Luis Miguel Rabanal

 

la casa vieja

 

 

 

 

 

agradecimientos

 

 

A Adora y a Daniel, a la tía Paula, a Aurina, a Lucio, a Celestino, carpintero, a Aquilino el de Catalina, a Juanillo, a la Ramonica, a Cosme, pobre y vendedor de agujas a caballo, a Floro el de Acebo, al señor Isidro, al padre Desiderio, a Celsa, a Amor la de Tito, a don Álvaro, cabo primero, a Antonino, a Nicomedes y a Rogelio, ambos del Ariego, a Manolín el de Pepe el coronel, a la tía Maiximina, a Jesús el de Quinto, a Guzmán y a Reca, sastres, a Manganeto, suicida, a la tía Eudosia, al señor Amando, a Fortunato el de La Velilla, a Consuelo la madre de Ángel, a la abuela Faustina y a la abuela Leonor, a Pío el de Oterico, a Agustina y a Donina y a María, a Mercedes la de Julión, a Tomás el pimentero y a Margarita, a Luis el de Pablo, llamado cariñosamente Tusco, a Ovidio, mi padrino, a Laura la Pucha, a la señora Genoveva, a Baldomero el de Bonella, al tío Manuel y a la tía Laurentina, a Alejo y a Carmen, a Rosa y a Bautista, a Miguel y sobre todo a Rolindes. Y a los demás. Héroes todos ellos de una edad perdida...

 

 

Tú duermes sobre una ventana desnuda y me olvidas.

Tiemblo cuando oigo unos pasos que sé que no son tus pasos.

Me siento al borde del camino y veo cómo pasa la muerte.

 M. J. ROMERO

 

 

 

 

 

INICIOS

 

 

Seguramente ocurrió allí y jamás hasta hoy lo supimos. Es

cierto que contemplamos desde la lejanía y la ausencia la tonta

puesta de sol de otra edad: aquel fastidio por el polvo

inenarrable del camino de Ceide y aquel desbarajuste, de

verdad y de golpe, con el tiempo por verse uno ya abocado sin

querer al dolor. O incluso aquel instante de plácida plenitud

donde todo en apariencia sobraba. En ocasiones empacha la

memoria como una picadura tan socorrida, y de pronto tan vil,

y se aleja de nosotros que la colmamos mucho alguna vez. Aún

hoy ponemos nuestra boca en el margen umbrío de la felicidad

y contamos, sin llevar, las nubes. Así se fue la vida, nos dijeron.

 

 

 

 

LOS DELITOS QUE ALGUIEN ENFATIZA

 

 

Creeremos en aquello que hace arder. Nos hará la abulia

desorientarnos una noche, y otra noche más, y todo habrá

acabado. Se dicen cosas que ayer no recordábamos siquiera: el

paso funesto de los ríos, la sonrisa de Memé el iracundo,

cuando lanza muy lejos el estuche vacío del  violín y cree haber

perdido, ahora sí, esa batalla. También de muchachos, en la

Arenera, cumplíamos el rito del desastre con la cueva iluminada

por aguzos, las ratas en pedazos y las niñas que no pudieron

soportarlo casi nunca. En abril hueveril. Mañana habría que

suponerle al valor un límite.

 

 

 

 

LOS QUE NO VOLVIERON

 

 

Se les vio llorar sólo una vez desconsoladamente, lo mismo que

chiquillas que temen ser decapitadas por el Hombre del saco,

acaso de noche. De lejos nos traerían pájaros exóticos, jarrones

con un levísimo mar encerrado, nombres sin rímel de mujer y

terroríficas brújulas. Él recuerda ahora el color de sus cabellos

y la mugre de sus manos, la piedad de sus palabras al decirles

adiós y alguna que otra breve extrañeza. Advertíamos cerca de

sus cuerpos las botellas de orujo, pero también la renuncia, esa

fiel abubilla que anida en la memoria de los ahogados y los

tristes, y fingimos retenerlos allí sin rubor. No fue posible. Hoy,

tal como se cuenta, descansan muy lejos de mí.

 

 

 

 

EN MONTECORRAL

 

 

Quién eres tú para pasar las hojas quebradas de la vida con

tanta parsimonia, a la estupenda sombra de los robles de T.,

besando aunque sea en un descuido a una muchacha que se

aleja sin ti, mientras la tarde seguramente no admite más

desatenciones y vuelves a pensar en su derrota, que nadie te

halle así sumido cuando se derriten sus cinturas o miente ya tu

corazón de viejo niño turbulento, en tanto el verano es cruel y

adivinas muy bien la pesadumbre, ese cuerpo extendido al azar,

y un poco la desdicha, ese cuerpo hecho añicos que escuece

tanto abrir. Dime, cabrón, quién eres tú para dudarlo.

 

 

 

 

PAJARES DEL FUEGO

 

 

Nos era preciso algún despojo. Una cabeza desairada de

muñeca, un camino embarrado y lúgubre, a lo mejor una

pistola de hojalata, de ésas que se mueren en la ensangrentada

mano de Ramonín el día de la Fiesta, un cuaderno de dictados y

de versos a la Virgen, un amigo de alguien que buscaba con

nosotros la fama merecida, en fin, cosas extraviadas para

quemar junto al pasado en la atroz hoguera que no ves. Nos era

preciso algún despojo. Y se hizo muy tarde entre las llamas

cuando descubrimos que faltaba un hombre allí, desaseado y

pendenciero, con su garrafa rota, sin manos ya con que seducir

a C.

 

 

 

 

MEDIDAS

 

 

Los ojos de entonces, las miradas atónitas que hacían sollozar

como si pelasen en casa del vecino miles de cebollas, los ojos

que nos arrancó de sopetón la vida, son el tributo que ahora

queda por referir. Palabras encontradas, dices, palabras de

consuelo. Hubo quien se perdió en la orilla del pantano para ser

más joven, sin querer, como un iluso invoca favores arrodillado

ante los senos nacientes de la diosa. Palabras, también,

desconcertantes. Desea el extraño que lo empujen al fondo del

infierno, nos hace mucha gracia el coágulo que serena su

mejilla, busca ser grotesco su dolor y a su abrigo regresamos

sanos, y salvos, de la selva. A nuestra edad qué ruin

desesperanza, le responde.

 

 

 

LA CASA VIEJA I

 

 

La melancolía sube todavía la escalera de la casa, se extiende

en comprender el murmullo irremediable del caos, se aparta

para siempre de ti de un solo abrazo, se disgusta por nada,

hasta es feroz. Quien quiera que fuese el extranjero, aquel

joven personaje que vivía sin del todo vivir, tan a sus anchas

que aún sonroja su ausencia, hoy se hace arduo equivocarlo en

una siesta que no te pertenece. Miserables, nosotros, que

sufrimos a voces la calamidad y el desánimo. Y después vienen

tormentas a entorpecer la noche, cuando uno se cree

desesperado o mudo, y pasan mujeres sin medias a tu lado y las

palabras se borran.

 

 

 

 

ESCORIAS, VALDELUNA

 

 

Los nombres que apenas se pronuncian arañan tu rostro y nada

es lo mismo: basta una boca para perpetrar un crimen afable. El

amor que supo desfigurar tan bien tus muslos con torpes

embestidas y los cabellos ardiendo, el amor que nos trajo aquel

hermoso viajante, aquella noche, tan cerca de tu propia

mansedumbre. Nos debemos marchar, ahora que hay luna. O

siempre es tarde, como decían los viejos. El amor hecho

deprisa, transfigurando a quien nos golpeó con saña y

monodias, o ella que debajo de ti susurraba algo que ya no

recuerdo bien. Falenas.

 

 

 

DETRÁS DE LAS CASONAS

 

 

Queremos cumplir con la prisa y volcar los vasos de la ternura

y que venga otra vez el tiempo a acuchillarnos, pero que sea

ahora: cuando no estaba aquí y nadie obstaculizaba la soledad o

su incompleto discurso. Para qué íbamos a necesitar tu cuerpo

entonces, si tu voz acabaría por ese, si tus ojos faltaban como si

terminasen de irse, y para colmo de males Obdulia te adoró las

caderas muy pronto. Es verdad que queremos volver a

amputarte los párpados. Se nublará la tarde y tendremos que

acordarnos de su blusa rota, detrás de las casonas, pero ya sin

ella, y sobre todo ya sin ti.

 

 

 

 

EL DÍA TRISTE

 

 

El niño se enfrentaba al monstruo de costumbre, el desamparo

o la rabia o el viento más frío, y contaba todas sus heridas de

soslayo, nos miraría muy probablemente asentir. Para que el

búho callase nada era de aquella indispensable e iracundo, se

secaba sus lágrimas como un desahuciado advierte su destino

en el fondo siniestro de la copa. Quién fuera el villano, dice, la

mujer amarilla o la confusa estratagema de aquel cobarde

zascandil. A la noche habremos llegado ya a Trascastro y la

huida semeja ser un rostro que el dolor defiende de tus uñas. El

niño creía en ti, se bañaba con vosotros cada tarde de julio, por

lo demás era el rey de las culebras. Abrázalo. Desata ahora sus

mordazas. Fíjate bien, es tu misma imagen que se cae y se cae y

se cae de bruces.

 

 

 

LAS PALABRAS

 

 

A veces nos gustaba escuchar el ruido que producen al hervir

las cosas, hacía buen tiempo y el otoño acababa de ponerle a F.

un apodo distinto. A veces nos gustaba también escupir y

escupir hasta hartarnos, hacernos los bárbaros o morirnos de

risa. Se trataba de terminar las tardes sin ningún sonrojo, las

palabras entonces sobrevenían de golpe y manchaba

exageradamente su esperma y su tinta. Qué duda cabe que

debimos apiadarnos de ella porque no nos amaba, ella tampoco,

y quemaba su piel y no éramos nosotros sus más dulces

verdugos. Nos gustaban mucho sus pechos redondos como la

desdicha y el ansia, yo quise arrestarla allí mismo y agrupar los

caballos para que la noche durase. No bastaban ni siquiera las

pobres palabras.

 

 

 

 

DEJARSE LA PIEL

 

 

Ha de ser él quien nos convenza de que estuvo allí una vez. Se

cree importante porque desatendió la vida, condensada en

aquel tiempo por un cartel borroso: no debes volver eran sus

necias palabras. Aún hoy le guardamos rencor, por su estatura,

por las manos frías y como ausentes con que nos zahirió a

menudo. Desde su silla negra asume bien el desprecio. Le basta

con nosotros, los fantasmas crueles, para saberse perdonado,

para reconocerse solo. Una lágrima se posa, ya muy feliz, entre

los labios. Y en la Curva de la Muerte arrastrará tras él muchas

cenizas.  

 

 

 

LA CASA VIEJA II

 

 

Si has venido a soñar, le dicen un poco más tarde, debes

marcharte igual que el moribundo se ofrece a los que pasan y

purifican después sus axilas con agua de colonia. Aún hoy se

acuerdan de ti los niños de Robledo, enfermos también de

desolación y de catarros, o te amenazan con sus dedos

profundos desde la Tejera. Queríamos herirte, no muy

enérgicamente, claro, no sin bastante suplicio, como hacen en

las películas. La casa, los perros de caza, el verde perfume del

acebo y los labios partidos por un golpe. Su hermana lo llamaba

a cenar e ignora que termina para él la vida, ese desdén de

grajos. Para soñar con tu deseo, o casi, se le oye gruñir.

 

 

 

 

GRISES

 

 

¿Era de noche o es que cerrábamos los ojos mucho tiempo?

¿Sucedió de veras, o es que quieres únicamente recordar

retazos, —golondrinas atravesadas por un alambre, hombres

atribulados que se ríen de él, niños sin balones—, y no su terco

escrúpulo? ¿Dónde estabais todos? Porque conoce el dolor

vuestra deslealtad y se deshace en elogios para con vuestra

desidia. Porque hoy como ayer a la mentira la llamamos

sacavera y llega septiembre con sus ojos rasgados y las cosas se

alargan y los libros son nuevos. Cierto que el amor no sirve

cuando hablamos de cuerpos arrogantes, de una vida

maravillada y triste, de la muchacha rubia sin sostén. ¿Para

quién trabajaba el asesino? Confiésalo ahora todo. ¿Lo amas

mucho todavía?

 

 

 

LAS SANGRÍAS

 

 

El hombre se conforma con haber llegado hasta allí. De

momento cruza sus manos y se desespera por algo que no

cuenta del todo en su recuerdo, una muchacha temblorosa que

esparce a su alrededor flores de saúco, algún rigodón para que

nadie se sienta desolado, y lobos también, de ésos que

entontecen el discernimiento de un modo, dijéramos, abrupto.

El hombre mira al niño que fue y descubre con generosidad a

cada olor una memoria diferente: su boca progresiva y el

cabello en orden, vestidos que S. colocaba en el fondo del

armario para tanta soledad, gritos de júbilo y el terror de un

amor sumamente imposible. Cómo no haberlo previsto mucho

antes... Abre la puerta el hombre a su secreta desgana.

 

 

 

 

DILE QUE LA QUIERO

 

 

A las dos de la tarde el calor era una piedra arrojada a la cabeza 

gris del condenado. Luego vendrían torturas invisibles en el 

seminario de V. y niñas bobas, muy bobas. Llaman al amor

algunos clepsidra encantada y árbol de octubre. Serenaban tu

rostro demonios añiles y varias maestras, el placer que se

escabulle como dos aparecidos en Orrios, o aquella insensatez

de tu cuerpo al no hablar. Qué podríamos hacer contigo. Hoy

parece que va a llover, sin misericordia ninguna, en el lugar de

los hechos. Nadie habita ya, pobrecilla princesa mía, aquel

olvido voluminoso y tuyo.

 

 

 

ÑUBEROS

 

 

Así y no de ninguna otra manera, con los labios despintados

por la mano exagerada del pavor, siquiera provista ella todavía

de los pasos sigilosos del último amante, la lluvia volvió a

sacudir las fogaratas y los sentidos de los hombres. Nosotros

tendríamos cuidado. Con la boca quieta el sueño nos trae otra

estatura, un viejo corsario nos muestra su muñón y es horrible,

Marisa está con fiebre. Todo el mundo conoce sus costumbres

al llegar la aurora, pues hay emboscados en Miravalles que

disparan con bala, querrías ser tú. Mas de pronto algo acontece

que da rabia escribir. Aquel extraño se comportó como un

cobarde, con parsimonia se lavó las manos después de haberlo

hecho todo, todo con sigilo.

 

 

 

 

LAS CUEVAS

 

 

Nadie quería involucrarse en tanta amargura. Las adolescentes

temblaban y sus dedos se los arrancaba con espanto el rocío.

Mira bien su rostro, le decían las otras, contempla su aliento y

que sus muslos no te dejen ya nunca morir. A pesar del daño

aún conservo su tibia mordedura en medio de la carne, mi

cuerpo despoblado de su fuerza inverosímil, ya ves, aún repito

sus palabras crueles o latosas lo mismo que hace por la tarde

el desamor. Allí mismo, entre la hojarasca, vería cumplido su

deseo: la blusa, la faldita plisada, el maldito internado. Mira que

te ame, le decían las niñas mucho mayores que ella, dinos cómo

la tiene y después cómo es.

 

 

 

 

LA AMISTAD ES UN GLOBO TAN ROJO

 

 

Nadie está a salvo de su desmemoria, ésa es la verdad. Y de

repente el cuco se aferra a tu oído y crees ser ahora fatalmente

dichoso. Nadie podrá, entonces, convocarte a su tiempo que

como el humo del fogón de tu madre es blando y escuece

todavía, ni tampoco a su entraña que envuelve buena parte de

la vida de espesura y es dolor... Saca de tus ojos el grillo y la

fiereza, le apuran los otros cuando vuelve. Yo no estaba aquí,

yo estuve sofocando a quemarropa su deseo. Nos hería su voz

de forajido, sus labios abrasaban. Y al terminar, al enojarse con

nosotros como un niño de leche o de estraza, lloraba

inmensamente porque quién era él para decirnos el astuto

nombre del traidor. Casi todo es, o debe ser, mentira.

 

 

 

 

B. B. Y ELLA

 

 

Sabíamos de sobra cómo sería hacerlo entre los tres y que

durase para siempre el amor, por lo menos esa vasta

incertidumbre que delimita tantas veces el amor, según se

rumorea. Alguien llamaría apurado a nuestro zaguán oscuro.

Alguien guiaría tus manos sucias al confín del tormento. Feliz si

entendías las tablas de don H. y el mundo era aquel afilador

hablándote del mal del invierno y de sus tesoros ocultos en la

Otrera. Alguien se entregaba a tu latido como un degenerado:

la carne se os abría de par en par al temblor y pasaban, muy

cerquita de allí, tortugas veloces, crisantemos, mmm.

 

 

 

ARROYOS

 

 

Tenemos razón: poseíamos el tiempo y nos sobraba todo lo

demás, porque nuestra infancia debió ser el orgasmo pobre de

algún dios, ya veríamos después cómo se agriaría en la

memoria lo mismo que un quebranto de las muelas. Si aquello

era vivir, si Cacuí no nos dejaba entrar en el bar, como siempre

sucedía, ¿qué diantres ocurrió dentro del tinglado? Una mujer

en bragas que huye despavorida de tanta sanguijuela... Si vivir

por todo contratiempo era el arroyo que de niño pasaba delante

de tu casa, veloz y tremebundo, sucio y desalmado, como la

promesa que nadie cumpliría. La de quererte mucho

eternamente. Nos sobra desconsuelo en esta hora muy

desdichada de  ordenar los cabases.

 

 

 

 

DESPUÉS DE DECIRLO

 

 

Se ha pronunciado tu nombre una vez como si se deseara

abrirlo, verter en él todos los mares tenebrosos y los bordes de

la tierra, incluso apretujarlo para siempre cerca de su corazón y

después borrarlo como si fuese una adivinanza terrorífica. Yo

me pregunto cómo será tu cuerpo ahora. Si quieres creer en

aquello que se salvó de la lumbre un día no debes temer su

desazón, es parte cabal de tu estatura, vive dentro de ti como el

intruso que devora sin cuidado tus pezones mínimos. Debemos

besarte repetidamente, mon amour, y regresar contigo a la

melancolía, o al menos a su desamparada perorata, a su voz de

anises. Carlos, bien es sabido, te ha perseguido hasta aquí, el

muy terco, para ya no perdonarte jamás.

 

 

 

 

LA CASA VIEJA III

 

 

Parece que va a nevar toda la vida, y se ocultaba lo mismo que

un fugado, de aquellos que entretenían en el monte su coraje

ventajoso, y nos asustaba su bondad a la hora de comer del

tejado la fruta más helada. Alguna vez, pensábamos los

pequeños, tendría que marcharse... Lejos de ti el mundo

semejaba un tren bituminoso parado al borde de la vía. Allá él

con los bandidos. Como el invierno es triste y nos sobra

cordura, dejamos que se vaya esta soledad y nos contentamos

con mirarte, casi desnuda y en silencio, distinta a tantas veces.

Borrada por el tiempo y el dolor. Que cada cual retenga entre

sus manos la prueba más clara de haberla ya sobrevivido.  

 

 

 

ACERCAR EL RITO

 

 

Como si nadie quisiese ya comprender que todo ha sucedido

como fue planeado por ellos. Los dueños del destino pero

también de la tragedia. Qué nos importa ahora la razón que no

llevaban nunca, aquel cuerpo tumefacto o la sangre con púas.

Alguien mirará con pena una fotografía hecha trizas por

alguien, donde un niño conversa con la bruja y es castigado por

su boca llenísima de grumos. Alguien, un día, nos reconocerá

allí donde mejor se hacía la soledad o el dolor. Nunca seremos

más que entonces: habremos desaparecido un poco sin ti.

Como si nadie quisiera ya discernir que perdemos la vida sin

tampoco querer.

 

 

 

ESPEJOS PARTIDOS

 

 

Vosotros debéis de ser los desalmados. Tenéis toda la pinta de

haber sucumbido en la batalla terrible de estar solos, un día sí

y otro más si cabe, tenéis la carne azul de los muertos de sed.

Nadie más sostendrá vuestros cuerpos cuando la fatiga sea un

barco de vapor fundido en el desvelo, ni abrirá la puerta que

conduce a la negra certidumbre de haber sido alguna vez

muchachos. La luz se reconforta sin ojeras en su sombra

esperada el mundo carece de las esquinas oportunas su

desamor se ciñe a la ingle con hollín de Mercedes. Es preciso

vigilar los ardores por si viniera a soñarnos con muchísima

indolencia. Hay el tiempo justo para confesar, y dejarse de

pamplinas, o volver a enamorarte uno de estos días de la

gemebunda K.

 

 

 

 

TESTAMENTO MUY LÍRICO

 

 

En el viejo camino de Curueña, justamente en medio de

Montecorral, una mano que ahora amo y amé mucho,

temblorosa aventará cenizas por la tarde. Quieres pensar que

todo terminará con este simple rito. Pausada, tontamente

acaso, pero con mucha sordidez. Tan crédula y serena, la

eternidad se vislumbra como esa vieja y buena amiga que ya

para siempre te dará el tostón. A veces es mejor así, con los

labios cosidos por culpa de tanta desmesura preferimos callar...

Y si no, otro buen paraje podría ser el del Abesedo, también allí

el tiempo se consume con herrumbre y disciplina, lo mismo que

este atardecer que sabe de ti porque no has llegado aún. La luz,

la negra luz de los dormidos.

 

 

 

 

BREVIARIO

 

 

Se compadecía tanto porque aún era pronto para tergiversar la

vida, para darle más envidia con sus grandes ojos, para llorar

por él como ninguno. Ven y nos morimos, le suplicaba al

anochecer. Ven y que la noche nos coja desprevenidos y

confusos, queriéndonos y todo. Tendrían que ser ellos quienes

hablasen, como hacen los huérfanos, de lealtad y de afecto.

Ella, que se entregaba al azar como muñeca ausente, mordía las

uñas y su gozo fue casi casi sobrecogedor. De él, ya se supo

bastante. Pájaros y ascuas y la carne que acaba sin misericordia

con nosotros. En Prinderos y sólo una vez.

 

 

 

 

NIÑOS QUE TOSEN

 

 

La nieve era la fiesta a la que no debe faltar ninguno de ellos,

aunque lo diga el cura. Se conforma aquel tiempo con poco:

todos recorriendo el camino tras la huella sangrante del zorro

hechizado, dejándonos la niñez despachurrada y desde

entonces, ya para siempre, licenciosa. Habría que seguir

hurgando en tal encrucijada, ellos y nosotros, todavía, tocando

la piel serena de sus senos y con el frío morirse también. Creen

que el invierno es señorío de tunantes y a veces se habla de que

la sutileza la tienen los otros. Pues bien, solamente contarte que

te echaba de menos allí, helado y diminuto, llorando de

amargura. Después de todo qué triste esa nieve, la de ahora

mismo, que ya no hollarás.

 

 

 

ALIBABÁ Y REMEDIOS

 

 

A escondidas el tiempo y que la tiniebla en sendos escobales

cumpliese su amenaza. Que el amor los tortura, le daba la

vuelta sin parar a su vestido, los llena de gozo como el lento

atardecer de cualquier día de verano. ¿Quién era aquel valiente

que atravesaba sin condón nuestra fatalidad para dar con ella en

las tenadas? ¿Fue realmente la misma muchacha que nosotros

 sospechamos? Hoy no nos mira bien, ni tan siquiera reconoce

en nosotros aquella mirada, dulzona y errabunda, con que

mirábamos con él el universo. Por lo menos un cosmos

desastroso que allí se entumecía... Alibabá el ladrón y

Remedios la enfermera.

 

 

 

 

POEMA DEL PORDIOSERO

 

 

Que nosotros sepamos era el único que el frío llevaba a

entarse en la escalera, tiritando con el plato humeante de sopa

en la mano y maldiciendo su suerte. Cada diciembre allí lo

aposentaba, ante nosotros, la vida o eso que dicen que debe

contarse. Dábamos por hecho que aquel hombre merecía el

temblor que otorgaba a su rostro una expresión un tanto

indigna, por dios. Más tarde supimos, y si no M. nos lo dijo,

que no era inevitable el ser desgraciados, que la felicidad

también es algo que se debe escuchar cuando apetece beber un

buen trago de lejía. A veces el dolor, o la soledad que es una

muñeca desmayada, aún nos deparan alguna sorpresa. Nos abre

la puerta el pordiosero y nos da de comer y diluvia sin cesar en

la memoria de alguien.

 

 

 

EL GRITO

 

 

Que los maten a todos. Fueron ellos quienes dieron el último

traspiés y nos encaminaron derechitos al fracaso. Consintieron

que nuestro cuerpo se pudriera al sol, como si no tuviésemos

facultad para ser estatua ejemplar y distinguida. Que acaben

con todos y se lleven sus trajes de pantalón corto y camisa

nueva de color naranja a los desvanes. Hicieron de nosotros

hombres sin provecho, muchachos mutilados, niñas muy

perdidas bajo andenes fríos. Que los maten ahora mismo, pero

a todos, que los pasen a cuchillo cual si fuesen bandoleros. Aún

hay quien los añora, cuentan... Nos trajeron aquí y, como de

golpe, estamos solos.

 

 

 

 

NO CREAS A G.

 

 

Estaría el viento que secaba sus manos como un fantasma atroz

insulta a nuestro antepasado más y más verosímil, y también la

noche menos pensada que tendría que poner en orden su deseo:

al alzar la voz su garganta emite un sonido repugnante. Puf.

Pensabas que sería suficiente el amor. Tú entretenías el tiempo

entre los muslos de aquella mujer sin esperanza, adivinabas allí

la pura desdicha, golpeabas en sus sienes por ver si amanecía

mucho antes que en ningún otro sitio. ¿Es posible que fueras la

pregunta que uno se hace al acabar la ceremonia? Yo miraba

para atrás y te veía a ti sonreír como un hombre ausente, de

ésos que irrumpen en la vida del otro, sin falta ninguna, y pasa

la noche.

 

 

 

HABLAR DEL MIEDO

 

 

El Zaragozano traía marcados todos los días de lluvia, las

fiestas de guardar y las semanas impares, aquéllas que no serían

de ningún modo las de la batalla concluyente. No eras cruel

aún. Tu cuerpo todavía se aferraba a la aventura de haber sido

niño que sale de su casa y un ogro lo persigue hasta el confín

del mundo. V. te vio, se apiadaba de ti y se echó a llorar a tu

lado. El miedo era aquel muchacho que encontramos tirado y

sin juicio al borde de la era de Quinto una tarde de diciembre.

¿Quién le sacó los ojos por descuido? Tendremos que recordar

alguna vez aquella anarquía con las cosas y ponernos

muy tristes.

 

 

 

 

AMORES

 

 

Nos hará sonreír pensar en ello. Si quisieras volver. Labios

pintados con desorden y en agosto un cuidado exquisito en

demorarse sobre su piel. También nos hará sufrir un poco

distinguir de nuevo la melodía que el atardecer llevaba y traía

como un energúmeno a nuestro cuerpo, esa música intensa con

olor a derrumbe y a una buena dosis de felicidad. Esa música

rutinaria e íntima. Ella pasaba por allí y te conformaste con

tirarle una teja. Años más tarde estregarías con ahínco su boca.

Por si quisieras volver.

 

 

 

LA CASA VIEJA IV

 

 

La luz era otra manera de sobrevivir atados al tiempo, o medías

con tus manos la enfermedad y la noche. Creíamos de aquella

en príncipes irremediables y oscuros que besaban a las niñas de

pelvis perversas la vulva. Te vengarías un día de mí, decías en

secreto a los otros. Arrastraban los árboles demasiada fruta

terrible, y el pesar era verte escribiendo todavía poemas sobre

aquella mesa tan rota. Uno que espía y va a tropezar con quien

todo lo sabe. Los hermanos llamaban por su nombre a la

fatalidad, se les podía haber contado la historia distinta. El niño

sube la escalera y orina un montón mejor desde allí.

 

 

 

 

LA BARBARIE

 

 

Cuando se hacía de noche alguien dictaba sentencia y el golpe

era provechosamente recibido, la sangre manaba de su cadáver

como un río de sombra, y además llegaría pronto el otoño. Los

asesinos apagaban sus parrillas entonces. O no era ya eso. Nos

hería su luz desmesurada, se nos borraba el aliento y en

ocasiones hacía mucho ruido el dolor. Te morías de aquella por

su sexo entreabierto y sublime. Quienquiera que fuese el oscuro

abrigo de su amor, el que más parecido llevaba con su odio a

los extraños, debió decirle su afición: abrir de par en par tus

muslos para que el paso de la lluvia se hiciese recóndito, qué

gusto llevarse a los labios el placer, o tu boca ya índigo y

declive... Aún quiere la noche su eterno desvelo.

 

 

 

ROSALES

 

 

Si fuera verdad se te llenarían los cabellos de truchas y de

barro. Acontecerá un día en el que tendremos que ausentarnos

de esta canalla memoria. Como si te creyeras el cuento del

abuelo aquella noche de desnevio y terror, a solas vosotros dos

con la denodada ternura, el tiempo y el reproche. Llegará

pronto el día, nos repiten a diario. Tu rostro no conservará

siquiera los restos del naufragio, señales de humo que un indio

bobo se entretiene haciendo hace ya tantos meses desde el

Cueto de R., o algo semejante que ahora mismo se nos ocurra

fingir. Todo depende de ti, más que sinvergüenza, no mires más

su cuerpo entregado a la capitulación insaciable, y al luto.  

 

 

 

 

EL MAR

 

 

Quiere el recuerdo una casa más limpia. Nadie conocerá

entonces tu misterio, ese borrón que interrumpe la vida como si nos diese gozo, esa otra soledad que ya ni nos conmueve un

trocito. Quieres que el mar guarde en sus bodegas todos los

corsarios, al menos aquellos a quienes les falta una pierna de

más, y de milagro la madrugada te cose las tripas como lo hacía

D. Si te acordaras de ella querrías que volviese a marcharse por

el mismo camino, su cabello cortado por el viento y tu pena

volcada en las rocas sin niñas de Xagó. Sólo era una canción

que repetía cualquiera para joderte más. Ya no recuerdas casi

nada de ella.

 

 

 

PARA TUS OJOS

 

 

Seguro que venían de otro tiempo, como mínimo del que ya no

basta nunca para haberlo perdido: árboles en llamas y la muerte

que por allí rondaba llamando. Nos importaba la felicidad, tanta

dicha profunda que al alba rociaba, con raros pinceles, la carne

de tristeza y de angustia los taxis. A veces teníamos prisa por

llegar a tus labios mayores. Un hotel abierto, una muchacha

que se olvida de ti, el amor hecho de pie porque luego todo se

sabe. ¿Quién te mostraba su pecho helado y las llagas tan feas

por doquier? Para tus ojos se inventaron las flores del saúco,

los amores falsos y las cinturas de avispa. O si no qué más

daba.

 

 

 

 

ACACIAS

 

 

Sentados en la Piedra rosa los niños se estremecen por haber

sobrevivido tanto, se santiguan aún y frotan sus manos ante

tamaña alegría. No es mucho ya lo que recuerdan y sin

embargo las batallas encienden sus ojos de desvelo, son niños

mayores con el tiempo justo para morir sin atreverse, o

muchachos que desnudan su codicia sin apenas ternura. En

mayo pajarayo. Pasan nubes sobre ellos y llueve también como

jarreaba aquella tarde, una lluvia atroz como la misma

blasfemia. Acuérdate de Adora. Su cuerpo no cabía en sí de

devastación y de fracaso, por eso se ahorcaba de aquel roble

antiquísimo.

 

 

 

CON ALEGRÍA

 

 

¿Quién fue el otro, el que entre tus senos buscaba granos de

arroz, cipreses floridos y grietas más profundas? En esta tarde

maldita, dime, ¿se acordará de ti todavía cuando buscabas el

aliento en la sombra azul de la cometa, o en el triste momento

de ser vehemente contigo misma y ofrecerte sin pudor a su

patán deseo? Qué lástima haber sido alguna vez tan dichosos.

¿Recordará aquel alcohol tan espeso y turbio del olvido, el que

nos ponía perdidos al terminar la luz, adolescentes tontos? ¿Y

si fuera verdad que no hemos estado allí sino en un sueño que

se parece a tu rostro que se vuelve sobre sí mismo y sonríe y

pronuncia: vete a la mierda, gilipollas? No fue culpable la edad

de aquella confusión, no lo fueron tampoco las ganas que tenías

de perderte en su cuerpo como en un glorioso tiovivo.

 

 

 

 

NIÑAS HECHAS Y DERECHAS EXTRAVIADAS EN LAS URCES

 

 

El Renault cuatro cuatro de Antonín el médico y el caballo

marrón del estanquero de Murias de Ponjos. La caja repleta de

revólveres con que llenábamos la noche de amor a los malos y

de mixtos, pero sobre todo sus cuerpos que habitaban la selva

y no eran de este mundo, diáfanos como la neblina, verdes lo

mismo que un pecado. Allí estaban todas, subidas a los

árboles, lanzándonos los botes con betún y alguna que otra

palabra muy poco decente. Las querríamos mucho. Aquel

coche volcó una vez, y nada más supimos del caballo que

debió morirse, como mínimo, de tedios...

 

 

 

COSAS

 

 

Severamente, pero también con abundante serenidad, los

amigos se han marchado para siempre. De la vida te queda su

dulce matraca, y su eyaculación rigurosa. Nadie nos vio de

aquella corretear buena parte del camino detrás de algo

extraordinario, algo de cartón y espuma, de candor y de besos

que se dan a las novias los jueves. Ahora mismo parece que va

a llover y nos falta tiempo para hacer de esta tarde una

hoguera triste donde quemar las horas. Nadie nos vio abrazarla

tanto. Si acaso pretendíamos buscar de soslayo un cuerpo que

sirviese también para morir. ¿Por qué nadie nos dijo, entonces,

que todo acabaría tarde o temprano? Hoy te duelen las manos

muchísimo y alguien, para siempre, ha trancado la casa...

 

 

 

 

CUMPLEAÑOS LEJOS DE OLLEIR

POÉTICA 2.345 f

 

 

Andarraso, Ariego de Abajo, Ariego de Arriba, Arienza,

Bonella, El Castillo, Campo la Lomba, Castro la Lomba, Ceide

y Orrios, Cirujales, Cornombre, Curueña, Folloso, Garueña,

Guisatecha, Inicio, Manzaneda de Omaña, Marzán, Omañón,

La Omañuela, Oterico, Pandorado, Riello, Robledo de Omaña,

Rosales, Salce, Santibáñez de Arienza, Santibáñez de la

Lomba, Socil, Sosas del Cumbral, Trascastro de Luna, La Urz,

Valbueno, Vegarienza, La Velilla, Villadepán, Villar de

Omaña, Villarín de Riello, Valverde de Omaña. Nombres de

memoria que pronunciar cuando casi todo está perdido...

Nombres que a tu pesar tú sabes ya olvidados.

 

 

 

 


 

LA PRESENTE  EDICIÓN  ELECTRÓ-

NICA DEL LIBRO la casa vieja, 

DE  LUIS MIGUEL RABANAL, 

FUE  COLGADA EN LA RED

A  LOS VEINTISIETE

  DÍAS ANDADOS

 DEL  MES  DE

 AGOSTO DEL

 AÑO DOS

MIL 

DOS

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