Jesús Cárdenas Sánchez

 

Poemas

(selección)

 

 

Algunos arraigos me vienen

"Días grises"

Cadencia del mar

La luz entre los cipreses

Laberintos sin cielo

Mudanzas de lo azul

 

 

 

                    

 

De Algunos arraigos me vienen (2006)

 

PRINCIPIO

 

En el principio

lo soñado pervive de momentos

que son como una doble vida,

como fotos que pueden ser retocadas

en el ordenador de un niño.

En el principio, todo es corazón:

dos labios que otorgan cierta

belleza a las palabras,

miradas que se detienen, y forman

lejanas melodías, esos presentimientos

que a lo mejor no todos se consumen.

En el principio

se apagan soledades con vivo ardor,

máximas y sentencias se repiten.

 

Es irresistible la tentación

como vino a mí de tentadora

la dulce naranja en invierno,

el sol en el espíritu, locura;

querer penetrar de verdad lo ajeno,

devolverle a la sombra su universo.

En el principio

los crepúsculos arden, late barro profundo,

pisan el umbral decididamente

mis pies descalzos, corazón en mano.   

 

 

FRUTA PERECEDERA

 

Las uvas que se convierten en pasas,

unas brevas picoteadas

y pisadas por un pie involuntario.

 

Esto que apenas dura es lo que soy.

 

La alegría que sube dos instantes,

la casa limpia al abrir la ventana,

lo negro de una vida insuficiente,

el amor entre adolescentes

y el cielo descargado,

apenas nada,

 

como una manzana ya abierta somos.

 

 

EL ÓXIDO DE LA MEMORIA

 

Si miro todo aquello, vuelta a funcionar

el raro mecanismo que nos devuelve casi

distorsionado, a veces, envuelto de tul negro,

un sedimento ciego de imágenes, palabras

que nos costó decir, seguramente

donde el presente se desvía lejos

y el vapor del consuelo se dispersa.

 

 

NIVEL DE APRENDIZAJE  (Primera parte)

 

Si vieras cómo crecen las raíces,

cómo plantar se llena de rencores,

al no precisar una única respuesta,

un extremo de ti mal calculado

o tan sólo la voraz mansedumbre

con que aceptas algunos comentarios;

palabra libremente traducida.

 

Fijar el encono es fruta podrida,

detrás de un reducto agrio que no pasa.

 

Si vieras cuán rápido se consumen

esos felices pétalos en marchito desdén.

 

 

LAS PALMERAS

 

No logro reconocerlas en estos

alrededores de un verano crítico:

lo mismo cortas que altas, en su feliz desidia

sin voluntad de alineación,

con su presente sequedad en las hojas.

 

Las palmeras se las llevará el viento.

 

A los paseantes de mi ciudad

necesitan sentir esa especial gratitud

de tomar las sombras alineadas

que descienden rendidas a la tierra.

 

El deseo de levantar la vista

y encontrarlas siempre ahí arriba,

dignas y doblegadas por el viento,

provoca la aventura de verlas

sin sus brazos alargados, desnudas.

 

El viento no se lleva las palmeras.

 

                            

 

                  

DÍAS GRISES

 

Habrán de ser distancia, eco lejano

que suspende en los hilos del ocaso,

cada flor, cada sutil cosquilleo

cada brillo de amor, una mirada

sin corresponder, casas solitarias

y unas calles sin nombre ni cartones.

Serán engaños de la soledad

del hombre, de la misma incomunicación,

de esa turbia marea,

que borra las señales en la orilla,

y del tiempo que borran los relojes.

Ahora, hechos de viento y nubes bajas,

se alojan en desvanes y rincones.

Son cuadros carcomidos, erosión

del relieve, icebergs desmoronados.

Habrán de ser distancia aquellos brillos.

 

-DEL POEMA PREMIADO POR LATIN HERITAGE FOUNDATION, WASHINGTON, DÍAS GRISES (2011)-

                            

 

                      

Fragmentos de Cadencia del mar

 

... y un mar que no es el mar ni su recuerdo

llamando está llenando mi presente.

Como es el mar ¡tan lento! no se apura...

                                     Emilio  Prados

                                                                                 

I

Volveréis al mar que guarda dentro

el enigma infinito del ser y la materia,

allí por donde discurre el olvido.

entre sombrillas, toallas y hamacas,

de ligeras lecturas de bolsillo,

de tendidos paseos por la orilla,

el vuelo risueño de las gaviotas,

de risas y de costales de arena.

Volveréis al mar, siendo angosto el verano,

distinto a como os lo imaginasteis,

o como esa imaginación agrietada en la vida.

 

                                                          

VI

 

Hoy la mar en tus ojos, sin soplo ni baladro.

Quemaréis la rutina del sueño

de sueños imposibles. Como imposibles son

las horas de ocio detenidas,

el nado hasta la otra orilla,

los recuerdos inmortalizados, siempre.

Un día habréis de volver al mar,

llevando el corazón en la mano, sin prisas,

con la conciencia en toda su desnudez;

regresaréis al refugio mismo del que partiste.

Negadle a la boca el desorden del estío,

la salvación definitivamente amarga.

 

 

 

 

De La luz entre los cipreses

 

LA TARDE

 

Algo extraño me dice que la tarde no avanza,

una lenta granada, sin prisa arde el crepúsculo.

Las luces de tu rostro así me lo confirman.

A tus pies veo sombras exánimes del tiempo

–hechas su cautiverio-, que han venido a posarse

como un pájaro negro, aquí sobre estos muros.

Abajo, las antenas torcidas, y, a oscuras,

todos los bulevares; abismo agonizando.

Mis párpados abiertos y todo lo que nunca

quiero ver en la tarde teñida, este final

con un golpe de frío sobre mi frágil rostro.

 

Yo pude ver aquella tarde estando en silencio.

 

 

PRESENTIMIENTO

 

Hoy presiento que vienes con la lluvia,

como envuelta en las nubes,

en cada ráfaga de aire. En el sardinel,

el paso de los años, deteriorando su estructura.

Todo el decorado parece quieto:

el húmedo azul, la verticalidad de los pinos.

El radiador en el punto más alto,

las paredes en blanco tatuadas en negro,

un café distendido, el calor entre mi pecho,

las canciones que acompañan a estos versos,

como acompaña a la lluvia

el tintineo en el plástico.

Y claro, me pregunto

si habrás venido para quedarte.

 

 

TEMBLOR

 

Tiemblan las hojas hoy. Un soplo vivo

zarandea el naranjo. La flor blanca

es parte tuya. Levantan el vuelo

grandes enigmas sobre blandos labios,

precipitándose. Abrigados siempre

por el destino y por sus imposibles,

esperan cobijo nuestros deseos.

 

Nos enroscamos igual que dos sombras

que tiritan más allá del silencio.

 

 

ESTA CIUDAD NO CONOCE EL MAR

 

La ciudad ha echado por fin el cierre

con el sueño puesto en el azul salino,

después de tanta angustia contenida.

Es hora ya de alcanzar el mar,

pero aquí no se respira salitre,

Otra noche más quedan las señales varadas,

rotas las ilusiones,

y los abrazos del asfalto gélido.

 

 

A PUNTO DE PARTIR

 

No liberes tus monstruos, corazón.

Muéstrate igual que cuando te subiste

en aquel rancio tren de color sepia,

con tu equipaje abultado de libros,

repleto de camisas arrugadas

y un listado de nuevas expresiones,

de relojes parados y de sospechas,

también algunas inseguridades;

todo un acopio de contradicciones.

Qué le vamos a hacer, es la ley.

Y así, así de intenso te fuiste.

Ya no mires atrás, mi corazón.

Igual que en el eclipse de la historia,

una noche que augura lunas consecutivas,

de cuerpos infinitamente cálidos

que vencen a la aurora y no marcan las horas.

Pienso en las estaciones como compartimentos.

Así, con la cabeza muy alta,

saboreando la estación final,

mientras contemplo los atardeceres,

repaso - privado casi del juicio-,

cuando íbamos sentados en el mismo vagón,

ese mismo sentir que tuve cuando

era fruta violentamente verde,

antes de lo que tú y yo teníamos.

 

La llegada del tren es anunciada.

Nunca mires para atrás, corazón.

 

 

PANELES DE ACERO

 

Y ahora sobre asientos no más ebrios

de amor y de emociones, te amaría.

Veo gente tirando de maletas,

persiguiendo relojes, traficantes

de áureas llegadas. En el vórtice

confluyen, apostados todos juntos.

Están los que atienden a la megafonía,

sin perder de vista cada salida,

que fluctúan en paneles de acero.

Y quienes se perdieron en ese justo instante.

Parece una cabina de ruido concentrado,

no una pintura que haya que guardar.

Mientras, espero a solas un tren, busco

en tu cuerpo que es el cuerpo que pienso,

en mis manos que no sean las mismas,

y no sé ya de mí, porque te supe

y nada ha vuelto ya a ser de otro modo.

Desde el andén que incita una distancia,

rumbo a un destino incierto, te amaría.

 

En la noche el silencio dilatado de un tren.

 

 

LA MISMA SOLEDAD

 

Nunca habita en los bancos de los parques

ni en ventanas antiguas empañadas

ni en las frías paredes de hostales periféricos;

la soledad en uno mismo habita.

Pienso en esas bombillas solitarias,

acuciadas por el polvo, de herrumbre

en el cristal, agriamente extendido

en una deslucida mesilla que dormita,

en el cenicero sin brillo,

en la sombra velada de uno mismo.

A través de la gélida ventana

de esos hostales periféricos

alguien mira la luna depravada

en el estanque de la noche,

porque en el reino de la soledad

el tiempo es un añadido mohoso

y un vergonzoso aliado del insomnio.

Como una letanía el mismo mito:

el guerrero, impotente, fagocitado por el barro.

En ese instante extraña las voces de los suyos.

Su vida por oír una llamada.

Imagina sus rostros carcomidos.

Imposible el regreso, sin puertas ya posibles.

 

Consumido de amor, es llevado hasta allí.

Enciende una vela y abrasa el cigarrillo.

Él se sienta en la cama pensativo.

Todo es cadencia de sombras, de flores abrasadas,

sobre paredes medio cuarteadas.

mientras afuera quiebran los frutales.

Se cubre el rostro con sus manos.

Dos escasas mudas, un cuaderno,

un boli de propaganda y un trozo de plástico

sobre ese rancio mobiliario

son sus únicas pertenencias.

 

A ese hombre –el mismo guerrero impotente-

la espada de la soledad le ensarta

cada vez que mira a su alrededor,

siempre que hace gala de su derrota.

 

 

LA HUELLA QUE QUEDA

 

El tiempo parece un río de imágenes

con el dique reseco del silencio.

Todos nos empleamos con entrega a ese río.

Es viva marea, un latir constante,

como alas proyectando un grabado en el agua.

Por instantes, se eclipsan las ganas en el cuarto,

jazmín sediento, palmera quemada.

Queremos que ese brillo no se pierda.

Los vientos implacablemente arrastran

lo que en el suelo quedaba dormido,

llevándose con ellos un pasado

que resistíamos negadamente,

pero un día fijamos una nube

recubierta de azúcar y canela.

Vivimos con deudas arrinconadas

que añoran convertirse en permanencia.

 

 

DÍAS DE INSOMNIO (18)

 

Se nos viene encima las noches,

con recurrentes puntos suspensivos.

Sin saber qué escribir de lo incesante,

de lo oscuro y lo real que me envuelve.

¿Hacia qué senda sin negrura?

¿Cómo trazo una flecha que anude las distancias?

 

No sé qué trazo para disipar

este peregrinaje de dieciocho lunas.

Mis párpados no saben

cómo hacer frente a ese peregrinar.

 

 

DESPIERTO

 

Aquí,

reluce inmortal y perenne,

río de luz en toda su pureza,

luz recién parida.

De pronto,

una mirada abriéndose al mundo,

un corazón atormentándose solo

al ver un espacio que nunca acaba;

en cada pared

oscuras interrogantes le acechan.

En un intento de arrojo

el corazón se hincha,

aferrándose a algo.

Ella, la única respuesta,

envuelta en sueño y en carne,

viene a mí como un eco desde el horizonte

hasta acariciarme con acordes tempranos,

la cifra de sus manos,

la tibia estela de su cuerpo,

y pellizcarme hasta enmudecer.

Logra desde su hondura a sosegarme.

Cuando me despierta, solo entonces,

podré transitar por el espanto y el miedo.

 

 

  

                      

 

                    

 

De Laberintos sin cielo

 

LABERINTOS SIN CIELO

                  I

 

Entregamos su cuerpo, al fin, al pánico,

a ese oscuro reborde del sentir,

a esa penumbra, a la izquierda del mundo.

 

Remendamos las mismas heridas

una y otra vez con hilo de luna

y las cicatrices vengadas por el sol.

 

Permitiremos que el viento nos desate,

y que su brújula nos enloquezca

hasta mandarnos lejos,

lejos ya de la materia humana,

muy lejos de cualquier posible forma,

para que sordos, el aire

sordo mantengan la cruel inocencia.

 

                  II

 

Todo lo que al final nos domestica

ha sido una cuerda floja

sin ciudad ni paredes,

sólo el alma su brújula insaciable.

Como gladiadores

el público nos lanza al ruedo sus miserias

para que tropecemos y nos traguemos el anzuelo

y los leones que personifican la vida

nos devore sin piedad.

 

 

 

De Mudanzas de lo azul

 

 

PALABRAS COMO AVISPAS

 

Raras son las palabras que oscurecen,

las que terminan siendo doblegadas.

A menudo van raudas, sigilosas

como acuden las avispas al polen;

en la tormenta siempre furibundas.

Aletean fieras en nuestras mentes

como aguijones que nos amenazan

con clavarnos el máximo veneno,

así nos envenenamos nosotros

con el fulgor de los amaneceres.

Las veo apuntando al centro,

todas, justo en tropel, con sus antenas

trazando un ocho poderoso

como el filo de mágicas palabras.

Y encuentran su panal en la Gramática,

su blanco fijo en el flaco adjetivo.

En cada una se esconde una protesta,

una forma aguda en desequilibrio.

De nuestras bocas salen aguijones,

formas atormentadas de abandono.

 

 

LIQUIDACIÓN PARCIAL

 

El tacto de la muerte lo que atiendes.

En su pulso de paso ves cumplido

los extremos del día, sus cipreses,

donde quedó celado ese destino.

Van cayendo los párpados. Te enfilas:

y qué si, en parte, resultaron hechos,

y qué si digo aquí cómo me siento,

y qué importará si, para otra vida,

otras mil cosas dejo en mil proyectos.

 

 

ENSIMISMADO

 

Mucho peor si cayera la tarde

releyendo poesía de Neruda

y me enredara de camino a casa

entre el cimbreo de los pinares.

Mucho peor si esquivara

tus labios de rojo puro

a las faldas de la montaña.

Nada hay peor que mi inseguridad

ante el único botón de tu camisa.

  

 

DE ESCAMAS Y DE ABISMOS

 

Uno muda de piel como de tinta,

como de planes ante los naufragios.

Tras las mudas están siempre los miedos,

el humo de que no entendemos nada.

Tal vez, habrá con ello quien consiga

renovarse, una vez más, sin premura,

salir en busca de una luz profunda.

Frente al espejo, un árbol taciturno

de hojas que te abrazan a contrapelo.

De tan embriagadora entrega

parece como si uno ya no fuera,

como si se abandonara de uno mismo;

lo que se muda es la corteza de uno.

Es uno de los signos del tiempo,

de que algo se desvía de su inicio.

Todo deja curtido el tiempo

para que podamos entregarnos a la memoria.

Pero, y si retuviéramos sin culpa, inocente

esa mirada, tal vez conseguiríamos

una piel que se dejara mimar,

una tersura eterna de Dorian…

Sin embargo, se muestran las escamas;

muerte en vida, y la vida, al cabo, en muerte.

 

Esta selección de poemas de

Jesús Cárdenas Sánchez ha sido

depositada en la Red a los 

veintiún días andados 

del mes de enero

del  año 

dos mil 

trece

.