José Antonio Labordeta

 

POEMAS

 


ESTO FUE...

SUCEDE EL PENSAMIENTO

TODOS LOS SANTOS EN ALBARRACÍN

TERUEL

PRIMER RECUERDO

TERCER RECUERDO

SEXTO RECUERDO

HABLO POR HABLAR

CANFRANC

CESARAUGUSTA DOS

TE HE VISTO ENVEJECER

BELCHITE

NOS HACES UNA FALTA SIN FONDO

SE HAN MARCHADO

NADIE EN LAS PUERTAS

ÚLTIMO PASO ENTRE LAS TUMBAS

DOMINGO DECEMBRINO

ACUÉRDATE

HOY QUISIERA

COMO UN ARDIENTE NIÑO (III)

COMO UN ARDIENTE NIÑO (XIII) (PORTARRETRATOS)

COMO UN ARDIENTE NIÑO (XVI)

TRIBULATORIO (F)

EL TIEMPO DIFÍCIL (I)

EL TIEMPO DIFÍCIL (V)

ÉRASE UNA VEZ (VII)

ÉRASE UNA VEZ (VIII)

LOS OLVIDOS (IV)

 MÉTODO DE LECTURA (A, E. I, O)

MUCHAS TARDES

MIENTRAS VOSOTROS ESTÁIS CON LOS GRAFISMOS

TE VI EN EL JARDÍN DE LA MEMORIA

TU VOZ SIEMPRE TU VOZ

VOLVEREMOS A VERNOS EN OTOÑO

QUIERO LLEGAR AL MAR PARA SALVARME

EL ÁRBOL

BUENOS DÍAS

25 de julio

15 de enero

10 de marzo

5 de Mayo

PAISAJE (1)

PAISAJE (3)

ETNOLOGÍA: MUJER ITINERARIO

POEMA (AMARILLEA TODO)

POEMA (DE CANTATA PARA UN PAÍS)

 

 


 

 

 

ESTO FUE...

 

 

Apenas un recuerdo, un vago sueño

de pasados domingos sin iluminarias

donde los camareros se aburrían

en establecimientos de segunda categoría.

 

Todo lo demás es un recuerdo nostálgico

de prensados días escolares

en el juvenil guardapolvo de los lunes.

 

Un sueño escaso de lluvias impares,

de noches inconclusas en mi pijama a rayas,

de furtivas huidas sin permiso

y, quizás, de algún funeral sin esperanza.

 

Años cautivos que huyeron de nosotros

a través de uno textos donde puede leerse:

 

Hoy no llueve... Domingo...

Quizás mañana muertos...

Mi padre me ha pegado...

Ya no hay amor... La una menos diez...

Huimos...

         Y huimos para siempre.

 

  (Sucede el pensamiento)

 

 


 

 

SUCEDE EL PENSAMIENTO

 

 

Este tiempo. La lluvia.

 

Nadie venía a verme por la tarde

y el corazón

opuesto a las palabras,

rendía su homenaje silencioso.

 

Lejos hablaba el mar, la noche.

 

Siempre los pasajeros

sienten terror del cielo

y nadie representa la comedia

con el tono de voz apetecido.

 

Seguía el agua golpeando

y nostálgicos paraguas

redimían la aurora.

 

Vengo del aire o nunca

decías con tus labios

y más allá, muy lejos,

respiraban los hombres su deseo.

 

Cada encuentro sucede

apetecido. Todos tienen temor,

es algo repentino.

 

Y encuentro el horizonte,

el sol guillotinado.

 

Nostálgico recuerdo.

 

Ahora y llueve digo

como amor sin palabras:

Sucede le pensamiento.

 

      (Sucede el pensamiento)

 

 


 

 

TODOS LOS SANTOS EN ALBARRACÍN

 

 

Silenciosa la anciana

reza en tu cementerio. Corre la niña.

El cielo está pendiente de la roca.

Aire sobre la muralla,

detenido,

como un lamento,

como una larga frase derrumbada.

 

Guadalaviar torcido, ausente,

lames, ceremonioso, la roca

que desciende.

 

                Albarracín,

quilla de piedra,

rojo penacho de cuestas y de arcadas,

sobre ti duerme el tiempo,

sólo pervive el agua.

 

  (Las sonatas)

 

 


 

 

TERUEL

 

 

Javalambre con nieve. Sobre el pecho,

como una inmensa herida,

los Mansuetos se abren: Carne joven

en la vieja tierra. Gira el cielo.

 

Pasan, camino de la mar,

los enormes camiones de transporte:

¡Adiós!

               ¡Adiós!

 

Hoy, San Martín mudéjar, me nostalgia

los amigos que tuve, allá, en mi infancia.

Miro hacia el fondo: Villaespesa.

 

Todo lleva consigo

la tierra que surge desde dentro:

Teruel:

Áridas voces de mineros, ascienden

del violento carmín de tu paisaje.

 

  (Las sonatas)

 

 


 

 

PRIMER RECUERDO

                                            de mi padre          

 

Hoy marzo y siete. ¿Recuerdas? Yo recuerdo.

Soy vivo y te recuerdo: Íntegramente puro,

siempre igual. Diste la mano a quien te dio la mano

y arrancaste el odio a quien te odió de espaldas.

 

¿Recuerdas? Ya casi primavera, olor a campo,

en las viejas ventanas del colegio –alguien dijo

que tu labor no fue importante.

 

¡Hay cosas, padre, que son mejor

guardarlas en silencio! –Alumnos con charangas

saludaban tu paso. También tu muerte –fuimos todos

 

contigo al cementerio- y veían tu pureza total

y sentían tu voz contra sus frentes.

 

Hoy ya marzo, otra vez, tanto tiempo te has ido

que recuerdo el dolor que te produjo

amar la libertad como la amaste.

 

  (Las sonatas)

 

 


 

 

TERCER RECUERDO

                                de Emilio Gastón

 

Hoy me he dado de bruces

con tu ángel,

borracho en una tasca:

 

Olivitas rellenas, chorizo riojano,

tinto de Cariñena.

 

Burocráticamente hablando,

tu ángel se ha hecho ficha

de señor que revienta en los tranvías,

mientras tú, soldado de hace años,

marivioleas por el campo con tus hijos.

 

Duélete todo, lo sé.

Duélete el mar, la torpe hipocresía,

los mansos ciudadanos, la agonía

de tanto pobre hombre. Yo lo sé

y por eso te tengo entre mis labios.

 

Tu ángel juvenil se ha puesto gordo

de hacer con tu bondad su melodía.

 

  (Las sonatas)

 

 


 

 

SEXTO RECUERDO

                                de Vicente Cazcarra

 

Hoy he visto a tus padres, cuando volvía a casa.

Él me miró en silencio,

con los ojos perdidos del hombre que trabaja,

día y noche, en los trenes. Ella, tu madre,

me anunció tus treinta años –igual que yo- cumplidos,

y tu hermana tenía ardor y rabia en las palabras.

 

Repetimos la historia, tu silencio;

la voz que conocimos ya no existe

y sin embargo, sabemos que envejeces, igual que yo

-soy calvo y apunto para padre-, día a día.

Me hablaron de tus manos, de tus pies...

 

Los días pasan lentos, uno a uno,

pero dañan y llagan y hacen hueco

y sombra sobre el alma.

                           Recuérdote

sentado en el pupitre, allá en la vieja aula,

hablando sobre Dios y la justicia,

viendo llegar el cierzo. Cada día que pasa

se te marca –también a mí- la llaga

del hombre acorralado.

                          Es doloroso, ya ves,

saberte casi muerto en medio dela vida.

 

Tu padre dijo adiós. Tu madre

repitió tus treinta años, y tu hermana

me aviolentó de golpe con tu hombría.

 

                        (La sonatas)

 

 


 

 

Hablo, por hablar,

hoy que está desierto el mar

y una paz agreste invade

estas turolenses llamaradas

                                  de fuego y de dolor.

 

Hablo del día a día que sucede,

de las tardes que adiós nos despedimos,

de los hijos que llegan,

de las tierras que acogen nuestros cuerpos

y de todo aquello

que va formando, al fin, nuestra figura.

 

                              Del paso indefinido

hablo también

 

y hablo, para quedar en paz con mi conciencia,

del tiempo jamás recuperado,

huido entre sonrisas, adioses y lágrimas,

que nadie reservó para el otoño.

 

Hablo del campesino y de su hondura,

del herrero que fragua su tristeza,

del minero que invade las entrañas,

del poeta que, a solas, agoniza.

Hablo de mi mujer y su esperanza.

 

Y hablo de este pequeño dios

que ha entrado en casa,

después de tantos días esperado.

 

                                       Hablo y hablo

y nunca sé por qué guardar silencio.

 

  (Cantar y callar)

 

 


 

 

CANFRANC

 

 

Es la piedra y el reino de la piedra

lo que sobre los hombres permanece –de niño

escondí en esta tierra mi inocencia- después

de que la lluvia haya cesado. Aquí,

el águila no importa,

no importa la víbora ni el sarrio.

Sólo la roca aupada contra un cielo azulado

es lo que importa.

 

                Preguntad por el río,

la nieve, por el hielo. Preguntad

por la vida –yo la cogí por estos precipicios-

y nadie sabrá que responderos.

 

Es tan sólo la roca, lo repito,

lo que señala el valle y la vaguada.

 

                El pueblo, monótono, se aburre,

se emborracha. No existe el horizonte. La roca,

esa mano de Dios petrificada, es la única señal

que al hombre aguarda.

 

  (Cantar y callar)

 

 


 

 

CESARAUGUSTA  DOS

 

 

Cuando el cierzo desciende y se alza la niebla,

toda la ciudad –mi Zaragoza amada- se cubre de palabras

que surgen del silencio hacia la nada.

 

                                      Es entonces –el enorme Paseo

se hace suave y hermoso- cuando veo las cosas

como fueron: El niño, la explanada,

la vieja que vendía cacahuetes y almendras.

Pero cuando otra vez

el aire del Moncayo violentamente baja,

surgen los comerciantes

en paños y en alhajas

aupando a un tonto sabio

que viene a hablar del alma.

 

                   ¡Ay mi ciudad

con tantos pedestales

cubiertos de anónimas palabras!:

¿A dónde te diriges?

 

                    Sólo tu espesa niebla

permite ver las cosas

igual que se veían en la infancia.

 

       (Cantar y callar)

 

 


 

 

TE HE VISTO ENVEJECER

 

 

Te he visto envejecer entre mis manos,

mis caricias –tus manos me abrazaban

un día y otro día- sin poder detenerte,

detenernos.

 

                           Tus ojos querían para mí

las cosas dulces, suaves,

aunque tú ya sabías lo violenta,

dura y desolada,

que está la vida. Y una vez,

y otra vez, me hablabas del camino.

 

                               Y ya hoy

-Ana y Ángela, mis hijas,

te recuerdan- te veo como nunca lo hice:

 

Agobiada por años y más años,

por palabras y ausencias,

por dolores.

 

                           Quisiera para ti

toda la paz del mundo. Toda la paz

que no pudimos darte.

 

  (Cantar y callar)

 

 


 

 

BELCHITE

 

 

El árbol se levanta sobre la tapia hundida.

El viejo campanario –la paloma que había

huyó bajo la guerra- está desierto:

Todo es la sombra.

 

El monte desolado invade el patio,

el pozo seco,

el niño destrozado por la yedra.

Alguien recuerda –Antes estuve aquí,

hoy ya no vuelvo- por los muros de adoba calcinados:

 

¿Quién ha puesto el olivo

enfrente del olivo?

 

¿Quién ha dejado sangre

enfrente de la sangre?

 

¿Quién ha traído muerte

en contra de la muerte?

 

¿Quién, en fin, ha destruido al hombre

contra el hombre?

 

Sobre la casa yerta ya nadie se levanta.

 

  (Cantar y callar)

 

 


 

 

NOS HACES UNA FALTA SIN FONDO

 

                ¡Hermano, hoy estoy en el poyo de casa,

                      donde nos haces una falta sin fondo!

                      ........................................................................

                      Oye, hermano, no tardes

                      en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

                                                                     César Vallejo

 

 

Miguel:        Y caminamos.

                Aunque se hizo el silencio

y no viniste, seguimos caminando.

                Atruena la ciudad.

Los verduleros –sus voces tan hirientes

ya no hieren- bajo tu ventanal

suavizan a desgarros la mañana.

                Atruena la ciudad

y en su silencio, tu nombre lo ha evocado

un joven escritor

                de menos de mil años

al preguntar por dónde te has marchado.

El resto,

los señores de alegres corbatines,

se agobian de queridas y de acciones

                y tu te quedas

solo.

                        Mamá

quiere besarte sobre el rostro

-se lo hemos permitido-

y con su beso de lágrimas,

 

de atroces tiempos y recuerdos,

te has marchado de casa

apenas comenzaba a atardecer.

                Ella

te llora en los rincones

y la ciudad,

que apesta a soledades y decoros,

no puede olvidar

tus voces acusando,

                amando,

señalando injustas manos rotas

de jóvenes airados

con potencia de águila paloma en las palabras.

                Miguel:

mamá te vuelve a descubrir

cada mañana

y mira tus camisas,

                tus viejos pantalones,

tu boina de domingo,

tus zapatos de campo y de paseo

y te gesta de nuevo,

esta vez a lágrimas y llanto.

                Mi hija

-Ana pequeña ahijada tuya-

me pregunta cuándo vas a nacer

de nuevo,

para volver aquí, a nuestro lado.

                Y todo el gesto duro

de la vida,

se vuelca en mi costado

dañándome la ausencia

conque nos has dejado

    

     (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

SE HAN MARCHADO

 

 

Se han marchado todos

y nadie ha vuelto

para cerrar la puerta.

                    Esta, vieja y desguazada,

golpea contra el viento

en las noches de asombro

como si nadie la quisiera oír,

como si todos los páramos del tiempo

se encerrasen aquí,

sobre estas galerías de casas agrietadas.

                Y lejos,

más allá de las últimas carrascas,

alguien recuerda la cama

donde fue concebido con tristeza.

 

  (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

NADIE EN LAS PUERTAS

 

 

Nadie en las puertas.

Nadie en los largos corredores

que conducen directos

hacia las antiguas plazas y viejos campanarios:

                                     Sólo el viento,

testigo del naufragio.

Nadie en los altozanos.

Nadie en las parideras

batidas por el sol

que llevan hasta el fondo de la sombra:

                            Sólo el grajo

testigo del silencio de la tarde.

Nadie en los vestíbulos.

Nadie en los mercados

repletos de amapolas

para sustituir a los difuntos:

                                   Sólo el río

testigo de la sangre de la tierra.

Nadie nunca ya.

Nadie en ningún lado.

                Sólo el viento,

                          el grajo,

                              el río,

y el camino con piedras

erizado.

 

  (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

ÚLTIMO PASO ENTRE LAS TUMBAS

 

                a Pepe Sanchis y Magüi, que conmigo

                      conocieron Belchite.

 

Hemos ido otra vez, entre las piedras,

a través del partido panorama de la adoba

y el cierzo venteando en los rincones,

a aquel lugar –abandonado hoy-

donde papá mamó de nuestra abuela.

                Hemos ido de yerbajo hasta la tumba,

de bóveda caída hasta la fuente

y nadie presenció nuestra presencia.

                Está todo batido por la yedra.

Todo se hace cielo abierto hasta la entraña.

Todo se hace paisaje,

todo se hace monte,

solitario matojo, viento y horizonte.

Los recuerdos anidan entre el polvo,

la tapia derrumbada y el ocaso del cielo.

Un día y otro día los abaten,

los rompen, los trituran,

y al final ni tumbas, ni páramos ni yedra:

                Sólo olvido.

 

  (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

DOMINGO DECEMBRINO

 

 

Se apuesta en el café

las últimas partidas de baraja.

                   Din, dan.              Din, dan:

Las campanas domingo en la ciudad

tarde que avienta el viento

hasta la orilla.

                              Y los muchachos

sueñan, en las paredes,

con posters que se clavan

trayéndoles recuerdos de París

y de su audacia:

                                Melenas,

pantalones, largos jerseys,

tristeza, vacío en las espaldas.

Y un guateque moral

atardece el domingo

en las casas lujosas.

                  El resto,

la ciudad, los chicos y las chicas

de ordinario, pasean vagamente

por los porches.

 

  (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

ACUÉRDATE

 

 

Acuérdate de cuando fuimos niños

los turbios niños

de cuando fuimos vivos

por pura complacencia del destino.

                Mudos.

Turbios niños

                Callados

cuando fuimos niños

                Creciendo

silenciosamente educados.

                Nunca

fuimos realmente niños

en mitad del dolor amargo

de las guerras.

                ¿Y ahora?

nunca seremos nada

                Nunca

es imposible así

con este aire de injusticia

brutal acometida

ante los ojos.

Acuérdate de cuando turbios

niños fuimos despoblados.

            Nada como entonces

a pesar de todo.

 

  (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

HOY QUISIERA

 

 

Hoy quisiera olvidarme del mar,

del mar en las ventanas,

del dígale usted a todos buenos días,

seguimos por aquí,

así como siempre, muy buenos de salud

y de agonía.

                Hoy quisiera

 no saber las palabras,

olvidarme los ritos, las maneras,

ser tan libre como la mano de una niña,

o el ojo de un pájaro en la niebla.

                Hoy quisiera

-queremos siempre y para nada sirve-

decir palabras lentas,

melodías colgadas de la sombra,

sueños que se entrecruzan, heroicas campanas.

                Pero somos de aquí,

del billete señor,

la carne va subiendo

y el hígado del viejo se estropea.

                Somos

de las tardes de fútbol.

 

Hoy quisiera

-quieres tantas cosas-

cerrar de una vez esta ventana

y descansar del ruido de allá afuera.

                Pero entran el mar,

el ruido y el regusto brutal

de toda esta tierra.

                Somos de ahí,

de enfrente, justo al lado

donde se ama y crea.

                Somos

-y hoy yo quisiera...-

del urbano paisaje de la tierra

y aquí no hay quien se salve

de la hoguera.

 

  (Treinta y cinco veces uno)

 

 


 

 

COMO UN ARDIENTE NIÑO  (III)

                        A Ignacio Ciordia

 

Nevaba ¿lo recuerdas? por el interminable paraíso de las hojas

aquella tarde en que por Ruiseñores

-los pájaros habían perecido en le otoño-

regresábamos a casa con la palabra dura

del mastodonte hermoso

 

que Miguel insistía en mencionarnos

cada día que a solas

convivíamos con él.

                     Nevaba. Y la ciudad entera

cubierta de palomas

nos atrajo hasta el fondo de un café aclimatado.

Allí tomamos churros

y café y una copa de algo insustancial

que nos condujo, desbocadamente, al recuerdo

de todos los enigmas surgidos en la historia.

                      Luego, de vuelta a casa

-la nieve estaba detenida en los aleros-

nos vimos completamente solos en medio de la noche

caída sobre el suelo de repente.

 

  (Poemas y canciones)

 

 


 

 

COMO UN ARDIENTE NIÑO (XIII)

PORTARRETRATOS

 

Estaban todos

vestidos de inútiles abuelos

sonrientes muchachas comprendidas

entre primeras comuniones y días de excursiones al monte.

Agolpados en fila

o en solitarias poses inútiles

recuerdos de cuando cuba y guerra aquella de Marruecos

felizmente perdidas hace años.

                                     Venían avanzando

hacia parientes próximos

y cada vez más muertos

cercanamente muertos a mamá

o al abuelo paterno

que vendía chatarra allá en un pueblo

Belchite le decían.

                Y luego los hermanos

 

o los primos o los hijos de los primos

y de hermanos. Todos en la fila india

empujándote hacia la tierra.

                    Todos vestidos

de amarillentos rostros viejos

mirándote de frente

sin reposo.

 

  (Poemas y canciones)

 

 


 

 

COMO UN ARDIENTE NIÑO (XVI)

 

 

Los muros de la casa se derrumban.

Se caen a golpes, a pedazos,

y desde su interior las grietas del recuerdo

se deshacen. Surgen muros insólitos,

pedazos de baldosa, chimeneas perdidas

en las noches de viento.

Salen a flor colores inéditos

ocultos por el tiempo y el crepúsculo

crece dentro de uno

a cada nuevo golpe de piqueta

sobre el pequeño rincón.

                   Cuando ya todo

se ha quedado en silencio

y sobre las paredes crece el polvo,

la yerba decrépita de agosto,

uno vuelve los ojos

al rincón más íntimo del tiempo

 

para hallarse otra vez,

sabiéndose perdido entre las piedras,

inútilmente huido para siempre.

 

  (Poemas y canciones)

 

 


 

 

TRIBULATORIO (F)

 

 

Cuando vuelvas

cuando cansado te sientes al borde del camino

y contemples el mar

como una luz vencida

y el otoño te traiga

el amargo sabor de los días agrestes

RECUERDA,

como si nada fuese a suceder,

tus infinitos pasos

huellas sobre las yerbas de otros días.

 

Luego crece

crece hasta sucumbir como un gigante

como una hormiga inútil

Tú y yo

y el celeste paisaje de las noches

habremos sido viento

palabras apresadas

miedo vencido

inútil NADA.

 

  (Tribulatorio)

 

 


 

 

EL TIEMPO DIFÍCIL (I)

 

 

A nadie golpeamos

y fuimos, al contrario, empujados,

hasta caer de bruces en la yerba.

 

A nadie hicimos daño

y fuimos juzgados,

silenciados, hundidos, una y otra vez.

 

No tuvimos valor de levantar la mano

de poner la mejilla, el otro rostro lado

para recibir un nuevo golpe.

 

                           Nada hicimos.

 

Enjugamos las lágrimas, el miedo,

arrinconamos nuestras dudas

                                 los odios

y seguimos intentando vivir -¿vivir?-

amargamente unidos al espacio vital

que nos ofrecen.

 

Ahora, luego, ya nadie

se pregunte

qué hacer, qué caminamos.

 

Estamos todavía absorbidos por la tierra

brutal, seca, infinita

que nos tiene apresados.                             

 

     (Tribulatorio)

 

 

 


 

 

EL TIEMPO DIFÍCIL (V)

 

 

Cantamos.

Cantamos por las calles –avenidas a medias-

con nuestro amor -¿amor aquello?- sobre

la espalda recién cicatrizada aún.

Y tardes enteras

en las vespertinas sesiones de cines humildes

cogidos de la mano -¿amor aquello?- inútilmente

horas y más horas. Hasta casi las nueve de la

noche.

 

                   Y luego el reverendo padre

en el púlpito barroco y torturado

acusándonos a todos -¿amor aquello?-

por unos besos nunca omitidos.

 

Y a pesar de todo

cantamos hasta abordar tus labios

con mis labios desesperadamente hartos

del silencio no vida tantas horas paradas

ante un escaparate iluminado.

 

¿Amor aquello?

 

Sí amor aquello

unido abrazo pleno hasta saciar la sed

del dedo la palabra el llanto

la agonía de los besos furtivos

en un baile aséptico domingo por la tarde

en la ciudad.

 

  (Tribulatorio)

 

 


 

 

ÉRASE UNA VEZ (VII)

 

 

Paseamos de día tarde y noche

hasta alcanzar el fin del mundo

creyendo ver la aurora en todas partes

                            y tus manos –como lentos

labios acariciándome- me anunciaban

la cotidiana esperanza de los ojos.

 

                              Avenidas felices

ríos varados islas lejanas en nuestros oídos

repitiendo la voz incontenible de papá

siempre con su nostalgia pacífica

libre casa.

                               Éramos tan amor

tan ojos vivos tan esperanza

que la dolida mezcla del otoño

nunca llegaba hasta nosotros.

 

  (Tribulatorio)

 

 


 

 

ÉRASE UNA VEZ (VIII)

 

 

Por el otoño el viento

campeando en el río

                     sobre el río

donde tú y yo

               -las tardes de domingo lentísimas-

anunciábamos campos veraniegos

ciudades con anuncios luminosos

dejando atrás

               -atrás aún-

la guerra. Charlot con su bigote

haciendo a Hitler

               y fotos memorables

de Auschwitz

atroces de hecatombe.

 

Y al caer la tarde

del domingo

la lluvia en la ciudad

girábamos a casa

-al hogar con mamá-

esperanzados siempre

en la más tierna adolescencia de los siglos.

 

  (Tribulatorio)

 

 


 

 

LOS OLVIDOS (IV)

 

 

Para qué vamos a desmontar los cajones empolvados de los armarios. ¿Para qué? Estarán repletos de cadáveres cintas de colores crucifijos y textos apagados por la luz de los días. Estarán secretamente ocultos todos los grandes barcos que hundimos allí en los naufragios diarios que será doloroso ver los ojos perdidos de los muertos y escuchar el pequeño lamento de un espejo oculto en un rincón cualquiera del enorme desván de la azotea.

 

Para qué desmontar dentaduras postizas y labios que no besó ningún amante. ¿Para qué?

 

  (Tribulatorio)

 


 

 

A

 

 

El mundo era una bola sumida en el silencio, sumida en el olvido, en el lejano llanto de las noches vacías.

 

Las pequeñas cosas

el mundo olvidado

no había labios

nada nada

nada había aún

sobre las rocas

sobre los girasoles muertos

sobre la soledad reinante

sobre el vacío.

        El viento

tan solo el viento

ululando suave

sobre los infinitos horizontes

de los pequeños seres

que a bandazos

iban creciendo allí

sobre las inhóspitas praderas

del olvido.

                  Era una bola

sumida en le silencio

en el lejano llanto de las noches

perdidas.

               Quietos

sentados

abocados al tiempo

a la infinita soledad de la vida

el hombre

la mujer

los árboles

los niños

estaban atrapados

en el oscuro plano de la noche.

          Ni un mal rayo de sol

para cubrir la cúspide lejana

del olvido.

 

       (Método de lectura)

 

 


 

 

E

 

 

El útero mamá en la frágil mañana de tus ojos cubiertos por la oscura corteza de los mares constantes. Saliendo hacia delante. Todos. Como un gran grito. El día. Haciéndose la luz del día en un compás pequeño de rayos. Sobre tus ojos rayos. El sol hacia delante.

Un otoño infinito

sobre la vieja solución del mundo.

Y aquel árbol

tan grito

tan perdido

tan metido hacia

el fondo

abriéndose las manos

al estío.

             Todo un proceso

quieto calmado

casi mudo

de hacerse el mundo al mundo

el hombre a la mujer

ambos al niño

a la quietud pasiva de las horas

creciendo

en los viejos relojes

de catedrales infinitas

como la misma piedra

de la mano del viento

arrepentido.

                    El tiempo de las sombras

había comenzado

justo al toque

del rezo vespertino.

 

  (Método de lectura)

 

 


 

 

I

 

 

La vegetal manera

de contemplar el llanto.

        He aquí

las pequeñas praderas

y los rotos árboles

surgidos al empuje del sol.

Parques y avenidas con enormes castaños cubrirán

las ciudades el día en que los hombres hayamos

liberado al hombre.

Inciertos y pequeños

abetos del olvido

creciendo con la palma

vestida de nostalgias ausentes.

        Crecen

en todas las enormes latitudes.

        crecen

bosques de hayas de pinos

de palmeras. Infinitas palmeras

rompiendo de la arena

la raíz encrespada de la roca.

        Y todo junto

en el crepúsculo rojo

de las tardes de agosto

cayéndose de golpe

por entre los almendros

tamizando las tierras

más agrestes.

Un bulevard de flores el día en que las manos dejen

de ser argollas en el rostro más tibio de tu hermano.

 

  (Método de lectura)

 

 


 

 

O

 

 

Desde la interminable piedra hasta el ojo atónito del

perro cansino el corazón había derrotado el silencio

del alba.

              Los pájaros cantores

iniciando la huída

hacia el poniente

y el vértigo del mar

asolado de algas

peces pescados untuosos

siguiendo el ritmo de las olas.

Todo había nacido

tras el ojo infinito de las hembras

cubriendo con sus labios

los párpados pequeños

de las crías turbadas.

                   Un fresco vendaval

crecía a gritos

por el suelo la tierra

el mar y el aire.

Cuando hacia el atardecer las bandadas de tordos aban-

donan las islas de olivares y regresan al lado de la

orilla del Ebro, el ritmo milenario de la vida se

vuelve a repetir.

Había comenzado

el miedo

la tristeza

la propia soledad del abandono.

                  (Método de lectura)    

 

 


 

 

MUCHAS TARDES

en la destartalada calle de mi casa

una muchacha dulce

me preguntaba el nombre

de las flores que, en manojo,

apretaba entre sus manitas.

                 Hace tiempo que no me la encuentro.

He preguntado por ella

y nadie la conoce.

Pero yo me sabía los nombres

de sus flores y la recuerdo dulce,

pequeña, rubia,

como un amanecer apasionante

del verano.

 

  (Método de lectura)                           

 

 


 

 

MIENTRAS VOSOTROS ESTÁIS CON LOS GRAFISMOS

contándome la historia de los tiempos

escribo en el silencio de las aulas

palabras nostálgicas, recuerdos.

 

Mientras vosotros habláis de socialismos,

de movimiento obrero, de Bismarck el guerrero,

contemplo los objetos perdidos en el cielo

y escribo versos, tiernos versos de amor y regocijo.

 

Mientras crecéis para hombres y mujeres

y del ojo infantil os cuelga tanta vida,

asumo nostálgico este tiempo

que apenas si me queda entre mis dedos.

 

Mientras vosotros vais,

yo vengo.

                Doloroso es cruzarse en el camino.

 

  (Método de lectura)

 

 


 

 

TE VI EN EL JARDÍN DE LA MEMORIA

llamándome como cuando de niños

íbamos hasta el río a merendar.

         Te vi oculta en los trigales

secos y duros de mi tierra

abandonando tus lágrimas de adiós

eternamente. Te vi.

Te veo a cotidiano modo

llamándome como nunca lo hiciste

cuando estuviste aquí junto a nosotros.

                           Luego todo se pierde

y la voz de los amantes vecinos

me derrumban tu imagen

perdida en el otoño.

 

  (Jardín de la memoria)

 

 


 

 

TU VOZ SIEMPRE TU VOZ

en el cotidiano gesto

de las hojas cayéndose en otoño.

Te pregunto: ¿me recuerdas

aún en mi añoranza?

      Siempre tu voz

en los espejos rotos de mi infancia.

 

  (Jardín de la memoria)

 

 


 

 

VOLVEREMOS A VERNOS EN OTOÑO

cuando los árboles inviten al sosiego

y en los ojos

de tantos desolados muchachos y muchachas

crezca la longitud del horizonte.

        Nos veremos de nuevo frente al mar

o ante la soledad interminable

de este horizonte

al que llamamos monegros y sobre el que rebusco

la infancia tuya y mía abandonadas.

        Nos veremos en el cruce orbital de dos caminos

o en el tremendo varadero

de las naves aquellas que llevaron

a Colón más allá del oeste.

        Nos veremos de nuevo

cuando la eternidad sea tan sólo

un paisaje cubierto de claveles

surgiendo de la tierra herida por la mano

suavísima de una adolescente.

 

     (Jardín de la memoria)

 

 


 

 

QUIERO LLEGAR AL MAR PARA SALVARME

quiero llegar al mar

que desconozco para huir de la furia

del árbol y la piedra

quiero llegar al mar inalcanzable

para seguir aquí

con la esperanza de huir eternamente

un día la mar de tierra y horizonte

que crece dicen al final de mi calle

sin salida.

Quiero huir hacia el mar

que tengo cobijado

en mi profundo corazón tan solitario.

 

  (Jardín de la memoria)

 

 


 

 

EL ÁRBOL

 

 

Permanece en silencio, solitario,

en mitad de la plaza

como un pájaro olvidado

o quizás como una nube amaestrada

por vientos tramontanos

No es ni sombra ni cobijo

de pájaros urbanos. No es, apenas,

el pudor de la tierra

izándose desde la tierra misma

hacia los cielos. Es, tan sólo,

un árbol ciudadano

bajo de mi ventana, más próximo al cemento

que a las grandes praderas

donde están sus hermanos

asentados. Tiene la palidez

de un empleado de banco y la turbia

timidez de los abandonados. Tan sólo

cuando pierde las hojas

recuerdo que es un árbol y lo amo.

 

  (Jardín de la memoria)

 

 


 

 

BUENOS DÍAS

ciudad desangelada

donde reinan los tontos

y los santos se venden en vidrieras.

Buenos días

mudéjares difuntos,

árabes desolados

y romano-judíos de otros tiempos.

Buenos días

al corazón dulcísimo

del viejo vendedor de cachivaches

que aún me habla

como si fuese un niño

comprándole frambuesas de colores.

Buenos días al río

y a la estepa. A la huerta, salud.

Y a mis conciudadanos

un pago de largueza

frenética

en los amaneceres cruentos

del invierno.

 

  (Jardín de la memoria)

 

 


 

 

25 de julio

 

Menudas las palabras,

los gestos diminutos,

las cotidianas voces;

He aquí lo que uno recoge

a lo largo del día.

        Y mientras tanto,

sobre tu corazón crece la ausencia

de los labios queridos.

        ¡Qué enorme es el naufragio

tan cotidiano y duro de los hombres!

Sobre la mesa, como siempre,

mudo queda el diario

de un loco abandonado.

 

  (Diario de un náufrago)

 

 


 

 

15 de enero

 

Nada hay en la voz

tan penetrante como la aurora

y sólo tú, lejana,

me traes a la memoria

la hermosura terrible

de mi tierra

curtida por ásperos paisajes

desolados.

 

  (Diario de un náufrago)

 

 


 

 

10 de marzo

-cumpleaños feliz-

 

Nunca

vuelven

los infinitos

días

de la

infancia...

 

  (Diario de un náufrago)

 

 


 

 

5 de Mayo

 

Todo huele a tierra próxima,

a lugar donde sentarse,

charlar con los amigos

de los tiempos que fueron

inútilmente abandonados.

        Todo huele, esta tarde,

a primavera.

 

  (Diario de un náufrago)

 

 


 

 

PAISAJE (1)

 

 

NI EL ÁRBOL ni la piedra

sienten piedad

de un cielo despiadado.

Árbol y piedras

contra el eterno entorno

desgarrado,

hacia no saber nunca

dónde renace el mar,

muere la tierra.

 

  (Monegros)

 

 


 

 

PAISAJE (3)

 

 

EL PERFIL SE desangra..

Se rompe el horizonte.

Como un pájaro quieto

la sabina interrumpe la distancia.

El viento, atenazante,

lo desconcierta todo

y una ontina sedienta

rompe la longitud

de un cielo invertebrado.

 

  (Monegros)

 

 


 

 

ETNOLOGÍA:

MUJER

 

 

Hacia qué infinito lugar

lanza sus ojos?

En sus manos

cabe toda geografía de la Tierra

y en su gesto

un paisaje lunar

se llena de silencios.

Queda, guarda el recuerdo.

Como una sombra

emerge y huye a la cadiera:

el tiempo ha dibujado

sobre su frágil soledad

la difícil ternura de los hijos.

 

  (Monegros)

 

 


 

 

ITINERARIO

                Cuando José Manuel Blecua

                      iba al colegio

 

La plaza del Carbón y la del Carmen,

la calle del Azoque

en donde le Iris Park

anunciaba con luces los filmes de Charlot.

Y luego el Coso

con el enorme recinto de Escolapios,

allí donde el buen Goya

sufrió los avatares escolares.

Después Cerdán, con tiendicas menudas

de objetos artesanos, fajas la Bayonesa

y el sabor a pan tierno

que desde el horno invadía la calle.

Y el Mercado Central

repleto de palabras, tomates y lechugas,

anuncios de pescados

y ternascos menudos recién nacidos.

Al final Buen Pastor con Don Miguel mirando

los inocentes rostros de los niños

que iban ascendiendo, lentísimos, aquellas escaleras

tan pinas, tan cansadas,

tan viejas ya de alumnos que se fueron.

Y las campanas luego, desde San Cayetano,

anunciando el Rosario de las seis de la tarde.

Todo, como en un cliché

perpetuamente detenido.

 

  (Tierra sin mar)

 

 


 

 

POEMA  (AMARILLEA  TODO)

 

 

Y en las hermosas luces

del otoño

oigo tu voz de nuevo

compañera

agrietando los riscos

y los valles

para seguir andando

hacia delante

con la esperanza tenue

de las lluvias.

 

Amarillea todo

hasta ese cobrizo azul que nos cobija

cuando octubre

y noviembre

se desgranan despacio por la tierra.

 

Amarillea todo

hasta esos pájaros que huyen

de las primeras voces

de la niebla.

 

Amarillea todo

hasta ese buen cansancio

que el camino produce

en la vereda.

 

Y a orillas de las huertas

como mensajes póstumos del hombre

se alzan piras de humo

y de silencio.

 

Sobre la tarde quieta

con los cierzos parados

al oeste

sube desde la tierra

un vaho tranquilo

que lo emborrona todo.

 

Y es precisamente

en esos días

cuando más te enternezco

tierra mía,

tierra de mil colores

a la que un día

dejaré que me abraces

 y me duermas

 sobre tu seno hondo

bajo el otoño dulce

que te anida.

 

  (recitado en Las cuatro estaciones)

 

 


 

 

POEMA

 

 

Te escribo, Juan,

hermano,

ahora que la lluvia

recorta suavemente

los ruidos en la calle

para hablarte de que ayer,

allá arriba,

en el pueblo vacío

del lento somontano,

enterramos a la abuela

en aquel cementerio

cubierto de hierbajos,

arbustos,

y lápidas deshechas

por el tiempo,

las nieves

y el olvido.

 

Mientras ella yacía

en la alcoba tan grande

donde tú y yo

jugábamos de niños,

estuvimos la noche

recordando los tiempos,

los paisajes pasados,

las gentes que se fueron,

las tardes de domingo en la fuente,

que ahora

ya no mana aquella agua

que venía del frío.

 

Tantos trozos de vida recordamos

que el alba nos asaltó de golpe,

y el abuelo,

que apenas dijo nada de nadie

entre la noche,

murmuró suavemente:

 

Habrá que descenderla

y dejarla en la tierra

con los suyos.

Y la dejamos quieta

allí, bajo la yerba,

las nubes pasajeras,

los cierzos agoreros

y los riscos.

 

Luego, cuando salimos

ya no quedaba nadie

en el contorno.

 

Y aquí

en la ciudad de nuevo,

el abuelo,

viendo caer el agua

tras los vidrios

ha murmurado lento,

con sonrojo:

 

Hoy seguro que llueve

también

sobre la abuela

allá arriba

en el pueblo.

 

  (recitado en Cantata para un país)

 

 


 

Esta edición de Poemas de

José Antonio Labordeta, realizada

 por Portal de Poesía, ha sido

colgada en la Red  a los diez 

días andados del mes de 

agosto del 

año dos

mil

uno