Luis Benítez

 

Antología poética

 

 

Selección e introducción por Alejandro Elissagaray

 

 

 

 

                    

INTRODUCCIÓN

 

La poesía de Luis Benítez ofrece la particularidad de que su estilo no pretende llegar a la mera representación de un estado anímico, sino resolver la ecuación entre las palabras, las emociones y los pensamientos. En esta tríada podemos rastrear la sustancia de su poética, distanciada de manera categórica tanto de las ampulosidades del discurso retórico como de los riesgos del intimista. Benítez no dirige al lector señales unidireccionales. La plurisignificación acentúa los planteos convergentes en sus textos y ejerce un liderazgo esencial en la elaboración de las imágenes. Cada poema -o cada verso- apunta a múltiples lecturas, no sólo desde el marco semántico, sino también desde la construcción sintáctica. La sintaxis de Benítez está dotada de una original conjugación de osadía e irreverencia formal a la vez.

Su poesía es tan gris como los interrogantes que vierte acerca del mundo. El autor volatiliza las contradicciones que exhibe la realidad aparencial, sepulta los absolutos que han predominado en la historia de la civilización (el bien y el mal, la verdad y el engaño, la paz y la guerra, por ejemplo) con el objeto de aproximarnos a un todo sintético que los unifique de modo armónico. Penetra en la raíz de la conflictiva experiencia humana en la tierra y por eso se anima a examinar las problemáticas más cruciales que nos invaden desde nuestros orígenes, como el tiempo, la existencia, la memoria y el conocimiento.

La poesía de Luis Benítez es, por qué no decirlo, algo enigmática. Nos sugiere un conjunto de pasadizos, laberintos o playas desoladas donde confluyen los fantasmas del pasado y la dolorosa mirada del presente. No recala en el futuro lejano, sino en la cercanía de lo que fue y también de lo que en la actualidad gozamos o padecemos. Se nos ocurre como un incesante juego de acertijos apropiados para despertarnos de la abulia existencial.

Estos pormenores de índole estético-filosóficos conforman el sustrato de sus preocupaciones, se hallan ligados a su necesidad de aprehender lo inasible. La sobriedad lexical y el vuelo impío de sus indagaciones no nos hablan entonces de un poeta oscuro, sino más bien de un creador de silencios que cantan los destellos del universo y el resplandor del vacío.

Sus referencias míticas, históricas y culturales nos internan en los intramundos de personajes reales o ficticios, pero integrados al caos que paradójicamente ordena al mundo. Con la emoción serena y algo desdibujada, a veces insinúa un horizonte de matices épicos donde no faltan los elementos heroicos. Como muy bien sostiene Pamela Nader “a través del mito, Luis Benítez construye una poética destinada a conectarnos con ese universo transpersonal, oculto sugestivo y más palpable que aquello que solemos llamar ´realidad´.

El autor se propone contarnos historias concebidas a la manera de los antiguos relatos a los que son tan afectos los pueblos de tradición oral”. (1)

Pero el tema del mito nos lleva a otras reflexiones. Decía el crítico y traductor Antonio Aliberti, en 1990, a propósito de Guerras, Epitafios y Conversaciones, uno de los poemarios de Benítez que más difusión alcanzó en los suplementos literarios nacionales y extranjeros: “No es fácil la incorporación de tantas voces que Benítez asume con una gran dosis de naturalidad”. (2)

No hay definición más acertada que ésta para referirse al carácter abiertamente polisémico del discurso poético de Benítez, fuente de la inclusión de las múltiples voces en sus textos.

Por otro lado, si nos detuviéramos en estas profundas sutilezas discursivas, advertiríamos que la apertura de la que nos hablara Umberto Eco equivale en Benítez a la solidez del perpetuado fluir por las dimensiones de otros géneros, lo que termina produciendo en sus construcciones verbales un fino proceso exploratorio del lenguaje literario. Paradójicamente, el silencio impreso en sus versos tiene la peculiaridad de abrirse en un cúmulo de sonoridades y de determinar, a su vez, unidad de sentido y de forma. No hay lugar, pues, para la dispersión de imágenes e ideas. Los contextos se asocian solidariamente y constituyen un corpus dinámico y esencial.

Nos dice Benítez en uno de sus poemas:

 

            Solo entre lejanas cosas y sólo

            en la memoria de los suyos,

            Anacauatl El Loco edifica ejércitos futuros

            y futuras llamas que cruzarán los otros.

            Una corte de mosquitos y un puñal de roble

            tiene, pero elige con precisión sus generales:

            los hombres que mañana labrarán su furor en piedra

            duermen en el tiempo y en Tenochtitlán del Lago

            sin saber que un desterrado trenza lejano

            sus destinos como tranza lazos

            para cazar su cena...

                                                           (Fractal, 1993)

 

Su obra poética es una incesante búsqueda, un itinerario, un conjunto de valores -es más que poesía, o en todo caso lo es desde las márgenes de lo dramático, merced a una teatralidad de ribetes míticos, pero también de lo narrativo, que aflora con su fuerza épica para resaltar perfiles humanos, describir situaciones y estructurar pequeñas historias encubiertas con la rara sistematicidad de un poeta que sabe conjugar la actitud observadora con la exaltación lírica.

 

Alejandro Elissagaray

___________

 

NOTAS

 

(1) NADER, Pamela. Mito e integración, del libro Itinerarios (Conversaciones con Luis Benítez), Buenos Aires, Editorial Nueva Generación, 1997.

(2) ALIBERTI, Antonio.

 

                       

 
 

                    

De POEMAS DE LA TIERRA Y LA MEMORIA

Ed. Stephen Bloom, Buenos Aires, 1980.

 

 

DEL ÚTERO A LA TUMBA UN SUEÑO TE  LLEVARÁ

 

Del  útero a la tumba un sueño te llevará,

desnudo, el escarpín y la mortaja hechos de la misma seda.

Un sueño con mejillas  de pétalos que martillea en tu mente,

un beso helado, un golpe en la nuca dado

por un desconocido con guanteletes de hierro,

sonando tras tu puerta en el cerrojo.

Fantasma de metal tu cuerpo,

desde los cortos pantalones al bastón del viejo

transitado por extranjeros que se acercan a escrutar tus vísceras

y las señales del cielo con sus dedos de muerte,

verás asombrado cómo la cuchara colmada

deposita por igual besos y mordiscos en tu alma cóncava.

Del útero a la tumba,

clavado a la tierra que sólo se abre dos veces,

tus ojos  noviando con las fotografías

verán al niño libre de pecado y cicatrices,

diáfano, aunque su llanto presienta

y al  hierro del amor marcándote la ingle

y al molino del olvido girando, por un viento de huesos.

Del útero a la tumba un sueño te llevará,

las riendas hechas trizas en ese torbellino,

en dos segundos de setenta años,

sólo una muesca, en un reloj enorme.

 

 

ALGO FLUYE, CUANDO  YA NADA SE AGITA

 

Algo fluye cuando  ya nada se agita.

Y su paso inadvertido por las tinieblas que duermen con nosotros

trocará en una luz exasperada cuanto de ciega tiene la miseria.

Desde el fondo, pozo o pantano de números,

donde hostigados por el mundo y sus miles de cabezas

caímos quince lenguas dentro de la carne,

algo que sólo puede tocarse munido de los guantes de la desesperación,

algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita.

Obliga al dolorido músculo del corazón

y al cerrado hueso de la mente

a comer y beber, aún dentro de sus celdas.

Es una fuerza que nos lleva rudamente de la mano

e inventa un camino de color insólito,

por donde huimos desnudos de los ciegos.

Obediente, ella agitará los párpados de los muertos

y hará huir a la mosca-heraldo, que espera paciente,

            colgada de la gula.

Colgará de nuevo el sol, cuando la luna caiga.

Podremos verla latir en medio de nuestras negras sombras,

aún cuando boquiabiertos, observemos día a día

pasar nuestros propios funerales.

Algo fluye cuando ya nada se agita.

Por su gracia habrá fruto en las flores marchitas

(su magia gruñirá en la vértebra)

lanzará por el aire ancianos y guadañas con pasos de diluvio;

nuestras jóvenes canas se ennegrecen,

ante el silbato de plata besado a último momento

con manos temblorosas que arrojan al viento de los lechos.

Y cuando nuestros pálidos huesos

den fuerza y vigor a las margaritas, aún palpitarán

desde la tumba.

Porque algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita.

 

 

DAME UNA MENTIRA ENORME

 

Dame una mentira  enorme, que haga temblar los pulsos de la edad

con su pisada grave y significativa,

que espante de mí los pájaros negros y los gusanos

que cosecho sin proponérmelo en la dársena del miedo

y se las arregle para hacerme creer que el hombre puede salir de sí,

ser uno con la mujer y amarla sin destruirse.

Algo que dure un momento y venga de tus labios,

para que yo me esconda  y los altivos y los necios no me vean.

Detrás de esos frágiles decorados vivirá feliz y pequeñito,

lejos del tedio y de los ojos que escrutan en la noche.

Sin miedo al silencio y a las fieras,

luego que la mentira fuese pronunciada,

como por un hechizo efímero correrían los talones del infortunio

y ni él, ni la miseria, pescarían ya nada en mis sentidos embotados.

La angustia del hombre ardería como bruja-fénix

y estos ojos y estas pobres manos que rezan sin llegar

al rabo de Dios en las alturas, arrojarían al suelo,

deshecho, el viejo corazón de la amargura,

contentos en su careta nueva.

Dame una mentira enorme,

que haga girar al revés el tiempo en los relojes

y arrúllame en ella,

hasta que en mis labios aparezca

la helada sonrisa del idiota.

 

 

¡OH! TRAE EL VINO NEGRO

 

¡Oh! Trae el vino negro,

que lleva su bosque, la tierra con muertos y vírgenes cegadoras

en un caudal desesperado hasta mi boca,

él mezcla la sangre y el semen del hombre para darle un hijo de mirada turbia.

Quiero los ojos de fuego y de mareas,

que no dejan entrar la muerte a mis palabras,

pero me acercan  con alas de mojados papeles

a la risa hueca de mis huesos,

compañeros únicos y fieles en los años navegantes

que bajaron del útero conmigo, a este mundo de chinches y desgracias.

Trae el vino negro con tapón de seca calavera

que me hace oír en los cuartos vecinos

pianos tocados por mi espectro,

mientras el tiempo transcurre despacio entre los dedos

y puedo jugar con él y con sus rudos templos bailarines.

Sólo así puedo mirar tranquilo el mundo de la noche,

mientras el seco rostro del amor

me apaga lentamente cigarrillos sobre el estómago

y la garganta que pronunció su nombre se hace una cisterna,

donde chapotean ranas, triángulos, confusos centauros en desorden.

Trae el vino negro.

Esta noche quiero a todos mis fantasmas en las venas.

Ellos despertarán con sus besos,

la gloria, en nuestros entristecidos corazones.

 

 

HOMBRE MASA

 

Estaba solo entre las cosas

como una estrella única en el cielo

y un muerto en el centro de la tierra.

A su alrededor los hombres traficaban collares de alambre

y  la vida elevaba su babel,

como una araña exacta y silenciosa.

Años y años; los hilos de las estaciones

lo ataban a sus nudos con la soga de la muerte

mientras el silencio le firmaba la boca.

Porque huía entre gritos de horribles alaridos,

de la mano que golpea la mesa hambrienta en el centro del alma.

Y en todas las cosas y en todos los hombres

el signo de la muerte que reluce en la sombra.

 

 

TODO LO  QUE DIRÉ DE  TI

 

Boca de pájaro

en tus ojos de hierro hoy se oxida el dolor.

En la mañana  que tiembla

y en el sol que la entibia

en el final de la noche con garras de muerto

en todos los lugares comunes a saber:

luna

lluvia

estrellas

está tu origen y el origen de tu nombre.

Eres el cuchillo que corta el pan de los pobres

y la mano que enciende el cigarro del triste.

Bienvenida gritan mis cosas mi pasado

juguetes lápices caricias bienvenida

mis años verdes y mis años grises

la alegría de los hombres que ahora puedo ver.

Mi amada con boca de diosa pagana

borracha en su manto que sonríe

mi amada con promesas de espanto

mi amada una y mil veces viva y definitiva.

 

 

 

                            

 

 
 

                    

De MITOLOGÍAS / LA BALADA DE LA MUJER  PERDIDA

 

Ediciones  Último Reino, Buenos Aires, 1983

 

 

           

LOS   MIEDOS

 

ah los terrores  que nos visitan de noche

que no se ocultan del día

los que no inspira ninguna cosa grande

ningún desconocido continente pisado recién el borde

ni tampoco un leal enemigo

francamente buscado en una tapia

ni el asombroso eclipse que deja el mediodía en  sombra

ni un terrible Señor de los  Ejércitos

en desiertos abrasados por el sol de los pueblos  aventureros

ah los miedos los pequeños miedos de pequeños hombres

no los miedos que eran a su modo honra de un animal

desnudo en la enorme extensión de cosas que no tenían nombre

no a estar solo y de pie

entre un inmenso campo y un inmenso cielo

no a la sombra adornada de ojos fosforescentes

a la muerte de noche

entre los dientes del animal más bello de la tierra

una muerte de hombre

no a la caída propiciada por el rayo

al torrente al alud al fuego de la tierra

ni al otro fuego prometido debajo de la tierra

ah los miedos que no origina

un dios terrible salido de la foresta

ni un pariente medieval con su cohorte de brujas y de fetos

no el sudor frío frente a frente espada contra  espada

flecha contra winchester dardo contra lanza

ha cambiado la muerte de palabras

no es la certeza de una lluvia ardiente

ni el pronóstico que un insecto lleva entre raíces

al fin también una buena causa como la antigua  peste

ah los miedos que tú conoces

y que son los míos exactamente ésos

no se ocultan debajo de la cama

no precisan el crujir de la madera el aullido de nada

pueblan nuestros sueños de rostros y de notas

ellos duermen y caminan con nosotros

beben se alimentan vuelven siempre.    

 

 

EL URO

 

Detrás del tiempo un animal me mira:

él sabe lo que escribo porque antes de mí

ya ha sido un nombre. Es el uro.

Fantasea quien lo toma por el toro.

A veces es un pájaro, un río, el viento

y a veces es un algo que deja en las ramas

grandes manchas de sangre y un paso

que se aleja, macizo e invisible.

No lo vulnera el hacha ni la piedra

de una arcaica Europa que aún no sueña

con forjar metales y la Historia.

Es el uro. A veces es un hombre

que huye de sí mismo.

Un animal pensante que añora volver al bosque

del eterno presente, a las pasiones soberbias,

a la ira, la furia y la muerte violenta

del dominio y el celo.

Es el uro. En sus ojos rojizos

hay un algo execrable.

Nos aterra que vuelva y que vuelva

Dionisios con su corte de faunos

y el terror y la noche derrumbando ciudades,

sumiéndonos en el fuego de los dioses hambrientos

que reclaman la tierra, la luz, el aire. Las imaginaciones.

Es el uro, En el linde de las ciudades

todo esto cabe entre sus cuernos.

Allí donde recuerda, una por una,

las traiciones del hombre.

No rumia venganzas, no planea

surgir en la cómplice noche a cobrarse

el desquite con sus dos puñales, si el terror

del retorno no bastara para matar a un hombre.

No se mata a los muertos. “Soy el uro.

Zeus usó mi forma para raptar a Europa.

He visto, inmutable, en el rodar de las estaciones

pasar a los fenicios, los partos y los griegos.

El tiempo es un solo día. Maté a un inmortal

en la aurora y en Sumeria y a mediodía

me describió Plinio el Viejo, entusiasmado.

Cartago duró una hora; Roma, quizá dos.

El  niño Lutero me temía: ya era una leyenda.

Creyó extinguirme un cortesano del siglo diecisiete:

la tierra que lo cubre tienen a su estirpe,

su esposa y su palacio. Ése es el hombre:

polvo que tragan las colinas.

Soy el uro, lo real. Él es imaginario”.

 

 

A MARCEL SCHWOB

 

Ese espléndido encaje de terrores lujosos,

esa trágica risa que viste en los días

sobre hombres y cosas, no abandonó

el mundo contigo, Marcel Schwob.

Evocarte es una tarde en tus libros, mía,

y una noche de escritorio, tuya:

el tiempo, que es el mismo, confunde oscuridades.

Nadie descubre nada, tan sólo desentierra

secretos olvidados, verdades descartadas.

¿Ves? Esta es la mujer que amo:

no ha leído tu Monelle que es su hermana,

no conoce tus Vidas y como la de todos,

la suya es imaginaria.

Sus horas completan mis tardes, tus palabras.

Entre nosotros tres hemos pactado:

ninguno sabe qué, cómo ni cuándo.

 

 

LO  QUE DECÍA EL  POETA

 

            Soy tu enemigo que no tendrá piedad. / Guerra te llamaré y tomaré / contigo las libertades de la guerra. / Y en mis      manos tu rostro oscuro y atravesado, / en mi corazón el país que / ilumina la tormenta. 

Ives Bonnefoy

 

 

Tempranamente nos lanzaba la noche

sus grandes ojos de diosa

había en esas calles otra luz

que no conoce el día

y nada ni nadie sabía de la muerte

venías detrás de ti larga y enigmática

presencia donde me reconozco

otros canten la gloria de lo evidente

y harán lo justo

yo viviré siempre

en esta piel estas manos,

y este cuerpo

bañado por otra luz otra presencia.

Otra guerra hay que la del pan

otra embriaguez que la del vino

otra tierra hay en esta tierra:

Eterna es nuestra primavera.

 

 

INFANCIA DE LA MARAVILLOSA

 

Y allí estabas, viva,

venías de los candentes países que no recuerda nadie

sino en el ultimo minuto, al inicio del tiempo estabas

entre la sangre y la luz como una llorosa perla entre raíces,

allí estabas luego de la larga agonía entre dos respiraciones,

luego del largo túnel y el sueño donde eras una sola Humanidad,

¿recuerdas? un minuto antes eran las calles de Ur,

la turbia prehistoria, el ciclo de la savia a la sangre,

la desnuda inocencia de un mezclado universo donde todo convivía;

¿recuerdas? oh sí dime que lo recuerdas largo y centellante amor mío,

dime que te acuerdas de tu rostro en un lago que se secó hace siglos,

que memoras la sangrienta imagen del interior del útero

donde toda la historia pasaba veloz por las paredes

y dime que te acuerdas de alguien que te amó

y que no era yo y que era un fenicio, un tirio,

un hombre de lejanas edades y de tu vestido

desgarrado en la cámara del rey.

Yo hablaré del tiempo en que te he reconocido,.

como reconociste al fuego, ese movedizo compañero

que te entibió las manos, que te quemó los dedos.

Tenías dos años, ¿recuerdas? Dime que recuerdas,

un pesado secreto puede hacerse pedazos tan sólo por ese olvido,

dime que te acuerdas de hombres y mujeres gigantes

y de paredes enormes y así sabré que es cierto:

antes, en ese tiempo, danzaba el tiempo

y tú corrías como corrimos todos detrás de duendes y de hadas

que se tragó un lento movimiento hacia nosotros,

hacia estas manos y rostros que insultan el espejo.

¿Tienes presentes a tus muñecas? ¿Te acuerdas de la negra

que odiabas y de la deshilachada rubia que veías,

porque tú la veías, no es cierto, llorar sobre tu falda?

Y los pequeños animales, los míticos y los otros,

formaban el cortejo de una niña sola.

Te acuerdas del miedo, ese viejo emisario,

te acuerdas de la sombras en un rincón del cuarto,

de la horrible lámpara que te hacía llorar.

Allí del miedo nació tu risa, ésa que yo solo puedo ver,

ese gesto infinito que borra la muerte de las edades,

esa revancha del hombre sobre el polvo que será.

Y allí seguías viva sobre un billón de muertos,

sobre todos los muertos y nada detenía el pujar de los huesos,

el avance del cuerpo entre los cuerpos, la lanzada

mente hacia la luz corría, entre precipicios y sombras

y entre sangres y olvidos de lo que eras ayer, venías,

sí, tú venías atravesando tu espacio, tu forma, tu materia,

eras un universo en viaje a través del universo.

Pero de dónde vino ese rostro a preocuparme de sí,

de dónde ese olor que se ignora a sí mismo, desde

qué entonces sutil ya te conocía.

¿Te acuerdas de un aula donde ya eras callada y peregrina

entre papeles y canastos y mapas?

Hoy la mitad de esos niños son fantasmas

que erran por el mundo,

ellos no te recuerdan y sin embargo envidio

su inútil privilegio:

el haber visto en flor tus ocho años

cuando el inocente trazo del mundo era feliz.

¿Recuerdas? ¿Recuerdas la jirafa de un domingo lluvioso

de la mano de tu padre? Bien, yo envidio

a ese alto animal que se sonríe siempre,

porque te vio una tarde, hace ya mucho.

El amor es dadivoso: nos da lo irreparable

y no se vuelve a ese ya nunca donde vivimos tanto,

aunque por qué no gozar la fruta de la memoria.

Todo es suponible y yo supongo que esa manchada,

elevada arquitectura, desde su tiempo sin límites

es la misma que vio lo que ya jamás podrás mostrarme:

esa alma primera que todavía, entonces,

hablaba con todos los animales y el centro de las cosas.

¿Pero de dónde vino este rostro a llamarme

desde un tiempo ido que ni él recuerda

aunque nunca lo olvida?

¿Pero de dónde, dónde?

Los objetos, las llaves, los cuadernos, las aves, los insectos,

las nubes de los cielos que hubo, los paisajes

donde hoy se han derrumbado casas y se han sacado muertos,

las noches y los días por los que has caminado sola,

vuelven en cada medianoche, en cada mediodía,

vamos a llorar sobre esas imágenes,

vemos a gritar sobre esas imágenes y sobre el mismo llanto

que no reconocemos: un hombre, una mujer

que se han perdido son una victoria más

de un cerrado círculo, la sombra sobre la luz

traza su cono arduo, hemos perdido ambos

esta guerra infinita. Hemos perdido ambos lo más preciado:

a un desconocido.

Yo imaginé tu infancia.

Yo fui valiente.

 

 

                            

 
 

                    

 

De BEHERING Y  OTROS POEMAS

 

Ed. Filofalsía, Buenos Aires, 1985.

Ed. Cuadernillos del Zopilote, México D.F., 1993

    

 

BEHERING

 

En cada uno de ellos era muchos un hombre.

Eran más todavía. Traían la industria de las armas

y el reno rojo, como un bosque ondulante

y detrás el lobo que, en una mañana ya añejo,

sería el perro de la hoguera y de las sobras,

el sirviente blanco.

Eran muchos, no un hombre.

Vagos sus nombres

se referían al viento y a los tótems,

a un hecho que pasó en un nacimiento,

el deshielo que ahogó

o el meteoro fugaz que ardió en la tundra

o la muchacha audaz que en mar abierto,

salvó a su hijo de la cólera  brutal de la ballena.

Sus dioses eran el salmón

que cada año retorna como el año

y que va al mar y el oso pardo,

una montaña que muge

y que el filo de lanza abate,

y el pesado bisonte y el tigre rayado,

que se quedó en Siberia

y que la manta del navajo evoca:

extranjeros, ellos serían América,

la múltiple figura que no supo Balboa y que Pizarro

abandonó a la imaginación de un franciscano.

De hueso, no de madera y de noche

serían sus dioses ni de la piedra

que labran los pueblos de una tierra supuesta,

entre la niebla  de sus transmigraciones.

Eran crueles y antiguos como el Asia;

fundarían imperios en la aurora y en México,

reinos en Bolivia, fortalezas

donde un signo inequívoco mostrara

la voluntad de estos dioses:

un águila en el aire arrebatando la serpiente,

un árbol singular, como un recuerdo

de las llanuras heladas y el Mar Blanco,

que ya sólo evocaban los viejos moribundos

y el Sueño, que es eterno.

Alzarían Tenochtitlán, el Cuzco

y el enigma silencioso, Tiahuanaco,

en la isla de Pascua graves rostros

que contemplan todavía su gran marcha;

otros, sin embargo, volverían

al corazón de las selvas y al olvido,

como los muertos al pasado,

al país de la cuna y de las tumbas.

Mañana, todavía, aún faltaba,

nuevos extranjeros alzarían

ferrocarriles, calles, edificios,

calendarios regidos por el sol y no la luna,

venidos de otros Beherings y otras fechas,

en nuestras claras ciudades, oh ingenuas tierras,

seremos siempre dobles:

uno solo y muchos, hombres de ninguna parte.

 

 

LA INGENUA

 

Ella creía que la reflejaban los espejos

que era esos dedos que hurgaban en el rostro

las lentas mutaciones

que era su pulóver sus zapatos

lo que recordaba y lo olvidado

que era una guirnalda detrás suyo

que era su cabeza

que era sus amigas sus trabajos

un hombre en una esquina. Una mañana.

Las casas que habitó sus cuatro barrios

que era las que era tras el portón borroso de los sueños

que alcanzaba para ella el gentilicio

y la historia de un país incierto

el hambre la sed

o lo que amaba

 

 

JOHN  KEATS

 

Caen sobre él los actos inútiles del día.

John Keats recuerda y es también de otros el recuerdo:

humillaciones, rostros y palabras

hacen de un pozo la noche repetida.

“Fanny Brawne me has alejado,

tú me has acercado a Keats y era lo mismo”.

Suena tan distante el Mar del Norte

para ser cada segundo todos los mares,

pero si lo que fue y será mañana brilla

en su oscura hora presente, ese hombre pequeño,

inclinado sobre el verso, lo adivina.

Presiente que será uno y va a ser todos

cuando es tan caro el precio de eso múltiple:

ya  no lo amparará el primer fervor por las palabras,

no aliviará sus horas la furia, perdida, de estar vivo

ni lo protegerá la noche pedida de ningún olvido;

nada lo salvará de tanto

que es, en su medida, tan un poco.

John Keats será John Keats, será nosotros.

 

 

JÚBILO Y CAÍDA

 

Armonía primera allí te vi, no era necesario

mirar las partes de tu reino entero pero allí te vi

y no quise detenerme en tu orilla, tu orilla

que está en las simples cosas llenas de tu ondulante sombra.

Qué delicadamente, luz en la luz, centro del día,

te corporizas o elijes una sencilla forma cuando nos prestas tus ojos

y cómo un eterno amor nos lleva de la mano

a tus criaturas, allí donde eres sí,

en lo animado, la infinita danza,

la queja misma de cuanto existe.

Alta serenidad todo es tu vaso y cada uno

declara tuyo un color nuevo. Es abril

de un año que para ti no cuenta y sin embargo

un dulce calor te trajo aquí a mi lado. Era yo apenas

una certeza esta mañana y la espuma del sueño

y los lados del día se apagaban en mí.

Bastó pedir, correr a tu contagio,

para que un soplo sobre las cenizas que empolvaban las cosas

encendiera de nuevo el mundo de carbunclos,

las amatistas del aire... ¿las múltiples facetas

de tus brillantes vidrieras, de dónde vienen,

de qué sima profunda o de qué cima pública y expuesta,

de qué otro tiempo apenas visitado,

apenas entrevisto en el fuego del fuego?

 

Peor ayuno no hay, que el que hay de ti.

 

 

DE LAS TANTAS COSAS QUE NO PUEDE

 

De las tantas cosas que no puede

mostrar ciertamente la palabra,

la primera imposible es el olor

tan propio y exacto de las cosas.

 

La poesía también es como el aroma.

 

Así quedan sin nombre

el olor definitivo de la lluvia

y el efímero matiz que se respira

al asomarse a las sombras de un aljibe;

el olor del primer mar, a los seis años,

la fragancia, que nos asustaba, de los cielos nublados,

y el olor a comida de una casa

que nos fue querida.

La memoria tal vez sea

sólo visión de olores olvidados,

como este papel a donde llamo

a la presencia ardiente de unas hojas quemadas

y a la clave del enigma de la rosa;

al olor de las sangres

que no vi derramarse,

al olor del incienso y al del alcanfor,

un olor que resplandece;

al de las jóvenes mujeres en los baños públicos,

al de las monedas, que abandonan la mano

y que retornan, al de la tierra de Pinzón

una mañana de octubre, al de los gatos,

al olor milagroso de las cosas vulgares,

de las que apenas se comprende

que emanan la noche poderosa,

al de un río que corre lejos

y al que sin razón evoco,

al de la palabra marisma, al de retablo,

a los de esta mañana

que partieron a un país sin dónde,

al de una muchacha que se fue,

el 2 de noviembre de 1982,

para que mis palabras

pidieran el perfume de unos versos

y me quedaran la fecha y la balada,

el de las ballenas que tiñen

la espuma de aceite y de tamaño,

el de un hombre que hablaba del origen del día,

al de las tantas cosas

a las que no pude acercarme y que me esperan.

Son otro mundo más sobre este mundo,

veo el bosque y entre el bosque

la selva del aroma.

Yo me voy de los hombres y las cosas

como un salvaje que marcha a las ciudades

y dice adiós a su mundo de olores;

también a mí ellos vuelven

bellos y pesados como un remordimiento.

Serán desde estos versos mi memoria,

seguirán sobre el mundo

cuando me haya muerto.

 

 

ENTONCES, EL CANTO...

 

Cruza tu voz los círculos del sueño,

como si un dios antiguo te cerrara la boca,

¿detrás de qué otros cantos

sin estela en qué aguas?

Es de día en tu sueño bajo un sol  diferente,

sonámbula a la vez en la orilla y el centro.

Oh no despierten a la elegida

en las profundas gargantas de las cosas,

que nadie, cruzando la habitación,

salte dentro del sueño

por caer en sus huellas sobre cuáles caminos;

nadie, ni los sonidos ni mi mano,

que existen en donde existe el tiempo,

agreguen sus llaves al enigma;

no cantas, eres tú la cantada.

En la mañana ardiente de los ojos cerrados,

escucha los susurros, las vetas minerales,

acaricia las sombras, reclama otra estatura,

la trae hasta los hombres.

 

 

POEMA DEL  NUMERO CERO

 

Cuando la muerte señala la fibra luminosa que somos,

cómo tiembla su luz, cómo parpadea con el viento repentino,

cómo se aterra al pensar en la oscuridad, el silencio,

el dedo que elige antes, mientras las luces corren ardiendo

hacia el casi supremo resplandor, que es el número 1, antes del cero.

 

 

CONVERSACIONES

 

La historia de las constelaciones

grabada en el brillo de una hoja:

quisiera leer la hoja

y recordar aquella forma

de donde nos desprendimos

los seres y las cosas.

Y antes de que nos devore la Gran Noche

oír su nombre,

por empañar la orgullosa oscuridad

con el ardiente sonido de la luz, al quebrantarse.

 

 

                            

 

 

                    

De GUERRA, EPITAFIOS Y CONVERSACIONES

 

Editorial Filofalsía, Buenos Aires, 1989.

 

 

LAO-TSE PREPARA  UNA SENTENCIA

 

Nada de lo que diga

Puede desviar la caída de una hoja.

Una palabra no

Frenará la otra.

Es inútil que a éstos

Que me escuchan dedique

Una verdad: la harán pedazos.

De sus pedazos nacerá Lao-Tsé.

 

 

EL PESCADOR DE PERLAS

 

Esta tarde y parte de la noche

volví a sumergirme en el espeso mar

donde flotamos los seres  y las cosas.

Bajé por perlas que mostrar a los hombres

que temen siquiera el riesgo de la orilla.

Esta tarde y parte de la noche

estuve en ese silencio, en esas profundidades

donde el más infinito placer sería disolverse

y supe que en todos los caminos

hay monstruos para quien los teme.

Llegué nadando adonde no se ama ni se odia,

sencillamente se flota sobre un eterno presente

y todo lo que miras es tu contemporáneo:

nada más traen las olas del atrás y el adelante.

Tomé allí esta perla y ahora te la ofrezco.

Pero cuando quise volver,

no vi a ningún hombre en la orilla.

No vi orilla. Todo es el mar.

Esos que temen la orilla

no saben que caminan en el mar.

 

 

POR  QUITARLE A LA MUERTE SU SOBERBIA

 

Un amor absoluto, para el que no existe

primero ni último, golpea sobre el mundo:

en el más humilde y en el más soberbio

canta la canción del hombre.

Bajo las máscaras vacías e intermedias

un amor absoluto, para el que no existe

primero ni último, resuena escondido,

más allá de los gritos

y la apretada melodía de la desesperación.

Aún más allá. Es el eje íntimo y viviente

el que canta, el que musita las palabras

como un talismán sonoro,

una pedrada en la frente

de los desmoronados mundos.

Un amor absoluto,

para el que no existe

primero ni último,

anima estos silencios,

estas ficciones que tan sólo intento

por quitarle a la muerte su soberbia.

 

 

LAS  VIDAS  ASOMBROSAS

 

Muchos  son los rostros que habitan

el enorme país de la distancia.

Largas caravanas han partido y luego otras,

las guiadas por dioses  imprevistos,

han colocado extranjeros a nuestro lado:

ellos nos han mostrado

sus telas multicolores, sus palabras,

los exóticos animales de la infancia

y algunos, sólo algunos,

flores de oro irremediablemente perdidas

entre vagas memorias y sentencias.

 

Trabajadas lejos, en vidas asombrosas.

 

Quién lograra cubrir a grandes pasos

el enorme país de la distancia,

ver el conjunto de los rostros

y oír en la noche sin asombro

el coro de las voces,

el coro de las voces que retumban allá lejos,

en los ignotos campamentos

que  preparan sus caravanas para venir a vernos.

 

Ir más allá de sus fuegos,

de sus distantes señales,

llegar antes que Dios

al pecho de los hombres.

 

 

EL POEMA   DE  HIERRO

 

Dame  un poema de hierro que restalle sobre las vacías cabezas

y una  mano firme en la muesca de la antorcha,

un poema de sangre y de huesos impacientes

y la pluma de carne firmando sentencias

en las culposas mentes de los jinetes locos;

que convierta en sal a los cobardes, un poema de hierro

oxidado y torvo pateando en el estanque a

Buenos Airesmedianoche,

cuando ni los muertos sueñan con la aurora.

Un martillo de palabras para  dejar al mundo con las

Buenos Airescuencas vacías,

rabioso ademán, piedra encendida en la boca  de los

Buenos Airesque duermen

mientras el agua sube  en el Gran Cuarto Esférico;

un puñetazo en el sexo de la muchacha arrodillada,

idiota, paciente humanidad,

que no ve, que no oye,

sólo conversa con las cenizas de sus dioses muertos.

 

 

LAS LÍNEAS  DEL   MUNDO

 

Quien ve a las líneas del mundo

unir a la desdicha

con la alegría sin tiempo ni motivo,

a la ceguera del hombre con lo luminoso del hombre,

al cobarde, al justo, al tonto

(que asiste a la ceremonia del crepúsculo

asombrado, muy quieto, flotando sobre el agua),

nunca se vuelve altivo

a contemplar la guerra que incendia

el lugar  donde vibra todo esto.

Ya nunca sueña.

Abre los ojos despierto, abre los ojos dormido.

El que ve a las líneas del mundo

servir de trampolín a los pájaros

y de escalera a las almas,

sabe por qué no vuelan

y se guarda de contarlo.

Otro será su interés:

él querrá trepar por ellas

disimuladamente, sin un solo comentario,

sin que nadie note la ausencia del  desertor.

Feliz, ignorado por todos,

vagará por la tierra sin nombre

con su precioso secreto, ese momento en que espió:

él conoce signos que lo conocen,

hace su propia ley.

Y por fin, cuando se retira,

como un oscuro bulto con corazones de tormenta,

hacia la tierra oculta en esta misma tierra,

que guarda de toda noche el sol,

no olvida, ni por un momento,

que el tiempo está en su red.

Sabe que no hay milagros, sabe qué cosa son.

 

Algún día todo será plenitud.

 

 

EPITAFIOS

 

Juan Arturo Nicolás Rimbaud:

¿junto a qué sagrado terror

por lo entrevisto, navegó por tu alma

la certeza atroz de perder para siempre

la visión, al abandonar la Ciencia?

Ya no hubo tiempo, ni otra oportunidad

de contemplar aturdido el incendio de las estrellas,

para traducirlo al hombre ya no hubo tiempo.

 

 

 

                            

 

 

                    

De FRACTAL

 

Ediciones Correo Latino, Buenos Aires, 1992

 

 

LOS OJOS DE RIMBAUD

 

Azules, de bárbaro. Hoy cantan para ti

los suaves trinos y en el taller literario

adelgaza la voz el papagayo: conmovida

endulza las Grandes Miradas su lección de confitero.

De este lado rezamos por ti hincados ante un lobo:

que la bella ciencia es una habitación que da a lo oscuro

y el hombre, ese acertado inconstante,

es apenas unos pocos pasos que por ella van y vienen.

Hoy que las profesoras de letras olvidaron todo

lo que saben de ti los presidiarios

y el vago que, a riesgo de ser aplastado por los automóviles,

detiene la metáfora de su paso por recoger el milagro

de una hoja, sin alcanzar a explicárselo;

hoy que apenas los ascensoristas

se levantan de entre los demás,

hoy que esta loca materia aparece ahogada y vencida,

como lo estuvo siempre, como va a estarlo siempre,

flotando sobre las aguas de los números;

hoy que en tusa selvas vírgenes arraigaron los casinos

y suena música disco en todas las Áfricas tonantes,

hoy que en la calle 88 y Broadway una horrible fulana te pasea

impreso en su remera, sonriente con toda la Gloria Americana,

hoy que encuadernado en cuero y con letras doradas

te exhiben los dentistas en sus huecas bibliotecas

y te honran a su modo, repartiendo venenos por las calles

del mundo los ágiles traficantes,

hoy que caen los muros y todas las posteridades se desploman,

hoy que la Historia, esa vieja enemiga,

se ríe de nosotros diciendo que no existe,

como en tu tiempo repetía el Diablo;

hoy que los blandos músculos de los diputados

pueden arrojar al mar, si quieren, a miles de forzudos extranjeros,

hoy que la tímida democracia probó ser más efectiva que los reyes,

hoy que todos por fin somos buenos

y alza su copa radiante el rosado, negro, amarillo y cobrizo

banquete de la vida, más allá

de los caritativos grupos que intentan el soneto,

a través de las bibliotecas barridas por el polvo y las secretarias,

sin dactilografía ni voz ni esperanza ni objeto,

cruzan las geografías dos luces gruesas y potentes

anillando la Tierra. No por el símbolo sino por la mirada

eres como el dios de plástico que cuelga de su pared el asustado,

para que esos Ojos le sigan por la casa. Para nosotros

los mínimos, para nosotros los pocos, para nosotros los débiles,

que sólo queremos estar ociosos, tus párpados están

siempre abiertos, hermano desdeñoso,

Jesucristo el Terrible,

hoy que es una vergüenza tener hambre

siguen mirando lo mismo tus fanales salvajes.

 

 

LA  BESTIA  DE LA  AURORA

 

El gato perpetuo en la mañana absoluta

está gritando que es bestia de la aurora,

¿y quién oye al mínimo animal que encarna,

sino el árbol de oro a cuyo pie repite,

se desgañita?

Está hecho de animales

como una fábula antigua,

pero ni aquellos frisos  encanecidos

por el polvo donde duermen los imperios,

ni la fresca novia del amanecer alcanzan

para adelgazar el oído que duerme,

que duerme aunque hace mucho es de día.

Brutal sombra que ves

con indiferencia la sombra de tu sombra

y la de todos hundirse lenta como un barco

en el océano que alardea de ser

la única, posible sombra,

como todo lo terrible tú pareces pedir apenas

una caricia inconsciente de lo frágil,

simulas ser un sirviente y eres el amo que distingue

entre el árbol de oro y la raíz,

por siempre hundida en la tierra,

volumen apenas de la sombra.

 

 

CATÓN, EL CENSOR

 

“Duda como un griego pero actúa como un romano”,

acaba de decir  hace un rato,

perdido entre los pliegues del pasado,

a un niño poderoso que domina

su suerte y la del mundo que lo escucha.

Hace  un rato, apenas: el tiempo es el tiempo  que repite

las voces de Catón y otras maneras.

Sobre el eco del aplauso se ha enroscado la hiedra,

hoy otro Mediterráneo divide la tierra de la tierra.

Pero él sigue envolviéndose en su manto,

victorioso sobre el emperador y los mortales,

huyendo hacia su villa donde el ánfora

y el pecho de dos adolescentes aún le esconden

el peso del papel representado,

las arduas consecuencias para otros

que son la duda griega, quién  y cuándo.

 

 

UNA AVISPA CRUZÓ

EL HIMEN DE LA VENTANA

 

El astuto animal fue ingenuo dos horas por la casa:

antes del polvo de las cosas tocó los helechos salvajes,

los gruesos valles del jardín diminuto,

la piedra que es llanura de lava para su  ojo infinito:

un viajero aprensivo por las habitaciones casi desiertas

alentó inútilmente las plantas prisioneras,

rondó la cabeza del perro semidormido

que lo espantó como a un remordimiento.

La antesala fue el Cañón del Colorado:

antes sus poderosos antepasados visitaron

otras comarcas ausentes de follaje.

Fue curiosidad: Rousseau no pensó

en la avispa negra que anida sólo en tierra

cuando  labró la  cara del salvaje conveniente, bondadoso;

curiosidad de ver dónde desova su estirpe

y  cómo amasa el barro de sus habitaciones el gran animal blanco

que le teme y espanta desde el origen del tiempo.

Armado activista de otra casa,

antigua, abandonada,

donde fuimos el intruso,

curioso, como una avispa negra.

 

 

EL MAR DE LOS ANTIGUOS

 

No volverá jamás el mar de los antiguos

a rebañar las costas creadas por sus olas.

Un año de ancho, una vida de largo,

se sumió en la honda bocanada del fondo.

Con él las bandas de Erik el Violento

y la pacífica vela de otro ladrón, fenicio,

doblaron para siempre ese horizonte blando

y abajo el precipicio que los tragó

a todos como se cierra un libro.

Ni el ceñudo pirata que un día fue

estatura y bronceado y sombra,

ni el traficante sofocado bajo tricornio y títulos,

tuvieron el poder de detener

aquellas otras olas que se llaman horas;

menos el múltiple ahogado, ése sin nombre,

puede asomar la cabeza ahora

para su intrépido persistir

bajo la luna, a solas.

Ah mar de Eneas y de Ulises

que no eras éste y eras

la cuna del delfín y las especias

y el camino del oro y siempre, lo Otro.

Qué portugueses y españoles eran

cuando eran los que eran en el mar.

¡Y el junco de esa otra historia, la ignorada,

que salía a él bajando de los ríos

como una rama armada de astrolabio,

con hombres amarillos bajo la tensa seda

guardando sus secretos, sus caminos y sus signos!

Veo entre peces voladores

cabalgar la trirreme del romano

y al bajel del griego salir de la zozobra;

todas esas ambiciones que iban tras las Hespérides

encalladas en el arrecife del Minuto.

Y la Sirena, el paganismo de a bordo

recubierto de escamas y colocado fuera,

y el oficial Leviatán del Viejo Testamento

condensados en la ballena blanca

que surcó todavía, en mil ochocientos y tantos,

el querido inolvidable mar de los antiguos.

 

 

CARACOL DE  SUEÑO

SOBRE UNA COSA QUE MATA

 

Una bestia terrible resbala sobre todo:

terrible como  decir “yo permanezco”,

de la tribu que puede cruzar sobre una hoja de afeitar

tomándose su tiempo,

arrastrando su fuerza pausadamente

sobre el agudo diminuto abismo

que separa  un lado de otro lado.

Y no puedo ver la sonrisa de esta casi cosa

tras su hazaña que no puedo imitar,

yo, frágil  materia que sólo puede aplastarla,

ella, como casi todas las cosas, fuerte gelatina

determinada a seguir sin que yo exista.

Para mí, la certeza es el brilloso camino de su nunca.

 

 

DEJA QUE HABLE EZRA POUND

 

Si no tienes nada que decir cállate

deja que hable Ezra Pound

desde las sombras el espléndido anciano

desde la fina línea de agua

el magnífico anciano

te muestra los genuinos billetes de su fortuna

y todos brillan legítimos peces

de un río infinito que sí

ése nunca se detiene.

Si no tienes nada que decir cállate

los altos caballeros las damas abigarradas

que vivieron y murieron y nacieron por esta sola causa

no pueden tener al lado

el tartamudeo de un enano

la cojera de un monedero falso

que delata que el oro de sus verbos

carece de aquella delgada línea de agua

esa finesse salvaje la impecable mancha

que no adorna la cabeza del animal escrito

-que cruza sólo un instante por el papel-

sino que sale de adentro del animal desfondado

de las vísceras vivas donde corre la sangre real

-ésa de donde proviene el color del colorado-

y palpita afuera como un monstruo de luz

como una imagen sin otra capilla que cada cosa

de cada universo posible e imposible

la que podría muy bien ser adorada

de pie y sin velos sin altares ni nada

-ni siquiera acólitos-

bajo el nombre de nuestra señora de los verbos

nimbada de estiércoles y nervios

de eclipses y novas oh tú

alta y baja sublime maliciosa

poesía que reinas sobre la amplia noche

y el delgado día

 

 

THE SWAN

 

“Si yo fuera otro animal, ¿qué animal sería?”

no dijo ella, nunca.

Tú serías  un cisne y por el camino del cisne

se abrirían las aguas donde los hombres

lloran abismos verticales.

Si  tú fueras un cisne,

tal vez aquellos que conozco no morirían jamás,

y estaría saciada esta sed memorable

de presentir en las sombras

el paso de otra Sombra.

El día, poblado de sentido,

girando sobre sí mataría el lado que se ignora

para devorar en minutos la obra de los siglos.

Y volvería a rodar la máquina necesaria

para encontrar en los ojos la Primera Palabra.

Cada piedra sería la de la locura

y mi alma no andaría lejos,

escondiéndose, como la de todos,

para no ver en el claro donde la luna baña estos milagros

que apenas somos unas furtivas cáscaras de la alegre Nada:

Adán es como lee el diablo, que mira al revés.

Si tú fueras un cisne los veranos oceánicos

se perderían lejos y un gesto

que no termina de caer sería detenido.

Pero tampoco vendría ninguna clase de invierno

a cambiar la piel de las serpientes

ni el sueño en la palabra.

No  iríamos más lejos, aunque fueras un cisne.

 

 

                            

 

 

                    

De EL PASADO Y LAS VÍSPERAS

 

Ediciones Aleph /Universidad de los Andes, Venezuela, 1995.

 

 

CÉSAR VALLEJO

 

Por los corredores de la imaginación ir caminando,

libre y solo para siempre, como cuando era

y no sabía que era un niño,

hasta olvidar que estoy imaginando.

Que esta carne pesada, que orina y suda,

en una o dos ideas se resuma

o vuelva bien atrás, a esa casi nada

que casi nada ve en su cielo nublado.

Devuélveme al chimpancé o hazme sólo literatura,

mas no me dejes la condición de hombre.

Esto que todo lo pesa en mí

afuera no pesa nada.

 

 

DE LO QUE HUYE

 

Pensar que Spinoza murió puliendo lentes.

Que Blake se fatigaba en una imprenta

esperando la conversación de ese día con los ángeles.

Que por vivir Baudelaire se humillaba ante su madre.

Que Rimbaud fue silenciado por Rimbaud,

para que este ingenuo me hable de la literatura.

Como si posible fuera otra cosa que inventar

ante otros la forma de lo informe

y cobrar un salario. Qué persuadido está

de lo improbable. Esas palabras

han erigido congresos y simposios

y prestigios y famas quizá más perdurables.

Y en el centro, el errante, de esta cosa mundana,

ese brillo salvaje que por disfraz,

por burlarse o por escapar aun más

del terco intento, ha inventado

también estas criaturas, seguro

ríe en alguno desde el fondo de la sala.

O mira con piedad su simulacro.

 

 

AL CASTELLANO

 

I.

 

En esta lengua que hablo, en estas frases de un eco

cuántas voces viven, cuánto eres la inmortalidad,

lengua de plurales que siendo una eres

metáfora de aquello que siendo uno es lo diverso.

El todo te contiene y tú contienes esa palabra: Universo.

Porque de qué otro modo podrían vivir en estos verbos,

en estas sonoridades, en estos silencios y alturas,

tantas sombras que fueron y tantas que serán mañana:

de las que serán ya están las palabras en las bocas

y estuvieron en la luna sangrienta de Quevedo,

en la mañana en que Díaz de Vivar tomó una ciudad

ya muerto, en la impávida marinería que otra mañana,

de octubre, vio una costa (sueño dentro de un sueño),

y estaba hecha de dolor, de hambre y de coraje.

Oh lengua donde cabalgan hombres y donde

tantas lenguas han desembocado,

ancho río de España que ha salido al mar,

es cierto que no conservaste para nosotros

la gracia leve de las declinaciones,

pero del sólido latín vienen tus huesos,

la carne somos hoy los que te hablamos

(el centurión que rige en la provincia

lejana de su imperio, no comprende

que al pedir el vino pide a la historia que conserve

unos distintos matices, unos cambios que no serán

fugaces como su humana sombra,

sino el futuro del habla de Virgilio).

El fenicio que apoyaba su balanza en su lanza

y desde lo conjeturable a cambio

nos dejó su sangre y sus palabras.

El doctor que en la Torá canta al Dios de Abraham,

el duro visigodo que bautiza a su hijo

con trabajosas frases que ya no son exactamente las sajonas

con que fue nombrado. El victorioso muslín,

que bajo el verde triángulo de sus banderas

no sabe que fue él el conquistado.

El probable griego que lejos de Bizancio

sumó a sus ciencias el arte de vivir en el exilio.

El capitán de hombres, asturiano,

que juró sobre la espada de hierro tomar esa colina

y en la colina duerme desde entonces.

El fraile que en la celda deleita las horas y las horas,

al resguardo del muro y de su tiempo,

inclinado sobre el tomo y que transcribe

siglos después el porvenir de esos ecos,

las frases de Aristóteles y los dobles sueños de Plutarco,

no conoce que en lo que ara su pluma

otro rumbo se ha abierto.

Lo supo el triste, el alto, el solo

que soñó en la cárcel que era Miguel de Cervantes

y que escribía el Quijote.

Ni el judío ni el moro ni el cristiano

que disputan y entremezclan sus sangres

en tu sonoro ancestro lo comprenden:

de qué miles de hombres y de historias

has salido, lengua de Gracián y las Américas.

 

II.

 

Veo en ti. No estás hecha de sonidos solamente,

ni de ideas solamente ni de conceptos. Fuiste hecha

también para nombrar esas penumbras de las imprecisiones,

la ambigua senda que entre la palabra y los hechos

declara su dominio. Otra proeza tuya, castellano.

Que la eternidad tenga un cuerpo y que podamos

palpar el peso de una hora en la palabra.

En Persia ciertas oraciones podían mover los astros;

sólo tú, ahora, puedes convocarlos. Que yo diga pradera

y la pradera se extienda, como una alfombra sin árboles,

amarillento cielo derramado de aquí hasta el horizonte.

Que yo diga volcán y que éste brote en la habitación sonora,

arrancando los pisos e hirviendo los aires y el aliento.

Que diga mar y pise el légamo del fondo

con los cabellos sacudidos por las olas, todo venido en torno

sueño líquido, blando peso en movimiento, inconmensurable.

Que diga aire y me eleve o todo hacia algún allá descienda,

como si cayera la tierra y en el mismo lugar me quedara, solo.

De alguna forma, en millones de bocas,

lo has abarcado todo, lo has devorado todo:

¿qué otras palabras, como gentes del futuro,

en ti, lengua infinita, allá adelante esperan por nosotros?

Cuáles habrá para nombrar lo que no ha nacido nunca,

como no habían nacido antes éstas que hablamos.

Si presente es eso que al nombrarlo en ti

es lo que ha sido, más el mañana de lo mismo, incluso,

lengua que has sido la de Góngora y es mía,

usando tus palabras yo te sueño tan eterna

como la tierra y el aire. A ti, que abarcas por igual

el fuego y el agua y la tierra y el aire.

 

 

 

                            

 

 

                    

 

De LA YEGUA DE LA NOCHE

 

Ed. Del Castillo Editores, Santiago de Chile, 2001

 

 

 

ESTA MAÑANA ESCRIBÍ DOS POEMAS

 

Esta mañana escribí dos poemas.

No me pregunto ya por el sentido

que tiene o no tiene este oficio oscuro.

Simplemente es otra manera, posible, de estar vivo.

Me pregunto por el origen

de esas dos cosas que ahora están sobre la mesa,

no exactamente hechas de papel y de pigmentos.

Por los hombres que lo han dicho mejor

y hoy están muertos.

Por los siglos de guerras y de paces

que entre las palabras han corrido.

Me pregunto los nombres y el semblante

del que en otra parte del globo ha dejado

sobre su mesa otras dos cosas iguales

y que duda también de mi existencia.

Me pregunto por los miles de días y de noches

que han debido transcurrir para que hiciéramos esto.

Por los cientos de personas

que han donado los versos.

Me pregunto por qué, hace un rato,

se ha modificado dos veces este mundo.

 

 

LA MANO

 

Esta mano que tiendo

y que te aguarda

es otro vano prodigio,

otro milagro inútil

de la serie infinita

que nos rodea en silencio.

En la mañana que ha dejado

atrás las dos vigilias,

la del insomnio y la del sueño,

que también es posible,

la contemplo a veces con ese solo asombro

que reservamos para lo extraño.

Ha viajado conmigo toda la noche.

Quizá, no lo recuerdo, ha palpado

cosas que no tienen forma.

A su tacto se han abierto

puertas y se han opuesto muros

que tal vez no existen.

Ha temblado de frío o ha sudado

bajo climas que no cambian. Posiblemente

ha sido cortada, como en una noche

de 1676, y permanece intacta.

Ha de viajar conmigo por todo el día.

Es mi remedo: hará girar cerraduras,

tocará lo que ha sido tocado y tocarán los otros.

Todo es un infinito pasamanos.

Aceptará la alevosa amistad e intentará

disuadir las amenazas, que no son otra cosa

que equívocos de amor entre los hombres.

Y no desdeño que las horas de luz

la obliguen a papeles menores:

encender un cigarrillo o dejar

la humillación de la limosna

son parte del misterio donde actúa la mano.

Como yo, mi mano es algo que está

en el mundo para aceptarlo todo.

Ahora, que en la tarde,

cuando contemplo lo que escribe

estas voces sin el honor de algunas precisiones,

oscuramente comprendo

jirones de su metáfora. Como un libro sagrado,

celosamente guardado por el enigma de su lengua,

se ha desgajado otra día

por el paso de la mano.

 

 

EN EL MUSEO DE ADENTRO

 

recuerdas amor mío el largo adiós

subdividido las innumerables salas como siglos

como millones de años cada vitrina absorta

y en el centro de donde emanaba la extensa arquitectura

el dinosaurio

 

enorme la fiera extinta

la cabeza más grande que el cuerpo

el bocado feroz todavía tendido hacia la carne

asimismo evaporada

 

los cónicos dientes las fauces en el solo hueso

como la crueldad de dos que se aman

y se hieren profundamente en una frase

un gesto debajo de la apariencia de inmovilidad

debajo de los huesos debajo del alma

el gran animal insomne que reina todavía

pasea por nosotros el reptil tan hondo

 

y tú y yo callamos

ante el conflicto escamoso

que arrastra su cola amarga

por ese jurásico escondido

tan suyo fue como nuestro es

aquel pantano

es este

 

malignamente te amo

malignamente te espera esta carne desnuda

que el tiempo no evapora

porque sabe que vence a la fauce

indefensa

 

 

LA YEGUA DE LA NOCHE

 

The nightmare, mare of the night...

La pesadilla, yegua de la noche...

                               Robert Graves

 

Carne que carne fue

Y amada fue

Y hoy es literatura.

 

Muerte que pudo ser

Y no llegó, al menos hasta ahora

Que su dibujo hago

Sobre este papel, efímero.

 

Esplendor que no me estaba destinado.

Hombres que no fui y no seré ya nunca,

Horas que sin venir me habían antes abandonado.

 

De día y de noche veo el alto caballo,

Negro de tanto contener estas cosas,

Que me observa y lo hace sin cuidarse

De papeles y de manos.

 

La franca pesadilla, su yegua pasta en mí

Y tú me entiendes, Robert Graves,

Bajo el suelo que guarda tu apellido.

 

 

VEO A UNA MUJER MAQUILLARSE

 

Veo a una mujer maquillarse cualquier mujer y cambia

primero está pensando en otra cosa (porque cuando una mujer

comienza a maquillarse aún no ha separado este acto del resto del día)

 

Pero luego disponiendo los objetos varios que la ceremonia

determina preciosamente en su exacto lugar en torno de sus manos

la mujer sabe que algo ha ingresado de nuevo a este mundo

Se abstiene sin embargo de nombrar eso que viene

Polvos cremas pinturas para la delicada construcción

lápices que escribirán otras palabras que estas

palabras que intentarán decir a la que esconde

La otra como ella se ve debe ser dibujada por esta la que se asoma

al espejo para verla

Ella está como tímida ante su hermana mayor que insiste insiste

“sácame de la nada invócame haz que nuevamente sea

entre los seres las horas y las cosas

haz que sea nuevamente entre los hombres

sí sobre todo haz que nuevamente sea entre los hombres”

Y la pequeña se somete al llamado de la grande y la saca y la dibuja en el espejo

Del otro lado se queda ella colocada en el dibujo

Polvos cremas pinturas lápices el instrumental es el mismo

de todas las ceremonias semejantes

quien fabrica estas cosas sí que sabe lo que hace

Veo a una mujer maquillarse y me fascina

Por su parte y como siempre la mujer sólo está fascinada por sí misma

Nada ni nadie existe ni cuando se acerca al espejo

ni cuando está ante el espejo ni cuando se quita de él

Extraña especie tan cantada y sorda

Navega por la vida atada a su poder y lo puesto en sus oídos

lo colocado ante sus ojos lo concentrado en su boca la salva de caer

Será por eso que ante una estamos siempre solos

Enigmas de lo que no puede caer

Ahora traza una línea ha dudado no por no saber sino porque

conociendo el significado de la ceremonia goza de lo preliminar

ahora traza una línea y divide el día en dos

Ya fue hecho lo demás es desarrollo una línea azul oscura apenas un trazo

sobre el ojo izquierdo que ha sido completamente transformado

Ya no es un ojo humano no es el ojo que vino con ella del vientre que sabía

que paría a una mujer sino un ojo de ella

definitivamente suyo

El ojo mira al resto en el espejo y está satisfecho

parpadea para alentar a la mujer

La otra la mira desde ese ojo donde ya se asoma y vigilante

la obliga a lo demás

Sin embargo la mujer hace una pausa a medias maquillada bebe

una taza de té hay un placer en eso de andar

a medias maquillada por el mundo

Paralelamente es como demostrarle todavía a la otra un diminuto poder

una ligera potencia que alcanza a diferirla pero que no podrá evitarla

Cosa que ambas saben y agradecen

Pero finalmente también el ojo derecho cambia y la otra ya ve

perfectamente en el espejo ahora es ella la que ve

y la primera mujer se va yendo lentamente trazo a trazo

Hay unas cremas castañas untuosas con las que las mujeres cambian de piel

no oscurecen la suya sino que sacan la otra piel de las mejillas la dejan asomar

Ignoro por completo el nombre de ese ungüento como ignoro los nombres

de los otros elementos de la ceremonia porque ellos y sus nombres

pertenecen por completo al otro mundo

El que convive con el del hombre en esta tierra y en la historia

Nombres cosas términos precisos que no podemos comprender

que vienen de otra lengua que son dichos en otra lengua

mucho más sugestiva que la nuestra

una lengua que está hecha para usarla en voz baja casi susurrándola

Porque no pertenece al universo de las grandes expansiones sino

al de la reserva al de lo íntimo lo cerrado

En esa lengua hablan entre sí las mujeres y hablan ante el espejo con la otra

Donde un gesto quiere decir otra cosa donde ninguna  palabra

se corresponde con las nuestras allí en esa lengua una mujer se maquilla

y nosotros creemos que se adorna

Ante el espejo todo ha sido consumado y la otra ya está en este mundo

la mujer anterior se ha ido y esta es la que se mira entera

Mueve alternativamente un músculo sonríe levanta o inclina la cabeza

como un actor que calcula sus fuerzas y ensaya previamente movimientos

Esta mujer otra mide ante el espejo sinuosidades gestos pausas

A solas previas únicas estas gesticulaciones son como los arquetipos

que viven perfectos en el mundo de las ideas pero luego se plasman en número

Repeticiones de cada uno de estos movimientos serán lanzadas

con alevosa precisión sobre el mundo de las cosas

Se incorporarán a él sin perder su condición de extrañas

La mujer no es sólo ella sino también sus gestos además del cuerpo

ocupa el alrededor del cuerpo la habitación el lugar

entero donde se encuentre

Como esta mujer la otra que todavía se mira un poco más en el espejo

máscara de la máscara  ficción se cree que completa

 

 

DEL AMOR POR LOS BÁRBAROS

 

Lo opuesto busca su opuesto

Y en lo blanco la gota que hay de negro

Crece

Hasta hacer lo blanco negro

Y así en lo contrario hace la gota blanca

 

Todos deseamos lo opuesto

Que encarna frente a ti

De tanto en tanto

Y trae su exótica religión su idea del asunto

Sus distracciones sus aparentes crueldades

El poco cuidado con que trata los más preciados dones

Las ofrendas y regalos que destinábamos

Antes

A nuestro propio fetiche

Tal nuestra donación

 

Los bárbaros poseen la ingenuidad de lo que fuimos

Aquello que en ellos no ha crecido nunca

O bien nunca lo ha hecho en esta dirección

 

Son lo que fue posible que fuéramos hoy y no prosperó

Por eso la ternura el celo el interés que sentimos

Por su aparente torpeza

Su falta constante de consideración

 

Nuestro consuelo cuando nos matan sus actos

es mirarlos benignamente

Y acariciar o al menos intentar hacerlo

La brutalidad que destroza y que

Cuando se les reprocha

Sinceramente no comprenden

Como no comprenderían si llorásemos delante de ellos

El porqué de todas esas lágrimas se sienten inocentes

Lo son nuestra es la tragedia de entenderlo

Y de entender que nada podemos hacer

Ni por amor ni por odio para redimir a la criatura

De su condición de bárbara

 

Este de todos los dones es quizás el más extraño

Que nos dieron nuestros dioses

Nuestros dioses que no existen

 

También están esos bárbaros que se nos parecen

Pero no son nosotros cuídate sobre todo de ellos

Son los más peligrosos son los que realmente

Llegan a tu corazón

Con sus similitudes

Sus engaños de los que son desde luego

Totalmente inocentes

 

Pero nadie cambia a los bárbaros

 

Y cuando aparece su barbarie expresa su “bajeza”

Su “violencia” su “impiedad” su fastidiosa negligencia extrema

Ya están dentro de nosotros y es tarde

Muy tarde para todo

Y no se van jamás de aquello

Que conquistó su impericia su malicia inconsciente

Y también su destreza

Largamente adquirida

En combate contra otros bárbaros

 

Seremos su triunfo la gota de alegría infantil

Que dura un día

La jactancia a solas que pronto se disipa

Nuestras serán las ruinas las veneradas estatuas

Rotas que vendimos por ellos a precio de mercado

Nada o casi nada vale algo nuestro entre los bárbaros

Y nuestra será la noche donde algo se incendiará

Eternamente para siempre en llamas

Por amor a los bárbaros

 

 

KUSTENDJE, A ORILLAS DEL MAR NEGRO

 

A José Kozer

 

Me decías en tu carta que es bella Kustendjé,

cuando los chinos y el viento llegan del Mar Negro

y que no lejos de la estación de ómnibus

hay una piedra donde -te dijeron- se sentaba Ovidio

cuando se llamaba Tomis y era su destierro.

 

Nadie, la divinidad, nos salve del favor de los poderosos,

que de los cambios no se salva nadie.

 

Que ayer demolieron la última estatua de Lenín

y que en Tomis él lloraba la Roma nocturna,

risueña, la frívola lectura de poemas de amor,

la arrepentida resaca del mediodía siguiente,

cuando con otros ociosos comentaba licencias,

conquistas o rechazos, en los baños o en las calles

de un mundo que reía para siempre.

 

Me decías en tu carta que todavía murmuran poco inglés

y que mientras hablaba solo y espantaba las gallinas

con la voz de sus hexámetros, seguía siendo Ovidio

aquel viejo andrajoso, el mismo que otras ropas

y cabellos y perfumes presentaron a Augusto.

 

Que ya sabías por qué las piedras y los versos

cambian, cuando cambia la mirada, así como

-antes de la metamorfosis- Ovidio supo

por qué la poesía le interesa a nadie.

 

 

EL HUDSON

 

¡Oh! ¡Y luego estar con uno mismo!

¡Estos enmudecimientos! ¡Este andar a la deriva!

Gottfried Benn

 

Cuando la tomamos demasiado en serio,

la poesía empieza a tomarnos en broma:

 

Dónde es el papel, en qué otro cielo

vuela este insecto porque yo lo escribo.

Por qué cadencias la madurez de su ausencia

se troca en lo que ya antes sin yo saberlo era

una agregada catástrofe, quizá feliz,

sin que sea del todo aquí la falta del volumen

y del peso, casi inconsistente pero ya

medianamente cierto, éste

que revolotea entre el cuarto y aquel cielo,

sin duda tan entero como nosotros

lo estamos de su lado.

Y si no, certidumbre dime

de dónde viene y adónde va

su desafiante respiración

que señalas como ajena y es suya

aunque lejana, en trayecto.

De igual modo allí están

cuantos y cuanto no veo,

adonde el insecto va y donde vuela...

 

¿Quieres cuál insecto, dime, tras esos bordes?

 

Nadie conjura nada que no lo haya evocado.

 

Y leer que es buscar

lo que más se teme,

el otro acto tan indivisible

como el caballo o el hombre del centauro,

no es atravesar ningún borde

sino en la misma vigilia otra repentina forma;

las manos que vuelven cada página

abren la maleza de una ambigua selva.

Atardece, es de noche en la ciénaga,

ya ves como obediente a la luz que declina

se ha posado a cantar en la orilla vecina,

las alas contra el cuerpo, inocente de todo.

Nada puede ocurrir si le acierta esta piedra.

 

I.

 

¿Qué otro río es éste bajo el nombre

sino el mismo río que te mata, Heráclito, en sus aguas?

Las saladas y las dulces son el idéntico

caudal que las transporta:

una orilla es el Hudson, otra es el Ganges

y hay otra orilla, además, para otros nombres.

 

Ancho y angosto, largo y corto río del mundo

al que tomamos por sus meandros:

incluso el que gotea en sus sótanos profundos.

Todo es la orilla: ni la rueda ni el fuego ni el lenguaje

salieron jamás hacia otras tierras que no fueran esta azul Mesopotamia.

Siempre atrás, siempre adelante,

nunca supiste, Almirante,

cuán interiores

eran las aguas que cruzaste.

 

Así es de noche y es de día en cada mitad del río.

 

 

II.

 

Qué ingenuo, viejo Hudson, el que creyó

que iba a hablar de ti y del Rin y del Danubio,

cuando esta noche he bebido tus metáforas

como allá enfrente ¿es New Jersey? alguien bebe

su vodka, su arak, su whisky, el usho de las Cícladas,

el vino negro y espeso de un fuerte mediodía.

El trago de tus aguas que emborrachan lleva

al centro mismo de tu corriente múltiple:

cuanto más quito de ella, más le devuelvo.

 

¿Qué relación habrá, íntimo Hudson, entre tú

y este río al que veo escurrirse entre los puentes,

este sí, seguro, de la estirpe del río único del que habla el primer canto?

Cuánto se aclararía y se enturbiaría de saberlo,

entre un juego del mundo y un juego de palabras.

Pero tenía que engañarte a ti que lees o a ti que escuchas

(¿dónde, en qué lugar correrá ahora, después de escrito,

el poema-río?) para que con menos desconfianza

me acompañaras a estos movedizos remolinos,

donde como en el desorden de una sopa de letras

muchos nombres se asoman y se esconden.

Me pregunto también qué pasaría si estuviera a mi lado

un poderoso policía, un hombre bueno,

y tuviera que explicarle todo esto paso a paso,

la intoxicación con agua que no está

pero que sí, también ella deja su huella en el aliento

y un andar trémulo y distante,

es esto ya una experiencia rara en el mundo

pero igualmente fácil de confundir con otras dilatadas pupilas,

con otros pulsos alterados, con otras alucinaciones ¿más baratas?

Ni hablar de las secuelas. Crea un hábito incontenible.

En otros tiempos seguramente había quien mataba para proporcionársela

(¿Me escuchas Gilles de Rais? ¿Me escuchas gran Tiberio debajo de la tierra?)

O nunca hubo nadie en ese trance. Ni siquiera alguien que muriera por ella;

viejo Hudson de la mente, tú que eres su objeto y su riego

tendrías que saberlo y que decírmelo.

 

Ya nadie dice “caballo”

y hay un potrillo nuevo sobre el mundo.

Maldice, bendice, de ahora en más

el pan que lleves a tu boca sabrá a contradicción

 

 

 

                            

 

 

Esta Antología poética, de 

Luis Benítez,  ha sido

depositada en la Red a los 

dos días andados 

del mes de mayo

del  año 

dos mil 

seis

.