Francisco Álvarez Velasco 2/4

 

 

II. Las ínsulas extrañas

 

A Carmina

  

«Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar y allende de los mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres; y así, en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de las de por acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve». SAN JUAN DE LA CRUZ

 

«Es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa». QUIJOTE, II, 42

 

 

 

1

 

 

Tu cuerpo abrió la noche, 

y una senda de puro

fuego en los huesos vivos

me condujo a las altas

torres por donde asoma 

la limpia luz del alba

y alumbra el vaho lento que sube de la tierra.

 

 

2

 

 

Contra los hoscos ojos de la muerte.

Que generosamente

un sexo suave y cálido

contra la misma muerte me cobije.

 

Resueltos en tierra húmeda de otoño,

que la voz nos convoque desde el árbol,

nos llame en la abubilla de la tarde

y en su viento.

Nos llame desde un fuego

que vaya desgarrando el vientre de la noche.

Por fin, desde la lluvia amanecida

en la que ha de nacer aquella luz primera.

 

 

3

 

O vaciar día a día

el hondo vaso amargo,

el vaso de este tiempo medido hasta los bordes,

 

o bajar a la suave

tibieza de tus sitios umbríos y esperar

que remanse el galope

como una intensa lluvia

de sangre hasta las sienes insaciables.

 

Porque es cierto que nunca,

nunca podré tenerlo,

si traspaso este instante,

este borde impreciso de la dicha.

 

 

4

 

 

Canción 36

 

 

No salgas de la noche

porque sucede a veces que de un sueño

se parte hasta otro sueño

en que verás arder la hoguera que nos junta.

 

Otro sueño en que bebo, estoy bebiendo

la limpia luz del alba

en tu cintura, toda

la luz de los ocasos.

Y mana el agua pura.

 

Abre la puerta ya para ese mundo

donde suaves fluyen las llamas y la brisa,

la hiedra por los árboles,

y mana el agua pura.

 

Y la vida es total y fluye para siempre,

como va y como viene

por la playa la espuma,

                                    como caen

los más altos arroyos de la nieve,

o sube hasta nosotros un continuo

brotar de violetas,

     como fluye ese vuelo incesante

del bando de palomas hacia el alba,

 

oh, tú, mujer que vas por ínsulas extrañas

en la noche más clara de tu cuerpo,

do mana el agua pura.

 

 

5

 

 

Toda la luz del mundo junto a tu vientre estaba

y allí pude salvarme,

salir de los naufragios.

Venía brisa fresca de algún alba lejana.

La noche sin resaca, cerrada en sus linderos.

 

Era el paso del tiempo

el paso milenario del mármol cuando fluye.

No de otro modo el río

subterráneo se alza

por el pozo y se asoma

al espejo curvado de los cielos azules.

 

Toda la luz del mundo. Y hoy me quema el recuerdo.

 

Bajo lunas efímeras, bosques, sombras, espumas,

altas estrellas claras,

recorría tu cuerpo palpitante y tendido

como ardiente centeno luminoso,

como árbol que cae y sigue floreciendo.

 

Fuiste después arroyo fugitivo.

Hoguera de luz vívida, destellabas remota,

ocaso al rojo vivo de la tarde.

Era yo el caminante y nunca te alcanzaba.

Silenciosa, intangible te alejaste  

por la turbia hojarasca de mi insomnio.

 

Toda la luz del mundo. Y hoy me quema el recuerdo.

 

 

6

 

 

Tal vez puedas salvarte

si hoy por tu espejo vienen

bandadas de palomas que marcaron

linderos a la infancia

y campanas que fluyen

en altos campanarios

y nos convocan, llaman, están llamando a fiesta.

 

Cruza, en cambio, una niebla repleta de presencias ignoradas

con el espeso espanto del insomnio.

Y detrás de esta niebla,

otra niebla te llega sin orillas.

 

Tal vez puedas salvarte

si encuentras los caminos

y otro mundo detrás de los espejos

con mares, playas, islas.

Hay otra vida acaso en ínsulas extrañas

donde estés tú tendida para siempre.

 

 

7

 

 

Bajémonos del monte, que arriba está la bruma,

está la piedra dura, está la hierba amarga,

está la costra vieja de la tierra.

Arriba está la orilla de la nada.

Y salpican los densos goterones del olvido.

 

Es amarga la cumbre y es estéril.

Sólo para la brisa o algún caballo antiguo

o para la lengua áspera

(esa lengua no humana de la vaca

que va lamiendo el mundo por las cumbres)

se alza el pubis azul de aquellos cardos.

 

Hermosas amanitas de la muerte brotarán por el bosque.

Estarán marcando ahora

el corro sigiloso de los sábados,

ofreciendo su aliento seminal

y nívea carne virgen

para una última cena que nos abra las puertas.

Sólo quedan los bosques. No sirve otro refugio.

Que golpee las puertas su latido terreno

y nos las abra.

Y unidos descendamos la ladera brumosa,

de espaldas a los dioses de la cumbre:

en lo hondo del valle está la luz y la común hoguera

que nos congregue en círculo.

 

Sobre el oscuro arroyo de la noche

ven a tender tu cuerpo,

un puente que me lleve a la otra orilla.

 

 

8

 

 

«Tu mano, y paseemos»

 

La arena es luz humilde,

ofrenda de la piedra, venida de los mares,

de los altos arroyos.

Es primavera y fluye

si tus pies la caminan,

si la acogen tus manos.

O acaso sea tiempo desgranado en instantes

por el interminable reloj del universo.

 

¿Es piedra que se pudre una vez fenecida

y en polvo se transforma?

Dura matriz sombría de la nada

tal vez sea la piedra,

y desde ella se alumbren

parsimoniosamente arenas que no cesan.

 

Qué importa la respuesta.

Dame, dame tu mano, mujer, y caminemos.

Descalzos caminemos por las playas del mundo.

 

 

9

 

Toda la luz del día se aquieta en los espejos.

Detrás de los cristales

ese mundo que gira (de qué siglo a qué siglo)

con su viento sacude las ciudades lejanas,

los trigales de mayo.

 

Y golpea su lluvia los espesos postigos del silencio,

las esquinas amargas,

la hierba en los escombros,

o la suave tibieza de los nidos de alondra,

o aquel dulce volar

ayer vivo y azul de la luz en tu cuerpo.

 

Te sueño en ese mundo, y te busco en su tiempo.

 

 

10

 

Mujer contra la muerte

 

La llamarada azul de la mañana

por tus ojos. Y un jugo de continua

primavera en el fruto partido de los labios

que a la vida me invitan.

 

Me invitan a la vida. Sin embargo,

noviembre entre los chopos

todo un río amarillo camino de su muerte.

La senda que llevamos va llena de señales

de un tiempo glorioso como el nuestro

(el que juntos gozamos

y hoy ya desmoronado como tapias de adobe).

 

¿Me salvarán tus ojos? ¿Me salvaré en tus labios?

Me salvaré en tus ojos

si miras en el árbol

y encuentras las señales

del ritual misterioso de un tiempo que retorna.

Me salvarán los labios, si en tus labios florece,

como el hierro en la fragua con fuego destellante,

la ardiente rosa roja contra todo el invierno.  

 Declaración de esperanza histórica