Juan Ramón Mansilla

 

 

 

Los días rotos

 

 

 

 

 

 

Las palabras a menudo nos habitan

con perfume de jardín extranjero

donde la maleza tizna el tedio de las flores

y va brotando la selva

en todo lo que era arriate, orden, artificio.

 

La realidad entonces nos habla

con pájaros caedizos, con abismo encerado,

a punto su zarpa misteriosa

como la verificación de una profecía.

 

Son días como vegetaciones de instantes

que nos pone la vida como trampas ocultas.

Días que somos sílabas, comas, exclamaciones,

poco más que murmullo entre paréntesis

que nunca se cerraban.

 

Y nadie sabría decir si ya todo estaba planeado,

si hay algo serio y verdadero

en el silencio que nace de la vida misma

mientras permanecemos quietos en el encuadre

y la mirada fría del ejecutor.

 

 

I

 

COMO MUERTE NO VENIDA

 

 

MEDITACIÓN DE ESTÍO

 

No era nuestro el tiempo. Era de otros que fueron nosotros

sin cicatrices, sin velos, casi desnudos.

Otros cuya piel era dorada ,

mundo con luz y menor sobresalto.

 

Una visión hermosa donde dibujar

escenas que acaso sucedieron,

y quedaban tan lejos, tan rotas

como el agua se rompe en sueños distantes.

 

No aceptamos la forma que tuvimos.

 

Es sólo un rumor

que rinde su presencia

con sombras que nadie reconoce.

 

De nada sirve saber en dónde estamos:

La realidad conserva en sus umbrías

resplandores de una luz que no nos pertenece.

 

Vivir es costumbre,

fulgor fingido,

ilusión de ver entre tanta ceguera.

 

 

CARMEN

 

Calle Mayor. Agosto. Mediodía.

 

La multitud inflama la avenida con un afán de vivir

que consiste en hacerse visible.

Algunos vociferan con algazara de domingo,

y saludan con ademanes notorios.

 

En el aire un sonido de rotura

espanta a las palomas a los confines de mayo.

 

(En mi alcoba, la penumbra

tiene pujanza de ciudad en desorden).

 

Hago recuento de algunas intenciones

y bajo indolente a la calle.

 

Por un instante dejo que la verdad

no sea un precepto importante,

sino una cerveza en el bar de la esquina,

una charla con cualquier transeúnte.

 

Reparas en mí entre la muchedumbre.

Tu urgencia brota al hablarme

con sonrojo de noche en tormenta,

palabras con fonemas de ráfaga,

sonidos con color de destello.

 

Observo tus zapatillas de tela, tu blusa verde,

la cadera fugaz,

el contorno pequeño de los pechos.

 

Ha cesado el tumulto. El día,

la calle, se han borrado

como si sólo quedase sombra, silencio, olvido.

 

Tu mano me guía por calles abajo,

hacia una fachada de cal y azulejos,

a un portal de oscuridad cuajada,

con manchas de noche y desaliño.

 

 Siento de pronto el frío, el temblor de la piel

 haciéndose mío, la premura de un temor

 que quiso ser igual a su recuerdo

 

 porque aún desconoce lo que niegan los cuerpos

 cuando están abrazados,

 la hemorragia que inunda dos cuerpos

en un día de agosto.

 

 

RECUERDO DEL PARAÍSO

 

No, no es eso. Sólo cuerpo humanísimo,

blusa roja, ombligo revelado,

vellos que se erizan, boca entreabierta,

 

y yo mientras tanto distante, creyendo

que un concepto es tan sutil

como pueda serlo un perfume.

 

 

ÁLVARO

 

Sólo claro el afán.

PEDRO SALINAS

 

Esta noche la luna muestra tan sólo

nostalgia de cristal quebrado,

brillos que celan los ojos

con estela fugaz de estrella evadida.

 

Tú lo ignoras aún.

Todavía desconoces

su pátina de anticuario,

su obstinación de carcoma.

 

Nada sabes del destino huidizo de las garzas,

del apego suicida de las hojas cercano el otoño,

ni por qué la nieve retorna mediado diciembre,

del espejo manchado de las cinco vocales.

 

Sólo que hay en la noche momentos que son nuestros

 

y ese afán claro con que te acercas

en el instante impreciso en que la luz se apacigua

buscando no compañía, calor, sino vientre,

un lugar inventado, nuevo, escondido,

una historia en que todos los barcos

retornan a la hondura blanca de tus ojos.

 

 

PONIENTE

 

La certeza se tiene pocas veces

igual que el perfume del trópico

cuando la ciudad se encubre a sí misma

y se abotona de nuevo 

y nieva 

y nadie la surca

y ni siquiera subsiste la sospecha

antiquísima de larvas que comparten

muslos noche con el miedo 

la cicuta 

la audacia fingida del anís

el temblor que un encuentro imprevisto 

bajo el olor en retirada de las lilas 

impone a una memoria de ropa despojada 

pulgares húmedos y carne cóncava

donde la luz conoce la única verdad

del pubis traspasado 

del abandono que envuelve 

una y otra vez 

al diminuto encaje

a las cremalleras que danzan

como incienso litúrgico

como llama de alondras donde el aire se inflama

y los labios resuelven el desorden

que queda siempre, mudo, en el silencio.

 

 

ASÍ TRANSCURRE EL DÍA

 

  ¿Y qué voy a saber si a lo mejor mañana / es la mañana? 

CLAUDIO RODRÍGUEZ

 

Las palabras de la resaca. Las del hastío.

La sensación implacentera,

la zozobra acompañándome,

el dudar acaso como dudan las estatuas

o como, sin ni siquiera saberlo,

dubita en la boca la desidia.

Todavía los cuerpos están tendidos

y en los vasos perdura

aroma de licor y noche larga.

Aun más que la luz molesta el recuerdo.

El silencio del cuarto se rompe con asombro.

Quizá la calle vibre,

quizá haya ruido, vida, peatones.

Demasiado poco los ojos para mirarlo todo,

para saber que, de repente, vivimos

y es ya casi invierno otra vez

aunque brilla afuera un sol de engaño.

Despiertan las voces, la cefalea,

la urgencia frenética del café,

la aspirina inmediata.

La memoria tiene un trasiego de peces.

Espumas,

conversaciones, movimientos.

Se oyen, vivos,

los instantes que aguardan.

Así transcurre el día,

con esa floración de nieve

que deja en la carne la desolación

con que amanecen las cosas

tal vez esperando que el tiempo aparezca.

 

 

LA MALA NOCHE

 

La noche la mala noche

humo de tabaco nuncio en los ojos

y cazalla

y café

y algún que otro destello

de esa Alejandría

Durrell Kavafis

caricias que emergen

recuerdos que irrumpen

instantes rotos de Historia

la mendiga de Lisboa

la quemazón del hielo en Macondo

la voz de la negra diciendo

Hola, basurita blanca

Polvo barro sombra ceniza fuegos apagados

despojos de naufragio

rumor robado de caracolas

ropas sucias de un rojo cansancio

en la memoria duele

esta noche

esta mala noche

 

 

ENIGMA

 

El hielo no dejaba en la boca /  el menor rastro de frescura

BORGES

 

Nadie sabe nunca por qué ve

de modo diferente los objetos

sin brillo que hace ya tiempo

nadie observa, y en un baúl,

una alfombra, un candelabro

advierte clara la presencia

de los desaparecidos.

 

Tras mirar se le hace necesario

el espacio vacío que habita las postales,

la techumbre en ruina que a la casa

da forma de liquen y arboleda,

rostros solos y fríos,

rostros detenidos sobre el agua.

 

Momentos que tardan en borrarse

si no se espera ver más para sentir la muerte.

 

 

NOCHE DE SAN JUAN

 

I.

 

Todo queda en suspenso. El silencio delata

intriga de mar. Los dedos son claveles sin mástiles,

oleaje sin ímpetu.

El tiempo se va como un velero impune.

Quedamente madura la luz

Dentro de la tarde se escuchan

conversaciones muertas. La luna

muerde, inquieta como el mercurio.

Con lentitud de coágulo los cuerpos recorren

la distancia que media entre el amor y el destino.

Crece el uno hasta volverse alacena vestida

con lastre de leche y albumen de placenta.

Muy cerca el otro, al desnudo,

como una antinomia más,

como un alud,

como un alabeo que curva

el color impuro del recuerdo.

Así hasta que la piel

destila su humedad inquieta,

hasta que el pulso recobra

su arcilla sediciosa.

 

 

II.

 

Tarda en llegar la noche al ataurique

dormido del vientre, al abdomen

que elige la oquedad de los ácaros,

el espliego mutilado del pómulo.

 

Una lluvia improbable esparce

estuco de enjambre y hojarasca.

Queda un descuido de otoño,

un torpe vacío que las manos no llenan.

 

¿Cómo predecir una materia

que jamás se confirma,

que acerca su humus con dulzura

de párpado y seda anegada?

 

Entre amantes sobran recelos: la carne

se ofrece entera, simultáneamente,

la lengua se da con exceso.

Los ojos no separan: vinculan los átomos,

al rubor de la dermis.

Al paladar competen las glándulas,

el glúteo, la taracea del labio.

Las bocas eligen el seísmo,

la brevedad de los hongos,

la blandura de la ameba.

Es el desorden quien derrama inquietud

en los muslos, 

quien acopla la sombra contra el aire

y un miedo contra el otro.

 

 

III.

 

Con la alegría que impele al suicida,

el pubis acata la ley de los péndulos,

el impulso del musgo, el método de la aldaba.

El cielo hace ruido:

La colcha adquiere ansiedad

de pergamino, temblor de sextante.

Dentro de la piel hay sótanos y esquifes.

Las miradas se oyen

y se oye el sudor que boga en la frente.

Todo cuanto es ansía su propio destino:

las brújulas yerran, los pájaros son líquidos,

las nubes escuecen.

La vida, como las estaciones, va con el sueño cambiado:

a la nieve sucede el estío,

al otoño la floración de los códices,

de las medusas subsiste un callado oleaje.

Así, sucesivamente, hasta que de nuevo

comienza un silencio de mar

donde grana el hastío y todo se anula,

donde, errantes, los ojos se han dado la vuelta

y miran sólo hacia adentro.

                                              

 

 

II

 

CANCIONES DE INVIERNO

 

 

A ORILLAS DEL TÍBER

 

El agua es sólo quien recuerda.

Fluye impasible, calcinando

los azules del presente

en la niebla del pasado.

 

Reúne sigilosamente,

símbolos oscuros, olvidados,

piedra sobre piedra

siempre resucitando.

 

Los recuerdos enteros

se van manifestando

unos a otros, precisos

untos de nuevo, enlazados.

 

Están en equilibrio

sobre un mundo cansado,

que se eriza convulso

pero sin rechazarlos.

 

Y es que allí el deseo,

sólo por confortarlos,

fluye lento, como el  agua,

siempre recordando.

 

 

ORACIÓN DEL IMPÍO

 

Señor, tú que hiciste el orbe,

las rocas, los manantiales;

tú que volviste al revés

las sombras de la noche.

 

Haz que mi noche

sea larga y jamás se ilumine,

que nunca se hiele

el calor lechoso de su sombra.

 

Que no se disipe el alba,

el brillo de sus ojos,

el fulgor donde empieza

un mundo que no hiciste,

 

donde brilla roto en la niebla

lo vacío, lo desnudo,

lo que no dibujaste,

un mundo tan antiguo

como tu luz y mi sombra.

 

 

CONOCIMIENTO

 

 

Aprendemos a ver habituando

el ojo a la costumbre, a la apariencia.

Aceptamos el tedio, la indolencia,

la atonía de lo vivo, ocultando

 

casi siempre la verdad; disfrazando

lo que alguna vez, fábula, conciencia,

fue la única, accidental presencia

de la verdad. Miramos disociando

          

el estupor, en dudas la certeza,

haciendo del mirar un desvarío

ajeno a la intención de la mirada.

          

Nos seduce la bruma, la pereza,

la oquedad que recoge en su vacío

obsesión de lo oscuro y de la nada.

 

  

RETRATO CON ESPEJO

 

Desconocía quién era

aquel rostro congelado,

espectral, sombrío

dolorosamente equívoco.

 

Era preciso desvanecerlo

en su música líquida.

Enterrar definitivamente

su corteza amarga.

 

Si no eran los suyos,

¿con qué ojos veía?

Miraba oscuro,

lleno todo de pájaros.

 

¿Por qué era suyo ese bulto,

esa carne inversa, tan falsa?

Agazapado en el cristal,

¿estaría allí para siempre?

 

 

DE LA SABIDURÍA

          

Estaba latente la duda

como en las uvas el mosto.

presentida, disimulada,

contenida dulcemente.

 

Hubo que abrirla,

hallar su materia

antigua, romper

su pura sombra inventada.

 

Volverla madera, carne,

enjoyarla de nervios

y tendones, darle solidez,

vestirla de certeza.

 

Que otros se interroguen

por una verdad que no tuvieron.

La duda devuelve su enigma

hecho respuesta para siempre.

 

 

PATRIAS     

 

Y luego ese estarse aquí,

hueco en el hueco,

permaneciendo entre enseres,

rostros, vidas que mudan,

y en medio la costumbre

como un disfraz de viento usado.

 

La carne habrá de soportar

un largo invierno,

las ropas perdidas,

más lodo que barro la tierra.

La soledad, el hambre

poco más que una noticia.

 

Unas veces con ira, otras

con mansedumbre dentro.

 

Las palabras no suenan para todos.

No somos quienes somos,

sino lo que a solas estamos persiguiendo.

 

Ya no tenemos tiempo.

Otros acabarán lo que no hicimos.

 

 

VIAJE A ÍTACA

 

Los caminos son

como cuerpos. Poro,

tierra, labio, lodo.

Nunca se acaban. No

 

si pervive la voz

que mancha el silencio.

 

No si son nuestros.

Ecos del vagar.

Senda nada más.

Senda. Nada menos.

 

 

BOCETO PARA UN PAISAJE  

 

Nada más hermoso que la lluvia en invierno,

guarecerse tras los cristales,

caligrafiar sílabas mojadas

que nada significan.

 

Sosiega ver el frío desde dentro,

la calle desierta, el asfalto tan líquido.

 

Pensar que, como un río bajo su palio cuajado,

la vida prosigue aunque todo perezca.

 

El invierno despoja a las cosas

de su misterio. Las vuelve precisas,

humildes, transparentes,

cotidianas, veraces, mucho más nuestras.

 

Ha sido creado para la meditación

y el recogimiento. Si en los tilos

faltan las hojas, sólo es signo de perennidad.

 

  

CANCIÓN DE AÑO NUEVO

 

Uno, por sí mismo uno.

Igual. Extraño.

Perfecta la máscara.

El rostro cambiado.

 

¿De qué modo redimirlo

de su azar velado,

del sueño que entolda

un temor solitario?

 

Secamente el viento

ha estado golpeando

su casa vacía

con dedos cansados.

 

Vuelto al revés de sí mismo,

¿cómo pudo escucharlo?

En su tiniebla vencida,

¿quién pudo llamarlo?

 

 

RETRATO DE GUSTAV MAHLER EN SU ÚLTIMO RETORNO A EUROPA, 1911

   

Todo está en el mismo sitio,

similar, nuevo, atrapado

con deslumbre de albor, con claridad desconcertante,

un viajero solo en cubierta

frasea notas truncadas con motivos de espuma.

Un sanatorio en Viena, la voz alta de quien ya no oye nada,

a proa la extinción, la renuncia, el fingimiento.

¿Quién completará las obras que sólo para el viento quiso?

Es un velo la quietud que envuelve su rostro

como un mar de repente en suspenso,

un emblema destinado a enseñar

aquello que no dice.

La brisa desordena la paz fijada de un instante

en que el aroma es tan sutil

como pueda serlo su concepto.

Desde la proa observa la fiebre

que acerca glisando

un violonchelo azul sobre las olas.

No está desplegado el tiempo,

futuro y presente apenas se distinguen.

¿Habrá música, mar, habrá canciones?

Sólo de lejos se siente la progresión de la vida,

el hechizo de evocar los presentimientos.

¡Si pudiera sustraer de la muerte un día más,

siquiera un día!

Las dudas, los contrastes, la decadencia,

el mundo con su oropel, su eterna risa,

los bosques, el mar, la melodía que ya tenía soñada.

¿Qué será de ello cuando falte?

La costa, un puerto, una mujer que saluda.

El viajero solo, interminablemente solo,

la voz crecida de quien nada percibe,

contempla el pasado como un náufrago la playa.

Quieto todo, varado en el sitio de siempre,

atrapado con sonido de sombra y silencio duro.

Un tren, el paisaje al fin detenido,

mudo definitivamente, muerto, entelado.

El tiempo se ha escindido en dos mitades.

Que no figure en la tumba nada salvo mi nombre,

quienes vengan sabrán que la música

ahora está sosegada bajo las lilas abiertas.

 

 

III

 

ESA NOCHE QUE LLAMAN HISTORIA

 

 

TORMENTA EN ÎLE SAINT LOUIS

 

 

Ha ascendido la luz como asciende

la brasa de un cielo en astillas.

 

Por las calles avanzan siluetas

con algo de dolor y algo de frío.

 

La lluvia muere blandamente

sin acabar de lloverse del todo.

 

Fulgor de amanecer en ráfagas,

cipreses recién encendidos,

 

de pronto la historia me asalta en un templo

donde faltan los dioses.

 

Nadie pregunta, nada se dice, nunca se sabe

si serán la vida o esta noche de luz

 

algo más que conciencia de un mundo

que ahora se abre, se rompe y entrega.

 

 

ENERO EN FLORENCIA

 

        

TANTO NOMINI NVLLVM PAR  LOGIVM

(Inscripción en el Monumento Funerario a Nicolás Maquiavelo.

SANTA CROCE)

             

Como destino o cansancio persiguen los ojos.

 

Se ha detenido el tiempo sin resolver

quién eres, cuándo llegas.

 

En la luz difusa de enero las fachadas

cobran vejez de incunable.

 

Por dentro las casas visten estucos,

terciopelos; están hechas de muros

en llamaradas verdes, inflamados de hiedra.

 

Esta postal conserva el calor

de las calles cerradas, el estruendo

de cúpulas que pudieran desmoronarse

sobre una muchedumbre perpleja.

Pareces como extraña en las calles

fotografiadas, alguien que busca la verdad

sculpida en la carne fría de las estatuas,

una verdad hecha de tiempo puro,

imposible para siempre.

 

 La ciudad tiene apariencia

 de aljibe o de membrana,

 de espejo que encuaderna

 una luz manuscrita.

 

 Recordarla ahora, pasados los años,

 es rescatar una hermosura

 que jamás poseyeron sus claustros ni relieves,

 

sino un hotel de extrarradio

donde aún permanecen

dos seres estremecidos de frío

buscándose a sí mismos como en su última sangre.

 

 

MUSEO DE VILLA GIUGLIA

 

(ante el sarcófago de los esposos Caere)

 

Seríamos tú y yo aunque menos ancianos.

Ahí es nada,

dos mil quinientos veinte años más jóvenes.

Yo te diría

en un idioma aún intraducible

palabras con acento de seda,

canciones semejantes

a estas que nos gustan en discos de vinilo.

 

Reclinarías la cabeza en mi pecho

y haríamos el amor de una forma igualmente imprecisa.

 

La noche,

una trenza inflamada,

se abrirá en milagrosos fuegos artificiales,

fogonazos

sobre un mundo infinito,

conciencia de una eternidad diferente

y una esperanza menos firme que la mía.

 

Supimos vivir.

Qué hermoso epitafio.

 

 

PLACE DU TERTRE

 

Tiene la tarde el color de la encía,

efluvios de antorchas imprevistamente apagadas,

una quietud proclive al cansancio.

 

La plaza retiene algo de la humedad del último aguacero,

un césped más verde, silencio casi de abordaje.

 

Un anciano recorre las mesas del bistro

evocando historias con algo de leyenda.

 

Estaba en Arc de Triomphe 

cuando la entrada de la Wehrmacht,

conoció a De Gaulle, Brassens y muchos otros,

frecuentaba en la noche garitos de moda.

 

Ahora pasa los días como puede,

más solo y amargo, más cansado.

 

Su mirada esconde algo insólito, confuso,

que extrema en nosotros la turbación de la vida.

 

Hace frío, como de mediodía en invierno,

cielo de luz desmembrada,

espiral de sombras que germinan como maleza

en un jardín abandonado.

 

 

LISBOA

 

IGREJA DO CARMO

 

Como la luz, es negra la osamenta

del día, ése que contemplas desviando su imagen

hacia adentro, suponiendo que en la ciudad

la primera claridad del alba aún no ha venido del todo.

Contra un cielo con nimbos

se elevan ojivas que nada sostienen

sino el tapiz fugaz de los pájaros.

Un sepulcro recuerda que hubo un tiempo

en que vitrales e incensarios

dieron al olvido un murmullo de Historia,

a eso que ya, tan bellamente roto,

mantiene apenas un rescoldo de incendio

abierto como está y tanto aire.

 

 

II. ALFAMA

 

Es un cuerpo la penumbra cuya niebla humedece

la dureza de gárgola de unas calles

que ascienden y están acaso muertas.

El tiempo detiene un dosel de ropa usada

y deja en el aire su celaje de musgo.

En las fachadas la blancura

se aviene a la desidia de un destino borrado.

Es verano y la ciudad, debajo tuyo, cobra

un azul de acuarela, rasgos que disipan

la bruma y los siglos.

No hay voluntad, sólo presencia

de cosas y gentes que de la vida

rescatan un devenir de inventario.

La tarde, como el mar,

escinde en dos orillas remotas

la quietud de un recuerdo de plazas vacías.

 

 

III. PLAZA DEL ROSSIO

 

Se imagina el silencio entornando los ojos: la memoria

revela una apariencia distinta

donde la noche deshace los encajes del agua.

Con tesón de marea que rompe un sosiego de siglos,

la tarde se espesa igual que la bruma:

se abre paso, con urgencia, una inquietud de yeso.

Solitarias, las gaviotas fragmentan la plaza vacía,

inmóviles a veces, como bóvedas dañadas.

Las hojas huyen movidas por el aire

y un olor a puerto remansa en la mente

desolación con mugre de taberna

y pátina de naufragio.

Así la vida.

Así la luz extraña de lo muerto.

Hay quien vende claveles

o quien vidria su voz en saudade de fado.

Las palabras no deciden

el temblor que envuelve a las cosas

ni el aire viciado del garito

donde tú, yo y otros tantos turistas

mantenemos vínculos escasos con el mundo.

 

 

IV MAR DE LA PAJA

 

La noche es ya tan vieja que nada se escucha.

En la luz dura de los astros

hay una paz triste,

un recuerdo de lluvia que pesa.

Pasan las sombras enramadas sobre el sueño.

Imágenes turbias

contra un cielo abolido.

Aturde tanto silencio,

la lentitud sin rumbo de esta noche.

No es la desidia lo que inquieta

sino la calma con que la mente

asume que las dudas, como el dolor,

no se inventan, ni existen, ni son nada.

 

 

ESCULTURA FUNERARIA

          

En cada piedra yace una pregunta que nadie responde, malograda, envuelta en glándulas rígidas, aplastada de horizontalidad.

          

Las preguntas, lo mismo que los cuerpos, son conciencia, límite, frontera, idioma insólito, mudo por tanto. Los sepulcros son sólo envoltura, centinelas, alcanfor aterido de la muerte.

          

Ellas, nada más que ellas, son lo que existe. Espacio vacío de espacio. Tiempo sin tiempo. Se desconoce lo que callan, las historias que encierran, palabras incendiadas de asombro. Es nuestra tarea tallar sus adivinaciones.

          

La idea del recuerdo ni siquiera permite que los recuerdos existan. La memoria, como los cuerpos, tiene estas veleidades. Nunca se afincó en la paleografía ni en la abulia calcárea de las estatuas. Tempus fugit... Por eso los cuerpos, las preguntas, quedan borrados.

            

Lo que quiere permanecer demasiado jamás perdura.

          

Recordamos ignorando todo.

 

 

VESTIGIOS

 

 

Con la verdad ocurre como en diciembre:

que los teléfonos fingen un dulzor

de limones que ablanda los portales

por donde vagabundeamos

en busca del calor de otras miradas.

Parece que todo transcurre

sin haberse sucedido,

que la vida, las cosas, los recuerdos,

comparecen, se diluyen, desertan.

Nada, casi nada perdura:

sólo la memoria guarece los rostros,

la ciudad entoldada

con seda de nube,

un ruido inesperado de voces

que comparten la abundancia repetida

de la muerte que morimos

cada noche que nos muere.

 

 

HOTEL RAFAELLO

 

 

Ha bastado un lienzo de luz, el vaivén

de la mañana, y pronto he vuelto

a acostumbrarme a este cuarto de hotel,

los muebles carcomidos, el lecho

alborotado. Acaso tal vez

la claridad añada un brillo diverso

a la pátina sucia del polvo que

simula en las cosas la mano

de la muerte. Entre una leve nitidez

duermes todavía. Pesa el silencio,

el sudor tibio, la extraña morbidez

de tu rostro. Hay un raro sosiego

en la penumbra, voluntad de no ser

sino aquello que guardan los sueños,

voces, formas, mundos sin porqué.

Desde el fondo quebrado del espejo

se fingía la presencia del envés

de quienes, ya sabiéndose sin tiempo,

danzaban con los muslos prisioneros

la duda, la quimera d'un jour de fête.

En el aire perdura el reflejo

que grabara la noche en la pared.

¿Ha amanecido ya?, dijiste al verlo,

tu voz toda  viola y rabel.

Yo miraba, miraba lejos, lejos,

bogando como un cisne de papel

las aguas inciertas del recuerdo,

los aljibes urgentes de tu piel.

La vida.

 

 

ADIVINACIÓN DE LO LEJANO

 

 

Los recuerdos no saben: conocen.

Aprenden a ser lo que no fueron,

lo que nunca serán

sin un ajuste de cuentas.

 

Olvido de algo sagrado,

dudar que todo es demasía

y materia segura el ser de nadie.

 

Con retraso

mi noche y la noche en las noches,

los días un azar reincidente,

simular un reflejo

como quien busca calor y no lo encuentra

 

sin adivinar lo lejano

o mudar la piel

para que llegue el frío.

 

 

CODA

 

 

IMAGO MUNDI

 

Todo vuelve otra vez vivo a la mente,

 irreparable ya con el andar del tiempo.

      CERNUDA

 

Apenas licor en las copas

con celaje de labios.

Ha cesado la noche. La niebla se diluye

en una luz inmadura

venida de pronto como de extrañas tierras.

Más que mirar, los ojos respiran.

Suena a cuerdas y nubes

demasiado desafinadas.

Las palabras esconden mucho olvido dentro,

mucho sigilo, mucha vida.

Giran, giran constantemente,

dejando al pasar el dolor que abandonan.

Nada se gana con saber lo irremisible.

A fuerza de imaginarlos

los sucesos acontecen.

Es enero otra vez

y la niebla, de estar en todas partes,

no se mantiene en ninguna.

La niebla oculta dentro mucha luz,

mucha paz, mucha vida.

Es un mar que envuelve el silencio.

Las palabras forma, agua pronunciada.

Es hermoso aquello que no puede expresarse,

todo lo que aún permanece encerrado

en su cofre de oro, en su humo purísimo.

La niebla arrastra las palabras

y las hace girar, girar

hasta que se remansan, girar constantemente

hasta que las acoge en su fulgor

y las deshace en la ceniza del tiempo,

que es lumbre fecunda,

lumbre que nunca se apagara.

 

 

 

 

 

Esta edición electrónica de Los días rotos, de

Juan Ramón Mansilla, realizada 

por Portal de Poesía, ha sido

depositada en la red a los 

veintidós

 días andados 

del mes de 

diciembre del  

año dos 

mil

seis

.