Francisco Álvarez Velasco 1/4

 

 

I. Del viejísimo jugo de la tierra

 

 

 

 

A David y Consuelo, mis padres

 

 

 

 

«Sommes-nous près ou loin de notre consciencie

Où sont nos bornes nos racines notre but»

 

1

 

 

Entrad todos conmigo en este bosque,

porque en sus musgos tibios

acariciar podréis la suave axila

de nuestra madre tierra y su prohibido sexo.

 

Dejad rodar las piedras,

ya que vida es caer -así en los sueños-

por un espacio en sombra hasta un valle sin agua

que nos vuelve a sí mismo como un pozo

al fondo de este bosque.

 

¿Alguien está gritando nuestros nombres?

Sólo un amargo otoño nos rodea

y nos reúne el frío

en su hosco noviembre.

 

Y si la piedra cae hasta un interminable precipicio

-me refiero a la piedra donde nadie quedaba

a reposar su cuerpo-

y si el otoño avanza y caen las hojas

y llega su diciembre,

 

sabed: nadie nos llama al fondo de este bosque.

 

 

 

2

 

 

Ahora miras el mundo.

El mundo, que amanece vacío de señales.

Por sendas azuladas se fueron las palomas.

Secos están los cauces en los altos arroyos

y en los pozos se aquietan las aguas de la noche.

La alondra con el alba no sale hasta el camino.

Miras caer el fruto desde el árbol y ves que no germina.

 

Deshabitado el pecho

miras al hombre, cerebral

y aséptico y ajeno, sin poder explicarse

toda la luz que ofrece el universo.

Miras al hombre examinar su pecho,

fríamente su pecho,

avanzar por los sueños no soñados,

calcular las palabras que quedan por decir ,

y hacer suma total y levantar el acta

de todos sus vacíos.

 

Miras al hombre en su afán resistirse,

orgulloso y erguido en sus deseos

y todopoderoso,

para ser al final la hoja última

en la rama más alta del aliso

que un momento titila con el aura

y después cae y se pudre con toda la hojarasca de la tierra.

 

 

3

 

 

Al hombre que cavila

a solas con su espejo, con su rostro,

una mano lejana le llama en la memoria,

le hace volver atrás, doblar la esquina,

y le convoca a días ya vividos.

 

A solas con su rostro en el espejo,

al hombre que cavila

se le disuelve el tiempo y la memoria.

Así el humo de aquel antiguo tren

que ocultó los urgentes

pañuelos del adiós.

Así la lluvia, el vaho en los cristales,

el polvo y la hojarasca.

 

Así la niebla que borra los caminos

y cerca al que camina.

Y no podrá encontrar señales en su vuelta.

Señales como el humo en los tejados,

la marca por el árbol

o alguna piedra erguida.

 

Ya todo consumado,

con su rostro se queda en soledad

y nada al otro lado del espejo.

 

 

4

 

 

Con este pobre sol de enero en la ventana

y la noche que viene hasta mi hoguera,

que viene hasta la ausencia de estas sillas,

que llega hasta la espalda de este cuerpo

y baja hasta sus plantas,

el rojo atardecer

se está volviendo amargo.

 

¿Por qué dejar la casa

si suena humanamente

este fuego de roble en la cocina,

si ya nadie nos dice qué pasa en los caminos

y viene un viento hosco

por este azul cantábrico

de mi mapa escolar?

 

Y alguien anda el camino y sube la ladera,

por su noche se aleja,

y se adentra en su enero

hacia otro amanecer de amarga ausencia.

   

 

 

 

5

 

«con este dulce soplo

que triunfa de la muerte y de la piedra»

                              A. Machado

 

Piedra bebemos en la delgadísima savia de los musgos.

Porque sabed que es humana la piedra con su musgo

y se vuelve más tierna

por el mínimo jugo con que fluye en el tiempo

y sale de su invierno detenido,

camina con los meses

y cruza los solsticios,

la mañana -¡tan fresca!-

de San Juan.

 

 

6

 

 

Árbol constante más allá de la muerte

 

                        A Alfredo Buxán  

 

No es su tiempo el del hombre.

Es tiempo inasequible el de este árbol

-hasta la mar su imagen

y las hojas caídas-.

 

Sigilosa la muerte desordena los círculos concéntricos

en busca de otras formas.

Su mínima memoria se despuebla

de pájaros y nidos

y de signos grabados por el hombre.

 

No es su tiempo el del hombre.

Por los altos canales de su entraña

la savia se alza lenta

en olas de serrín y corazón maduro.

No es su tiempo el del hombre.

Cuando el hombre termine,

seguirá él levantado

junto a un río radiante,

desde aquel hondo valle de mi sueño.

   

 

 

 

7

 

 

Hay un tiempo tendido en los relojes

cuando estallan silencios

en las viejas maderas de la casa

y atrapados quedamos

en las pausas oscuras de la blanca memoria,

 

Por las esquinas seguirán sin gozo

y ciegas despeñándose

las gotas implacables

de la noche en que estamos instalados

-así tal vez crecen las hiedras en pasos centenarios-.

 

¿Ahora quién de los nuestros

se ha puesto por delante de su alta madrugada

y se sienta en la piedra del camino

y ha de volver a nuestra noche -estad seguros-

esperando llamarnos por el hombro?

 

 

8

 

 

El parque

 

 

Y en las pausas oscuras de la blanca memoria

gentes ciegas nos buscan con su mano.

Querrán cruzar las calles

y llegar a instalarse en su esquina vacía

o a un banco con gorriones en el parque

junto a las limpias voces de la infancia.

 

Es un viejo jardín con hierba sucia

y con palomas grises en las amanecidas,

donde esperan los viejos a su muerte

y gritan por las noches los amantes.

 

Y después de la lluvia huele a otoño.

 

 

9

 

 

Ahora que está cruzando la sombra de otro tiempo

¿cómo encontrar los nombres que trazamos

con un palo en la arena, si el mar pone desorden?

¿Dónde estará la roca, amor, donde estuvimos?

 

¿Por dónde hasta mi vaso el agua que ahora bebo?

¿Desde qué fuente vieja de la tierra?

 

Si es inimaginable oriente el alba cuando rompe,

¿cómo llenar los pozos insondables del insomnio?

 

¿Desde este desmedido paisaje de cemento

podrá acaso llevarnos

alguno hasta la piedra mojada y a su musgo?

 

 

10

 

 

Marzo, un cuadro de A. Mieres

 

 

Decían unos labios: Algunas violetas

nacieron por la noche en las aceras.

Desde el rincón más puro de la tierra

tal vez el viento vino

y extendió las semillas.

 

Las antiguas raíces, silentes, poderosas,

sabemos que se acercan,

y avanzan lentamente bajo el cemento nuevo

y romperán los muros de la común soberbia

y poblarán de hiedra la amarga soledad de las esquinas.

Cauce será esta calle para el arroyo limpio

desde el claro abedul de la ladera.

 

Y habrá pájaros, musgos, tejados con helechos,

hasta la última lluvia que refresque este mundo.

 

 

 

Las ínsulas extrañas