María Ángeles Perez López  

 

 

Materia reservada

 

 

Selección y nota de Luis Enrique Belmonte

 

 

 

 


 

Presentación

 

        Poesía del Mundo, de todas las naciones, de todas las lenguas, de todas las épocas: he aquí un proyecto editorial sin precedentes cuya finalidad es dar a nuestro pueblo las muestras más preciadas de la poesía universal en ediciones populares a un precio accesible. Es aspiración del Ministerio del Poder Popular para la Cultura crear una colección capaz de ofrecer una visión global del proceso poético de la humanidad a lo largo de su historia, de modo que nuestros lectores, poetas, escritores, estudiosos, etc., puedan acceder a un material de primera mano de lo que ha sido su desarrollo, sus hallazgos, descubrimientos y revelaciones y del aporte invalorable que ha significado para la cultura humana.

        Palabra destilada, la poesía nos mejora, nos humaniza y, por eso mismo, nos hermana, haciéndonos reconocer los unos a los otros en el milagro que es toda la vida. Por la solidaridad entre los hombres y mujeres de nuestro planeta, vaya esta contribución de toda la  Poesía del Mundo. 

 

 

Mostrar el mundo en su sola materia

 

La materia transmutada

 

        Dicen que el Mercurius alquímico, el espíritu de la materia, es difícil de encerrar en conceptos. Su naturaleza es huidiza e inaprensible. Fluye como la savia en las encinas o se evapora como el agua durante el deshielo. Tiene, por decirlo con palabras de María Ángeles Pérez López, su determinación. La poesía de María Ángeles Pérez López es un viaje intenso y torrencial; una acuciosa y clínica exploración hacia las zonas desconocidas de la materia.

 

        La materia que la desvela proviene de inmundo tangible, el mundo de los aperos del hombre, de las cosas que nos rodean en el espacio cotidiano. Pero también se trata de la memoria que se hace materia y que nos sumerge en el tiempo mítico de nuestra especie. Y, como una intersección entre los objetos y la memoria, se revela en la poesía de María Ángeles Pérez López el cuerpo, el cuerpo deseado y deseante, que a su vez es materia en donde ella realiza sus exploraciones. Es inmundo poético en el que los objetos, la memoria y el cuerpo intercambian sus signos hasta llegar a la transustanciación. Poesía que parece mirar desde adentro de la materia, porque es ella misma esa materia transmutada.

        Aún así, eso desconocido y evasivo que existe en el espíritu de la materia sigue su curso intacto, misterioso, como el aleteo de una mariposa en la oscuridad. La aproximación, el viaje hacia ese centro siempre móvil ha sido la pasión de los alquimistas y de los poetas.   

 

       La minucia esplendorosa

 

        La mirada de María Ángeles Pérez López registra ciertos estratos de la materia que son efímeros y que nos recuerdan lo transitorio del mundo que nos rodea. Son los despojos, las huellas, las ruinas del hombre. Es una arqueología que intenta reconstruir historias mínimas, aparentemente insignificantes. Son el fermento del tiempo. Y con ello el tiempo se nos hace más nuestro, más humano, más tierno. Una miga minúscula de pan, las manchas en la ropa, los membrillos que se pudren, la vida con sus uñas, el baúl olvidado, un geranio caído en el suelo, el pájaro que se estrella contra el coche, la entretela del cuerpo. Estas imágenes apuntan hacia lo que desfallece, y parecen dejarnos solos, a la intemperie, en esa zona de sombra incuestionable/ con que las cosas miran a la muerte. Este registro nos da cuenta de una epopeya de lo mínimo, de lo que se resiste a desaparecer y se transmuta en canto, celebración, combustión del ser. Porque hay, no cabe duda, una generosa entrega de su carnalidad. Entrega hecha poema, memoria de lo que fuimos, dichosa irradiación de esa materia transmutada:

[...] la mínima certeza cotidiana

 del mundo en su completa plenitud

 porque una hilacha misma del vivir

 guarda también la flor y su alborozo,

su ruina y su minucia esplendorosa.    

La piedra primera de nuestra especie

 

        En su primer libro, Tratado sobre la geografía del desastre, María Ángeles Pérez López comienza a esbozar una de las líneas más intensas de su poesía. Es la indagación de un espacio primigenio, ancestral, fundacional, en el que subyacen restos de la memoria colectiva y arquetipal de nuestra especie. No es una mirada nostálgica por un pasado remoto. Tampoco intenta reivindicar aquel tiempo. Está cargada de sensaciones y estados anímicos que se encuentran en un sustrato profundo de la psique humana y que nos conectan con el origen:

remontarme por el río de la sangre

hasta la piedra primera de mi especie

        Las sensaciones de vigilia ante lo desconocido, asombro, miedo u horror, son expresadas como si fuesen un recuerdo revivido, una especie de flashback. Es una búsqueda que intenta aproximarse al primer hombre, a la primera mujer de nuestra especie. Y las imágenes de esa primera mujer irradian en la memoria que se adentra por los caminos del origen:

 

[...]La mujer que es primera de mi genealogía

calienta en su entraña aquello que rezumo:

la tintura más roja de la sangre,

el ocre de la piel sobre sí vuelta

hasta alargar las manos y el deseo,

ese blanco sin adjetivos de las lágrimas

o la leche que nace por sí sola.

         Este surco en la poesía de María Ángeles Pérez López se expresa de manera explícita en poemas realmente memorables como el del mamut, del libro La ausente, en donde esa memoria remota, que va más allá de nuestra especie y nos hermana con los mamíferos, logra una sorprendente intersección con el aquí y el ahora de la hablante. Y es que los mamíferos somos rumiantes del tiempo. También se evidencia en el excelente poema de la mujer que sale a cazar el bisonte, del libro Carnalidad del frío, en donde es álgida la sensación de horror que debieron haber sentido los cazadores de aquel tiempo originario de nuestra especie: oliendo el miedo atroz y ese reguero/ de huellas que conducen al combate. Así se expresa la materia de esa memoria (recuerda la material memoria de José Ángel Valente) que indaga en lo ancestral, buscando la sal que se fue acumulando/ sobre aquellas antiguas marcas del origen.   

 

Memorias del deshielo

 

   Otra veta en la poesía de María Ángeles Pérez López es la que hace del cuerpo su materia. Es el cuerpo propio y el cuerpo del otro, el cuerpo deseado. Son poemas lúbricos, eróticos, sensoriales, que se valen de esa crudeza con la que se extienden y se despliegan los cuerpos en el espacio amatorio. Aparecen a partir de la segunda parte del libro Carnalidad del frío, un libro en el que se explora progresivamente el despertar de sensaciones carnales que se van abriendo paso en la medida en la que el frío de cierta quietud dada va cediendo territorio al encuentro del otro. La palabra que viene de una geografía desolada, una geografía en la que se hace alusión al congelamiento, busca inscribir su caligrafía en el cuerpo del amado. Para llegar al cuerpo deseado esa palabra se transustancia en fluido conectivo, expresado a través de términos como saliva, semen, savia, rumor de la sangre. La palabra que indaga hacia el cuerpo amado se va enrojeciendo poco a poco, despertando sensaciones eróticas, abriéndose paso en el territorio del deseo, igual que lo hace la materia del mundo cuando después del invierno el sol va calentando poco a poco:

Porque tiemblo y escucho la pulsión de la sangre

como si fuese tierra que se estuviese haciendo

en el horno inicial del corazón del mundo

 Son imágenes del deshielo, memoria que retoza e intenta inscribir sin tinta ni agonía/ el rasgo corporal del pergamino (poema XXIV de Carnalidad del frío).    

 

El cuerpo ausente

 

       En los poemas de La ausente resuenan ecos de sonidos lejanos. Como si el cuerpo se expresara a través de signos ajenos y remotos. Es el cuerpo exiliado, extraño, desorbitado. El cuerpo que se hace presente por medio de señales demoradas. Una vez más, María Ángeles Pérez López aguza el oído y esponja el tacto, pues parecen poemas escritos sobre todo con la piel, la piel que “escucha” ese lejano rumor del cuerpo ausente:

Me declaro la ausente,

la que deja su cuerpo en cualquier sitio

como quien se abandona con cansancio[...]

       Es particular la utilización de términos que aluden a la anatomía o a las funciones fisiológicas del cuerpo: tórax, hematíes, vértebra, ganglioma, alvéolo, deglución, agalla, quiste, meninges, humores ablandados. En muchos de estos poemas existe ciertamente una suerte de anatomía del cuerpo no visible, un intento de esbozar la figura del otro a través de los fragmentos que rescata la memoria. Si no fuera por los resplandores que el cuerpo emite desde su desquiciamiento, diríamos que se trata de una autopsia. El cuerpo ausente se convierte así en territorio donde se inscriben los pesares, las caídas, los declives, esa belleza extraña y condenada que emana de los estragos del paso del tiempo sobre el cuerpo.

       Es en esa dinámica presencia–ausencia, visible–no visible, donde radica la fuerza y contundencia verbal de estos poemas, pues María Ángeles Pérez López expone aquí toda esa corporalidad que subyace en ese territorio que luce a veces desgastado, fulminante, esplendoroso, enrojecido y calcinado. Es el territorio por el que se adentra la palabra como una indagación de eso que está tan lejos y al mismo tiempo tan cerca, como ese cuerpo otro que fuimos o somos o dejamos de ser en este instante: infame paradoja en la que estar/ peleando por mi trozo de dolor,/mi pan envejecido de repente,/ pan ácimo y amargo en su alimento/ pero tan necesario como el día/ y el tiempo en el que gira el corazón.   

 

Piedra porosa, poesía vertical

 

       Quien haya estado alguna vez en Salamanca podrá recordar con fervor la calidad y la textura de las piedras con la que fue construida esa ciudad. La piedra parece viva, bermeja y pulsátil, sobre todo cuando el sol la despierta o cuando la noche la va oscureciendo. María Ángeles Pérez López se formó y vive en esa ciudad de piedras dúctiles. Su poesía tiene muchas de las cualidades de esa piedra. Hay un afán constructivo, una búsqueda de vertebralidad, algo que en su composición la hace vertical, sin dejar de ser al mismo tiempo torrencial y líquida, especialmente porosa. De ahí precisamente su flexibilidad y su solidez. Discurre y edifica. Se eleva y permanece. Su poesía es una búsqueda que va hacia la piedra primera de nuestra especie, hacia el “lapis” o piedra fundamental de los alquimistas. Es un vuelo que conlleva caída y celebración. Materia que, como dije antes, se adentra en sí misma y al hacerlo se hace poema, indagación de lo que somos en los intersticios del cuerpo, en los estratos larvarios de la memoria, entre las cosas que el tiempo va horadando.

        Es un honor y un inmenso placer presentar a los lectores de este lado del Atlántico la poesía de una mujer que se adentra en la espesura y nos devuelve poemas trabajados con la pasión de los alquimistas.

 

Luis Enrique Belmonte

 

 

 


 

De Tratado sobre la geografía del desastre (1997)

 

 

TANTA flor de espuma

y trinos amarillos para el tiempo

o frutas sugerentes

me izaré sobre túmido desplegado

con alas pequeñas de mosca imprescindible

porque llevo comiendo

miles de panes y peces

desde antes

y me lloran los cestos si tú dejas

las redes destrenzadas en mi ombligo

 


 

que poseo algunas cosas,

¡ay mi pequeño afán coleccionista!,

la caja desatada de los truenos,

un oscuro baúl para las lágrimas,

alicates y un dedo de agua de algún sitio,

la precisión exhaustiva de los ríos que no cantan,

un demonio pequeño sin poder contra la muerte,

fotos de amigos perdidos y no sé cómo,

recodos del camino,

indecencia del camino,

su color, su dolor,

más fotos de amigos,

una torre de aire para los relámpagos,

el peso innoble de las palabras que no se dicen,

las nubes de Morón y su sombra temprana,

hasta el ojo huracanado del que se termina hablando siempre,

y total para qué,

si yo lo que quería,

en el fondo, e interminablemente,

era la voz hondísima de Julio.

 


 

CAEN las hojas con un fragor indescriptible

escucho cómo tiemblan contra el suelo

golpean las aceras

salpican entre el barro de las calles

escucho cómo conspiran en las ramas

su estrategia de caída sus modos disciplinados de caer

pueden rozar el agua y suspirarla

pero se imponen nuevos métodos

hermanas compañeras hijas del mismo aire que respiro

escucho el ruido de los nervios exaltados

excitación ante el combate

las consignas reclamos ¡¡oh modos tan exactos de caer!!

mirada de arcángeles soberbios

el gesto de un ángel turbador

desnuda su belleza

y rescatada

 


 

LOS dedos con que cuento las cosas que me pasan

tienen su vida propia,

anidan las costillas de mi hombre,

atraviesan el aire con perfil riguroso,

pasean por su cuenta y riesgo, y no me entero,

me sorprenden con su extraño atrevimiento,

atrapan el relámpago y música en la noche...

Salgo a buscarlos a altas horas, siempre preocupada

y amanecen en cualquier sueño barato,

tanta educación primorosa para esto.

Desde el tiempo lejano en que surgían

del volcánico marasmo de la infancia

y narraban la cal y el sabor de la lluvia,

he sentido su vocación de extrañamiento,

la aventura gozosa de lo ajeno,

del cuerpo que no es de uno, pero casi,

y qué más da, de la espada que se enarca.

Yo no sé lo que haría sin la gloria del tacto,

sin la efímera gloria del tacto,

puñalada de luz en el desastre.

 


 

PODRÍA ahora,

mientras un hombre duerme aquí a mi orilla

remontarme por el río de la sangre

hasta la piedra primera de mi especie,

hasta el vértigo inicial de una mujer ceñida

por los signos, apenas descifrables,

que fueron roturados en su cuerpo.

Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,

se agachan despacio y miran en silencio,

se acuclillan despacio.

La mujer que es primera de mi genealogía

calienta en su entraña aquello que rezumo:

la tintura más roja de la sangre,

el ocre de la piel sobre sí vuelta

hasta alargar las manos y el deseo,

ese blanco sin adjetivos de las lágrimas

o la leche que nace por sí sola.

La palabra es una excrecencia más tardía,

no nos ha sido dada por igual,

ni siquiera en mi origen más cercano

se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.

Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.

 


 

¡CÓMO decirte, después de ocultar las flores del desierto,

que me tiemblan las calles y los juncos

de tanta palabra naufragada

o mimar estas verjas, celosías

de castillos antiguos como el aire!

¡Cómo cambiar baúles de memoria

y muñones de tiempo sin espiga

por dos litros de viento huracanado

con los que perfumarte la cabeza

y ungirte oasis en vientres arenosos!

 


 

HE tenido un llanto largo como una herida

durante el tiempo extraño de los vientres

y la estación primorosa del desastre.

Desazón goteada lentamente.

He tenido un llanto largo como una llaga

que ha ido menguando, y al fin, tan pequeñito,

no queda ni el pudor de carne transparente

ni el pudor de haber sido

un cerco insoslayable de células nerviosas

tan tibias y feroces como el sexo.

 

 


 

 

De La sola materia (1998)

 

 

A VECES sé que soy como reina del mundo

porque tengo el don del agua en exclusiva

y puedo borrar del suelo de mi casa

la huella de los rostros que ni intuyo,

la sombra de los sitios que ignoro,

todo aquello que nunca será mío

en ningún caso,

bajo ninguna condición.

En la casa que habito, y también en mi cuerpo,

derramo a borbotones el agua más amarga,

cuyo canto oscurece las voces escondidas

en las jícaras, cántaros y botellas de luces.

También por el pasillo analizo en detalle

los lugares con trampa

donde puedan quedar las voces que no escucho,

las que atesoran su eco, su sonoridad.

Esto siempre me ocurre cuando ando de limpieza,

cuando el agua, insistente, revela su figura,

cuando suena en estruendo

y corre contra el tiempo,

contra las escaleras,

cuando sale deprisa del caño que la guarda,

cuando arrastra la sal que se fue acumulando

sobre aquellas antiguas marcas del origen.

 


 

EN el vientre impaciente de la lavadora

los colores se mueven por capricho

cuando voltea la máquina, se mece,

contorsiona su línea vertebral

sometida por leyes intrigantes

al ajustado margen del temblor,

la sacudida, el espasmo.

El rojo, el amarillo, el verde menta

se confunden y mezclan, recolocan

la paleta original de los colores,

abigarran el agua con sus tonos,

se exprimen para ofrecerse hermosos y amarrados

al jabón, la lejía abrasadora.

Componen un universo impredecible

y juegan a que tiñen el lino, el algodón,

las telas indefensas en el inquieto espacio,

las telas que se apropian del gris,

azul marengo,

para el forro o la costura primorosa,

aprensivas, temibles en su ira

si el resultado es torpe o irritante.

Hasta que no interrumpo el movimiento

y apago ese artefacto incomprensible,

no vuelve cada prenda con su primera imagen,

con la forma natural, la liberada

del sueño, la fantasía venturosa.

 


 

A VECES  me acerco al dormitorio,

cuando nadie me veme acerco hasta la cama

entibiada en la luz demedia tarde.

El sol prende sin ira los cantos de los muebles

y adormece el sonido de las puertas,

de los muelles, los íntimos resortes,

o el pálpito inicial de los objetos

que acunan su silencio lentamente.

Las cortinas reposan en su calma aprendida,

en su calma obligada y repetible,

y yo me acerco despacio hasta la cama

para rozar las sábanas, la colcha,

por si guardan memoria de la noche,

del tacto de la piel entretejida

al pudor de la almohada,

del susurro del tiempo y de la voz

cuando se agosta el día y su miseria.

En los pliegues, escasos y ordenados,

a menudo se adhieren algunas indolencias

y se quedan jirones de historias de eufonía,

de historias de la voz que canta un canto antiguo.

Por más que en la mañana el aire se me cuele

por la ventana inmensa, y por más que yo estire

las sábanas, las mantas,

con rigor militar, con esa disciplina

exigida a la historia de mi género,

por la tarde hay fragmentos de la noche anterior,

de las noches vividas allí mismo,

y no logro eludir esa llamada.

Es que no quiero eludir esa llamada.

 


 

PARA las hojas de papel sobre la mesa

no queda más camino que el final

del polvo, de la ruina.

Ellas lo saben, también yo soy consciente

del paso de la tinta

por los complicados vericuetos de la historia

–así, minúscula, humillada–,

por los márgenes de piel con que se encuentra,

por el espacio angosto del camión, de la fábrica

hasta desembocar en el vacío sonoro,

en el blanco impertérrito

del comienzo del mundo, y su poder.

Pero mientras que andan por la casa,

las hojas de papel recorren los lugares

determinados de antemano para su uso:

el cubil oscuro y redomado de la memoria,

el revistero abotargado de sí mismo

o la costumbre de nombrar lo que está lejos.

Antes de recoger con método, con orden

las cartas, los diarios, las revistas,

los folletos de la salud o la abundancia,

los recibos preñados de otros tantos,

los trozos de papel, garabatos queridos,

siempre temo que queden sus palabras flotando

en el aire impreciso de finales de octubre,

por si fuesen como árboles caducos,

desprendidos

y atroces

en la generosa entrega de su carnalidad.

 


 

CRUJE el andamiaje de las cosas

cuando el viento remueve las paredes

de su cimiento sólido y compacto.

El armario, la cómoda, la alfombra

se estremecen despacio si es que ulula la tarde

contra el vidrio insistente en su firmeza,

y tiemblan ateridos, acechando

el amparo del calor, el de la hoguera.

También vibran los cuadros, se reclinan

de un modo que es apenas perceptible,

inclinan su paralela hacia el lado más rojo

en el que se abriga la imagen del dibujo

–los labios perfilados por un beso de Klimt

o un maizal con retrato de mujeres–.

Cuando el viento golpea los tabiques

y clausura las puertas, las ventanas,

los marcos enjoyados de belleza

oscilan levemente y juntan sobre sí

el soberbio, el espléndido color

del cuerpo acariciado por el óleo,

por el lápiz, el pincel, enardecidos,

por el agua en su justa proporción

hasta formar un rojo de incendio, atardecer

que se escapa del lienzo y prende los recodos.

Por eso hay que mirar con ojo los carteles,

las láminas colgadas o apoyadas

en su dulce serenidad del aquí estoy,

porque gira su paralela y se desgasta

(la referida al suelo, al trazo de las tejas,

al levísimo trazo del objeto en silencio y azotado).

 


 

LOS membrillos se pudren

en la sombra de otoño que habita las paredes,

pero guardan una luz abrasada

e ígnea

que macera la carne y la derrocha.

Despacio se adormecen en el fondo del aire

y reposan su esplendor gutural,

su pulpa y su simiente

en el plato de barro y de tintura

casi inimaginable por lo lejos.

En tanto, desanudan su olor,

su esencia, podredumbre

de la carne marchita, envejeciendo

en el primor de formas consumidas

que se agostan al tiempo que liberan sabor,

la abundancia atrapada en el verano

cuando el sol atraviesa las hojas de los árboles

y prende la línea equinoccial.

Por eso los membrillos se quedan reducidos

a su sola materia descompuesta

mientras sueltan sin orden, jerarquía,

la semilla perfecta en su esfericidad,

en su espacio minúsculo e inerme

al paso del invierno

o de la extenuación.

 


 

CUANDO llueve,

como ahora, que llueve,

aguardan en las cuerdas

mojándose sin prisa ni concierto

las sábanas, las toallas, los trapos de cocina,

la ropa modestísima y sensible

al tacto cariñoso de lo limpio.

Ondulan en la cuerda reventada

mientras sueñan un viaje

en el que no hay ventisca,

un recorrido audaz y descarado

por las playas de arena, de deseo

si es que no estamos en octubre

ni noviembre o diciembre,

sino en los días que extienden

una luz incendiaria

más allá de sí mismos, de su sombra.

La ropa que se orea contra el viento,

contra el agua paciente,

y se encoge despacio aletargada

está soñando un viaje placentero

hacia sitios de nombre impronunciable

en los que se rescata el verdor del origen,

su húmeda y caliente enredadera

escalando las piernas, subiendo por el tacto

aguzado y febril, incandescente.

Está soñando un paraje imposible y remoto

en el que el sol moja los pliegues de la boca,

del oído, los dedos,

la silueta impar de los tobillos

y su cónclave amplio en el centro del alma,

de la lengua.

Así que cuando meto la ropa para dentro,

empapada y feliz en sumado de ausencia,

no encuentro la manera de poder despertarla

hasta que no se desperece en el armario,

pequeña y encerrada como siempre

en el estrecho espacio del tiempo que nos guarda.

 


 

HOY añado una más a mi lista de manchas.

Y por más que enjabono con saña la memoria

hasta dolerme el recuerdo con su espuma,

hasta dejarme piel y la ira estampada

contra los cuadros verdes de lo que estoy lavando

–también verdes o azules o rojos o aún más verdes–,

aquí persiste igual el estigma del tiempo,

la mancha, esa otra sombra del rencor apagado

pero que sigue ahí y calcina las horas.

Y por más que me ayudo del jabón y del agua

y de toda la rabia que le llega a mis manos,

yo no puedo borrar los borrones del tiempo

ni esconder las costuras, los hilos tortuosos.

Aunque he tipificado las manchas de la ropa

en diversos subgrupos y subcategorías

–las que horadan tejidos porque son vengadoras,

las que quedan clavadas, por siempre, entre colores,

ya que tienen de sí naturaleza triste,

las que se hacen seguir por otras parecidas

de puro cariñosas

y forman un racimo inseparable,

las precisas, rotundas, conscientes de sí mismas,

las pequeñas y humildes pero tan persistentes,

o aquellas ingeniosas y así inclasificables–,

siempre surge una nueva y me anda sorprendiendo

un día como hoy en que siento una herida

distinta a las que yo ya me conozco

con su carga novedosa, inflexible,

de espanto.

 


 

HAY días en que sueño con escribir un libro

sobre cómo desprenderse de las cosas

y evitar el recuerdo del abridor de cartas

mellado por el golpe de una mala noticia,

también el del separador de poemas de tela

que vino por el mar y cruzó medio mundo

para asfixiarse en el exceso

o en el delirio.

Porque por la casa se congregan

las cosas más extrañas,

impensables,

que fueron poblando los cajones

y perdiendo sus señas,

la silueta inviolable

de ser uno y distinto, diferente

al alfiler, la piedra o la entrevista

en papel cartoné que amarillea

mientras nuevos objetos,

imprudentes,

aguardan en el soplo translúcido, voraz,

y se queda sonando en la memoria

la misma melodía para el frío,

para la sal oculta de la escarcha.

Podría ser tan útil

enseñar a evitar los montones de cosas

con su infinita historia inquebrantable

con su furor privado

con su cólera también

con su soberbia.

Y así hasta emborronar los nombres, los colores,

el tiento, la consistencia o la vibración del aire

cuando ruedan hacia el suelo, se desmigan,

deshacen su epopeya sin honor

y sin gloria.

 


 

DEL paso de los días se deriva

insoslayablemente

la pátina de polvo que oscurece las cosas,

el color primitivo, su prestigio.

Sobre las fotos,

sobre las cartas que aguardan la respuesta,

se posa la caída de las horas.

Así que cuando empuño mi bayeta,

o sea, cuando la empuño como un arma

combativa y alegre en su violencia,

postergo sin piedad cada jornada

e introduzco una variable impertinente

para dejar constancia de que es que estoy viviendo

entre las paredes, las cosas de mi casa.

Y que mi pulso es firme

como todo lo que amo

desde el esfuerzo ímprobo, inocente

de restaurar la imagen más hermosa,

la desprendida de sí, la aérea,

ya sin su propia penumbra,

sin la sombra tenaz, sin trayectoria,

frágil e incorpórea

y también consistente.

Con la misma fragilidad de lo que nos rodea,

nos circuncida,

nos rodea del espacio imprescindible.

Con su ingenua y rotunda resistencia,

sus uñas contra el tiempo o el olvido.

 


 

EN mi casa hay también un baúl escondido

–como en todas las otras que conozco–,

donde duerme en su ovillo,

en su silencio,

la edad de la apatía, la renuncia

a las cartas, las fotos, los retales

del tejido que hilvana nuestra historia.

En el mío aparecen cosas de lo más raro,

desechadas por orden del sentido común,

abandonadas

a su propio mutismo, discreción,

a su sola materia

en proceso comunal de deterioro,

amontonadas, regladas por el caos

que resuelve su admisión rigurosísima

en el canon oculto, en el revés,

en el nervio de la hoja que, vuelta sobre sí,

encubre su costado, su renuevo.

Como todos los otros que conozco,

mi baúl no era mío desde siempre

sino que fue heredado, sucedido

de mi abuela creciendo hasta la ermita

del vientre y del cariño,

de mi madre también, de sus tesoros,

cuando aposté y gané memoria propia

con que ir atando el hilo con su nudo

a las cosas pequeñas e insufribles

en su común destino para el fuego.

 

 


 

El ángel de la ira (1999)

 

 

LA destrucción, el óxido, la herrumbre,

la exacta dimensión de la derrota

y su extenso respiro aniquilado,

las largas chimeneas de las fábricas

habitando en su misma desazón

o el peso vertical con que las piedras

caen a la tierra madre que las vio desprenderse

para iniciar su viaje solitario,

a su modo nos traen el cuerpo de la herida,

esa forma imposible de no desmoronarse,

de caer contra el suelo abiertas en canal,

de pronto desmigadas,

no nutricias.

Porque sé que la vida es tan hermosa

con su luz de septiembre contra el aire

y el amor infinito por los pájaros,

pero a pesar de todo yo no puedo

atender sino al resto de materia

que se ha vuelto una forma de reproche,

hollín, grasa o rebaba de cemento,

el verdín de las cúpulas de Viena

y ese oscuro quejido que trae el deterioro

si de verdad me importa en las personas,

si las cosas son sólo una metáfora

imperfecta y estúpida al hablar

del arañazo rojo de la carne

que fue feliz en tiempos más sencillos

y ahora es espina, aguja o alfiler

con que dejar el corazón atravesado

como una mariposa disecada.

 


 

EL acento imposible en cada nota,

ese temblor del aire cuando vibra

porque viene la música de lejos,

de dentro de la piedra soñadora,

de su oculto deseo por el agua...

El pálpito del aire cuando crece

una nota de luz desde la piedra,

el resplandor que atrapa los contornos

y hace inmenso el sonido,

impenetrable...

Pero no por todo esto se acaban los mendigos,

la floración de especies condenadas

a su nulo sustento, autonomía

de la escasez quebrada por el aire.

La piedra soñolienta, soñadora,

repleta de sí misma, de arenisca

y quebranto, belleza, más quebranto,

se queda sin aliento, se estremece

porque no hay forma humana de entender la pobreza,

el crecimiento vegetal de manos

como ramas,

como brazos creciendo

como troncos,

atados de raíz a la carencia,

extraños y desnudos, doloridos.

 


 

HAY días en que la luz querría borrar

el signo de la sangre cotidiana

un viernes cualquiera de ceniza

en que un barrendero recoge una paloma

que está muerta en la calle,

caída sobre sí.

No le tiembla lamino

al empujar el cuerpo y su perfume

con preciso

inquebrantable movimiento de muñeca,

y yo miro temblando el gesto elemental

de arrastrar, de alejar lo carnal si no lo es,

si perdió la preciosa trabazón con el pálpito,

su atadura solemne con la vida.

Mientras cae a su muerte yo miro esa paloma

alejada de sí, oscurecida

por el tiempo en que deja el hueco de la especie,

aterida en el suelo de cemento,

su corazón profundo, tan tempestuosamente

animal como el mío, tan innoble.

El día trae la marca de su herida.

 


 

Para Ana Orantes, a quien su exmarido prendió fuego un

17 de diciembre de 1997

 

LA mirada insolente

es una forma aguda como un clavo en la tierra,

contiene una porción horrible de sí misma

y apenas imagina

la depauperada humillación de estar

como si no,

del cuerpo que se arruga

y se encoge en su nudo primerizo

volviéndose ceniza, haciéndose invisible

materia degradada por el odio,

la paja que se prende con blandura.

La mirada insolente

acompaña a la mano, a la pierna insolentes

para apresar el cuerpo con el garfio del miedo,

con cuerdas y cordeles y sogas y correas

de miedo, y aún más miedo

porque ella está tan sola y ya vencida,

herida de la queja y azotada

con el tizón de espanto que lleva el que es su ángel

del mal o de la ira.

La violencia insolente

hace temblar los márgenes del cuerpo

y en su lenta combustión como de encina

la tinta de las venas escribe ese calvario

cuando era profanado el templo de la carne

y en el aire se anotan garabatos, graffitis

con la voz enfangada y sucia de ese grito

que calcina los labios, las cuerdas de la boca,

“porque yo no sabía hablar

porque yo era analfabeta

porque yo era un bulto

porque yo no valía un duro”.

 

 

Oh cuerpo de papel para la hoguera.

 


 

CRECIENDO paso a paso,

moviéndose en la sangre,

avanzando despacio por entre las arcadas

de arterias silenciosas

en la feroz propulsión de la energía,

como un légamo gris y enmarañado

que sopla por la flauta del oído

el aliento enfermizo de sí, de su pobreza,

como un pájaro oscuro entre los dos pulmones,

el estómago, sus vueltas desde dentro del cuerpo,

reventado en la pelea desigual

de hacerse un hueco para cantar un canto

que no sea inaudible,

que haga temblar primero a las rodillas,

después a los mineros,

a los encarcelados

y a los que santifican los domingos,

a los insobornables y su esencia

podrida como un cántaro de mierda,

un canto como un grito como un trueno

inflexible y furioso en su latido,

una voz desde el día de la ira

para prenderle fuego a la historia excesiva

de toda esta amargura que no desaparece,

para quemarse así en su propia violencia,

porque si hay que morir al menos elijamos.

 

 


 

De Carnalidad del frío (2000)

 

 

A Juan Luis Calbarro

 

CUANDO estoy ante la hoja de papel

y pienso que la tinta la fecunda,

la ensucia felizmente con su esperma

oscuro y rumoroso como el agua,

me siento tan inútil e incapaz

mirando la fiereza del amor

de otros versos escritos desde antes

que apenas malamente si me sirven;

tan sólo es que conozco la teoría

de una parte del libro que alimento

pero a partir de ahí el camino está

sin marcas ni cercado ni balido,

la soledad es mía y solo mía,

las letras más oscuras las escribo

con el aire que expulsan mis pulmones

y es mía la silbante desazón

con que pronuncio sitios y personas

si ya crecí y no puedo sostenerme

y estoy mirando sola el alfabeto

para ver cómo horada sobre el aire,

sobre el cuerpo del tiempo en el que soy,

estelas o señales demoradas.

Por eso  mi mirada no es ingenua

o sólo en ese resto de primaria

y soleada picazón de la alegría,

porque gané y me hice poseedora

de la zona de sombra incuestionable

con que las cosas miran a la muerte.

También de la torpeza con que miran

el sol y su calor en primavera

si llegan los manzanos a traerme

el corcho del sabor ya restallado

como un licor ardiendo en el empeño

inútil e insensato de construir,

de armar un edificio de cristal

para atrapar la sombra de ceniza,

rescoldo que dejamos en el aire.

 


 

A Isabel Casas

 

CÓMO volver a escribir sobre lo mismo

si todas las palabras que articulo

desde el alvéolo azul de los quebrantos

están viejas, podridas, polvorientas,

se anudan a su propio pañuelo enmohecido

y se ocultan, oscuras e imposibles,

llagadas por el tiempo de la herida,

desde entonces tan torpes, imperfectas.

Porque busco otra cosa y no la encuentro,

un verbo luminoso para quemar la tarde,

que de pronto sea todo insensato amarillo,

que venga nuestra gente en la luz incendiada,

en la espita feliz de todas las burbujas

subiendo como locas, divertidas,

a respirar septiembre que es un nombre insensible

y no sabe que guarda el hueco de la pérdida,

que venga nuestra gente y que se quede

a merendar un sol como un relámpago

duradero, eso sí,

que sea duradero.

Sobre todo que sea duradero.

 


 

A Flora Salveti

A Mempo Giardinelli

 

POR las mañanas marcho a cazar el bisonte,

me cubro con la piel primera de mi mundo,

las flechas son del hombre que acompaña

su sueño y lo acompasa con el mío,

él marcha por su lado y su vereda

para escribir su parte de la historia.

En lamía estoy sola como siempre,

oliendo el miedo atroz y ese reguero

de huellas que conducen al combate.

Esas otras mujeres no cazaban

–las que miran desde antes y sonríen–,

alentaban el fuego y su videncia

ocultas en la sombra de su vientre,

maternas y cubiertas de maíz.

Pero ahora los tiempos son distintos,

la tribu no conoce la memoria,

he aprendido las marcas del venablo

y entonces hago mío el sufrimiento

de atrapar, de arrojar al animal

hasta su muerte escrita desde siempre

y llevarlo arrastrando, desollada,

también yo desteñida de su sangre.

Cuando vuelvo a la tarde me siento a llorar

porque advertí que el miedo es infinito,

y traigo roturadas sobre el rostro

las mías, las heridas de la lucha.

Soy responsable entonces de un pedazo

inmenso del dolor de la contienda,

de que cumplan su plazo algunas leyes

como la universal ferocidad,

de un trozo de la carne y de la lágrima

con que el bisonte sirve mi sustento.

 


 

CUANDO duermo me vuelvo sobre mí,

abrazo con las manos mis dos hombros

y así encierro en un círculo de carne

ese ardor expansivo que me alienta.

Entonces soy un centro sin orillas,

perdí la orientación de los imanes

y viajo por el sueño sin fronteras

imaginando peces de papel,

frutas redondas y húmedas de agua,

semillas atrapadas en el caño

de savia recorriéndonos el cuerpo

feliz de estar creciendo contra el aire,

algunas amapolas y el cantueso

con que mi abuela entona su pasado,

una pradera verde y sin muñón

en la que estar jugando a queme tocas

despacio, con lascivia contenida,

mientras el cielo mira enrojecido.

También sé imaginar los surtidores

con que la luz penetra por los poros,

incendia los contornos de las cosas,

la piel enardecida por el roce

espeso con que el sueño me aproxima

al comienzo del clima y su fulgor.

En el sueño soy de agua, continente

que perdió la espesura de la roca

y se fue declarando tierra nueva

y virgen roturada por el tiempo.

 


 

SI no viene la sangre y yo la espero

es porque el día aguarda con su hogaza,

trae promesa del agua y su esplendor,

del sol en su caliente indisciplina,

de savia desatada en los naranjos

para que sea el nuestro un viaje hasta la espera,

hasta el término exacto de la espera

que cumple con su gajo y en sazón.

El día trae su pan y su imposible

certeza de la sangre que no viene

por el camino de agua que trae el goce,

por la pared fibrosa del deseo

que sube y baja en márgenes de espuma,

por el túnel oscuro de mi vientre

que albergó como un don incomprensible

el semen y lo hizo florecer,

como un regalo denso y contenido

para evitar la atroz devastación,

el tiempo desolado en que sabemos

que la amapola es roja y también muere.

 


 

RECLAMO demorarme en cada gesto,

la lentitud feliz en las dos piernas

si tengo todo el sol sobre la nuca

y el tacto es una forma nutritiva

y exacta de sentir sobre la sangre

el viaje subterráneo de la dicha.

Reclamo malgastar cada minuto

en mover lentamente los dos pies

si el sol viene a incendiarme por las tardes

y el tiempo de la prisa es secundario,

si un momento viene en su eternidad,

su condición perenne y sin derrota.

Reclamo la imposible permanencia

de un brazo sobre el aire del verano,

el giro de una mano que se aleja

del cuerpo y se mantiene sin caer

hasta negar rotunda algunas normas

y leyes legisladas en invierno

como la de los cuerpos abatidos

contra el suelo, en el tiempo de la muerte.

Reclamo la bellísima ocasión

de estar al borde mismo de la tarde

en esta permanencia, en la fijeza

de la luz recortada contra el cuerpo

translúcido y tan lejos de su ruina.

Reclamo este minuto sin orillas.

A sabiendas de todo lo reclamo.

 


 

MORDER tu corazón como manzana,

como pulpa vibrante en su tejido

ardiente por la savia de la sangre,

con sus venas pequeñas verdecidas

y a punto de los dientes, de la lengua

con que palpar despacio la carne frutal,

con que jugar a hacer inigualable

el tacto del mordisco y su dulzura.

Morder tu corazón como si fuera

el único alimento necesario

para vivir un poco cada día,

si atrapó el sol bellísimo, esencial

con que la luz nos trae las páginas en blanco

para llenar de huellas y colores.

Morder tu corazón como manzana,

como la fruta esquiva en el invierno

que ha olvidado ya el hielo y su puñal

y muestra su semilla erguida por la lluvia

después de abandonar el cofre silencioso

de la noche larguísima del frío.

Morder tu corazón, herirlo suavemente

porque la boca tiene su fiereza

con que rasgar el centro celular

de la carne apretada y concedida.

 


 

BESÉMONOS, cordero, flor de lana,

hagamos, deshagamos la madeja

que va de ombligo a ombligo hasta el comienzo

redondo y empapado de mi vientre,

juguemos a tocarnos como niños.

Prometo no gritar si me embadurnas

la cara y los pezones con el barro

que excretas y alimentas y enrojeces.

No diré que te temo si te escucho

llamarme con voz ronca e imposible

en lengua parecida al esperanto,

no estaré sorprendida de belleza

si te veo tan hermoso cada vez,

haré como si no te conociese,

descubrámonos juntos, iniciemos

el viaje por la noche y sus contornos.

Podemos dibujar sobre la espalda

el mapa del deseo en signos chinos,

que sea la saliva nuestra tinta

para atraer de nuevo a las mareas.

Soñemos sueños de cartografía

orgánica y corpórea en el deshielo.

 


 

VEN, sube hasta mi puerta,

entreabre los goznes despojados,

la bisagra del cuerpo y de la casa.

Escala los ladrillos, las rodillas,

la pierna en su medida inconmovible,

remonta en el caudal de la inocencia

que canta su canción entre los muslos,

súbete hasta la piel y su epidermis

arriba del calor, en lo más alto.

Levántame hasta el techo del deseo,

hazme llegar al sitio de la lluvia

cuando cae sobre hombres y pardales,

al lugar del sonido donde duerme

el ángel turbador de la belleza.

Encárame en lo alto, en la espadaña

con que se parte el cielo en dos

sin hacer ruido

y deja derramarse por los campos

la irradiación gozosa de la dicha.

Hazme aérea, volátil, vaporosa,

izada en el pináculo del tiempo.

 


 

MIENTRAS estoy subida sobre ti

y juntos arqueamos la bóveda del cielo

sólo puedo escuchar el rumor de mi sangre

golpeando los poros, la pared de la piel,

el tambor de cristal de la sangre bombeando

varios litros espesos por minuto.

Cuando estoy sobre ti no pienso en casi nada,

sólo siento una zona de sol que me conduce

al amarillo hueco del calor,

al lugar en que tiemblan las espigas

antes de su recolección para la hoguera.

Porque tiemblo y escucho la pulsión de la sangre

como si fuese tierra que se estuviese haciendo

en el horno inicial del corazón del mundo,

escucho su rumor subiendo de volumen

antes de su erupción en lava y en ceniza

y su anverso es el génesis pero tiene también

transustanciado el rostro de la muerte.

Y es que mientras estoy subida sobre ti

me llegan otros ecos de desastres,

lo del desplome azul de las casas de Oriente

que alguien cuenta en la radio, no le tiembla la boca:

Afganistán es nombre de tristeza

si ha habido un terremoto y no era de placer.

Por eso continúo subiendo por tu pene

y así estoy conjurando la caída del tiempo,

la caída devastada de la gente en Tajar,

la redención –que es falsa– del sufrimiento horrible

porque atrapo un instante nuestra gloria insensata.

 


 

PARA escribir un poema que sea pleno de amor,

incendiado en sus sílabas de escarcha,

puedo releer los libros que conozco

donde alguien tocó nuestra eterna raíz

midiendo la distancia que va del cuerpo al cuerpo

–oh pelea desigual y ensangrentada

de la que no saldremos nunca indemnes,

mordido el corazón en su mismísimo centro–.

Porque bailo despacio un baile repetido

de forma que soy junco como otra de las muchas

mujeres, de las niñas, las ancianas

que están antes de mí, las que vendrán

a acariciar tu sexo estremecido

esperando encontrar inigualable

cada una en su señal, en su contorno

el gesto primordial de nuestra dicha.

Porque es común el peso en las caderas

que nos hace movernos, concebir,

guardar el surco de agua que trae el viento.

Es en serio que nada necesito,

la bibliografía podría ser escasa

y yo te tocaría igual cada minuto

aunque hubiese perdido el alfabeto,

el habla del primate vuelto hombre

y espacio vertebral en la belleza.

Apenas me hacen falta las dos manos

para escribir sin tinta ni agonía

el rasgo corporal del pergamino.

 

 

 


 

De La ausente (2004)

 

 

ME declaro la ausente,

la que deja su cuerpo en cualquier sitio

como quien se abandona con cansancio

y parece mirar cada grano de arena

que cae pesadamente mientras mide

la ruidosa llegada del futuro,

pero en verdad escucha los quejidos

que los otros esparcen en el viento

como los sembradores de cizaña,

el modo en que la savia recorre como sangre

el cuerpo vegetal de las encinas

cada vez más rojizas contra el sol,

ese temblor apenas perceptible

con que los saltamontes se estremecen

en el salto encharcado por el hambre,

o la deflagración que hace estallar al hombre

y lo lanza con rabia contra el suelo

para el festín de lágrimas y pájaros

en el territorio llamado país.

Me declaro la ajena,

la que apoya sus brazos y sus hombros

contra un trozo infinito de pared

mientras tropieza lenta en cada signo

y busca ser visible-no visible,

infame paradoja en la que estar

peleando por mi trozo de dolor,

mi pan envejecido de repente,

pan ácimo y amargo en su alimento

pero tan necesario como el día

y el tiempo en el que gira el corazón.

 


 

EL pájaro que viaja bajo el cielo

y viene a golpearse contra el coche

como quien cae rendido y se levanta,

arrastra sus cartílagos, su sombra,

su corazón caliente y separado

en cuatro habitaciones para el aire.

En ellas se resguardan los alisios

y el frío desconsuelo del invierno

cuando la sangre mueve lentamente

su río enrojecido, su caudal,

su modo de morir y levantarse

para picotear migas de sol.

El pájaro que viene contra el coche

es uno e indiviso, inconfundible,

y si distingue el eco de la especie

y atina a acompasar su corazón,

en el golpe está solo y yo con él,

seguidos por los dogos de la sombra.

Por eso, y aunque apura con violencia

la gota venenosa de la prisa,

su cuerpo diminuto y trashumante

no puede separarse de su sombra,

esa zona de umbría y de frontera

con que el sol nos recuerda el parentesco

insoportable, estrecho de la muerte.

La sombra lo acompaña, me acompaña,

le otorga la tiniebla, desazón

con que encender el día y sus volutas,

la masa medular y oscurecida

en que el tiempo nos brinda sus oficios

y escribe la desdicha a contraluz.

 


 

EL mamut que conoce su extinción

se rasca y se despeina sin cuidado,

se lame los rasguños y sonríe

por si el día está lleno de alboroto,

e igual sale a buscar cada mañana

el musgo, el junco tierno y sensitivo

con que vencer al hambre o al glaciar.

Después duerme despacio sobre el suelo

y sueña con los hombres que dibujan

su lomo atravesado en una cueva.

Entonces siente miedo, se cobija

en un pliegue dorado por la tarde

y olvida cualquier sombra de dolor

al llegar la mañana, el apetito.

Aratos, omitido de la especie,

como uno más de entre los animales,

aguarda y se trastorna, se incomoda,

sonríe con cariño, tiene crías

y canta contra el miedo en las tormentas.

También tome levanto, me persigno

y me abrocho la luz contra la boca

para salir al mundo y entenderlo

si mueren las violetas por el frío

y alguien queda tendido en la memoria

del llanto, su columna vertebral.

También yo me acomodo bajo el sol

y sueño con los hombres que dibujan

las lanzas para el lomo del mamut,

la herida de su sangre transparente

manchando las paredes de la cueva

como si yo sangrase junto a él

y al hombre muerto en la comisaría

sobre una piedra roja y encerada.

Pero después el día trae el deseo

y vienen la alegría y el antojo,

las hojas diminutas de coraje

y su apetencia herbívora y feliz

para rumiar el tiempo y digerirlo.

 


 

EL niño mira al cielo y se detiene.

Esconde el corazón y su agitada

torre en la que respiran las palomas

y toca con la mano el horizonte

mientras la tarde tiñe sus telares.

Toca también el corazón del agua

que esconde en su rumor a las cigüeñas

y ese canto inaudible del destierro

cuando llega diciembre con el frío,

ellas que son translúcidas, vitrales

que acercan sus tinturas hasta el sol.

El niño mira todo y lo abandona

por un trozo de tela o de papel

caído y desdichado en su renuncia,

una miga minúscula de pan

que olvidaron comerse los gorriones

y descubre sentado sobre el suelo

que esconden la belleza más estricta,

la mínima certeza cotidiana

del mundo en su completa plenitud

porque una hilacha misma del vivir

guarda también la flor y su alborozo,

su ruina y su minucia esplendorosa.

 


 

EL hombre que hemos sido en el pasado

se acerca lentamente y nos saluda

como quien ve de pronto a un conocido

borroso y desprendido entre la niebla.

Como quien mira a otro y se incomoda

por el salto infinito de la especie

que trae la semejanza y el contraste,

el hueso y su cartílago amoroso,

la oreja, el peine manso y acabado,

el sexo y su ventura, los pulmones

comunes en sus zonas cavernosas,

el mismo corazón y su perenne

afán de traslación sobre la tierra

para llevar el peso de la sangre

hasta la conquistada vertical.

También cada perfil, su discrepancia.

El hombre que hemos sido en el pasado

se acerca y nos saluda en su indolencia,

confunde aniversarios y dolores,

reclama lo que no hay desde hace años,

escucha y llora en su cansancio tosco,

paladea palabras muy remotas:

la ira, la inocencia, el desconcierto,

el mar, sus caracolas encendidas,

el frío, el tiempo lento, la alborada

y su conquista ruin, imprescindible

como una gota clara de placer.

Y cuando va a marcharse pesaroso

repite un gesto antiguo y su señal,

un modo estremecido de mover

el aire y de apartarlo con ternura

que me hace recordarlo, recordarme,

un súbito aleteo en el que el tiempo

tiembla y desaparece calcinado,

viene a ser como un cuerpo no visible,

un modo de encontrarnos sin caer,

un ¡qué más da! y su abrazo sostenido

por la copa febril de la alegría.

 


 

A Raquel Pérez López

EL corazón que llueve desatado

y pierde su armazón, su compostura,

su normativa estricta de compuerta

o dique, retentiva y contención,

sorprende en su violencia y se desata

mientras una muchacha incendia una cabina

y grita su dolor humedecido;

así crecen las hojas de los árboles

en la humedad primera del dolor

y el barro ennegrecido de la tierra

que trae su compasión y desamparo

se ayunta al llanto oscuro en cada gota

para hacer vertical la geología.

Llueve también sobre mi corazón dormido

como si no pensase concluir

el tiempo en que los nombres se hacen de agua,

y cada gota tiene su porción

alícuota de hierro y de pesar.

Por eso cuando llueve los mamíferos,

los lóbregos mamíferos contamos

despacio y varias veces nuestros huesos,

las piedras de cristal de cada hueso

y su sermón de luz resplandeciente

para llorar de pronto con escarnio,

visibles, necesarios y maduros

ante el día que juzga y nos ampara.

 


 

HASTA el poema llegan, como islotes

de óxido y de plancton celular,

los restos silenciosos del naufragio

en que quedan los barcos y los hombres

tras el amor intenso, el oleaje

que levanta su proa y la sumerge

al fondo de la mar y sus caballos.

Las caracolas guardan su rumor,

la lentitud sombría en que los peces

desnudos se acomodan a morir

y vuelven cristalina su belleza

de fósil, su armadura transparente,

su vertical caída hasta el silencio

en que el fondo del mar guarda la espuma

que levantó el deseo y las mareas.

En su abisal distancia deslenguada,

amor y mar comparten varias letras

y la raíz mojada por la sal

empapa cada signo tras su empeño

por la coloración y el frenesí.

La boca humedecida, la entretela

del cuerpo y sus humores ablandados,

las veintisiete letras rezumadas

por la líquida masa del amor

después se vuelven piedra quebradiza,

astilla y fósil blanco en su rescoldo,

su agalla enrojecida en el vivir.

 


 

EL cuerpo que excrementa y que transforma

en azucena y vino sus pesares,

ejerce con violencia su derecho

a ver el sol que incendia la mañana

y trae la perfección de su redonda

vuelta en torno a la piel y el corazón

para llevar el día a cada pliegue

con que el cuerpo acompaña sus cuidados.

La víscera de sangre que en el tórax

bombea el deterioro, las pasiones

y el río presuroso de energía

para mover las líneas musculares,

gira sobre su elipse y se desplaza

en cada golpe fijo de pulmón:

inspira el aire intacto y sus obsequios,

el modo confiado en que los pájaros

remontan los anhelos y la muerte

y ese lento camino de las horas

haciendo y deshaciendo sus ovillos

para brindar el hilo de sutura

que ate cada día a su color,

porque el pulmón atrapa en sus cavernas

el pálpito vital, las contracciones

con que el tiempo se aloja y nos habita.

Pero también espira lentamente,

abona los terrenos de la culpa,

expulsa con denuedo su preciado

depósito de viento y de porfía

y arroja los agravios, las infamias.

En su doble recurso de ida y vuelta,

el hombre se sostiene en su pulmón,

su corazón de sístole y diástole,

su canto en la palabra y en la sombra.

 

 

 


 

 

Índice

 

Presentación

Mostrar el mundo en su sola materia

 

De Tratado sobre la geografía del desastre (1997)

Tanta flor de espuma

Sé que poseo algunas cosas

Caen las hojas con un fragor indescriptible

Los dedos con que cuento las cosas que me pasan

Podría ahora

¡Cómo decirte, después de ocultar las flores del desierto

He tenido un llanto largo como una herida

 

De La sola materia (1998)

A veces sé que soy como reina del mundo 

En el vientre impaciente de la lavadora

A veces me acerco al dormitorio

Para las hojas de papel sobre la mesa 

Cruje el andamiaje de las cosas 

Los membrillos se pudren 

Cuando llueve 

Hoy añado una más a  mi lista de manchas 

Hay días en que sueño con escribir un libro

Del paso de los días se deriva

En mi casa hay también un baúl escondido 

 

El ángel de la ira (1999)

            La destrucción, el óxido, la herrumbre

            El acento imposible en cada nota

            Hay días en que la luz querría borrar

            Lamirada insolente

           Creciendo paso a paso

 

De Carnalidad del frío (2000) 

Cuando estoy ante la hoja de papel

Cómo volver a escribir sobre lo mismo

Por las mañanas marcho a cazar el bisonte 

Cuando duermo me vuelvo sobre mí 

Si no viene la sangre y yo la espero 

Reclamo demorarme en cada gesto 

Morder tu corazón como manzana

Besémonos, cordero, flor de lana

Ven, sube hasta mi puerta 

Mientras estoy subida sobre ti 

Para escribir un poema que sea pleno de amor 

 

La ausente (2004)

Me declaro la ausente 

El pájaro que viaja bajo el cielo 

El mamut que conoce su extinción

El niño mira al cielo y se detiene

El hombre que hemos sido en el pasado 

El corazón que llueve desatado 

Hasta el poema llegan, como islotes 

El cuerpo que excrementa y que transforma

 

 


 

 

La presente edición de Materia reservada, de María Ángeles Pérez López,

realizada por el Portal de poesía a partir de la impresa en papel

de la Fundación Imprenta del Ministerio de la Cultura de Venezuela,

fue colgada en la Red

a los  once días andados

del mes de diciembre

del año

MMXI