Francisco Álvarez Velasco 3/4

 

 

III. Declaración de esperanza histórica

 

 

 

A Luz y a Eva

 

 

«E pídole aos meus fillos me disculpen esta longa esperanza»

Celso Emilio Ferreiro

 

 

1

 

 

De la piel desgastada de sus nombres

se han ido desprendiendo los objetos,

las cosas que envolvían.

Quieto está nuestro mundo

y yace inexplicable.

Hacia cauces ocultos cesaron de caer

las aguas de la noche y quedan detenidas.

 

Debierais decidir en qué piedra sentaros

o al lado de qué árbol,

y con gentes que pasen acordar nuevos nombres;

palabras que empecéis a componer

balbucidas en letras sucesivas

que fluyan por el mundo y lo pongan en orden

y echen de nuevo a caminar el tiempo.

(¡Aquellas buenas horas que tuvimos

y fuimos desgranando

en arenas limpísimas de instantes luminosos!)

 

Nuevamente aprendidas,

que lleguen por los ríos de la sangre

hasta aquéllos, los hijos más remotos.

Hasta aquellos que planten un árbol junto a otro árbol

y otro árbol,

y los apelen bosque.

 

Que se digan hermanos los que maman

en los dos tibios pechos de las madres.

Y se nombren amantes

los que los labios unen en este atardecer.

Y un nombre tenga la última

rosa roja de aquel noviembre nuestro.

 

 

2  

   

Hoguera solidaria

 

« Pues de  la esperanza no hay duda sino que también pone a la memoria en vacío y tinieblas de lo de acá y de lo de allá». S. Juan de la Cruz

 

Pero queda en algún lugar de la memoria

una ferviente voz

que nos sale al encuentro,

nos saca del camino hasta la hierba,

vino amigo nos sirve en su mantel de cuadros

y reparte su pan por nuestras manos.

 

Mezquino es nuestro mundo

si nos borran los mapas de la infancia,

si subimos sin luces por esta angosta senda

hacia un monte en tinieblas.

De donde se ve claro

que más valiera a todos dejar la caminata

y encender nuestra hoguera,

«juntar y unir el fuego en el madero»,

y, apretados en torno, compartir la palabra interminable

que heredamos, 

y abrigar nuestro gozo  

en la raíz oculta de la humana esperanza.

 

¿En qué orilla, por fin,

poder tactar el pulso sombrío en las raíces,

poder danzar la danza de algún antiguo corro?

¿Al lado de qué tronco,

el latido de honda primavera?

 

(Ros marinus de aliento apasionado,

succionará el romero

el viejísimo jugo de la tierra -mañana, flor azul-).

 

¿En qué valle reunirnos,

al lado de que río

-que es la vida sin pausas hasta el mar-?

 

Contra la espesa, larga noche lenta

-tiempo de maldición-

será júbilo vivo la hoguera solidaria

hasta que el musgo brote por la piedra.  

 

3

 

 

Así caen las hojas

y queda inerme el árbol,

y borra la hojarasca los caminos.

Así los rostros mudos

al fondo del espejo.

Así la vida, el chopo que se pudre

y pedazo a pedazo el agua lo disuelve.

 

¿Quién azuza este viento contra el bosque

y acecha en el camino

y a pedradas nos rompe los espejos?

Están las calles solas y nadie por los parques.

Y un rotundo tambor nos recluye en la casa,

la esperanza nos niega,

como cuando caemos desde un sueño a otro sueño,

y del último sueño

al pozo desolado de la nada.

 

Pero contra este invierno

se alza una luz que fluye en los tejados.

Tal vez vaya a crecer

y devenir en pájaros del alba,

en voces jubilosas  por las calles,

campanarios en fiesta,

o en franja diamantina de la espuma,

luminosas sonrisas.

 

 

4

 

 

Hoy remonto en mi sangre

hasta la servidumbre lejana de mi abuelo

y le ayudo en las piedras que tuvo que mover

y le aparto del palo

y luego le enderezo la espalda

hasta mi tiempo.

 

Y me pongo con él a caminar hacia otros días.

 

 

5  

 

«¿Para qué quiero la luz

si tropiezo en tinieblas?»

M .Hernández

 

Una luz victoriosa que no cesa

desborda el horizonte y se derrama

en limpias llamaradas por el mundo.

Como una lluvia fresca sobre un montón de adobes

avanza la mañana.

 

Y el hombre -¡pobre, pobre!-

no acierta a levantarse de su noche.

¿No podrá abrir la puerta, llegarse a su retrete,

recomponer el gesto

para el nuevo decurso de las cosas?

 

Y el hombre retrocede, tropieza en las esquinas,

no descubre su rostro en los espejos

y pregunta:

      -¿Qué hacer con tanta sombra?

 

 

6

 

 

«y le doy un abrazo. emocionado»

C. Vallejo

 

¿Qué hacer ahora con toda esta nuestra esperanza

sino ver en qué para

aquel que está sentado

a la puerta del templo, y auscultarle

el dolor, ¡ese suyo!, debajo de su pecho,

tan gran dolor que vino acumulando

desde cuando era niño

grano de arena a grano

en ambos lagrimales?

 

Y mirar qué le pasa

a aquel otro sentado

en la última piedra, a la orilla del mundo,

llegado ya al final de su duro camino,

contando sus vacíos,

los que van entre angustias

y angustias, allá arriba en su cerebro,

su cerebro viejísimo.

 

 

7

 

 

Bajo un cielo de piedra,

opaco y alto y liso,

un cielo encadenado para siempre,

la vida que camina por el bosque,

que rauda va y que viene por los aires,

se afana en los caminos, cantarina

cae del caño de la fuente, o presurosa

camina en las aceras,

saluda en las ventanas,

o amontona las hojas en los parques,

al hombre proporciona hermosa certidumbre

contra el hosco silencio de los dioses.

 

Junto a un mar duro y cerrado y frío,

un mar que nos limita

y bulle sin espumas,

rotunda afirmación es para el hombre

ante el paso acechante de la muerte

la vida jubilosa de los niños

que sus pasos estrenan en la playa.

 

Mar y cielo cerrados.

Y sin embargo el hombre

señala los caminos

y ayuda al que camina,

y esparce su semilla

en el tibio tempero de la tierra

y espera que germine.  

 

Indiferente el mar. Indiferente el cielo.

Y sin embargo el niño

entre sus manos limpias al pájaro caído

alienta y resucita.

 

 

8

 

 

Marca con piedra blanca esta mañana

si ves que a flor de ojos

la mirada más limpia de los niños

está mirando el mundo.

 

Están mirando el mundo, hurgando en sus arenas

precisas, levantando las piedras

que nadie levantara,

acompasando el tiempo

en corros luminosos,

palabras repetidas que cantaste en tu infancia.

 

Con la piedra más blanca,

que están mirando el mundo.

 

 

9

 

 

Alguna vez la venda, la sombra de los ojos

cae, y es el aire un frío espacio en blanco

y las voces que parten de los labios

van y vienen, desorientadas vuelan.

Bajo los altos cielos van y vienen

y no encuentran oídos a donde dirigirse.

 

Y el mar en este invierno

con sus chasquidos de alas, olas de aluminio

no ofrece la frescura

de aquella agua libre que iba por los sueños.

 

Torno aquí la cabeza. Capto a tientas el mundo

(tan fuertemente mirando),

a tientas el rumor

de la tierra,

su corazón oculto, seco y oculto y frío,

examino los pliegues al lado de la roca,

y tacto con ternura su tiempo detenido.

 

 

 

10

 

 

 

Si es piedra detenida,

quién hará que camine este tiempo y hará

que camine y que siga

esta pobre esperanza, quién que siga

y que siga mirando la mirada final,

quién que siga tendida la nube roja y última,

la mano del adiós doloroso, y hará

que llegue hasta ese día en que se echen

a caminar las esquinas aquellas

de las citas

donde todos un día se citaron.

 

Cada mañana, fiel,

el mundo vuelve a estar donde yo lo dejé.

Abro la sombra, abro

la puerta, rompo por

el aire detenido de la calle.

Van luego sucediendo las cosas y las voces

atropelladamente

o en alas homogéneas de minutos.

Ese corro de hierba

con la brisa temprana

se agita en los escombros

y crecerá otro poco.

¡Otro poco!

                   Y aquel caballo viejo,

lento y viejo y estoico,

no tardará en llegarse

a pacer en la hierba.

 

Mas cómo hacer seguir

todo este mundo fiel junto al camino diario.

 

 

Epílogo