Luis Miguel Rabanal

   

Bocados de rosa

 

Paul DelvauxPaul Delvaux

 

 

 

 

Háblame de él, háblame de ella, háblame de ti... en bocados de rosa

 

(Del anuncio clasificado aparecido en un diario de difusión nacional)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUAN CARLOS GARCÍA Y DOLORES GÓMEZ

 

A menudo la vida nos trae estos pesares. 

Nos quita de la voz cualquier semejanza con lo nuestro, nos pone la boca de tormenta y así no hay manera de entenderse: 

tu amor será de ésos que caminan desnudos por la casa porque hoy también es festivo. 

Sin embargo, a veces, tropieza uno con la herrumbre de los días y nos caemos de bruces y nos mancamos mucho y comienza la noche a desaparecer del cuerpo, como cualquier despojo. 

Alguien nos observa airadamente y con delectación se masturba, el pobre. 

Yo quisiera decirte que ya está bien de desastres espléndidos por hoy.

 

 

CLARA G. Y VANESA B.

 

Nada sabe mi cuerpo de tu cuerpo y sin embargo despiertan aún al unísono como sendos corsarios.

Se lo disputan todo, la sed, el dolor que se suda igual que si nos atravesaran los sauces los muslos, y la intriga también de haberse demorado las tres sin tocarse siquiera, como practican los muchachos al amanecer en los cines.

Nada sé de ti.

Nada a no ser esta lluvia inclemente que borra de tus pechos las mentiras escritas por un niño muy dulce, a veces sin ganas, y a veces expirando lentamente contigo.

Nada sé tampoco del monstruo que te aterra y se ha dormido por fin en tus brazos.

 

 

M.M. Y J.A.

 

Ciertamente la muchacha se desviste para comprobar que se ciñe el mundo en su cadera y comienzan los pájaros el día en su ventana y el amor se hace tarde.

Ha pasado la noche como un tren por su cuerpo.

Ha pasado la noche como el alcohol aciago y cada hombre que besa obtiene su placer ahora desmedido y absurdo.

Juanita no parece hoy cansada, no parece la rubia mujer de Fernando, la que lloraba de frío y se creía en pecado.

Que viva entonces el demonio en sus pubis.

A veces no se acuerda de mí, ni brilla en sus ojos mi mirada que también era suya, ni comprende mi manera de estimularla ahora mismo mientras duerme y sonríe.

Juanita la cachonda, la del lunar azul más maravilloso, la más infatigable.

 

 

BARBRA COURTNEY Y DIEGO ARROJAS

 

De súbito algo hay que estremece contar.

Saben los besos a tabaco rancio y a noche estupenda, mido tu cuerpo con la vara de medir un adiós o toda una historia de duendes y deseo.

Pequeñas catástrofes, te digo.

Algo hay que no cabe en nuestra mano y tiene el tiempo justo para desobedecer lo mismo que se enfurece el ladrón porque todo ya ha sido saqueado por alguien que conoce.

Nada puede ser verdad ahora que lo piensas, ni el cuerpo entregado a la barbarie ni la soledad que tan bien corrompe tu corazón con creces.

Debes estar loco, mi amor, me dice.

Ahora mismo que la noche se demora en contar las pisadas que surcan tu hastío.

Ahora mismo que se separan tus piernas y es todo impetuosamente mentira.

 

 

LUIS ROIZO Y CARMEN VALDÉS

 

Has vuelto a mirarme como ayer, con los desolados pensamientos de aquella, abriendo tus venas al pesar lo mismo que una niña se consume despacio por la fiebre, se deja desfallecer y todo ha terminado ya a lo largo y ancho de su sexo.

Nada que objetar a tu codicia desmesurada y sublime.

Que se vaya entonces de tu lado el muchacho tembloroso que padece por ti como un sonámbulo imbécil.

Alguien ha reparado en tu cuerpo como si fuese un cuento sin hadas, una historia repetida que nadie consiente en narrar otra vez, sin sangre y con tanto desamparo.

Que se vaya aquel hombre con su amargura y su luz entre las ingles y anochezca de nuevo.

 

 

PEDRO MARTÍNEZ Y SANDRA ESTEBAN

 

Hay días ociosos que nos estropea el invierno.

Son tardes contigo pero que ignoran tu nombre, son tardes desoladas en las que puedo acariciar sin apenas tocarla tu piel, solamente un roce que no quiero pensar, solos tú y yo en el fondo siniestro de la casa y amándonos muchísimo como un par de tontos.

Son días que siempre querré recordar en tus labios o por lo menos cerca de tus muslos, allí donde una vez sí clavó la felicidad sus uñas.

Ahora mismo la memoria tiene contados todos sus minutos:

alrededor de tus brazos viven niños deformes que se acurrucan allí para ahuyentar el hielo, en tu saliva nada es como un día lo fue, mirlos que han huido y alguien que sin querer crecería en tu vulva y todo era casual.

Hay días donde no cabe el enojo y muerdo tu cuello como si fueras la última muchacha.

Nada sabíamos del incómodo acecho.

 

 

MERCE ROHCA Y ANTONIO VERA

 

Vienes a mi boca e interrumpes cualquier melancolía, defines la usura de la carne y te entregas al saqueo del gusto, esa dulce intemperie que apenas si basta para no irse muriendo.

Tienes razón, el mundo por sí solo no limita con tu cuerpo, ni se sabe desecho de nadie, ni ambiciona llorar al atardecer porque ha visto a Marta Luisa sollozando.

Aquella muchacha disfruta de temblores.

Aquella muchacha sobrevive también a tus besos, serena para ti su musculatura en desazón y profunda, sonríe contigo y grita desolada,

no puedo ya más.

Debes agradecer su fantasía cuando tose desvestida y te quiere.

Para ella ha sido suficiente volver a atravesarte la piel con primorosos punzones.

 

 

JOSÉ ENRIQUE GONZÁLEZ Y AMELIA ORTUOUNDO

 

Quiere el destino que nos llenemos de besos, gustan tus labios la sed perpetua de los míos y cansan ya los feos gestos del demasiado amor.

Es como si nadie entendiera nuestra suerte, la afable pregunta que mantenemos ahora ceñida para siempre al goce, al ahogo que irrumpe en tu cuerpo de muchacha espantada por un tigre pequeño que abreva en tu saliva y se marcha corriendo de golpe.

Qué puedo argüirte.

Cada vez que te miro recorriendo los pasos subterráneos que ya no daremos me fatigan las ganas, la muerte termina por decir su más oscura palabra y no es en tu boca donde habita la sed.

Acaba de pasar por encima de tus pechos una chica que sonríe si alguien la besa, pero de azul riguroso.

Mas nadie está aquí.

 

 

ALFREDO DULCES Y BLANCA FERNÁNDEZ

 

Y entonces no seremos ya nunca nosotros.

Como esos canallas que acribillan la nuca de algunas muñecas atroces, sin saber que es delito su amor, sin miramiento ninguno...

Hay hendiduras de sobra ahora mismo en tu cuerpo.

Ya puede hacerse puñetas todo pues te busca el adorador con sus trucos benévolos.

Ya nos sobran las promesas y el tiempo endurece la carne que no ha sabido contentarse conmigo y contigo.

Amenazan tus labios con desbordar la vida.

Claro que posees en tus ojos la ingrata tempestad que pretendes conservar todavía:

la sangre que disuelve a la sangre, la luz desparramada de cualquier manera por tus manos, la llovizna reciente y el amor gemebundo de Arturo.

Mañana moriremos.

 

 

MARISA CIFUENTES Y PELAYO JUNQUERA

 

Alguna vez te lo he dicho.

Algún día escribí sobre tu desnudez tan remota ofrendas terribles, a duras penas duraderas, que hablaban de ti y de mí como muchachos cansados.

Y no obstante el amor en tus dedos se moja de bruma y recuerdo tu boca que no era tampoco verdad.

Claro que vinimos juntos a esta casa para dejar la vida que se fuera.

Hay abubillas y estallan sobre ti porque si no sería una lástima volver.

Pero también un cuerpo nauseabundo que recorre mi sexo y sé que es un sueño que aún tú no has escrito, mi amor.

Alguna vez desoiré tus palabras.

 

 

LEONARDO JIMÉNEZ Y ASUN GARRALDA

 

Cada día una cursilada que contarte.

Cada beso una llamada a la intensidad y al reproche, como dos amantes aventajados que escuece decir:

somos nosotros recorriendo en silencio el gozo sin que nadie interrumpa el hastío.

Después pesadumbre.

Después la enorme tristeza de saberse desnudos, es decir, desposeídos de todo, en pleno desabrigo lo mismo que borrachos.

Aquí está tu rostro completamente deshecho por la lluvia, tus ingles abiertas al deseo de otros que vienen resbalando a tu boca.

Después pesadumbre.

Como si el amor tuviera la culpa de todo lo que ocurre, esta voz, ese sonido de piedras, el árido violín que no suena para ti.

Para arrancar tus cabellos y volverte a querer. 

 

 

JESÚS ÁNGEL HERNÁNDEZ Y DELIA ASÍS

 

Contra la soledad se han construido tus senos.

Y los días felices que vuelven ahora a machacar con toda su sorna tu voluntad y la mía, ah dioses, lo mismito que ayer.

Vienen y se van todas tus amigas a sufrir junto a ti, es como si supieran que tu cuerpo es un quebranto y que la pesadumbre es un ocio exquisito que da gusto amasar.

Nadie lo percibe, y sin embargo se hace sobre tu boca la noche, y uno se acostumbra a llorar para decirle al dolor que ya no es suficiente, que la vida no alcanza.

Nadie está a mi lado.

 

 

INÉS H. Y MARAVILLAS C.

 

No estabas aquí cuando tuve más frío, ni el día de los infortunados sucesos que nunca sabrás, ni tampoco aquella noche de muslos pesados sobre mi cadera en llamas.

Y si no quieres buscar allí donde se refugian el fastidio y la saña prueba sin mí.

Verdaderamente que nos hallamos hoy apijotadas, amorcito.

Nos hallamos abocadas al infinito desastre, ése que discurre por los cuerpos más desconcertados, los que nos pertenecen y los otros que ya fueron nuestros, tantas niñas para ti, para ti que eras perversa y que no conocías suficientemente la palabra disfrute.

Manos que no son mis manos si el amor se embrutece y no hay lugar para mí, lo mismo que los héroes acostumbran a hacer por la noche, se orinan de miedo y dicen que no.

Todas somos más putas ahora.

 

 

BASILIO PÉREZ Y ANNA OZORES

 

Mi mujer dice a menudo que ya no soporta el calor de mi almohada ni la sangre veloz de las noches más locas, incluso me dice que el Antonio le sirve las copas aguadas, o lo que es  lo mismo, que la ama de veras.

Mi mujer no tiene ya vergüenza, me mira a los ojos deshecha en el llanto y, amenazándome mucho con apartar a un lado mi vida, me susurra ya basta.

Una vida que ella misma se ha fracturado los lunes, los martes y los viernes.

Llevándose a mis amigos a cielos de placer y suspiros, dejándome solo con mi hija pequeña que llora y que llora y que llora.

Mi mujer dice que me lo merezco todo, que no es su coño pasto de tahúres ni fuente salada para idiotas, que no puede ya más, que está decidida:

se irá al atardecer apenas con lo puesto.

Eso sí, con Vicentín, su último muchacho cadáver.

 

 

LUIS FLÓREZ Y DIONISIO GUZMÁN

 

Si me llamas, yo no soy nunca el que responde, no siendo que me golpee tu especial regocijo, no siendo que tu fuerza derrame en mis ojos otra maravilla más ruin.

Si esperas a que mi cuerpo se confunda con aquel otro que venía de lejos, de tanto penar que nadie más que tú sabía, si todavía crees en mí como quien jamás tuvo ante él el remedio inocuo para tanta soledad, si esperas mis labios puedes ya aburrirte y dormir.

Absortos los dos en contemplar todo cuanto se vuelve contra ti y anida en tu ombligo y frecuenta tu blasfemia.

Tienes que ser tierno y aislar la cintura de los demás huracanes.

Tienes que ser mezquino también.

 

 

MARÍA ANTONIA CELAS Y WENCESLAO ARES

 

Alguien me dice que esta noche será la más impúdica noche, la más estentórea y feliz de toda la semana.

Algo hay que ronda sin embargo mi desgracia.

El hombre se niega a confesarme que su vida ha sido un duro afán por perseguir el sueño, es decir, una voz apartada y una boca que exprese sin más ni más lo impostergable.

Aquí nos encontramos.

Severamente, con lentitud y con un poco de pena nos hemos hablado como dos amantes que ya todo lo han amado.

O lo han perdido, que casi es lo mismo.

Por entero mi amor cabe en tus muslos  y si lo quieres coger te doy otro poco que no es tampoco mío, por entero mi amor ronda tu jadeo y es triste como la palabra de un niño que es triste.

Claro que hay estrellas que no puedo mirar.

 

 

CONRADO ÁLVAREZ Y VIRGINIA ESTRADA

 

Las palabras más bellas son las que nunca me dijiste, igual que se ocultan dos niños en el bosque del Sordo para aprender la vida y sin embargo no han visto hoy pasar los aviones.

Este amor ya no será jamás realizable.

Las noches se suceden como una bailarina embriagada viene a buscarme y a apartarme de tu lado desmesuradamente tibio.

Las palabras más dulces son éstas que no escribo para ti porque tu boca no ha sido arrancada todavía por cárabos, nadie aún lo sabe, nadie lo sabrá nunca, estas palabras son la última vez que contemplo tu rostro sin hacer trampas ni llorar.

Mi cuerpo se habitúa a predecir los desastres:

tu carne estragada, tus labios pequeñitos y amenos, todo en mi memoria que glosa ahora la pequeñez del relato.

Mira las piernas que no tengo ya, puedes volver a acechar el abrazo sin mí, puedes desnudarte y reír.

Este amor incansable.

 

 

JOSÉ ESPARZA Y CLARA GUTIÉRREZ

 

Será siempre el destino, ese desgraciado que torna ahora a preguntarte la hora de salir del abrazo, del tedio sin fin que el goce nos regala como una foto tan vieja.

Y no será tu voz la que conteste a quien viene a recoger del pasado solamente dos frutas, la amarga bofetada y la pesadumbre del olvido, la carne que aguarda el sacrificio, la fiebre, pero también el pudor.

Sobre las cosas permanece una pátina vaga de abandono que huele a tus cabellos.

Mi polla se endurece y la noche es cansina, lo mismo que tu amor, impredecible y turbio.

 

 

CELIA RODRÍGUEZ Y BALTASAR DEL CAMPO

 

Todo lo que te aterra, mañana será sombra.

Estos brazos sin ti, esta garganta vacía de tiempo y desamor, este cuerpo que tanto te quiso y se baña solo en esta orilla muy fría.

Sin mendigar, nada tuyo ya me pertenece.

Me sobran tu rostro y tus manazas, me sobran tus besos con mucho sabor a melancolía y a chicle de frambuesa.

Sin apetecerlo, tu vida ha separado mis muslos con tanto desparpajo y desenfreno que no me creo ya tus muchos idilios.

Aquello con Fernanda no era verdad, lo tuyo con Domingo me parece que tampoco, Francesca y tú, menuda parejita de sonámbulos...

El amor, ante ti, se sonroja y se turba.

 

 

D.N. Y LUCIO ESTRADA

 

Cuando nadie te mira es cuando mejor te frotas los ojos como si el mundo apenas existiese o contase, niegas tus pasos y el abismo es otra pregunta que recuerdas.

El gusto será así:

encendida y dispuesta a ser la mártir de la noche, comprendes que ya tu boca la ha complementado un frío escabroso y muchachos al salir han retratado el mayor de tus arcanos.

Mis pechos no saben del bandido ocioso ni tampoco de tus lindas maneras para terminar con todo aquel anhelo.

Mira qué feliz eres ahora, en tu coche Clío y creyéndote puro.

Me arrancarás de cuajo el corazón.

Pero dará casi lo mismo.

 

 

SIRIA AGÚNDEZ Y ERNST CANTÓN

 

Si por mí fuera ahora mismo el mundo podría detenerse.

Si por mis labios desfilara la suerte de estar junto a ti, tan soberbia, no sé qué daría para agradecer este bochorno, este calor sin que nadie se abalance sobre una, este placer sin placer.

Si por mí fuera ahora mismo no barrería más la sala de cónclaves.

Me pasaría deshojando los días del tiempo como hacen los gnomos en los libros que se caen de los fríos estantes en otoño y dan mucha pena.

Me iría de noche a cazar gambusinos como cuando era una niña y todos me decían qué trenzas más hermosas, que coñito tan dulce.

Si por mí fuera, pero ya es suficiente.

Y toda la parafernalia para decirte lo mucho que te amo y que pasado mañana no habrá trenes que coger por si acaso.

Anda, mon amour, y córrete en mi boca.

 

 

CARLOS VITRUBIO Y LINA PALMA

 

La noche no ha terminado aún y en el balcón hace frío.

Mi fidelidad se consuma a un lado de la vida y es como si los chuchos ladrasen todavía el júbilo de entonces, las muertes sucesivas que alguien divisó a lo lejos como un príncipe raro, toda la necesidad de ti que no se cumple.

No sabes qué hacer, los hijos parece que se han roto de golpe y porrazo y crecen para adentro como las sacaveras y las vacas de goma.

Tu carne ya no está.

La copa aún no se acaba y hace ruido la noche y tu aliento se mueve circularmente y deprisa, es la muerte otra vez, que me mira de forma salvaje.

Será la muerte de nuevo, que viene a desdecirse en mi dolor y en cualquier desolación:

tú también sufres y lo han negado las palabras que nadie pronuncia, las del escalofrío, las de las heces y el escándalo.

Nada termina todavía.

Así es la pasión que hoy nos toca la frente con deleite y miserias.

Volvía el frío a secar en sus ojos la ropa.

 

 

C.E. Y A.A

 

Como siempre sucede, al amor le sigue una noche de encierro interior, es decir, un tiempo para arrasar entre los dos juntos la memoria.

Y a tu boca espléndida le nace ahora mismo un hollín diferente, una arruga de pena y al pasar a mi lado dos niñas juegan a entregarse a un sultán.

Quieres gritar.

Quieres regresar al escenario profundo de las mil maravillas de antaño que apenas si recuerdas, cruzas tus muslos y surge entre ellos un hombre muy cruel.

Ya no eres tú el que sucumbe al ardor y a la dicha, ni guarda en su costado la efigie nauseabunda de otro amor, más singular si cabe, más aciago aún, más terrible todo.

Quieres gritar y también golpearle.

¿Qué grandeza puede tener hoy tu carne de par en par abierta a la renuncia?

Y sobre todo, ¿quién es en este justo instante el cabrón más magnífico?

 

 

ISABEL ARIAS Y FRANCISCO PALOMERO

 

Hay aniversarios que es mucho mejor guardarlos bien debajo de las piedras.

Son la solución para nosotros, al menos la peor solución para nosotros, la solución más imbécil, la que quisiéramos inventar para nosotros exclusivamente y ya no podemos.

El deseo termina.

El deseo es otra muchacha desnuda que implora ser acariciada por ti desde una terraza muy verde y bajo la lluvia más grande.

No hay manera entonces de volver a ser malvados pero tampoco la felicidad es algo que se palpa como un tonto enigma.

Nada nuestro nos socorre, nada que no podamos todavía conservar cerca del corazón.

Ni siquiera nos pertenece el universo, aquél que tanto extrañaba nuestra falta los domingos por la noche en el bar El Omañés Solo.

Si miro en mi útero no hallo más que ceniza.

Hasta mi perro Marcelo es mucho más hombre que tú.

 

 

ENRIQUE VICENTE Y PENÉLOPE DÍAZ

 

Si quisieras volver, si las aguas revueltas se empantanasen de sobra, si quisieras retornar a mi boca de nuevo, te escupiría de buena gana otro poco.

Todo sería posible en el amor que te corroe y cierra tus párpados cuando te pido colaboración y prisa, el cielo se cae de súbito en Manhattan o nos crecen más negras las uñas, no me miras más.

Son nuestros cuerpos ahora máquinas descontroladas, imperfectas y sucias.

Me aferro a tus pezones, son actos temblorosos que ni yo mismo me entretengo en contemplar.

Se acaban el tiempo y las píldoras y han huido para colmo tus gatos.

No será suficiente con morir asfixiado por culpa de tu almohada azulísima.

 

 

 OBDULIA SOLER Y GONZALO ANDRÉS

 

A las palabras de hoy le van a suceder tormentos mucho más devotos, jarabes para el dolor de corazón y linternas diversas para alumbrarse entre tanto desconsuelo.

Entre tanto amor a la deriva y tantos cuerpos que no quieren más se halla esta mirada que espía tus sonrisas, tu sueño, tu semen, hasta tu propia aflicción esporádica.

Nada fuera de mí te pertenece.

Y sin embargo tus amigos siguen acusándote de varios delitos de cruel desamor, uno contra mí, la más necesitada de socorro.

Yo que con mi locura escribo todas las cartas habidas y por haber de la semana.

Me sabe tu boca a un viejo coñac que ya me aturde.

Has de perdonar mi inútil afrenta de la tarde, es la amargura que comienza a dar sus frutos, es mi ansiedad que no te disfruta y que tampoco te aguarda.

Yo, que nada recuerdo.

 

 

DAVID FUENTES Y ARIADNA LEAL

 

Ellas tenían razón, se les veía en la ropa ajustada y en sus cabellos rojos, ellas eran así, de cuerpos generosos y manos muy blancas, como las Mujeres del Mar, las que miran a la luna y se derraman igual que las cascadas, lo mismo que nosotros.

Queríamos que alguna vez se marcharan pero sin irse, buscábamos en su voz alguna palabra que nos dijera todo su amor, su entrega inmediata, pero nunca venían.

Llegabas tú con parsimonia y mis brazos movían con júbilo las cosas más inverosímiles, las horas pausadas de un reloj cualquiera, los labios pintados de la otra niña, los juguetes de guerra y las sábanas grises.

En aquella ocasión éramos quienes habíamos estado tanto tiempo ausentes y, en un descuido, de cabeza nos topamos contra el suelo de la noche tibia:

nunca habría más de esos besos.

Y sin querer, el frío depuso sobre la nieve tu garganta traspasada por alguien.

 

 

FINA GARCÍA Y VÍCTOR ORDÓÑEZ

 

Tendrías que haber permanecido allí entonces.

El amor se hacía de pie como cuando éramos jóvenes y nada más sobreviviría que lo que más aprisa poseíamos, lo más ardiente, mis muslos de ciruela y la victoria inmediata.

Pero también la memoria acusa diferencias.

Tendrías que haber sido tú el que pusiera sus manos sobre mi cuerpo tan frío, muerto casi en la desesperación y el asco, y no obstante ofrecido al pasar en los portales a quien quisiera mirarme.

No eras tú, y hoy te recuerdo ceñido a mi abrazo como un amante tiernísimo que rompe mis caderas e incendia mi ropa breve con su cigarro torpe, pero tampoco eras tú.

Ellas aseguraban que jamás llegaría la lujuria y atravesaban mi sexo con ácidos punzones, ellas te amaban lo mismo que yo.

Quiero pensar en ti y me hacen muchísimo daño tus ojos.

 

 

SARA BERNABÉ Y BEGOÑA ÁLVAREZ

 

Qué hago yo ahora con todo esto.

La vida esperando, tu cuerpo lo mismo que ayer, aterido en el fondo de la sala pero sin ganas de caricias, ni siquiera de un café con leche riquísimo.

Y qué hago yo ahora con todo esto, dímelo, mi amor.

Deshecho el deseo, un cáncer de estómago te arrancará para siempre de aquí.

Como un dios estúpido juega a la baraja.

Seguramente ya no habrá más postales que escribir ni más carne rosada que lamer.

Pero estarás conmigo, afuera hay sol...

 

 

Esta edición del libro 

Bocados de rosa, de Luis 

Miguel Rabanal, fue

colgada en la Red a 

los dieciocho días

 andados del 

mes de

abril

del año

2004

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