Julio Obeso

 

Escusabaraja

 

(1984-2014)

 

 

 

 

             

 

Dedicado a:

 

Ángeles Gónzalez Cueli

y

Alejandro Obeso Bango

 

 

 

PAISAJE

 

 

Aquella leche derramada

como llanto

que los pastores trashuman

en parto de huellas,

ha dejado curiosos esqueletos

de cal viva.

Algunos peces abisales

serán su envoltorio

clavados de cola

en el zumo,

la curiosidad erguida

por ventanas imposibles.

Habrá para todos,

es año de bienes.

 

 

 

 A MI SEÑAL

 

 

Saldremos sin ensayos

-asiente el viento

con cien ramas-

Alzan el vuelo pájaros

                        cerámicos,

altísimo móvil, alerta,

en la puerta de la noche.

 

 

 

CRÓNICA

 

 

La muerte fugaz

no recibe deseos

en su raudo volar

de ímproba cometa

Cielos colmillos atacan

la dorada huella,

el rancio abolengo

de la vida expuesta

 ¿Qué amor o filtro distorsiona

la onda de la piedra contra el agua?

Esa luz directa desde la herida

se parece a un túnel del alma.

 

 

 

Ella se busca en el espejo.

La espío.

Pregunto al espejo

cuanto quiero saber de ella.

 

 

 

En honor a la verdad

las cataratas fijan a los niños.

La muerte tiene una llave maestra.

Los maestros que no entienden

los ojos de los niños

tampoco saben de geografía.

El poeta debe preguntar,

no explicar, no variar el ritmo

de su día;

controlar el arrebato

de fabricar paraguas

-en este instante

que llueve

desde la frente de los niños-

 

 

 

Corre sin rumbo y sangra el gallo descabezado

que ahora está amando a una mujer.

Ella mueve el abanico

y mueve –detrás de su melena-

lo que acama al bosque.

El ave se detiene en su tos vertical.

El aire se para.

La mujer se ha vuelto de espaldas

y su olor cruza el espacio

como una daga de leche.

 

 

 

Oh, bella:

la mañana que te alcanza

salió de mi puerta.

La vestí con ropa cómoda

¿Ves cómo salta, cómo gira?

¿No te llega aun el olor de su rostro?

La peiné de tanta luz como de ondas

pensando que temblaría dentro de ti.

No me queda otra fortuna

pues las noches no cuentan.

Cuando fruncida o posada

llame a los frutos

vendimie pájaros:

¡mírame: oh, bella!

Con sombra, con ropa blanca

estaré esperándote.

 

 

 

Cavilo sobre la acción vengativa

de aquellos pechos:

¿acaso tuve opción?

Porque bajaba su falda

y caían la tarde y las adelfas.

Alrededor todo dormía

menos mis manos urgentes

que hilaban un sostén desde el juego.

Casi marítima se arqueaba,

mujer bóveda de brazos invertidos,

dos gotas perfectas de miel mamífera:

¡tan azules las venas!

 

 

 

Esta es la higuera de frutos caucásicos,

el almendro de ojos humanos.

Este soy yo,

el que hace crepitar las hojas

y espanta a los pájaros.

 

 

 

 Lo invisible tiene fibras,

se muscula, late, admírase,

mama, duele;

como el runrún de las cosas

largamente repetidas

 

 

 

INÚTIL

 

De nada sirve coleccionar tiempo,

se muere y muda al sepia.

Da lo mismo envasarlo, tener cuidado.

El tiempo guardado huele a quirófano

y un poco a lobo.

Vacié los bolsillos,

ni un solo minuto de calderilla.

 

 

 

Si no existen los ángeles:

¿cómo creer en uno ciego?

Pero os digo

que de muy alto venía el silbo.

No buscaba: sabía.

Encontró mi pena por eco,

nubes en su aliento

y llovía con labios perfectos.

Volvió turquesa el fuego

y la mano en la pared

retorcía signos.

¡Qué estupidez ningunear ángeles!

 

 

 

PRÁCTICO

 

Lo llevan las trompetas

y algunos pájaros.

Es como un atril donde apoyar

lo futuro

o un códice.

Recuerdo el que me regalaste.

Era silvestre,

olía a lluvia y tenía aura.

Me acostumbré a su vaivén

antes del invierno.

Parecíamos una big-band

grandes intérpretes del Gershwin

más canalla.

 

 

 

MANÍAS

 

Pongamos que callo

y la lluvia cede o

se olvida de poner barrotes.

Es mentira que el silencio

se pare en los charcos

por anfibio.

Sucede como esa tendencia oblicua

de las nubes a mestizar la tierra,

o mi afán por susurrar

a las estatuas.

 

 

 

ENSAYO

 

El pianista interpretaba con manos córvidas

una pieza imaginada:

“lejos, lejos, niña herida,

muy cerca del primer beso”.

Atraía los aplausos del llanto,

y un guiño cómplice al sábado agostado

“Lenta, lenta, pequeña luz,

tras la mampara”

 

 

 

Cuando el silencio toma la palabra

no hay misericordia en el aire denso.

Aparecen los objetos de la nada

y un impulso irreductible

coloca mil veces la botella,

admira al techo recién nacido,

almidona servilletas.

 

 

 

POCOS

 

El hombre feliz ha muerto atragantado,

tan grande el dios en su boca.

Ni un solo hombre-desgracia

comprimió su tórax

(los desgraciados son otros)

Tuvo el funeral de los hombres-fortuna,

pañuelos y góspel

(los afortunados son otros,

pero no están nunca)

 

 

 

PLAGA

 

Llueven golondrinas,

de alguna manera me rozan.

Hay a mis pies un charco móvil

donde aletean sombras.

Tanto verano y tan poco que decir

Antes miento que niego el gozo

de este tiempo monógamo:

yo y yo

 

 

 

Me encontré al mundo así

Colocaron esta realidad a mi puerta

Alguien hizo sonar el timbre de la vida

y luego huyó, ascendió, se ocultó:

-¿qué puedo saber?-

Cambio sus pañales.

Si titubea, protejo las esquinas con las manos,

le enseño palabras necesarias.

Él me espera y yo, le espero.

Terminé un cuento,

se lo voy a leer cuando anochezca.

Mañana – ¿qué puedo saber?-

tal vez un hombre, un continente,

se levanten bendecidos por un pan o una luz.

 

 

 

¿Dónde queda mi mano si te viola lo invisible?

Te llevaré una materia de tibieza y piel,

algún señuelo que impida

el paso de la muerte entre los dedos.

Se posará en ella

el pájaro que espanta la lluvia,

el del canto enloquecido, el bebedor.

¿Cómo te llamo?

¿Responderás al antiguo nombre?

¿Serás tú?

 

 

 

Pues habrá que retomar la armonía,

el hombre es agua y palabra.

Comenzar de nuevo atendiendo a la sequía,

a no traspapelar la palabra

 

 

 

El amor huye de mí, se baja apasionado,

no mira, no calcula.

Pasajero a tumba abierta

grita: ¡libre, libre!

Pero ya está rodando por otros pechos,

por la ceguera.

 

 

 

Cuando descubrí que la vida

es el tiempo que le sobra a la muerte,

que un muerto es un acto de vendimia,

la urgente respuesta a la crisis:

me hice tragador de sables.

Uno se puede ganar bien la muerte

con tal oficio,

una muerte desahogada.

Pago las facturas y aún me quedan

algunas palabras.

 

 

 

Aquel hombre alza su índice:

está pidiendo la palabra.

La demanda también el herido en su sangre,

el hambre perra, el dolor, el huérfano;

hasta el invierno se levanta y aúlla.

Si tenemos tanto que decir:

¿por qué en lesa hora?

 

 

 

Se parece a una garganta abierta al modo de las sandías, a uno de esos hombres árbol que cimbrean dentro de macetas en el fondo del mar; hasta que un pez enamorado corta el último tendón de su rótula y entrega un buen pedazo de hombre a la luna. Escribir es amenazar. Leer, una amenaza  cumplida.

 

 

 

¿Puedes? No, no es ésa la postura. Sentado en el suelo cógete las rodillas,

evita que rechinen los dientes, domina el temblor y dibuja esferas a punto de quebrarse -como Moebius-

Lame el caparazón lentísimo de la tortuga amada. Siéntete gelatina, cartílago recuperado al océano. Calla -no te insinúes al vacío- Atragántate de risa donde la encuentres: En el hijo, en la muerte, en la fotocopiadora.

¡Ríe, maldita sea! Por las cortinas de humo, porque nadie debe saberte:

Tú no debes saberte.

¿Puedes?

Estás solo Más solo cuanto más por piedad su boca se incline.

 

 

 

Miras en el espejo la cara que ya no es tuya y aún así, esperas que te hable. Ves un hambriento cordón umbilical convulsionando en el vacío, al modo de las serpientes heridas que buscan aire donde saben que lo hay, pero no está en esa hora. Te das de bruces con él y contra el suelo Eres mármol mientras se extiende la tristeza de la carne  y los labios toman la textura de las nueces.

El espejo ya no es relevante porque mira a la pared y tú a la alfombra, frente contra frente, intentando un imposible mentalismo. No hay un cine donde se estrene el pasado cuando te vuelves tabla, sólo el cinismo de las hebras.

Sabes que ya no hay más tiempo, sexo, tinta, hijos, risa, cartas, envidia, programas, café. Y quieres un último pensamiento, uno, porque casi ya no eres. Buscas las palabras que te sanaron, las que más te hirieron (ninguna será mentira: ¿serviría engañar a las pelusas?) Y ya está. Es la muerte la que pasa en un soplo, vivir es largo, como ese cordón umbilical que ahora se afloja y ya no tiembla, y reposa a tu lado dando tus mismas bocanadas, allí donde estaba el aire.

 

 

 

Cada loco tiene un tema

y los banqueros, los jinetes,

los jefes de estación.

Hasta la locura tiene

-debajo de su sombra-

banqueros, jinetes, jefes de estación.

 

 

 

En esta escena urbana

hay una plaza y dos bancos.

En uno de los laterales del primer banco,

un joven negro da la espalda al mundo.

El mundo es una mujer que habla sola

sentada en el centro del segundo banco.

Pudiera ser al revés:

la mujer de espaldas

al joven negro.

En cualquier caso

ninguno entiende

qué dice el otro.

 

 

 

los grandes barcos descargan sombras

regresan por raíles que borra el humo

y sus vientres de calamar

irisan de esperma cuanto lamen

 

 

 

regresan los viejos con carnes roturadas

y espigas que rezuman veneno

tan lentos que se diría nunca salieron

 

 

 

¿no les pasó que con un cuervo

-pongo de ejemplo-

en la cesta de la bicicleta

hacían corros y preguntas:

qué tiempo tiene

de qué se alimenta

imita voces?

¿no les ha sucedido que al llegar

o salir con algo más oscuro que un cuervo

-pongo de ejemplo-

un bulto con alas de olvido

el graznido de una pena

les hacían vacío

sin preguntar nada de nada?

 

 

 

Govinda comía a los pies de Siddharta

las lechuzas sobrantes

a dos carrillos de triangulares pájaros

sin hacer ascos a las plumas

y quizá por ello masticaba lento

pasaba lento

amaba a esas aves con manos de siesta

jamás saciaba su sed ni mutilaba otras

ya que del agua nada caía y se estancaba

en los labios del maestro

y el maestro recitaba Om /quedamente/

al paso de las garzas

-oh paria, tanta hambre, yo harto de carne nocturna-

comentaba Hesse con grandes ojos

de hermoso brahmán

a un hombre en cuclillas

/con el alma en cuclillas frente al Ganges/

 

 

 

no eran la mujer ni el lugar adecuados

la de barras que sangraron resina

ámbar puro

no alrededor, en el mismo brazo de Elisa

y la engomaron como un fin de año la última hoja

que se rompe en abril

tremendas las dosis de vino que el alma aguanta

sin partirse en confeti de miradas

nadie más que Elisa

nada más allá de Elisa

provoca el “cerrado por reforma”

en un amanecer

 

 

 

Las noches más largas raramente nacen solas.

Sobre la cama escuché aquel leve crujir como de aire ocupado en una ventana.

Respiraba desde el diafragma, profundamente concentrado en los chirridos, sin

medir el pulso, pero los sonidos percutían como pasos en un bosque mudo. Imaginé aquella ventana, llegué a poder dibujarla con sus cristales divididos por cuartillos, una ventana estupenda de las que inspiran en los poetas leyendas o amores terminales.

Solo al levantarme comprendí el error. Una cigarra del tamaño de un perro me

esperaba. La noche ,tan cobarde, se colocó de nalgas. Dos dentelladas acuchillaron el silencio.

 

 

 

no quiero mierda encima de las mesas

y secaba platos y la voz percutía

ampliada por barbillas oscilando conformidad

primero somos los españoles

y servía cerveza a un español muy blanquito

con Parkinson ideológico

después los polacos ¿los polacos?

losrumanoslosgitanoslosmorosylosnegros

que descargan sus bolsas sobre las mesas caucásicas

de un bar español… ol… ol… ol

el eco se posa en las calvas las baja

lleva las narices a la barra

¿estamos?

y hostia

os puedo jurar que ni dios se movió

ni dios de terrible plaga o rayo justiciero

que partiera en dos

la puta barra del bar español ol…ol…ol-vídalo

 

 

 

el día que Dionisio cerró la taberna

después de once mil días

menos las seis horas de su cuarto

el pueblo se llenó de vampiros

o seres muy pálidos

las mujeres comentaron altas

desde ventanas altas

no pensé que aún vivía

no pensé que aún vivía aquí

no pensé que aún vivía aquí fulano

le creía muerto o lejos

tan extrañados de sí mismos

sin reflejos ni sombras

cortos de cielo justo/ se buscan por intuición

antes cuando el vino envejecía lento

en las manos sin prisa del tedio

el corazón no sabía del dolor

y se entendían en un dialecto cinabrio

que es lo mismo que decir

eran su propia memoria o polvo enfrentados al cielo

murciélagos de piedra

de espaldas a Dionisio

que a su manera también les amaba

 

 

 

“dios no habla para todos” –dijo la maestra

y los niños escribieron en sus hojas:

“...apenas habla”

dijo: “el agua no será siempre:

se va gota a gota”

y los niños anotaron:

“...se agota”

cuando entró un viento furioso

que hizo volar las cuartillas

como planos pájaros sorprendidos

las recogieron sin orden

así unas decían:

“Dios se agota”

“El agua no será para todos” 

“Dios apenas”

por supuesto vinieron a por la maestra

dos oficiales

el viento no dio la cara

se fue a trastear por la ventana

 

 

 

 ¿Tiene Dios el poder de la vendimia?

¿Supo desde su eternidad                                                    

que aquí llegaríamos al zumo

a fermentar y ser hombres tintos?

 

 

 

Por el ojo de la cerradura

pasó el mío,

tú eras la de siempre,

la de la piel tan blanca

 

 

 

Si llueve:

¿cómo sabe la lluvia que llegó

a todo el árbol?

¿Y si hay tres hojas a las que no,

o una rama diminuta atechada

-contra su voluntad-

bajo un pájaro o un fruto?

Al fin:

¿cómo puedo saber

que el amor no te sobra ni te falta,

que toda tú de mí estás,

tus ojos, tus pies magníficos?

Esta lluvia y yo

tenemos en la duda

una respuesta árida.

 

 

 

En el próximo minuto

voy a respirar diez veces,

cerraré los párpados, siete.

Este corazón

-no tiene por qué ser tu número-

palpitará setenta pulsos.

Pasaré una página.

Un mililitro de saliva

me irá a buscar por dentro.

Podré tomar una decisión importante:

pensar en dividirme

o renunciar a ti.

¡Cómo cansa la vida!

 

 

 

Nunca digas: - “esos locos”-

con el mismo tono

de nombrar satélites:

no hay locos extrauterinos

¿Desde cuándo la demencia

se inscripta en paralelas

o deriva en equidistancia?

El hombre cabal ante la duda,

ensaya cascos con alas,

consigue que flote el hierro,

calcula en mercurio la fiebre,

divide por dos el cero:

y estamos afuera, tan frescos.

 

 

 

Estilizar el poema,

retirar el pan a la palabra, el agua,

 hasta rendir la voluntad

que se desploma y confiesa:

ser de ella la húmeda navaja,

cada uno de los
cabellos en la luz violada.

 

 

 

TÍMIDAS PERVERSIONES

 

Moure, el zapatero, nunca había salido de la ciudad No siempre fue zapatero; alguna vez, cree recordar, jugó con escopetas de madera y tablas con ruedas Cuando se sintió tentado por los trenes o los autobuses, pensaba que viajar era traicionar la confianza de los que sí lo hicieron ¿Quién era él para poner en duda Notre Dame, el puente de Brooklyn? ¿No es el verdadero motivo del viaje ver con tus ojos lo que otros dicen que existe? Prefería escuchar Cualquier catedral solo es piedra, sin la emoción del que explica la piedra y un zapatero puede que no tenga esa capacidad No sabría qué decir, a quién contar lo que viería en Damasco, cómo describir la orilla izquierda del Sena Por eso amaba a una mujer y hundía clavos en el cuero Todo el mundo sabe qué es amar y necesitar un buen zapato Su inmovilidad era cuestión de fe Se permitía, no obstante, libros de aventuras y alguna tímida perversión como ocultar su nombre grabado entre el tacón y la tapa, la plantilla y la suela Así conseguía ir lejos sin traicionar la confianza o entrar en habitaciones prohibidas, donde otros viajeros nunca osarían Cuando la mujer de la tienda de flores le pidió reparar sus botines, mantuvo la cadencia del martillo fijando la piel sobre la horma de madera, para no delatar sus intenciones Ella se iba a Berlín y él tenía ganas de conocer Postdamer Platz

 

 

 

cuando un árbol nace

tiembla con minúsculas sacudidas

que limpian de tierra su carne

es extraña esa pureza

la pulcra liturgia de arribar al cielo

 

 

 

¿qué esperáis os responda el niño pescador

doblado por el peso de la criba?

¿qué argumentan los niños labradores

si tienen en la boca un anzuelo?

¿qué esperanza canta la niña prostituta

celeste vagina con olor a garaje?

algo tremendo sucede ahora

ahora mismo

mientras nos miramos

dos niños han robado su limosna al hambre

y suben

están subiendo el último tramo de la escalera

que la niña puede ver

desde la puerta entreabierta

 

 

 

a esa mujer la llamo

con un diminutivo celeste

y ella se gira taloneando

            espléndida su estela

            el arbolito de su atención

 

 

 

me sorprende el poema

que empieza en pájaro

y a saltitos

con vuelo frío

y otras canto

da traspiés contra sí mismo

y besa manos

besa suelos

referentes de la muerte

o cuco gigante

que saca del nido

al prójimo

 

 

 

¿no le puso ojitos?

¿dulcemente las manos?

¿no la pensó como ave o ternura?

¿agüita en la mesilla de noche

que apagara miedos o palabras feas?

¿sábanas de buena mañana

como verdad temerosa de ser escanciada?

¿no le dijo/ amor viceversa de cualquier astro?

¿no soltó amarradora/

cadenita de líquenes o tobillera?

¿no le entregó lo profundo estar

sombra festejada desde las manos?

¿manoslasmentedulce?

¿no dibujó acrobacias para sus zapatillas?

te quiero ¿no le dijo te quiero?

 

 

 

los menostines/ los doberwoman

y otros verdaderos

jamás comerán luna del charco

teniendo el hueso de este mundo

 

 

 

el viejo de al lado espera

como si nunca

hubiese sido visitado por la lluvia

como si ninguna mujer           de otro tiempo

le hubiera enternecido en días como este

que hace sol y el sol explora

amplios círculos                    más allá

del toldo que le cubre

lleva un antifaz de cristal y el viento no le roza

pero bajo su frente se cobijan las cigüeñas de las horas

dos anunciaciones blanquísimas que un día

tuvieron nombre

 

 

 

el tonto amor suma con los dedos

cuántos son los pájaros de papel olvidados

y descuenta la diminuta tibieza que canta

en la bienvenida a la mañana

 

 

 

Lo que se nos escapa

 

En esta escena hay una campana que no lo es, alguna piedra que sí pero no está, tres árboles que sumarestan la sombra algebraica de un perro. Más allá una mujer y un animal se aman. Contemplativamente húndense magníficos a espaldas de lo que, tal vez, río antes, ahora reflexiona el agua. No pasa un tren. El viaje es otra cosa, como el fruto silvestre que enamora al puercoespín, porque la provocación es el aroma y la quietud lo escribe con esa caligrafía zurda de puerto. Un acto irrepetible desde el arco de la puerta que tuvo todas las contraseñas de los niños escapistas. Aquellos espléndidos insectos libadores de cualquier sentir entre la rama y el hongo Vuelo, luz, hambre satisfecha. A veces, esto, se nos escapa.

 

 

 

Más sobre los ángeles (que se me olvidaba)

 

Aun siendo obvio he de resaltar la importancia del vuelo en una escuela de ángeles.

No será el primero uno caído.

¿A dónde van los que piran clase?

Tal vez conozcan un túnel ciego, un muelle abandonado, un futbolín de judíos en que ni Dios pregunte por ellos.

Los formales rezan el hómbrelus de buena mañana por los desplomados, por los custodios que llegarán tarde a nuestros esguinces, no dejarán las esquinas romas ni nos salvarán de los holocaustos. Vamos, lo que se dice: el efecto angeliposa.

 

 

 

Incendio en la pista central

 

Se quemó el circo

las cenizas del payaso

apenas hacían gracia

 

Se quemó el circo

el hollín saltó mortalmente

por la boca del trapecista

 

Se quemó el circo,

en el turno del mago,

los niños rieron cada llama

 

Se quemó el circo

los leones brillaron

bajo un disfraz de estaño

 

Se quemó el circo

antes que el fuego se apagara

colgaron el cartel: “no hay entradas”

 

Se quemó el circo

al pie de la pértiga

siete panteras.

 

Cuando se quema el circo

minimizan las perdidas

con guisos de caballo.

 

 

 

Afinidades

 

Por decir lo que me tienta:

El antes cuando era posible.

Lo de esta lluvia.

Mi hijo atareado en beberla.

Los últimos poemas de Gelman.

Los primeros.

Chocar contra el espacio que Dios no ocupa.

Pedir perdón al hombre

La sonrisa.

Una pila bautismal con renacuajos.

Las campanas que se buscan las piernas.

Las mujeres que se buscan en las campanas.

Cuando rompen las uvas,

las olas contra sí mismas.

El Juarroz con leche.

Vallejo pastando.

Mondo y Girondo, Oliverio.

 

 

 

Las imprecisiones, en el amor,

son una deuda perpetua.

 (que el amor no se hace

en todo caso: se receta)

 

 

 

Te amaría como si el animal

tuviera de nuevo pecho y espalda.

¿Volverías tu rostro?

¿Tu rostro para gemirme

a la boca?

Hace tiempo que hice mías

las tuyas.

 

 

 

A una cabina se entra

a marcar un número,

a morir,

a esconderse de la lluvia,

a escribir un poema urgente

(porque afuera llueve).

De una cabina se sale

con la palabra en la boca,

con los pies por delante,

tristemente seco,

con un poema urgente

                         dedicado

a una cabina roja.

 

 

 

Puntualmente

una línea abandona

el paralelismo

y se posiciona perpendicular

(no cabe duda con qué intenciones)

Da lo mismo que la otra

sea una línea de largo recorrido,

que nunca más le dirija la palabra

o la llame bisectriz:

sexo tangente,

para una noche de verano.

 

 

 

Un hombre sostiene la mirada al río;

como él: turbio, lento, acústico.

Ninguno baja la cabeza.

 

 

 

Pues debió ser en tu casa.

Recuerdo aquel colibrí

libando tus bragas

los dos tilos:

¿o eran vértices?

Regresamos con un canasto de cuervos,

ya sabes,

esas certezas que anochecen fatalmente.

 

 

  

                      

El libro Escusabaraja, de 

Julio Obeso,  ha sido

depositado en la Red a los 

???? andados 

del mes de julio

del  año 

dos mil 

catorce

.