Delfina  Acosta

 

Versos de amor y de locura

 

 

 

ALGUNAS PALABRAS

        Nadie menos indicado que el propio autor para hablar sobre su obra. ¿Qué puedo yo decir de mis poesías de amor y de locura? Ellas son, finalmente, pobres flores huérfanas; aunque creyeron haber hallado en mi sombra y en mi soledad, madre generosa, cuánto temor se apodera de mi ánimo, cuántos sentimientos confusos me arrastran, si pronuncian mi nombre. Deseo huir de ellas, cuando las veo venir, hambrientas, a mis pies. Suben por mis huesos como hiedras. Bailan en mi alma no sé qué extraños ritmos. Celebran el amor y la maldad de una manera y un modo que no entiendo, pero que a la vez me complace.

        Quise yo ser una buena mujer, una más del montón de las señoras piadosas, mas heme aquí, con mi evangelio torcido y mi canto convertido en escándalo por su culpa. ¡Por su culpa!

        Las quiero. Todavía las quiero, sobre todo a la noche. Dicen las palabras que tanto quise decir. Por su vida mi existencia conversa con Dios y con los demonios. Me hacen caer en la tentación de la carne.

        Estaremos siempre juntas, más allá de los siglos.

        Creo en ellas. Y necesito creer que ellas creen mí.

                                                                                      Delfina Acosta

 

Dedico este libro a Fa Claes,

poeta, hermano, amigo, maestro

 

 

MI REINO

 

Mi reino es de los astros misteriosos,

del fuego que susurra en el ocaso.

Se me figura milagrosa tela

el cielo con su azul iluminado.

Conmigo no es el hombre sino el ángel.

Su sombra se hace mies en mi costado.

Él busca de mi luz el santo norte

como la brisa cuando es mi rebaño.

Mi reino es de las olas de la mar

que nunca al pensamiento dan descanso,

de las estrellas fijas en los ojos

pues son criaturas de un querer muy manso.

Si llueve es porque lluevo lentamente

y si amanece es porque ya me aclaro.

Cuando anochece y no aparece el cielo

el viento de mi reino está callado.

 

 

POESÍA

 

Sólo tu voz es dulce, poesía,

porque por ella he sido yo narrada.

Con tierna obstinación tus ojos pones

donde clavé, vencida, mi mirada.

Ya te mandaron a morir, mas tú

como una flor del campo te levantas.

La hoguera preparada para ti

en tus lozanos pétalos se lava.

Porque eres mustia entre las bestias todas,

gorrión de invierno, yo te siento hermana.

Vestimos un amor desesperado,

que nos desnuda el pecho y las espaldas.

Debajo de borrascas vas y vienes

como una cabellera de palabras.

Y enferma caes de capullos nuevos,

de aroma fresco y pena enamorada.

 

 

EL VERDADERO MUNDO

                        

 

Recuerdo el viento eterno de otras tardes.

 

Tocando castañuelas prodigiosas

le daba larga cuerda a mi niñez.

Yo le pasaba alegre mis cabellos,

mi falda, y él, jugando, se los daba

al perro que ladraba tras de mí.

Correr, reír, morir de golpe sobre

el liso pasto, la colina aquella,

el verdadero mundo a la intemperie,

en donde el sol echaba mil monedas.

Después, de flores sucia todavía,

volver a la casona mansamente.

Mi voz quedó colgada de las ramas.

Mis ojos se vaciaron en garúas.

También perdí mi nombre. ¡Nada! ¡Nadie!

Soy yo sin la niñez de mi alegría.

 

 

SUCEDE

 

Sucede que mi carne se deshoja

porque ella es desde antes mi enemiga.

Morir o envejecer. La tarde quieta,

la noche tan callada en mis mejillas,

me ocurren. Y me ocurre la penumbra

del corazón. De niña no sabía...

Me hablaban de muñecas de cristal,

de la importancia de las blancas cintas

en el cabello verde, o me llevaban

al cine. Me contaban las mentiras

que a ellas les dijeron, y yo, buena

y sana fui instalada en una esquina

del tiempo hasta que ahora, a la hora

de aquel reloj que marca el mediodía,

me digo, finalmente, que en mi rostro

el sol se puso ya. Cuán largo día...

 

 

EL PINO EN LAS PENUMBRAS

 

Sobre tus hombros inclinar mi rostro.

Un lirio aún vivo que encontré, contarte.

Soy la culpable de tus versos lúgubres

donde una llama ciega y negra arde.

“El pino en las neblinas” es un verso,

y todo cuanto muere o cuanto nace:

la ropa de la flor, la carne blanca

de las orquídeas que al amor se abren.

Mirarte amado, y verme en tu mirada.

Besar tu anillo gris, pero abrazarte

como si el tiempo fuera a despedirse.

¿Que es ésto de perderse y encontrarse?

Por un camino de furiosas hojas

llegaron los fantasmas de la tarde.

Tú, mi alma sola, y yo, también, tu alma,

si rondan ya los últimos amantes.

 

 

DE MEMORIA

 

Tienen las ramas esta madrugada

el bienvenido aliento de las rosas.

Las blancas mariposas de mis manos

nadie las ve, ¡y cómo te devoran!

Donde tú estás, allí, mi amor te llama.

Yo quiero que me escuches. Es ahora

el tiempo del encuentro. ¿No percibes

cómo se buscan, sin saber, las cosas?

Amigo, amante, déjame decirte

y dime tú también. Llegó la hora.

Las lágrimas con luces del rocío,

el soplo de cristal, las altas olas

nos buscan, llameando, desde ayer.

Abren caminos, árboles, auroras.

Amado, nuestros besos, tantos besos

y un beso yo los supe de memoria.

Debajo del rojizo sol de flores

te aguardo siempre dentro de mi sombra.

 

 

APUNTES ESENCIALES

                                             a Agnes Azenbosch

 

Llevo contando el cierzo, el aire, el suelo,

la bruma, los geranios y el rocío.

Sumo la hierba, el sol, la sombra nueva

de la cosecha convertida en trigo.

Anoto auroras, tallos, ramas, fuego,

crepúsculos, maderos y navíos.

Procuro no olvidar ningún silencio,

ninguna media voz, ningún testigo.

Y ahora sé que aun estoy en falta

con tantos mundos. Este es mi libro:

un transcurrir del día innumerable,

de cuanto se han callado los espinos,

para que se dijeran los amantes.

 

Más puede mi palabra que el olvido.

 

Se escriben muchas cosas, pero olvidan

el pueblo a media luz, algún ladrido,

las sábanas recién desarregladas,

aquel amor que nace clandestino.

 

 

DOS HIJOS

 

Déjame que te cuente las palabras.

Somos los hijos de los rojos versos

que vuelan cuando está la noche encima.

Qué pálidos amantes, pues nos vemos

sólo a través de los rocíos fríos

que salen a morir por un momento.

Está la hoguera presta. Y ya la sangre

de la poesía corre por los huecos

de nuestras manos blancas y apretadas

contra las piedras y los malos vientos.

Yo vengo desde el fondo de tus letras

para que en mí te veas. Y te muerdo,

amante, cada día con dulzura.

Porque imposible es todo yo te quiero.

Ya escribes en mi alma los poemas

con que me abrazas desde tu silencio,

me sueltas y me vuelves a abrazar.

 

 

¿Escuchas cómo va pasando el cielo?

 

 

ALMA

 

No tengo más rebozo que la escarcha.

 

Un pájaro se calla en el silencio

de la tristeza niña de la tarde.

 

Mi alma atardecida busca el fuego

de los caminos breves de tu mano

donde quedó la boca de mi beso.

Te quiero, me decías y en mis hombros

venías a morirte de silencio.

Noche sin astros. Se enredó mi voz

con un silbido, y al hincharse el viento,

fue al río, fue a los campos, fue a las jaulas

de trinos rotos que se mueren presos.

¿Qué sombra mi figura así encorvó?

¿Qué rayo ha ensombrecido mis cabellos?

Llévate ya este amor por ti encendido

porque en lejanas celdas yo me quemo.

 

 

LA PUERTA

 

Cualquiera llama a mi pequeña puerta.

Cenar suelo con reyes y mendigos.

Ay, cómo me atareo en repartir

en dos iguales partes lo servido.

Y es entre gente que a mi casa llega

contándome unos casos divertidos,

cuando me acuerdo yo de tu anunciada

visita bienamado y ahorro el vino.

Mi hogar aseo día a día y pongo

sobre la mesa aroma de jacintos.

Mientras te aguardo, ¿quién también te aguarda?

Y si tú llegas, ¿cena quién contigo?

Señor, que me confundes o enterneces

con tus palabras puestas en mi oído.

¿Las cosas que me dices son las mismas

que oyen las otras y les da lo mismo?

 

 

EN TU NOMBRE

 

El pueblo alumbra noches muy serenas,

mas fiada de tus ojos, Jesucristo,

mejor contemplo el viejo firmamento,

el árbol bajo el astro y los caminos.

En noches de neblina yo te veo.

Qué paz, Señor, teniéndote conmigo,

pues eres tú la puerta que me guarda

del mundo que aun afuera es un peligro.

Mas cuánta es mi orfandad si con consejos,

o enfados me abandonas. Me encapricho

con tu querer y enojo. Soy la enferma

que sana con la voz del prometido.

Tu pan y tu agua busco noche y día.

Tan sólo en tu belleza ya persisto.

Por eso, enamorada, en ti me lloro

y en ti me alegro si me crucifico.

 

 

COCUYOS 

 

Tan sólo los cocuyos para ver

tus ojos y esas largas manos tuyas

donde mi rostro pongo mientras cae

un pronto atardecer que me desnuda.

Porque este amor es noche sin su tálamo,

y duerme solo, y con su mal se cura,

por eso es que te quiero. Yo acomodo

este querer sin madre en la pastura.

Si un vendaval enreda mis cabellos

enfermo de una fiebre que es locura,

me quema el rostro la melancolía,

y ya me da por muerta un ave oscura.

Estando inmóvil, una solitaria

estrella baja sobre mi cintura.

Y doy a luz a niños cenicientos

que a medianoche arropo con la bruma.

 

 

GOLONDRINAS

 

Amado, desenrédame las trenzas.

Escucha a las reidoras golondrinas

que pueblan mis palabras confesarte

mi amor donde gotea la llovizna.

En esta tarde con olor a mar

tú tocas a mi puerta. El lobo avisa

su amor voraz. A mi casona llegas

y bebes de mi boca bien servida.

¿Escuchas? ¿Son las olas o los árboles?

¿Ves las gaviotas vueltas dando al día?

Mis dedos te recorren pues se atreven.

De golpe todo el cielo. Por las vías

de un tren nocturno que a los astros parte,

yo voy tras una estrella, si me miras.

Amado desenrédame las trenzas

y cúbreme los senos con tu vida.

 

 

EL TIEMPO ES BESO

 

¿Escuchas cómo caen las estrellas?

La rosa en mi costado dio su aroma,

su ensangrentado aroma que me viste.

Pasaron desde entonces muchas rosas.

Y vive aquella flor de mí salida,

de mi infectada herida, siempre roja

y siempre negra, y llena ya de hormigas.

Hay sólo una paloma migratoria

del sur volviendo en busca de su norte.

Ya nunca más bandadas tan ruidosas

ni potros desbocados como ráfagas,

ni escarcha titilando entre las rocas,

ni el último silencio en la campana.

 

Hay sólo una paloma migratoria.

La dicha se deshace como un beso.

Y calla la tristeza en una boca.

 

 

AQUELLA QUE TE AMÓ 

 

Palomas de repente en mis mejillas.

Un sacudir de alas si regresas,

amante, a mi presencia y me perdonas

y arrancas de mi amor la sola queja.

Me juras por tus muertos, yo te juro

por Dios que a los demonios atormenta.

Y en brasas se convierten las palabras.

En pájaros sangrientos que pelean

por las migajas de las hostias últimas.

Ámame hombre en esta noche negra.

Mi historia es ésta: un lecho solitario,

un despertarme atada siempre a hiedras

y una almohada llena de tu rostro.

Mi vida toda es sólo sueño, niebla.

Mas llegas y mi voz ya no es cautiva.

Y aquella que te amó se me asemeja.

 

 

NADIR

 

Amigo, hablemos de las cosas raras.

¿Tú crees en las ánimas, las sombras

de los asesinados y suicidas

que vagan? Los fantasmas hacen rondas

en torno a un niño gris. Los perros vagos

entonces mueven fiestas con la cola.

¡Nadir! ¡Nadir! Ayer soñé con ella.

Hecha Dios Padre, espíritu y alondra

me dijo, mi Nadir, que me soñaba

desde su muerte, al dar, la flor, la hora.

Yo le llevé recién cortadas brisas.

Amigo, se me ocurre que hay curiosas

criaturas de la tierra donde hay huesos

y almas. Y también existen bocas

de muertos insepultos convertidos

en el enjambre de un amor que llora.

 

 

MADRE

 

Entre las sábanas enfermas, madre,

te duermes sin saber de mi vigilia.

Escúchame callar en esta hora

de muerte, de silencio y de agonía.

Cuán sana fluye la existencia afuera

con su rumor de rosas encendidas.

Tenía pocas cosas que decirte,

y aquí me tienes vuelta piedra herida.

¿Por qué tuviste la terrible culpa

de haberme dado leche de desdichas?

Recuerdo mi terror a los relámpagos.

Qué eternas esas noches se me hacían.

Caían Dios y rayos pero tú,

tardando, en mi rincón te aparecías.

Mi madre loba que te vas muriendo,

he aquí, llorando, tu pequeña cría.

 

 

HIPÓTESIS

 

Si tú a morir te fueras, si las mantas

muy frías se quedaran en tu lecho,

yo no te llevaría flores tristes

en donde estés. Le pediré a los cuervos

y al ruiseñor que no me condenaran

a ir desolada y pálida a tu encuentro.

Pañuelo de cenizas cubriría

la forma sin color de mis cabellos.

 

Llegabas a la cita apresurado

en busca de las uvas de mis besos,

y mi pezón mordías, vengativo.

 

Si tú a morir te fueras, hombre necio,

querré saber por qué te hiciste piedra,

helada luz, distancia, sal, espejo,

ternura fría. Yo querré saber

por qué y con qué intención te hiciste muerto.

 

 

CANTO PROFUNDO

 

Yo observo al hombre trabajar la tierra

y al ave que en el hueco de la rama

de un tibio limonero se acomoda.

En su holgazanería así se cansa.

Su trino es el diamante del deseo.

Y tú, mi prójimo que mueres, habla:

¿por qué la misma piedra así te encorva

al convertirse la creación en alba

y la razón del tiempo en un reloj?

Ah... yo. Si llega el día ya me afanan

un raro oficio, una encorvada pena:

lavar de enormes piedras las palabras,

buscar un verso donde estuvo un grillo.

 

Nadie tan triste como algún poeta.

 

Para dudar, después, de su juicio,

¿qué Dios oirá esta noche mi poema?

 

 

POETA

 

Hablemos de poesía. Se me ocurre

que Dios no sabe sus palabras tristes.

Y yo tampoco sé por qué las tardes

en sus lejanos ojos se hacen grises

o sus primeros versos callan, distraídos,

en el instante de morir un cisne.

Decir la mar es pronunciar poesía.

Decir poesía es no sé qué mentirse.

Ella soplando el corazón del hombre

con fuego amargo en el papel escribe.

Si está la rama próxima a romperse

porque la luna loca al mar lo riñe,

yo sé que la poesía se desata

en grandes olas en poetas tristes.

No buscan pájaros ni luz sus versos.

Persiguen la razón por qué morirse.

 

 

CAMINO

 

¿Camino de partida o de venida

es éste en donde estoy desatinada

con un pañuelo ausente de señal?

No sé si voy o vengo pues son tantas

las sombras de los hombres y mujeres

que dejan tras mis huellas sus pisadas.

Atiéndeme Señor y dime adónde

bajo el chubasco voy descarriada.

¿A cuál de tantas puertas llamaré?

¿Por quién preguntaré? ¿Seré hospedada

cuando el relámpago mi rostro alumbre?

¿La gente me dará la tibia manta,

el té, la charla y buena despedida?

Yo sólo aguardo en estas horas vagas,

llegar a medianoche a mi destino.

¡Mas heme aquí una estatua extraviada!

 

 

DIOS QUE ES ÉL

 

Él hizo mi palabra enamorada,

la llamarada añil de tu silencio,

las seis en punto y el adiós más mustio

frente a las olas rubias de aquel puerto.

Él hizo las primeras golondrinas,

el frío de esa tarde y aquel miedo

de que llegaras tarde o no llegaras

cuando era una muchacha más del viento.

Mi alma llena de gorriones mudos

Él hizo, y la hojarasca del infierno.

También los pasos lejos de mi vida,

y el rayo de este absurdo pensamiento.

Yo escribo un verso torpe y distraído,

que sucio, desvestido, perro fiel,

es mi hijo amado, padre y madre míos,

mientras la noche ladra contra Él.

 

 

AMOR DE ENERO

 

Ya son las altas horas de la noche.

Un pájaro espectral el vuelo alza.

Se hunden sus graznidos como piedras

en las heladas aguas de mi alma.

Al monte me llevaba algunas tardes

mi amante, y tras su sombra aleteaba.

¡Los besos como llaves diferentes

para mi amor de enero y rosas blancas!

Después aquel aliento de penuria

o el odio en su guarida de palabras.

Ahora esta afición de no vivir,

de ir a mi entierro y ser las dos campanas

tocando en el oído de las flores

que caen como plumas de las ramas.

 

Soy luna enamorada que obedece

al lobo que le aúlla en ambas caras.

 

 

CONCIENCIA

 

Tus ojos, dos secretos que me observan.

Mas, ¿qué dolor es éste que en mi frente

tan pálida, parece algún lunar?

Si están los astros pocos, si la muerte

echó la puerta, si las hojas secas

en viento malo al rato se convierten,

si cruje ya el paisaje y van los muertos

en busca de las gotas de la fiebre,

yo sé que estás adentro, horrorizada.

Conciencia que te aferras a mi suerte

y abrazas fuertemente a mi existencia,

no sé qué hacer contigo pues me dueles

con un dolor sin pausa de pregunta.

La tarde cae fría y muy terrestre.

Mi nombre lloran pájaros azules

Melancolía, deja de morderme.

 

 

RETORNO

 

Retornarás, total, jamás te fuiste

y te querré otra vez porque yo llevo

mi sueño ya amarrado a los cometas,

mi corazón vengado por el cielo.

Un día no pensado, cuando vengas,

me encontrarás quejándome en mi lecho

y sin poder, criatura, defenderte

del hilo de mi abrazo y de mis besos.

Como el otoño, mi nostalgia ruge.

En esta ausencia tuya todo es hueco.

¿Qué es la mujer sino sangrante ave,

violeta que jamás levanta vuelo?

 

Trajinan por las horas las hormigas.

Aún no dan señal las viejas llamas.

Ya convertida en soledad marina

la constelada noche me apuñala.

 

 

LA OTRA VIDA

 

¿Te acuerdas de la vida, la otra vida

de pasos espantados, de los huesos

de aquel ciprés creciendo con nosotros?

¡Cuán niños en la niebla de otros reinos!

Volver a aquella edad, reír a costa

de nuestro susto en tantos cementerios.

Hallar morada en boca de aquel lobo,

que aquella nana de imposibles cuentos

para dormir, a  veces, nos contaba.

Las flores de los vivos y los muertos

en mis costillas crecen. Al rugir

el árbol del adiós con sus pañuelos,

el último paseo me propongo.

Yo sangro. Llena estoy de rojo duelo.

La luz del pueblo apaga los crepúsculos

y por sus puertas entra el universo.

 

 

MALEZA

 

Mi alma es una ramerita, Dios.

No quiero amar al prójimo. La fiesta

de la alegría ajena añade gotas

de hiel al ojo. Crece la maleza

de mi maldad si otros son felices.

Mi corazón al colmo siempre llega.

Yo peco, sí, yo pronto me extravío.

Me gusta darme al vicio y la pereza.

Yo canto maldiciones en mi cuarto.

El mal hablar de alguna pobre vieja

asmática se eleva por mi voz.

La perdición de otros me contenta.

 

Pasada ya de copas me derrumbo

sobre mi lecho componiendo un himno:

“Mi Dios, lejano Dios, perfecto Padre,

soy esa oveja que perdió tu Hijo.”

 

 

TUMBAS

 

Saldrán de mis costillas las violetas,

hijas mejores de mi propio fin.

Se curará mi muerte en las raíces.

Se apagarán las llamas de arboledas.

Yo dormiré cantando en el silencio

del camposanto que olvidó la gente.

“Es una voz muy negra y muy lejana

que a medianoche en el lugar se oye”,

dirá el sepulturero a los amantes

que orinan sobre tumbas descuidadas.

Si hubiera yo sabido no naciera,

mas ya que de una bruma fui nacida,

Dios mío no me mandes a un destino

donde hay mayor espanto todavía

que en esta vida seria, pero perra

y apenas divertida si enloquece.

 

 

LUNAR

 

Fuera mozuela y me salieran frescas

mejillas y ahí bajara algún lunar.

Oliera a cesta nueva como huelen

las niñas acabadas de peinar.

El cura y el juez me enviaran cartas:

“Como una verde hoguera es el pinar.

Ensaya siempre el lirio ser la rosa”.

A veces me quisiera enamorar.

Soltara cada tarde mis vestidos,

mis alas nacaradas sin lavar.

Partiera envuelta en luces de un navío.

Volviera atardecida y sin casar.

Callada cual luciérnaga es la noche

que en el espejo suele desmontar.

Fuera mozuela y me salieran frescas

mejillas si me vuelvo a enamorar.

 

 

NEGRO VINO

 

Poeta, tú que escribes, tú que callas,

tú que eres hombre y además camino

y vas detrás de las palabras y hundes

en un amor desnudo tu cuchillo.

La pena es casi todo cuanto vale.

Más que la ebria copa vuelta añicos,

más que los rayos de espantado cielo

si de él se desmorona lo infinito.

Sólo tú cabes dentro de los versos.

Un pálido ataúd en ti metido

es tu poesía, hermano desdichado,

y eres también los clavos y el martillo.

Tan corta es la distancia entre la vida

y la piadosa muerte, los domingos.

Bebiendo el paso de los años todos

el Verbo en ti se vuelve negro vino.

 

 

EL ROSTRO DE DIOS

 

Ayer soñé contigo, Dios. Tú eras

el trueno de las doce y la alta luna

en una vieja noche entumecida.

La fiebre, pobre Dios, se te hizo furia.

Venías a decirme que me di

con mi gorrión amado a alegre fuga.

Y yo ni arrepentida ni miedosa

sentí que no era más tu rosa única.

Oíamos al mar golpear su pecho

contra la blanca estatua de la espuma.

Veíamos al cielo desangrarse

como un amor de luz que no se cura.

Por un instante el grillo de una rama

calló a otro grillo de las flores muchas.

Con lámpara en la mano te miré.

¡Y vi en tu rostro un llanto de criatura!

 

POETISAS

 

Mis mujercitas pensadoras, mustias,

que llevan por sombreros dos palomas.

Un taciturno verso las persigue

porque los lirios por su herida aroman.

Yo sé la nada pálida que cantan

y la estrellada noche que no nombran.

Sus versos son relámpagos quebrados

y flores arrancadas como bocas.

Yo sé, yo supe que se van muriendo

pues ya no son las mismas sino sombras

de algún querer lejano y maldecido.

En sus miradas caen mariposas.

Si fueran aves de alegría y frutas,

pero ya secas llamas las devoran.

¡Ay! silenciosas, hijas del espanto

y del decir más triste que enamora.

 

 

COSTUMBRE PERRA

 

Si la hojarasca en niebla se convierte,

yo dejo la ventana y voy, amado,

en busca de tus sábanas. Me acuesto

con paños de mi fiebre a tu costado.

Qué amor tan taciturno es este sueño:

llegar ya tarde a noches de relámpagos,

ya tarde a los ocasos, no morirnos

cual árbol de oro viejo al pie de un astro.

Mi sueño es sólo un verso de crepúsculo,

un lobo de ojos tristes reclinado

sobre su herida pues perdió el bosque

y el viento en sus oídos es engaño.

 

Esta manera de quemarme el alma,

este morirme sin haber sangrado,

esta costumbre perra de quererte,

este quedarme entera a tu costado.

 

DIOS ENAMORADO 

 

La primavera tenga piel gitana

y hable Dios con verso enamorado.

De mí no quede ya sino aquel viento

con que voló la alondra de mi canto.

 

Rugir de mar impuro y marineros

cuya nostalgia culpan a los astros.

 

Olor a sangre, a crisantemos muertos

y a tu partida tuvo aquel verano.

Tan blanca como la mujer más blanca

yo me quedé y un viento desbocado

me descalzó y bajó a mis pies la noche.

El agua entonces era vino amargo.

Mas tengan boca fresca las violetas

y diga la mujer el nombre amado.

Las rosas buscan trenzas que ponerse

y tanto amor, para acostarse, pasto.

 

 

FANTASMAS

 

Fantasmas de la noche, niñas tristes

que escriben con las luces apagadas.

Dragones del infierno las vigilan

y en un castillo mueren encerradas.

Sus nombres se pronuncian como lirios.

Las miro cada tarde atareadas,

buscando el verso de hoja gris que diga

aquel dolor de mar que no se acaba,

y un duelo, un no sé qué lejano, inmenso,

como una horca entonces cierra mi alma.

Mis niñas, la costumbre de buscar

angustias como agujas mal se paga.

Si hubieran hecho caso de sus madres.

¡Si no hubieran salido de sus casas!

Sus senos se deshojarán. Tan sólo

el frío irá a crecer en sus entrañas.

 

 

PERRA SOMBRA

 

¿Quién soy? Apenas me conozco orando

a un Dios que dicen que creó las olas.

A la mañana me recuerdo ciega,

limpiando de arenillas a las rosas.

¿Quién soy? A veces me pretendo amando

a un hombre extraño que en mi perra sombra

avanza cojeando y distraído

y va a toser su mal de amor a solas.

¿Quién soy? Yo soy la bestia perseguida

por asesino lobo que ya ronda

mi casa por el pueblo oscurecida,

mi piso frío en que me duermo loca.

Soy esa eterna sangre de los ríos.

Por mi dolor los dioses se apasionan.

Y brotan de mis ojos flores ciegas.

Y muero sana y perramente a solas.

 

 

CIRCO 

                  a Giovanna Pertile, porque lleva mi sangre.

 

Yo fui a nacer y el mundo enloqueció:

Atardecer de mares y naufragios.

Las aves antes de alcanzar altura

caían en un bosque embalsamado.

Un elefante triste en rojo circo

brillaba en tantos ojos agrandados

del público contento. ¡Cuánto éxito.

Con sólo tropezarse los enanos

reír hacían a la humanidad.

El tigre, con rugir, causaba espanto!

Y fui poetisa y acabé creyendo

locura la razón de los humanos.

 

 

Tejí una manta de alegría y luto.

A quien me amó pedí llevarme al circo

y ahí dejarme, lejos de este mundo.

Que sólo en los payasos vi juicio.

 

 

PALOMA

 

Melancolía: el sauce sin sepulcros,

la tierra que no alcanza a ser magnolia,

los ojos del crepúsculo, el adiós

de aquel borroso marinero a solas.

Y qué melancolía aquella rama

sin flores, sin hormigas, sin alondra.

Mi corazón desesperado busca

al extranjero infiel que no me nombra.

La tarde se ha poblado de distancia.

Por un amor se apagan seis farolas

y ladran siete perros vagabundos.

Transcurre en los jazmines el aroma

de toda la palabra enamorada

que nadie me decía en dulces horas.

Me quiso mensajera. Él se llevó

atada a su silbido mi paloma.

 

SUEÑOS

 

Te rezo Jesús mío en largas tardes,

estando florecidas las estrellas.

Y cuando a ti te rezo, vela en mano,

el fósforo se apaga en su pureza,

se enfrían como cierzos mis palabras,

y la mirada se me vuelve tierra.

“Amén”, me oigo decir y ya el silencio

me envuelve como carta nunca abierta.

Jesús, el de la cruz, que das la sangre,

el de la luz, que mueves a la piedra,

a ti te pido en esta enferma hora

para mis sueños mariposas nuevas.

Señor, mi redentor, mi bienamado,

yo sé en mi petición quedarme quieta.

Y va mi voz a ti como al aljibe.

¿Mas qué piedad es ésta, de aguas secas?

 

LAS LEYES

 

Culpable soy. Si solamente atiendo

a mi engañoso antojo que no mira,

ni ve, ni oye, de las culpas libre

estoy. Yo me aconsejo con la prisa

de quien tan sólo divertirse quiere.

De tantos sitios salgo con la risa

horrible de sentirme sana y bella.

Mas hoy subí los muros de la vida

y vi que soy culpable de las faltas

que no se curan. Me encontré vestida

con piojos, sarna y pulgas de las necias.

Perdón, te pido Dios. Si tú me citas,

las aguas de mi río irán en paz

al mar donde se ahogan las malditas

mujeres que las leyes no obedecen.

Yo soy culpable Dios de ser yo misma.

 

 

POEMA A MIS ESPOSOS

 

Ay, mis esposos, todos mis esposos

se fueron a la mar, ayer, mañana.

Guardé sus blancas ropas, la fortuna

de pobres con que hicimos las moradas.

Viuda me quedé. Vestí de luto

y fui por pueblo esquivo saludada.

Un perro, la comida justa, un lecho

es todo cuanto tengo por cordura,

porque al romperse el viento de la noche,

los búhos al rezar y huir la lluvia,

qué loca voy diciendo por las calles

verdades, si vestida, mal desnuda.

La espina, ¿para qué? ¿Por qué las rosas?

Amor y desamor no dan descanso.

Pasar por esta vida y a esta hora,

se paga con hastío, si no espanto.

 

 

LA GACELA ENAMORADA 

 

 A mi cazador

 

Soy la gacela enamorada ¡Dios!

de mi nocturno cazador que viene

al bosque con las ansias de mis astas,

mis ancas, mis rodillas y mi lomo.

Si están los cielos vistos, si los astros

asoman su hermosura de universo,

si el cierzo va soltando ya a las aves

y mi nocturno cazador no llega,

los ojos se me vuelven aguas mustias.

Yo advierto aquella fuerza de su lanza,

su afán sin pausa alguna de mi sangre,

su prisa por volcarme sobre el suelo,

por malherir mi vientre y voy a prisa

a aquel encuentro con mi propia suerte.

Me ofrezco a su lanzazo. Yo le pido

que me abra entera en la caliente muerte.

 

 

LAS BODAS CON JESÚS

 

¿Faltar a mi deber? Jamás, amado,

pues si te fuera infiel, ¿con cuál marido

tendría yo las bodas más hermosas,

que no sean esas que pasé contigo?

He puesto petición en boca mía,

y tú con pronto sí me has respondido,

aquella noche en que cayó el sereno,

y había un cielo, y un primer rocío.

Fue desde entonces nuestro amor la casa

donde jamás llegó a nacer un hijo,

ni mundo pasajero techo halló,

aunque la mala gente a vernos vino.

Si bella todavía me encontraran

es porque en buena tú me has convertido.

Queriéndonos la vida es dulce día.

Amándonos la muerte es lar divino.

 

 

LA HIERBA ES LARGA

 

Voy caminando. Van mis plantas sobre

el pasto con cristales de violetas.

Yo sé que no soy libre, que la culpa

de algún delito infame me condena.

Está en los viejos libros esa ley

por mí quebrada de tan mal manera.

Procuro, mientras tanto, no saber

sino cuanto a los otros  fue a ocurrir:

el homicidio y el suicidio al alba,

la sangre de este mundo en su escurrir.

Jamás fui tan feliz así penando.

El hombre y su razón me hacen reír.

 

 

Apuros, ¿para qué? La hierba es larga

y el paso se hace oveja bajo el sol.

Mañana es otro día y a horas altas

apaga y prende el cielo un nuevo Dios.

 

 

 

La presente edición electrónica de Versos de amor y de locura,

de Delfina Acosta, realizada por Portal 

de Poesía, ha sido depositada en la

Red a los catorce días andados

del mes de noviembre

del  año 

dos mil 

siete.

.