Juan Planas Bennásar

 

 

 

 

Bajo el signo del eclipse

   

 

 

«Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo.»

Juan Ramón Jiménez

 

 

 


 

 

PARTE PRIMERA

 

 

I

 

Como dioses sin cetro

reinando soles

bajo el signo del eclipse,

así

vuestra voz tejerá silencios

y vuestra luz sombra perenne.

 

 

II

 

Duda el sol en el ojo.

La fauna triste,

según la propia intensidad,

cesa en el canto:

Su voz

nos la ofrece el destino.

 

 

III

 

Tras el último espejo,

oculto

y temeroso de la oscuridad,

el hombre que soy

y vengo siendo,

palabras quizá piedras,

volubles pero rígidas,

pronuncio.

 

 

IV

 

Furtiva,

como una rama negra,

como en el dolor en el que creo,

mi mano repara los móviles

de la irrevocable sentencia,

que nos exige

la agonía en el éxtasis.

 

 

V

 

Crepitad, dioses, crepitad:

mirad al cielo, esa roma galería,

negadlo tres veces, y danzad

sobre la piedra muda

de los recuerdos.

 

 

VI

 

Señales ausentes padecen

el temblor de la llama

y en ella, umbral de inviernos,

el vuelo de los pájaros.

La roca nos muestra el ombligo,

lebrel de formas:

la sola promesa del retorno puebla el horizonte.

 

 

VII

 

¿Cómo desoír

la silenciosa

gravedad de la sangre?

Los rumores del cuerpo

son quebranto en la faz de algunos hombres

y nos confirman

cuán sutil es la vida:

la muerte, socarrona

sólo nos lo sugiere.  

 


 

 

 

 

PARTE SEGUNDA

 

 

I

 

Como dioses sin tiempo

llegará vuestra hora

en pleno eclipse,

y saldréis a los jardines:

las transparencias

viajan siempre de noche.

 

II

 

Vacío en el vacío.

No hay principio. No hay fin.

Sólo un atento

observar

la oscuridad.

 

 

III

 

Recuperar

la mano abolida

y su dibujo,

obligarse al deliquio

en pleno otoño,

y penetrar

los pliegues del enigma.

La palabra

brota

de mi sien

como de la noche.

 

 

IV

 

Construye el fuego

su nido de ámbar en la noche,

más lejos, más allá

del labio, postrer linde,

donde el azar cautivo

precisa del silencio.

 

 

V

 

Presa la fiebre.

¡Un pálpito!

¿Qué podrá su silueta sugerirnos?

 

 

VI

 

Un auténtico guerrero siempre se ignora.

Ignora su victoria,

en la virgen, serenísima noche,

fondo de las edades, sima única

en extensión de las espadas.

Ignora sus excesos:

su poder sobre las tinieblas.

 

 

VII

 

La noche,

abre tus muslos pero no cierra mis ojos

ni al amor ni a la muerte.

 

 

 


 

 

 

PARTE TERCERA

 

 

I

 

Para vosotros, dioses

sin tiempo, la eternidad

es un instante:

el erial os ofrece sus lindes en llamas

y confín humano es vuestra siembra nocturna.

 

 

II

 

Espigas como sombras

emiten flores

confusas como pájaros.

Un hombre huye del pecho materno.

 

 

III

 

Humo de la muerte: el silencio

presagia el ocaso de la luz.

¿Son sus colores

el orgullo de la piedra?

La noche

proyecta las sombras y esconde los ecos.

 

 

IV

 

De la niebla a la oscuridad,

rostros obscenos

sustentan

la virtud del silencio,

para en la pura y solitaria sombra

mirarse como en un espejo.

Su monólogo me distingue.

En la espiral,

el centro es el extremo opuesto a uno mismo.

 

 

V

 

Los labios no agostan la noche.

Así, el eco de los pájaros

anuncia la llegada del olvido.

 

 

VI

 

Tiempo. Allí vivisteis

la dicha inicial del rocío.

La memoria es el único brebaje

que apunta la luz y la muerte.

 

 

VII

 

Tejed, dioses, un gran ocaso.

Las huellas de las noches son las huellas

que proyectan el azar escogido

de nuestras mortales presencias.

La niebla o la noche no constituyen límite.

El silencio es la sola medida de la palabra.

   

 


 

 

 

 

ECLIPSE

 

 

"Aquel chopo de luz me lo decía en Madrid,

contra el aire turquesa del otoño: Termínate en ti mismo, como yo."

 

Juan Ramón Jiménez.

 

 

La sinceridad del poema

sólo es comparable a la del deseo.

 

Una palabra prolonga la noche

y sus arpegios tejen

singular artificio: el asombro

de los hados ocultos tras el velo más íntimo.

Los soles han cesado.

¿Quién articula los silencios?

Vaga la medianoche

por sus galerías de piedra,

nos hurta las huellas del astro

olvidado; memoria

rastrea memoria en las cenizas del alba,

nos concede el martirio

de los nombres. Vuelve la faz

del océano a nuestras gargantas,

oreando sus grutas impalpables,

renace la mansión deshabitada

por nuestras vírgenes afirmaciones,

solemnes, con la gracia de la muerte,

y se quiebran las alas

del pájaro, en el espacio frágil,

entreabierto y sucesivo, cálido

reflejo de la luz sin cuerpo,

del cuerpo exánime, de la vida

sobre la estéril arena, ardid de la música

por entre los huecos del instrumento de hueso.

 

 

¿Cómo medir el asombro?

Vino la noche,

mediodía de salones y esferas,

de agujas ciegas y astros en declive.

El conocimiento es un sorteo de los sentidos,

un ombligo de piedra,

acopio de los cuerpos en la fronda: un filo

de sangre,

el líquido fragor de las hespérides,

la insultante traducción de las voces,

una luz interminable y también su sombra:

¡Soledad! La muerte de todas las estrategias.

 

No es hora de recapitulaciones.

Un largo beso nos contuvo

entrelazados. Las distancias

las engendró un largo adiós:

el embeleso geométrico

y el embeleso geográfico

-- bríos quebrados que el amor concierta --

no son la misma cosa.

 

Nada es la misma cosa.

Ni siquiera ella misma.

 

La sombra es metáfora de la luz,

la tierra sembró sus volcanes

y nuestra voluntad pujó contra el destino,

subasta de cisnes, oscuro

dominio de sudor y huesos.

Nada es la misma cosa

aunque todo aparezca igual.

Amanecieron noches entre ambos,

oscuridades impregnadas de silencio

y acaso de olvido.

 

Yo dije:

me afirmaré

me negaré

en tu nombre.

Mas no fue posible. La realidad

es hija de la voz, y a veces

también sus arpegios nos mienten.

 

 

Hablemos, pues,

de cómo cesaron los soles,

de cómo llegó el eclipse

y nos entregó al dulce olvido.

 

Hablemos

de cómo sobre la propia ceniza,

con silenciosa,

sensible transparencia,

nuestra triste figura,

--deslavazada,

mas siempre regia en su intención--

brilla en la oscuridad

y en el silencio.

 

 

 



 

Esta edición electrónica  de Bajo el signo 

del eclipse, de Juan Planas Bennásar, 

ha sido colgada en la Red  

  a los diez días andados

del mes de marzo

del año  dos

mil tres

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