CARLOS PENELAS  

 

Posada del río

 

 

 

 

 


 

 

Ojos que no ven

lo que ver desean

¿qué verán que vean?

Cancionero

 

  He salido a devagar. Una jubilosa desesperación asoma; acuna el deseo y la gloria de estar vivo. He destrozado para siempre el único recuerdo de mi padre: su reloj de chaleco. Siento el abandono, un oleaje donde el destino se une a las almas cautivas.

           Hay un instante sutilísimo en la vida del hombre donde se revela su esencia. Una rueda gira, lenta, desde sí misma. Las voces de la infancia se aproximan en este fluir de máscaras. En la penumbra de nuestra mirada sorprendemos lo sagrado. Gala descubre lo fugaz. Destello y trascendencia. Se contempla desde la lejanía.

 Sube por el parque, aire desenredado, morada de otoño. Oye el oscurecer mudo de la tarde. Es aquí donde Gala protege mi nostalgia. En su imagen, con excitadas evasiones. Celebrada búsqueda que resuena en ladrido. Voraz olfateo de hojas secas. Corre junto a las nubes, viene a mí. Eleva sus ojos sin saber de estas breves horas de la vida.

He salido con ella. Tardo en sentir el rumor del cuerpo, la respiración en la alegría de los niños. Sin ningún deseo inquieto la memoria. Llevo una boina azul oscuro. En la asomada lluvia, Gala es vértigo que parte. Bandadas de gorriones huyen aventando incertidumbre. He salido a devagar.

 

Un gótico torreón

y una gótica aguja

en el cielo ilusorio

 Aloysius Bertrand

 

SU vida es un desandar mudado. Todo hace que sea impulsada a la oscuridad de los cuartos, al patio, echándose ora acá, ora allá. De cachorra, al amanecer, con escandalosos ladridos solía abrir la puerta de mi biblioteca. A veces se quedaba suspensa, buscando palabras, perdiendo el aliento en el vivir. Así la miro en atrevidas y graciosas actitudes de distinción, con las patas estiradas, ausente. Nada más cautivante que estar a su lado, contemplar el follaje de los árboles, las calles. La ciudad está en marzo y nos oye.

          Parece escuchar un olvidado paraíso. Las figuras sombrosas resplandecen. Mis ancestros: fulguración de recuerdo. Vuelven al bosque entre lloviznas. En ese lugar las hadas, el frío de la noche, matorrales fustigando cabras. Atravieso el gozo junto a pájaros que bordean la hierba. Las ramas en los labios del aire llaman a ciertas divinidades. Dormida en el banco de una plaza, fina arenilla de verano, bajo el jacarandá. ¿Dónde termina el viaje? ¿En cuál eternidad adentrarse?

 

Y no es recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos.

César Vallejo

 

          EL poema toca la ausencia. Un jour passera la camaraderie inerte de l’oubli. Con su hocico desnuda lo salvaje. El silencio de la vegetación se alberga en la aurora. Todo es fin y comienzo. Habitamos muertos en rotantes astros. Despertamos en la evidencia de lo ingenuo, desamparados entre cielos y petrificados jardines, en habitaciones con infolios, diarios, manuscritos.

No hay codicia ni herida en su peregrinar. Se tiende en la docilidad del sillón, junto a la lámpara. Vagabundea sin acatar campanas. Presiento su impaciencia, abarca el fondo de mi ser. Siento su corazón hasta el confín del sueño. Me mira ausente.

La luz de una vela parpadea en un candelero. Es necesario volvernos primitivos. Hemos envejecido sin el estremecimiento de lo breve, del vacío. Desierto, solitario veo pasar  la luna sobre el parque. Oculta finitud, trenes incandescentes sobre acantilados. Tenemos necesidad de eternidad, pero también de engaño. Son instantes que compartimos, instantes donde el sol o la noche me encuentran. Pero las visiones se desvanecen. Cierro los ojos y miro el mar, las grandes rompientes; el bosque quedó a mi espalda. Es verano. Gala gime ante lo invisible. El gozo fecunda fulgor y tránsito. Aún no sé en qué medida mi espíritu está ligado al enigma. La vida es tan sólo una forma de la pasión.

 

...danza como una antorcha su fantasma en el aire

Charles Baudelaire

 

            La veo jadeante. En sus dientes el hueso es felicidad y origen. Simulacros que concede el tiempo donde nos extraviamos. Gala hostiliza espejos, el hábito de la siesta, la fatal ironía de lo real. Heme aquí mirando lo sensible, lo que no sabemos comprender. Voces de pólvora, rebeldes. Me abandono, siento la consumida hora del reloj de pared. (Soy Matías Pascal; gritos agudos me persiguen. Y un hartazgo sosegado. Reverberación del mar. ¡Oh, mi silencio!) Veo hombres rezando sin sentido, el sopor del sahumerio, textos celebratorios. De pronto, la imagen de la amada. Ausente me pierdo en lo más hondo de mí. La imaginación desvaría en  vuelo,  me dice la evidencia y el canto de su cuerpo. Cuelga la ropa en la soga del patio, me fío a su fluir. El sol ordena una vegetación de cúpulas. Es insondable la tontería humana. Gala me ata a esta humanidad que me atrae a la vez que me repele. Hay ondulantes pájaros sobre el crespado río. Y el faro y el fuerte portugués en el cielo.

 

Y a veces lloro sin querer

Rubén Darío

 

          Me acompaña al almacén, a la ferretería, a la farmacia. Los vecinos me identifican con ella. El panadero me saluda, el florista. Un prestidigitador sonríe su tránsito. Su andar a veces es titubeante. La protege un hálito de dignidad, de altivez. Su vitalidad es una suerte de metafísica. Dialogo con ella, le confieso mis dudas. Su mirada, ebria de luz, responde al príncipe del exilio. Aún le ladra a la niebla, a las bestias heráldicas de los templos. Mis hijos la abrazan con piedad en el juego. La recordamos joven. Ahora está a mi lado, al costado del sillón, cerca de la lámpara de pie. Mientras leo, dormita junto al hogar encendido. Acaricio su cabeza, sigue sumergida en constelaciones profundas. Nutre inocencia; expectante temblor. Siento la reliquia del dolor: la memoria. Se aventura para socavar infinitud, enzarza la alta noche en su deambular enarenado. La acaricio repitiendo una ceremonia.

 

Hay un reposo musical de las cosas...

Federico García Lorca

 

          Todo es fragmentario, hasta esta red titubeante de palabras, estos ojos de la lengua. Todo es fragmentario ¿ella lo sabe? Merodea en silencio, desune el miedo velando lo irreal. Vigorosa, busca refugio bajo una hamaca. Su corazón es un tambor en vuelo. Las huellas aún frescas en la tierra quebrantan lo ancestral. Embiste esteros, socava el hechizo. Se despierta para observar el estrellerío. A veces creo que siente el pavor de la nada. Otea con distracción nuestra lámpara. Bebe el agua pura de una fuente, indaga el eco y el inicio del mundo, fatiga ternura. Siento una galería de espejos empañados a mi alrededor.

 Ahora fluyo en el desorden. Dormida pero despierta, de sí misma ajena, transmite su temblor en el centro del pecho. Nada adviene. Sólo ensueño y aire y vigilia.

 

Todo pasa dentro de un corazón sin tinieblas

María Zambrano

 

SE estremece ante el infortunio o el desconsuelo. Escucha una alondra suspensa entre las barcas. El resentimiento, la incertidumbre, la represión íntima. Salimos a caminar el alba. Descubrimos una dama taciturna de capelina negra. Me veo con mi guardapolvo blanco y la caja de útiles sobre la mesa de la cocina. Hay elefantes, patos, un cerezo. Por la ventana estoy viendo el potrero donde jugaba al fútbol. Lanza un ladrido y vuelvo en mi. Todo es inocencia, felicidad. Silba el viento sobre la carretera. Desde un balcón miro una tienda de ultramarinos. La gente tiene el rostro de arcilla y camina entre lodazales. ¿Adónde estoy? ¿Adónde estoy? Camino en la noche, aunque es de día.

 

 Lanza un ladrido y vuelvo en mí. ¡Oh, el arroz con leche y la canela! Evoco mariposas, el reloj de chaleco de mi padre, un primo que fingía rezar. Un herbolario, las tisanas. Y el vestido violeta de mi hermana navegando sobre su lecho. La pobreza husmea por las calles. ¿Quién pronunciará mi nombre? La cólera destrozó para siempre el único recuerdo de mi padre. Un mundo de culpas y expiaciones abroquela la dicha y la desdicha. ¿Dónde está lo desconocido? ¿Fuera de nosotros?

 

Quedan el torrente, la rosa, el pavor. Quedan los sueños.

Cesare Pavese

 

          EL ocio brota de mí. Fragilidad, voces insurrectas, ansiedad confidente. Como Anubis, mira las estrellas donde el navegante pierde su ruta. Siempre estamos lejos de las jaurías. Pienso en mi adolescencia, en las princesas de los sueños. En María Manuela, mi madre. El amor venía con vestidos azules, en ramilletes o en naranjales. Descendíamos en un bote por el río, murmurantes. Rocío cubría su cabeza con un pañuelo rojo. Habíamos dejado libros y exámenes por el mayo francés, por hoteles, por fantásticas banderas. Miro una fotografía en donde estoy junto a una casa de piedra. Percibo el hambre, la exhumación del silencio. Todo es recuerdo, todo es recuerdo. Desde la posada veo el río. Y no me fatigo de mirarlo.

 

...los soles pueden morir y renacer

Catulo

           SU olfato finísimo me identifica. Desde el aliento un brebaje resucita la fiebre de los bosques. La constelación del Can sosegada de luz. Esta vida devora locura o paraíso. ¡Ay, alivia mi dolor! Sus ojos consuelan este degradado territorio. Sin palabras, protegido de la voracidad y la inocencia.

 Un vínculo une nuestras miradas. También había mar y estrellas y cenizas. Junto a nosotros se deslizaban islas en los buques anclados. Sabe y quiere enseñarme que entre lo fugitivo y yo hay una empecinada búsqueda. La imantación de la memoria es voluntad perdida entre las florcitas de los Andes. Yo era tan niño, me digo. Tan hundido estoy de costas y de cierzos. ¡Si pudiera recoger la sombra de la arena!

 Escúchame, nuevamente te he visto de improviso. Mi padre se aproxima con su sombrero gris. “Me viene de nuevo la alegría, hijo, la alegría. Es una alegría profunda”, y llora. ¡Oh, la cotidiana ventura de respirar aún!

 

En lo alto del bosque está mi eremitorio.

Ricardo Carballo Calero

        

          VIVO en la eternidad, en lo que queda al pasar por el espejo. It is later than you think. Lo que no tengo es lo que poseo, el latido de la ausencia. Se inclina el poema en soledad. En ninguna parte preguntan por ti. Escucho hojas restaurando la noche: siento la calma de la brisa. Subimos una y otra vez entre dones inciertos a lo inasible, al hontanar. El poeta es un creador de anarquías. Su cabellera dispersa viene en la alegría del misterio. Tendido bajo el aroma y la suavidad de sus senos. ¡Deidad que todo lo devora!)

Creo que Gala quiere decirme algo. El delirio de las cosas como un  espejismo. Reverbera lo onírico agitando pañuelos en la orilla. La muerte sueña y mueve su morada. Es el amanecer. Me despierta con su pata, con su hocico húmedo. Necesita que la acaricie, que toque su cabeza, sus orejas. Un aire sopla sobre el cuarto. ¿Y tu quejido de antes de morir, lo expresarás? La augusta sombra exalta lo ignorado. No quiero pensar, no quiero sentir. Y todo es breve, todo es breve...

 

...el mar de tu alma alza tu cuerpo de elegía.

Juan Ramón Jiménez

 Non ayades pavor

Mio Cid

 

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Piñeiro, Avellaneda, hacia julio de 1946

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La presente edición de Posada del río,

de Carlos Penelas, fue colgada

en la Red a los seis días

andados del mes de febrero

del año

MMVI