hasta el silencio.

 

 

Hace temblar las ramas. Desconoces

el nombre de esos seres inasibles

que el viento empuja hasta su olvido.

 

 

CIERRO AHORA LOS PÁRPADOS

 

                                           [ Pelayos, 1990 ]

 

 

Cierro ahora los párpados

bajo este sol de julio.

Es muy dulce perderse

en estos laberintos.

 

 

Regresar por las vetas

quemadas de la tarde,

hasta dar en la vulva

secreta de la piedra.

 

 

Y ser piedra también.

(Ser liquen, ser arena,

arcilla que celebra

el triunfo de la sombra).

 

 

ESTE PEQUEÑO HUERTO

 

 

Este pequeño huerto,

donde las ramas se estremecen,

me trae a la memoria

algún fruto

y alguna fuente oculta,

 

donde sacié otra sed.

 

 

EL SOL ESTÁ EN EL CENTRO

 

                                           [ Pelayos, 1990 ]

 

 

El sol está en el centro

herido de la tarde.

 

Me envuelve un coro

-amarillo y metálico-

de seres inasibles.

 

Fatigados los ojos se demoran

en el vuelo

de abejas y libélulas.

 

Imagino otra vida

-tan callada, tan quieta-

como ésta.

 

Siento otro corazón

como mi corazón.

 

Y una tarde -desnuda

y blanca-,

lo mismo que esta tarde.

 

 

LIBÉLULAS

 

 

Se estremece la tarde

con la brisa.

 

El mundo es infinito.

 

 

Las libélulas

se aproximan, verdosas,

hasta el agua.

 

 

Las amé,

 

en su vuelo tan leve,

en su instante,

en su quietud perfecta

de cristal.

 

 

En su eco de luz

(que es junco

 inmarcesible)

 

Las amé,

junto al agua.

   

HA PASADO LA LLUVIA

 

                                           [ Niebla, 1987 ]

 

 

1

 

Ha pasado la lluvia,

tras los cristales

una mujer nos mira.

 

 

Un aire limpio

atraviesa la carne,

como si una tibieza

de dios nos embargara.

 

 

Y la luz

de nuevo nos regala

un pueblo blanco,

un campo verdecido.

Un campanario antiguo

que cobija a los pájaros.

 

 

2

 

Ha pasado la lluvia,

 

y ha dejado

un grito húmedo

al fondo de la tarde.

 

 

Detrás de los cristales

-con los labios y el corazón cerrados-

su alma abarca insaciables diluvios.

 

 

Siempre estarás ahí,

asomada a la tierra

que se abre y no calma su sed.

 

 

Para alcanzar

la dicha de la luz.

Y renacer desnuda,

después, en la memoria.

 

 

SE VUELVE A VER EL MAR

 

                                           [ Ribadeo, 1992 ]

 

 

Se vuelve a ver el mar.

 

Detrás de los tejados de pizarra

se vuelve a ver

el horizonte blanco de sus aguas.

 

 

Ayer no existió el mar.

Desolados, los hombres

miraban sin consuelo las ventanas.

 

 

Cubriendo los tejados de pizarra

ha regresado,

intacto, el mismo mar,

esta mañana.

 

 

   

 

ES LA HORA MÁS DULCE

 

 

Es la hora más dulce,

cuando declina el sol.

 

Y el horizonte arde

hasta alcanzar el ala

desnuda de los pájaros.

 

 

(Las aves que conocen

la frontera imprecisa

de los cuerpos, el fulgor

añil de las raíces...

su confusa avaricia).

 

 

Escucho gemir a los almendros,

el temblor de sus ramas

crecer hasta mis labios...

 

 

Y su flor blanquecina,

despojada, como un sexo vencido

que cae hasta el crepúsculo.

 

 

 

SONROSADA CAÍA

 

                                           a Roxana y Paco

                                           [ Jerez de la Frontera, 1992 ]

 

 

Sonrosada caía,

desnuda, entre los árboles,

la luz sobre las flores.

Anochecida, lenta.

 

 

Se fue depositando

sobre el temblor vacío

de los ojos, las tapias.

(Musgoso fuego azul

hacia la noche, incierto).

 

 

Vigilaban su sueño

de piedra los vencejos.

La luz se fue alejando

hacia el sopor del agua,

hasta cubrir la yedra

inmóvil del silencio.

 

 

                                           II

 

 

LLUVIA AL AMANECER

 

                                               [ Sevilla, 1988 ]

 

 

Me acerco a la ventana. Infatigable

la lluvia cae hasta cubrir el alba.

Es de un azul muy frío que se abre

y ahoga de tristeza el corazón.

 

(Este aguacero, el cielo encapotado,

pueden herir de muerte un corazón)

 

 

Estás aquí, rozándome, y quisiera

llegar hasta la línea de tu sueño,

hasta su umbral de plata y traspasarlo.

Aproximar mis labios a tu alma,

ahora que la lluvia, indescifrable,

ahoga la garganta. Y las palabras

dejan su luz alrededor del sueño.

 

Nunca pude acercarme hasta la piel

secreta de tu alma. Hasta la orilla

en donde el mundo parece naufragar

y la carne se esconde en su tristeza.

 

 

SECRETO

 

 

La fruta lenta crece.

Se inunda de dulzor,

de savia que se incendia.

 

 

Cierro los ojos,

te siento respirar.

 

También tú eres secreta,

y luminosa.

Cerrada, lenta y honda.

 

Lo mismo que la fruta.

 

 

MUY POCO NECESITO PARA VIVIR DICHOSO

 

 

Muy poco necesito para vivir dichoso,

 

nada más la rutina

de un poco de café cada mañana.

 

 

La tibia certidumbre de la luz

encendiendo los labios,

y el rumor cotidiano de tus pasos.

 

 

Mi único pecado tal vez sea

este continuo afán, no saber resignarme

a dejar de tomar esa taza caliente

de café, junto a ti, cada mañana.

 

 

LOS PÁJAROS Y TÚ

 

 

Se detienen un instante los pájaros

a beber de tus labios. Te atraviesan

como si fueras de sueño o de cristal.

 

 

Vuelan a través de tu sangre, mares

de limo enmudecido, selvas, lunas.

Y tú te vuelves blanca algarabía,

el aire transparente de su vuelo.

 

 

MUCHAS VECES TE QUEDAS SUSPENDIDA

 

 

Muchas veces te quedas suspendida

como un ave en el centro de la tarde,

como un ave errabunda. Y tus pupilas

persiguen una nube.

 

Regresas a las tardes más dichosas,

escalas por los muros de sus huertos,

y dejas un perfume blanquecino,

muy dulce, de magnolias.

 

Como un cristal herido por la luz

que te sume vacía en su tiniebla

vuelves la vista al suelo. Y los naranjos

parecen incendiarse.

 

 

LECTURA INTERRUMPIDA POR LA LLUVIA

 

 

Te tiemblan en los ojos las palabras

cuando cierras el libro,

y lo dejas perdido en su secreto.

 

 

La lluvia llegó al fin

y deseas vivirla más adentro.

 

 

Por eso las voces se extravían

y regresan, sin tú apenas saberlo

(ya sin piel, desnudas de sentido),

al seno inabordable del silencio.

 

 

DÁNAE DORMIDA

 

 

Te cierras sobre ti,

 

y no dejas que un ala,

ni un secreto,

ni siquiera un aliento

se te escape. Una y otra vez,

y otra, regresas siempre a ti.

 

 

Lo mismo que un océano

de fuego

meciéndose en tus costas.

 

 

LENTA LLEGA LA NOCHE

 

 

Lenta llega la noche.

 

 

Se demora también el corazón

en estos árboles.

 

 

Y tú sigues ahí,

transparente y dichosa,

bajo el dintel callado del crepúsculo.

 

 

Con una vara

de blancas azucenas

temblándote en las manos.

 

 

TU NOMBRE

 

 

Te nombraba,

y tu nombre

 

 

-cerrado, sediento, contenido-

eras tú, tu hueco.

 

 

La nada inexpresable

que coincide contigo.

 

 

MUJER DESHABITADA

 

 

Hasta la línea

inmóvil

de la muerte

 

elevaba los ojos.

 

 

Y desnuda quedaba,

con la mirada

y el corazón vacíos.

 

 

MUJER CIRCULAR

 

 

Vienes de donde habitan piedras crepusculares

y espadas que se incendian.

 

 

Vienes del país donde nace la brisa

y la ternura inventa los helechos.

 

 

Desde mis labios

al labio que te nombra,

vienes y vas, dulce esposa de fuego.

 

 

AMAS LA LEJANÍA

 

 

Amas la lejanía

todo cuanto nos llega de lugares extraños.

 

 

Descifras las pupilas

de aquellos que miraron paisajes diferentes.

 

 

Sospechas horizontes en la noche

destinos deliciosos de cuerpos imposibles.

 

 

ESTE SOLAZ DE DIOS CUANDO LA LUZ

 

 

Este solaz de dios cuando la luz

se adentra en el jardín y enciende los geranios.

En esta paz me tiendo como un reptil dichoso,

mecido por el vuelo dorado de los pájaros.

 

 

Un animal sin nombre, sin memoria,

que bebe el horizonte. Reconozco

en los poros del alma cada ala,

cada surco, cada fulgor, cada silencio.

 

 

LA LUZ HACE TEMBLAR LOS ÁRBOLES

 

 

La luz hace temblar los árboles,

empapa sus raíces, se sumerge

en sus venas. Y también en las blancas

paredes de esta casa. Inmóvil

el alma se acomoda delante de la mesa,

saborea la fruta, y luego cae,

adormecida, sobre el mantel azul...

 

 

ESTANQUE

 

                                               [ Sevilla, 1991 ]

 

 

Se incendia la memoria

bajo este sol de hojas.

 

 

(Como la luz se abre,

desnuda, la catalpa.

Y lleva hasta el olvido

su blanca transparencia).

 

 

Cada árbol repite

la avaricia del agua.

 

 

LA BELLEZA, ESTE INSTANTE

 

 

La belleza, este instante

-el río puro, el árbol...-

 

 

(¡Todo, incomprensiblemente,

en el lugar exacto!).

 

 

CONTRALUZ

 

 

La niña,

sobre su falda,

recoge el ramo

herido de la luz.

 

 

Y lo acerca a los labios.

 

 

 

 

 

                                           III

 

 

 

COMO UN TEMBLOR DEL AGUA, AZUL SERENAMENTE....

 

                                               a mi hermana Mercedes

                                               [ Ribadeo, 1991 ]

 

 

Como un temblor del agua, azul serenamente...

sobre la carne olas; más olas, las pupilas

dibujando la lluvia, los madroños, el barro

perfumado y profundo. La morera, el desván

perdido donde un dios feliz me visitaba.

Aquella niña oscura, sus amargas naranjas,

el horizonte gris, la azucena, el perfume

amarillo del árbol. Y el espliego. Y los juncos...

Una voz muy lejana de madre golpeando

mi corazón dormido, las brasas del invierno...

Y junto al mar revivo la espesura del sueño,

en el vaivén del agua, en su latido azul,

en sus círculos negros. Ambiciono otro mar

de inalcanzables costas, de barcos que se alejan,

un llanto sin consuelo como el mar infinito.

 

 

LOS DÍAS Y LOS PÁJAROS

 

                                               a Diego Granados

 

 

Los días se parecen a los pájaros

-vienen y luego van- y siempre dejan

una herida de luz. Huele a musgo

su vuelo, a países de escarcha,

a savia de madroños escondidos...

 

(Hay una fuente oculta que derrama

blancos ríos de sed, y un campanario

azul, mecido por el viento).

 

De qué cielo, de qué elevada dicha,

los pájaros descienden. De qué amor.

Los días se parecen a los pájaros,

igual tristeza dejan cuando pasan,

la misma oscuridad, igual silencio.

 

 

NATURALEZA MUERTA

 

 

En cada cuerpo se esconden otros cuerpos

más bellos. En cada atardecer un sólo

atardecer, como el sonido apagado de la lluvia

o el rumor oscuro de alguna voz, aquella

otra voz de madre y musgo cuerpo adentro.

 

 

Siento un calor como de dios y de mujer,

y de hermosura. Una asfixia en los labios,

un vago desear algo impreciso y tibio

en lo hondo del vino.

 

 

PARAÍSO COMÚN

 

                                                a Miguel ...

                                               [ Madrid, 1991 ]

 

 

Por si un día haya de ser real

cuanto hubimos soñado, me sueño en una tarde

idéntica a esta tarde. Con esta misma luz

envolviendo las ramas de la acacia. Y el aire

encendido del pájaro cuando anuncia la hora

que declina. Me sueño con vosotros. Que amarga

me ha de ser la memoria si no estáis, luminosos,

como ahora a mi lado, semejantes a dioses,

en la umbría desnuda de la tarde que acaba.

 

 

ATARDECER EN LA CIUDAD BLANCA

 

                                               [ Lisboa, 1986 ]

 

 

Aquí la eternidad es piedra herida,

plata que se incendia en el crepúsculo.

 

Aquí la mano ociosa de algún dios

trazó mudos destinos en la niebla.

 

 

Amo las tardes grises del otoño

cuando barcos desnudos, sin memoria,

se adentran en el alma.

Y dejan un perfume de salitre,

y un estela amarga de sirenas.

 

 

Tus tardes, ciudad mía, los quebrados

laberintos de costas infinitas.

El secreto de un mar inagotable,

o de mujer ahogada en tus pupilas.

 

Las gaviotas han dejado un eco

de cristal y de sombra. Un delicioso

holocausto de besos en la orilla...

Eso que véis más lejos no son pájaros,

es la caída oscura de los ángeles

a su espacio de fuego y de tristeza.

 

 

LA VISITA DEL ÁNGEL

 

                                               [ Sevilla, 1986 ]

 

 

Ángel desnudo, mujer inacabable,

demonio mineral que llevó hasta mis labios

el fruto más sabroso, la delicia

ardiente de su beso.

 

(Volvería a nacer sólo por apresar

el fulgor encendido de aquel cuerpo).

 

Como un eco de diosa inmarcesible,

la memoria, como un mar de infatigables gozos,

me ha traído el fantasma de aquel beso.

 

Beso redondo y blanco, frontera de otro beso,

hasta hacer un anillo de sus labios

que precipite mi boca en el silencio.

 

Y mi palabra sea su beso redimido,

renovado más allá del límite del beso,

la promesa cumplida en la cadena

sin final de su boca en los espejos.

 

 

Que ya no habrá más besos me decía,

que ya no habrá para el amor más tiempo.

 

 

LA TUMBA DE JUAN DE MAIRENA

 

                                               [ Tapia de Casariego, 1991 ]

 

 

Estas ciudades

jamás han existido.

 

Ni las barcas quemadas

bajo el sol de la tarde,

ni la espuma tampoco

del mar que nos salpica.

 

 

Dónde habré yo vivido

parecida belleza,

esta llaga de luz

sangrando en el crepúsculo.

 

 

Entre mis manos, fría,

pasó la gaviota...

 

También tú -como ella-

jamás has existido.

 

 

TOMO EL LIBRO, REPASO

 

 

Tomo el libro, repaso

las líneas subrayadas.

 

Regresa a la memoria

el sabor de una boca,

(reconozco el aroma

oscuro del tabaco).

 

La luna sigue ahí,

impasible, en la noche.

Una voz que conozco

me nombra, y le respondo.

 

No llego a comprender

este mudo misterio.

Permanecer así,

embebido en la sombra,

dichoso, como eterno.

 

(Reflejándome siempre

en los mismos espejos).

 

 

GLOSA DE UN VERSO DE QUASIMODO

 

 

Imperceptible el tiempo abre su torbellino,

y secreto se extiende alrededor del alma.

 

Y cada voz

se arrastra hasta otra voz,

a su edad subterránea,

hasta el centro inmóvil de las voces.

 

Donde se ensancha también el corazón,

la emoción de sentir en los espejos

los signos detenidos de una vida más vasta,

 

el verso, mío y suyo,

confundidos.

 

 

SPINOZA

 

                               Nadie sabe lo que puede un cuerpo

                               B.  S.

 

 

Tener un cuerpo es mucho,

es poseer el alba,

la humedad de las noches,

y el agua entre los labios

cuando la sed nos llama

a crecer, cuando envuelve

con su frescura el alma.

 

Es penetrar la carne

secreta de los árboles,

y adivinar el vuelo

oscuro de los pájaros.

Es dejar que las horas

acaricien la piel

con su sol imposible.

 

El páramo lejano,

el dolor, el silencio

de la boca que amas.

 

Es tener unas manos

y unos ojos, y un pecho,

y una mujer dormida,

y un dios, y la ceniza

del tiempo. Y la palabra.

 

 

MIMNERMO

 

 

El breve café, el amargo regusto

también -y luminoso-,

de un poema que alcanza el corazón

y lo deja un instante suspenso,

 

mientras se esparce sobre la tierra el sol.

 

 

Y como un eco que se rompe,

como un extraña e inmerecida dádiva,

esos versos lejanos, -de edad adormecida-,

me arrastran a través de su estela de siglos.

 

 

SWEDENBORG

 

                        a José Antonio Antón Pacheco

 

 

A sus labios descendían los ángeles

con sus alas de plata, le obsequiaban

con palabras de tibia eternidad,

maravillosos fuegos, armonías

de planetas, de músicas, de hogueras.

 

En las calles de Londres, el murmullo

del viento anunciaba la escarcha

de sus cuerpos, los ángeles más blancos

le traían palabras de otra vida,

como a esos ancianos -tan secretos-

que recogen la luz al mediodía.

 

 

LEJOS DE CÓRDOBA, IBN HAZM PREVÉ SU MUERTE

 

 

Estas aguas no son aquellas aguas,

ni es esta la ribera. Y mis manos

¿son las mismas que antaño acariciaron

la estela de su cuerpo? Otro fulgor

de acero incendió las pupilas.

 

Que al fin todo es efímero. En el agua

la muerte me reclama. En sus reflejos

adivino un arrullo de sirenas.

 

Pasan blancas muchachas, con su aroma

de adelfa, con su piel que hace temblar

el mediodía. Como palomas pasan,

y un instante, arrasan la memoria.

Y este dolor de saberme perdido

pasará. A la tarde, mis palabras

sólo serán cenizas. Afligirme

no debo. Aunque en verdad, imaginé

-más allá de este río- otro destino.

 

 

TANTAS HORAS PASAMOS ANTE EL FUEGO

 

 

Tantas horas pasamos ante el fuego

que acabamos volviéndonos ceniza.

 

Abrazamos los troncos lacerados,

adoramos la hojarasca de la tarde,

la inútil yesca de algún sueño.

 

La infatigable araña de las horas

fue tramando sus hilos. Nuestros ojos

sólo encontraron sal en los espejos.

 

Ni una lágrima pudimos derramar.

 

Como a un vilano solitario, el viento

nos dejó desnudos sobre el polvo.

 

 

CIRCE

 

 

Lo llamaste destino, fueron sólo

brazos de una mujer que te envolvieron,

unos labios muy dulces, como el sueño.

 

Nada pudiste hacer, sólo vencerte

hacia ese amor de mar embravecido.

 

Destino lo llamaste, y fue el enigma

de un cuello que se inclina, el abandono

fatal de unos cabellos. Uno a uno

ordenó los instantes, como adobes

que levantan murallas sin memoria.

 

 

LA CAÍDA DE ANTEO

 

 

1

 

Aún conservo el perfume de una flor

abriéndose otra vez bajo la luz.

Hubo un patio, también hubo una fuente,

una mujer. Se escapaba la yedra

hacia su azul incierto. Fue tan fresca

aquel agua como la piel que amamos.

Luz y tiempo que hieren tibiamente

como el sueño de un dios entre las rosas.

 

 

2

 

Hubo una luz. La palabra es el eco

abrasado, su ceniza. El espejo

empañado. Lentamente la tarde

se consume en las llamas. Y los labios

deletrean otro país. Los pájaros

impasibles sostienen el destino

en sus alas, mientras caigo a la tierra.

 

 

 

 

                                               Desconoces la tierra

                                               en que me hundo cada día

                                                   SALVATORE QUASIMODO

 

 

 

 


Se terminó de imprimir el día 29 de mayo 

de 1994, XXXVI aniversario de la 

muerte de Juan Ramón Jiménez, 

siendo Presidente de la Excma. 

Diputación Provincial de 

Huelva Don Domingo 

García Prieto

.


Esta edición 

electrónica de Anteo,

realizada por Portal de 

Poesía a partir de la impresa

en papel  arriba citada, ha sido 

depositada en la Red a los  siete días  

andados del mes de abril del  año dos mil dos

.