Hilario Barrero

 

La última mirada

 

 


 

 

 

 

 Código

Para ellos,

eres el nombre

que te dieron

dentro de su legalidad:

un signo solamente.

Tu otro nombre,

el elegido en la noche

de la boca de lobo,

es solo mío.

Un sonido animal.

Y así te escucho.

(de In tempore belli)

 

 

 

Cors e cor”

 

Para Susana Reisz

 ...es un querer saber todo lo tuyo

                                 X. Villaurrutia

 

Lo más que acertarán,

después de haber sabido de este amor,

será que hubo dos nombres que se amaban

mordisco y dentellada, nieve y niebla floridas,

dos cuerpos belicosos en constante batalla por ser uno,

tu pupila cazando mi cadera,

asaetando con su flecha de líquen

el torso acorazado de mi gozo;

otros envidiarán la urna de tu noche,

el rosetón de tu mirada en fuego,

tus medidas, el filo de tus uñas,

la lenta madrugada de tu fusta;

los menos tratarán, gozosamente,

de dormir nuestra siesta anárquica y salvaje,

copiar nuestras posturas, nuestros ritos y acentos,

usar nuestros juguetes, oler la primavera de tu ingle

y entrar en el recinto amurallado

después de resolver los códigos sagrados de tu sangre.

Todos ignorarán mi miedo de perderte,

de esta incesante lucha por poseer tu espacio,

ser dueño de tu boca, perro fiel de tu tumba,

propietario del bosque de tu pecho

y depender de ti, esclavo de tu aliento,

devoto siervo de tu antiguo nombre,

molde para tu oro, tierra para tus flores de cilicios.

Y así, mientras ahondas los muros de mi boca

con la lenta carroza de tu lengua,

saliva enajenada, plomo que me envenena la garganta,

y me unges con el óleo caliente de tu muerte,

unido al arbotante de tu piedra

ser el arco sumiso que defiende tu ojiva.

(de In tempore belli)

 

 

 

Signo

 

Prolongado en el tiempo

tu signo permanece

y, aunque esconde la llave de tu gozo,

descifra cada noche

la vieja adivinanza del silencio.

La reina del Destino,

descolgada en andamios de alabastro,

traduciendo su mito de mármol malogrado,

me expulsa enfurecida del Recinto

porque sé las respuestas

a sus envenenados acertijos.

Cerrándome la puerta

me enfrenta al enemigo

quien altera mi voz que queda presa.

Destronada del friso

se inmolará desnuda sobre el fuego

sellando el pergamino

en su reino de cuero,

victorioso tu nombre junto al mío.

(de In tempore belli)

 

 

 

Cementerio en New Hampshire

 

Los que abonan con su óxido

los rojos incendiados de octubre

también fueron felices

contemplando el otoño en este

cementerio de New England,

cercano al mar y en fuego.

Al gozar de esta luz de vidriera,

clausurada de niebla, se sublevó

el azogue de sus hermosos cuerpos

y se encendió el deseo entre sus ramas

que se abrieron de pájaros y hojas.

(Dulce como este sol era su amor.)

Ahora permanecen debajo de la piedra,

que el rayo del olvido partió por la mitad,

conquistando de polvo a los castaños,

secando con la sangre de su noche

al robledal. Barro ciego en sus ojos.

Mientras que acorralados por la lluvia,

el temblor de tu agua por mi cuerpo,

me haces la propuesta que yo espero,

siento cómo la tarde traduce su vidriera

y recibo señales de óxido y de fuego

en el seco azulejo y me pregunto:

¿Cómo guardar la clave de tus ojos

en la piedra caliza de mi historia?

¿cómo crear un código ignorado

para el  vocabulario de la nada?

¿cómo herir a la muerte ilimitada

si ha de robar tu nombre y mis preguntas?

(de In tempore belli)

 

 

 

Plaga

Todavía se aman a pesar de la plaga

y encuentran en la noche sus torsos alumbrados

sabiendo que la muerte les acecha celosa.

Tiemblan cuando desnudos se miran al cristal

y ven alguna mancha que oscurece su piel.

Con precaución celebran sus huesos arropados

y con certeza saben éste es tiempo de guerra.

Oficiando sus ojos un memorial de sombras

recuerdan tantos nombres que con pasión se amaron,

cuerpos llenos de fuego su coraza encendida  

y que ahora rescatan del campo de batalla.

(de In tempore belli)

 

 

 

Piedra

 

Al final de la tarde,

después de un día oscuro

su piel acartonada en los tejados,

lluvia de madrugada

y un viento suave de tiza humedecido,

por un instante breve, nace una luz cansada

que bautiza de fiesta a las fachadas.

Me acerco a la ventana

y el paisaje nombrado tantas veces

me enmarca un lienzo nuevo,

mientras la luz perfuma tus temblores.

Al inclinarme lento a descifrar

la piedra iluminada de tu valle,

el tiempo me recibe con sus montes

cerrados, convirtiendo mis labios

en torpes espejismos donde el deseo

muerde su enigma más helado.

Y escuchando el sonido del incendio

de nuestro antiguo fuego,

confundido por códigos y signos

que son indescifrables,

me hundo en la ceniza de tu almohada,

a que llegue la noche y me condene

desnudo entre la piel de tu paisaje.

 

(de In tempore belli)

 

 

 

Tentaciones

 

El invierno pronuncia tu otro nombre

y comienza el deshielo.

Aventuras el miedo, tienes frío,

atraviesas los primeros abrazos,

reconoces la cuesta, los rostros y la curva,   

traduces la inscripción, 

resuelves el enigma de la piel 

y, liberando la tela metálica de la serpiente 

que oscurece la transparencia de tu infancia,

el paisaje recobra su dimensión real:

dueño de tu mirada te ciega los sentidos

y te ofrece el amargo sabor de la maleza,

desde su oscuridad sonora

crecen voces que suben hasta el valle iluminado. 

Huye y mírate en el frío tabique del lago,

recuerda su perfil,

apriétate el cilicio del deseo,  

enséñale la llave al vigilante,

no olvides la consigna,

vuelve a casa y lávate las manos.

Bien tú sabes que has de volver mañana.

(de In tempore belli)

 

 

 

Laberinto

 

Sobre la losa del estanque

la nieve echa raíces, aposenta

sus zapatos de vidrio y muerde

con sus afilados dientes

al frío terciopelo de la tarde.

Protegidos bajo el palio del sol

viaja un colegio de pájaros de invierno;

sus sombras, carbones liberados

del oscuro silencio de la tierra,

quedan petrificadas sobre el hielo

y se graban, en el marmóreo cuerpo del estanque,

las huellas dactilares de la noche.

Se doblega la tarde cediendo territorio

al enemigo y el viento

va afilando el cuchillo vidrioso

de sus labios, borrando lentamente

el débil maquillaje en el rostro del sol.

Perdido en la maleza

siente la puñalada de la noche sembrando confusión

en el itinerario de su sangre,

se sabe herido al sentir el cuchillo

y se apresura a abandonar el laberinto.

Bien sabe él que hace tiempo se cerró la salida.

(de In tempore belli)

 

 

 

Boca de Lobo

 

             Para José Muñoz Millanes

 

 

¿En qué infierno proclama su dolor

la sombra más oscura?

Y si lo siente, ¿qué hondura exige,

a qué pozo hay que llegar para saciar

la sed de amargo vino negro

que hiere y emborracha con certero

navajazo las vísceras del sol?

Y si la sombra se enamora,

¿qué azabache ha de elegir

para adornar sus pechos y su sexo?

¿en qué boca de lobo morirá degollada?

(dentelladas nupciales de la bestia que en celo

excomulga a la albura con su pezuña atea)

¿de qué profunda mina sacará los metales

para hacerse las arras?

¿qué príncipe de luto riguroso,

en el tablero medieval del tiempo,

acuchilla a la dama con su espada de ónix

ganando la partida a la Edad Media?

Coronada de endrino,

con collares del más serio carbón,

¿no eres tú sombra mía la luz de lo más  negro?

Al doblar tu esqueleto

y descubrir tus ojos en la testuz del alba,

¿no es acaso lo que llamamos muerte?

(de In tempore belli)

 

 

 

Razón de vida

 

La soledad, el miedo y el silencio

viven en esta casa respetada,

principal y feliz en otro tiempo.

Familia virtuosa en ejercicio

de ejemplares conductas, concibieron

cinco hermosos varones que vivieron

dentro de la moral más absoluta.

Nada queda de aquello; desolados

corredores y vacíos salones

con historias de prisas y de llantos,

tiempo sucio en lámparas cegadas

por el polvo de una lluvia mortaja,

un agrio olor a crisantemo barro

mal cocido en el jardín del sexo

y el dragón del deseo destruyendo

la clausura de plata del silencio.

Queda sólo la mancha de unos dedos

en el visillo, como una mariposa

disecada que al contacto del aire

se deshace, y en el vidrio el reflejo,

la huella de unos ojos que furtivos

miraban bellos cuerpos oferentes,

convidando al carpe diem de la vida.

Hubiera dado algo por ser fuerte

y marcharse con ellos a otras tierras

donde morir y no pasar el tiempo

en aquellas paredes que le ahogaban.

(de In tempore belli)

 

 

 

Jardín

 

Facilius in morbos incidunt 

adolescentes, gravius aegrobant,

tristius curantur.

 

De Senectute, Cicerón

 

Del esplendor de entonces nada queda.

La nieve ha silenciado el fuego del jardín,

las rosas bautizadas por la hermosa mirada

del jardinero muerte, convirtieron su esencia

al deseo pagano, apóstata la espina de su agua.

La casa se reviste de polvo venenoso

y la hierba del ocio florece entre la plata:

una lengua de ruina lamiendo los retratos.

Se acerca a la ventana lentamente

y descorre el visillo que tiembla polvoriento,

mira el jardín helado y maldice su suerte.

Siente un puño de sangre entre sus venas,

una rosa de ira entre su pecho,

un tiro entre la nuca despejada

y cierra la ventana para siempre.

De espaldas al jardín la luz es una gasa

que le ciega su firma y su palabra

abriéndole una deuda con la vida.

Tan sucio está de soledad y barro

que ya no ve la rosa del verano

que sentencia con fúnebre perfume

su desahuciado nombre en la navaja.

La azada de su sexo ya oxidada

no llegará a estrenar la primavera.

(de In tempore belli)

 

 

 

Estatua

 

Frente al lago una estatua de viejo

recompone el pasado; mármol sus movimientos,

la cicatriz del tiempo dueña de su mirada.

Un desfile de gritos, de colores y fuerza

pasan por su tribuna rindiéndole recuerdo.

El también fue una flecha en aquel parque

y recordó a Cavafis. No reproches,

nada que lamentar. Cuando en amor,

su vida fue un ejemplo, un gozo cotidiano

con pocos compartido, deseo a cada instante.

Para seguir viviendo, él bien lo sabe,

necesita mirarse vivamente

en el río de vida que fluye frente a él;

para reconocerse, el espejo del lago,

su juventud, la gracia de su cuerpo,

aquellos ojos, su flexible ternura...

Un aire extraño le estremece

y sabe que el invierno ha de llegar

borrando este paisaje que le mantiene alerta.

Esperar que la nieve le arrope suavemente,

de la misma manera que su amor le abrazaba,

y allí quedarse, viviendo para siempre

entre estos cuerpos que, ahora inalcanzables,

van buscando, ardientemente enamorados,

un lugar en la noche. Como él lo buscara.

(de In tempore belli)

 

 

 

Seize el día

 

Todos vienen del ghetto,

admiran a Selena,

quieren sacarse el Lotto,

son pesadas sus sombras,

grises sus biografías,

visten de polyester con ropa made in China,

pies ligeros de Adidas

y sonríen con dientes en andamios,

granos en sus mejillas,

grasa sobre su frente.

 

Hoy son cuerpos en marzo,

primavera en sus dedos,

fuego por su mirada,

la agresiva belleza de sólo veinte años,

dueños de sus caderas,

urgencias por sus lenguas,

la insolencia del sexo inundando su ingle,

el fulgor de la sangre retrasando relojes

y el descarado valle de sus pechos

umbrío de semillas.

Esto les califica de inmortales.

 

Mañana serán ruina,

del Olimpo expulsados para siempre,

cuerpos viejos y lentos,

oídos destemplados,

ojos llenos de tierra,

mutilados sus labios con cristales,

el olor de la rosa evaporado,

su tacto acuchillado,

ya la muerte inquilina del pecho pergamino

borrando la escritura de su sangre.

 

Ignorando lo hermoso y fugitivo de su tiempo

ellos no se dan cuenta cómo el viejo celebra

la clave de su piel y el lujo de sus cuerpos,

tan cerca de sus manos y a la vez tan lejanos,

ansias que le convidan a la vida,

trampas que le conducen a la muerte.

(de In tempore belli)

 

 

 

Carrozas 

(Junio 25, 1995)

 

Balnea, vina, Venus corrumpunt corpora nostra,

sed vitam faciant balnea, vina, Venus.

 

Bellísimos, desnudos, arrogantes,

proclamando la fuerza de su sexo,

marchan Quinta Avenida hacia la vida.

Serenamente turbios, demacrados,

veneno derretido por sus miembros,

bajan Quinta Avenida hacia la muerte.

Algunos tan hermosos, dioses sin paraíso,

que hasta la misma Sombra se oscurece

al asignarles sitio en la carroza.

Su belleza les salva y son llamados

junto con Ganimedes a servir

vino añejo a los cuerpos prohibidos.

(La mitra será polvo y lo será la rosa,

las plumas césped seco, el oropel ceniza

y el torso iluminado un carbón apagado.)

Viéndoles desfilar, cercano a tu frontera,

nombrando aquel verano en que nos conocimos,

mi sangre negativa se calcina, amenazada,

sintiendo a la Guadaña que, arañando mi cuello

con su incesante herida, nos recuerda

que para algunos éste será el último desfile.

(de In tempore belli)

 

 

 

Easter Sunday en Coney Island

                        1990

 

Ni amarillo jaramago ni mármoles vencidos

con su espalda quebrada de abandono;

un tropel de invasores derriban al silencio

en su alta clausura de pájaro exiliado,

avanzando hacia el mar que se tiñe de guerra.

Una brisa de hielo les derrota en la orilla

sus pies petrificados, cegada por los dardos de sal

su mirada de barro, regresan, atrapados de bruma, 

arrastrando sus sombras congeladas,

a las tiendas oscuras donde la luz ayuna

dolorida en cilicios vidriados.

Visten las gaviotas su túnica pesada,

monjes lentos camino de maitines,

llamadas por las voces de una lluvia extranjera

que despoja a la ojiva de su claustro de olas.

Alejados del mar, guerreros de otras guerras,

los rostros del verano estrenan fruto ardiente

que les hiere sus venas de un hondo escalofrío.

Liberada de invierno su mirada,

desnudos, se pierden en lo espeso

donde el placer y el vicio habitan

regresando mordidos para siempre

por el plomo veneno de sus ritos

sin saber que es la muerte quien les llama.

Y sin más protección que tu mirada arbotante

que apuntala la niebla de mi piel, asustados,

buscamos la salida entre tanto desorden.

Los bárbaros han sido derrotados y el diluvio comienza.

(¿O tal vez sí que saben que van hacia la muerte?).

(de In tempore belli)

 

 

 

Visitante

 

Diciembre herido se congela entre

algodones sucios de una nieve extranjera,

mientras el viejo Bill se muere en Brooklyn.

Perros de soledad ladran a su mirada                

de cartón mordiendo envenenados

los cristales vidriados de su vida.

Renegando ser viejo, Bill, tirita

y el zumo de manzana le condecora

su pecho lleno de óxido y metralla.

Un visitante misterioso entra,

se detiene en la ribera de la cama

fulminando la decadente escena

con su hermosa presencia.

Trae consigo la fuerza de la calle,

el ruido del vivir, la juventud,

la agresiva insolencia de su sexo,

el gozo más urgente del amor

y entre el azul lejía de su blusa

dos volcanes de lava se desbordan.

Bill le mira por un instante, tiembla,

(la toma de París,  la muerte de su hija

calcinada, el divorcio de Peggy...) 

maldice ser un muerto, estar amortajado

y lucha inútilmente por romper

las cadenas de oxigeno y de sangre

que encarcelan sus huesos de carbón.

Desaparece el cuerpo y huele a azufre,

infierno y carne achicharrada

en la habitación 308

del Kings Highway Hospital en Brooklyn,

donde Billy se abrasa lentamente

rodeado de tubos y de cables

en la fría mañana de diciembre.

(de In tempore belli)

 

 

 

In tempore belli

 

Marchita su belleza en esquinas oscuras,

su cuerpo corrompido de gusanos de noche,

asediado de heridas, temblores y tumores

ya no quiere vivir, desnudo y desterrado

se aleja de los suyos. Agobiado de grietas

es difícil mirarse en el espejo

y ver una carroña sin forma ni esplendor,

pergamino sonoro su piel en “de profundis”,

la cicatriz de la barbarie iluminada.

Imposible salvarse de esta guerra

nivelando sus dedos de ungüentos y pomadas,

poniendo contrafuertes a su cuello,

sus vidrieras borrosas de luz ronca,

un nido de serpientes reptando por su nuca.

¿Cómo vivir de ser el contemplado a contemplar,

de vender su hermosura a tener que comprarla,

de ser incendio a estar petrificado,

rebosante de vida a sentirse cadáver?

Se sienta en la muralla del recinto,

antes fortificado y defendido,

esconde los juguetes venenosos,

acaricia la miel de las ventanas

y mirando la torre enmudecida,

la gran plaza vacía, espera al enemigo,

ya perdida la llave del deseo,

que regrese de noche y fusile a traición

su sangre sulfurada de metralla roída.

(de In tempore belli)

 

 

 

"Early Sunday Morning"

 

                                   Para Edward Hopper

 

Única criatura, la claridad

extiende sus raíces en la línea  

horizonte de la calle vacía,

bautizando al color por su apellido:

azules infantiles, verdes lluviosos,

ocres enamorados, húmedos blancos

que son frontera con la sábana tibia,

el olor a café, la primera caricia,

y el roce de la muerte que, temprana,

teje precipitada la túnica del barro.

Dando razón de luz al carbón de la sombra,

el sol va señalando a la fachada

su destino de noche aún distante.

Dormidas las persianas, amarillo

despierto de septiembre, un visillo

entretiene su frágil esqueleto

en el lento columpio de la brisa,

mientras Mrs. McLaughlin siente un escalofrío,

protegida por Gato (y una buena ginebra)

y comienza a leer la última edición

del New York Times, cuando tan sólo son

las siete menos cuarto, en la recién

creada mañana del domingo.

(de In tempore belli)

 

 

 

Subjuntivo

 

Y tener que explicar de nuevo el subjuntivo,

acechante la tiza de la noche del encerado en luto,

ahora que ellos entregan sus cuerpos a la hoguera

cuando lo que desean es sentir el mordisco

que tatúa con rosas coaguladas sus cuellos ofrecidos

y olvidarse del viejo profesor que les roba

su tiempo inútilmente.

Mientras copian los signos del lenguaje,

emotion, doubt, volition, fear, joy...,

y usando el subjuntivo de mi lengua de humo

mi deseo es que tengan un amor como el nuestro,

pero sé que no escuchan la frase

que les pongo para ilustrar su duda

ansiosos como están de usar indicativo.

Este será  su más feliz verano

el que recordarán mañana

cuando la soledad y la rutina

les hayan destrozado su belleza,

la rosa sin perfume, los cuerpos asaltados,

ajadas las espinas de sus labios.

Pero hoy tienen prisa, como la tuve yo,

por salir a la noche, por disfrutar la vida,

por conocer el rostro de la muerte.

(de Mortal Manhattan )

 

 

 

Foto en la universidad de Columbia

 

 

Un rayo destruyó

la esfera en que te apoyas,

sólo queda la base

por donde juegan niños que no te conocieron

y meditan lagartos prisioneros de plomo.

El campus, a finales de curso,

es un río de cuerpos

que con el torso herido

estudian en el césped luminoso.

Pasan cometas tristes suspendidas de lluvia

y pájaros alegres aprobados de viento.

La luz moja tu cara en luna llena,

pelo liso con un brillo cansado,

tus manos enlazadas reposando en tus muslos,

pantalones bombachos

y dos escarabajos en tus ojos

mirando la retina de la tarde.

Sonríe, Federico, no te muevas.

Aunque se queda inmóvil,

la imagen sale turbia.

Se distingue una mano clarísima y helada

que se posa con fuerza en otra mano en fuego.

La lente invierte la foto de Manhattan

y Harlem se amotina

en la cámara oscura de la noche.

(de Mortal Manhattan )

 

 

 

Bleistifte höchster Qualität

 

Abro la caja

y se dispara un olor a colegio de monjas,

olor a cedro, a mina clausurada,

a lápiz encerrado

con una sombra en su interior.

La Hermana Aurora,

la confesión, el ayuno, el rosario,

los nueve primeros viernes

y el mes de mayo a María.

Y esa otra mina dentro de mí

del pecado mortal, la carne, el deseo,

el “cuántas veces, hijo mío” del confesor.

Miro los doce lápices ahora que ya es tarde,

rectos, serios, puntiagudos,

doce apóstoles en la última cena de la línea,

doce peces ahumados en un mar de latón,

Faber-Castell del curso de dibujo

donde por vez primera tracé una curva.

Elijo el lápiz 7B para aclarar mi imagen

y en una hoja de papel prestada

enciendo las tinieblas.

Lo más difícil en el trazo de mi vida siempre ha sido

que la sombra parezca verdadera

no una mancha adherida 

al boceto de lo que fue mi infancia.

 

(de Sombras)

 

 

 

Retraso

 

                                “sombra sentimental”

                                                                                    L. Cernuda.

¿Dónde están esos trenes que pasaron

llevando tanta vida en sus vagones,

tanta sangre veloz

de jóvenes nocturnos

que huyendo del suburbio

bajaban perfumados

los fines de semana a la ciudad

en busca de otro amor?

¿Qué silencio escogió

el ruido de sus cuerpos,

que vestidos de fiesta

murieron un domingo

cuando de madrugada

volvían a su casa?

 

Mejor hubiera sido haber perdido el tren.

(de Sombras)

 

 

Lunes, madrugada

 

 

En apariencia un acto

veloz y rutinario

que a estas horas practican

otras muchas parejas.

La luz recién nacida,

escribiendo torcida en la persiana,

se enreda entre tu mano

que recorre mi cuerpo

hasta encontrar lo que te ofrezco.

Sacas más luz de mí,

un chorro plateado

que al chocar en mi pecho

se oscurece y se espesa.

Oigo, desde la cama,

cómo lavas tus manos

y siento el agua tibia

corriendo en mi costado.

Veloz el acto y fugaz el gozo,

lento llega el metal

que me clava sus dientes,

flecha de plata fresca,

en el pezón izquierdo.

Cierras la puerta de la casa

y recuerdo que es lunes.

(de Sombras)

 

 

 

Postdata

 

Me arrimo a ti

en una calle estrecha

y dejo pasar la sombra

que nos viene siguiendo.

 

(de Siete postales del sur y una postdata) 

 

 

 

La última mirada

Para Oneida Sánchez

 

De todas las últimas miradas

que hemos ido dejando por la vida

sin saber que lo eran

¿cómo será la última, la mirada final?

 

¿Se quedará pegada a la piel de los ojos?

¿Cuundo se seque será raíz del llanto?

¿En que región oscura volverá a ser primera?

¿Tendrá fuego en su voz si la reconocemos

o será como agua si nos llega a traición?

 

¿Se hundirá el peso de su polvo

en el aire de la nueva mañana

que nosotros ya ciegos no veremos?

 

Mirar es responder a preguntas vacías

en la primera noche sin respuestas.

(Inédito)

 

 

 

Sabotaje

 

Hay peligro de bombas

y oyen desde la alcoba las sirenas

que destrozan la luz en la ventana.

 

Temerosos salen después al parque

y sin rozarse se saben abrazados.

¿Dónde irá, se preguntan, el temblor de la luz

cuando llenos de sombra no vean la cometa,

no oigan las sirenas, no tiemblen al roce de una boca

y el parque les resulte impreciso y borroso?

 

El rumor de las hojas

extiende el miedo al atentado.

 

Crece cerca el aviso metal de la sirena.

(Inédito)

 

 

 

Carbones

 

Ha vuelto a la maleza después de algunos años.

Se han borrado caminos, el puente se ha caído,

el agua corre espesa y parece más hondo el precipicio.

Los cuerpos que ofrecieron su belleza

han desaparecido fulminados después de aquel verano

o muertos de cansancio y de vejez más tarde.

Siguen las sombras cerrando el laberinto,

oscureciendo el hilo que a algunos de nosotros nos salvó.

Salvados sí pero bien muertos

que desde entonces nadie ha vuelto su rostro

a nuestro paso.

 

Sigue también la vida:

dos cuerpos con los torsos desnudos,

dos carbones a punto de encenderse,

abrazados se ocultan en lo oscuro

sin saber si saldrán victoriosos

o serán perfumados por el rosal de la espesura. 

(Inédito)

 

 

 

Sangre

Es la segunda piel, la anónima fachada,

enterrada y bien viva, palpitando,

una envoltura frágil

que encubre su obediente hidrografía.

 

Sin mar donde llegar

se desvía por montes y caminos,

se enfrente a Polifemo, ruge,

cruza sierras latiendo,

se adentra en la memoria de la vena,

se serena, se defiende si siente el aguijón,

como aceite resbala,

como gacela herida se retira.

 

Igual que el mar tropieza, retrocede

y está siempre naciendo, a veces, retrasada,

asoma su algodón de escandaloso rojo

en un delta de meses y recuentos.

El cansancio la llena de salitre

y en un osario de asombro milagroso

coagulada se asfixia al salir a la vida.

(Inédito)

 

 

Miradas

 

La niebla empaña mi mirada

y al pasar por el lago

ve dos cisnes felices

que escriben en el agua

un mensaje secreto

con mala ortografía y tinta seca

que yo puedo leer y tú no puedes.

 

Tú crees que son dos patos

que volando hacia el Sur

hacen tiempo en el lago

cebándose de pan

que les dan los vecinos.

 

Dentro de poco ya no estarán

mis cisnes ni tus patos,

yo seguiré nublado con la niebla

y tú verás más claro cada día.

(Inédito)

 

 

 

Pregunta

 

En la mañana

la luz hablaba a gritos,

la sombra muda.

 

En el atardecer

el miedo a reflejarse

sin saber

si es la sombra del cuerpo

la que quema

o es el fuego del alma

que se extingue.

 

Ya con la oscuridad te haces la pregunta

que no tiene respuesta:

¿Ha sido siempre la sombra tan pesada?

 

Noche clara del cuerpo.

(Inédito)

 

 

 

Barnices

Ahora ocultas con cremas

y ungüentos extranjeros

las heridas que el tiempo

ha dejado en tu cuerpo

y muestras orgulloso

las oscuras y densas cicatrices del alma.

Se ve que eres novicio

en el arte de tal ocultamiento

e ignoras que es difícil esconder la vejez,

que las arrugas se ven aunque tapadas

como también se ve la decadencia,

la sombra por tus ojos

y el delicado olor a viejo que nace de tu aliento.

 

A nadie le interesan las lesiones del alma

si el cuerpo apuntalado carece de equilibrio.

(Inédito)

 

 

 


 

La  presente edición electrónica

de La última mirada, de Hilario

Barrero, realizada por Portal 

de Poesía, ha sido deposi-

tada  en la Red 

a los cuatro días  

andados del mes

 de octubre

del  año 

dos mil 

tres

.