AURELIO GONZÁLEZ OVIES

 

   

VENGO DEL NORTE

 

 

  

 

Una casa y un árbol genealógico cuyas raíces más antiguas se hundieron en la noche de los tiempos y cuyas ramas se extendían hace siglos por largas e infinitas posesiones solariegas. Una casa y un árbol genealógico cuyo último heredero, sin embargo, es este hombre anciano y sordo, con aspecto de labrador de pueblo, que ahora se afeita delante del viajero, rodeado de gallinas y recuerdos.

                            Julio Llamazares  

 

  Ninguna voz, ninguna apelación de la tierra, ningún lamento de hojas, nada. Y me vi solo, desnudo y solo, y era como si la traición me hubiese envejecido siglos. Tristemente me brotó del alma el blanco nombre de la Amada y murmuré -¡Ariana!      

                         Vinicius de Moraes

 

 

 

 

            I

 

NUNCA es puntual el tiempo

para dejarnos solos y empezar a perdernos

en la espesura donde ya nadie se conoce.

Quiero estar aquí como la lluvia,

en vertical como el abismo.

Soy el amo de la soledad,

la cifra de la nieve, el inventor del cero.

Soy el conquistador de la humedad del agua.

Quiero instalarme aquí. Mis carabelas

están enamoradas de la ruta del sueño.

 

Vengo a ofreceros mi fe antes de que anochezca,

a entregaros mi historia rural como el ganado,

a colgar un refrán de vuestro cuello

y deciros mi vida. Vengo del Norte,

de una noche dormida en los castaños,

de una casa fresca como los vientres de las bodegas.

 

Mis recuerdos son vuestros desde ahora,

os ofrezco el perfume de los membrillos

envuelto entre las sábanas,

el rito cereal de las siestas de mayo,

el canto de los grillos, la sed de los limones.

Mis secretos son vuestros desde ahora,

os proveo de ojos manantiales,

de mitologías suaves para mecer las cunas,

de palabras-espiga para dorar lenguajes,

de caminos y charcos y atajos como infancias.

 

Antes de que anochezca,

he de plantar aquí la grana de unos ojos

que no deben cerrarse,

la fuerza de unas manos que abrazan como muros,

la voz tradicional de la boca del barro,

los frondosos suspiros de la menta.

 

Ven a recibirme con tu ajuar de deseos

y viviremos cerrados bajo la biografía de la niebla,

en el exilio de los faros.

 

Te adornaré las horas con laureles romanos

alrededor de casa,

te diré que los dioses duermen en los jazmines

desde el último eclipse,

te vaciaré el volcán que supura en la boca de los siglos

y haremos un paisaje que brote nuestros nombres

en sus tierras.

 

Nunca es puntual la lágrima para llorar el humo

que se escapa de un alma que se enciende

y crepita en los leños que tabican la puerta del olvido.

Aquí seremos libres como el atardecer de los pastores

y la sonora estación del queso fresco.

 

Seremos más que libres

y pondrás tus sospechas a curar al aire puro.

Ahora di que sí, solamente que sí

como hacen nuestros árboles al entregar el fruto

o admiten nuestros perros al robar su camada.

 

Quedaremos

y pintaremos el cielo de cal viva y tendrás una estrella

preferida

y arrendaré una fuente a nuestras náyades

donde laves la ropa arrodillada con el lento jabón

de los crepúsculos.

 

Quedaremos y parirás con el dolor de las cosechas,

con esos gritos rojos con que se hace la sangre

y se pisan los mostos en las tribus del alma.

 

Quedaremos aquí,

definitivamente lejos de los ayeres desilusionados,

definitivamente cerca de las inmensas llanuras

por donde tendremos que partir

cuando caigan las nieves de nuestros ojos fríos.

Serás tú la heredera del rocío y de las lunas llenas,

tú la que cure con hierbas los dolores del mundo

y la que más entienda del vuelo de los pájaros

y el croar ensordecedor de las tristezas.

 

Quedaremos aquí,

definitivamente hundidos en el temblor del tiempo

y los helechos,

definitivamente ocultos bajo las primitivas

capas del espacio,

definitivamente así como la muerte.

 

 

 

II

 

De dónde soy, me pregunto a veces, de

dónde diablos                                                                         

vengo, qué día es hoy qué pasa.

  Pablo Neruda

 

 

VENGO del Norte,

de donde la tristeza tiene forma de alga,

de donde los siglos son muy anfibios todavía,

de donde las grosellas son un veneno puro

para beber un trago cada noche.

 

Vengo de allí a conquistar paisajes malheridos,

a dar voz a los ecos de estos valles

que nunca se han hablado más que con señas de humo.

Ella viene conmigo,

con todos los caminos enroscados al cuello

y una perla de hambre colgada de su frente.

Quiero vallar aquí la eternidad para todos los míos,

para todos los hombres que desciendan de un padre

carpintero,

para todos los muertos condenados a girar esas aspas

del eterno retorno.

 

Mirad aquellas tierras, aquellas plantaciones

de pájaros mojados,

mirad aquellas granjas donde todos los días

el sol devora el pan.

Mirad y, por última vez,

 

podéis llorar al pie de los lechos del trigo

que agoniza.

Porque vengo del Norte,

de donde nunca anidan las cigüeñas

porque las torres tienen que apuntalar el cielo;

de donde el frío habita el carbón de los lápices

y hay una flor gitana que cura el desencanto.

 

Vengo de allá,

de un paseo marítimo alumbrado con gas de calaveras

y estrellas de carburo.

Ella viene conmigo porque lleva en el vientre

más de doscientas conchas

y un hijo sin edad como los faros.

 

Ahora la prisa está bajando su marea,

ahora las caracolas tienen un rey de nácar,

ahora cada ola desemboca un destino

y yo os vomitaré un mar

para que nunca más os encontréis solos,

para que los auspicios os lleguen en botellas

y podáis escribir al horizonte.

 

Vengo del Norte,

y sé un poco del trayecto de la muerte

porque allí desembarcan sus galeras.

Escuchadme y seguidme,

os traigo grana verde de la palabra

que sangran los manzanos

y dentro de unos años nuestra felicidad podrá estar

muy madura.

 

 

 

III

 

YO soy el mensajero de los atardeceres,

de las horas granates que apiñan las frambuesas.

Soy la hora que nunca regresará a su sitio.

Soy el conquistador. Soy el atardecer. Vengo del Norte.

 

El ganado está manso como un pantano de oro

porque el mundo es pastor en esta orilla

desde hace muchos siglos,

yo lo vi merendar manteca y miel silvestre.

Algún día tendremos una casa,

algún día seremos dueños de una pomarada

donde la eternidad despierte con los gallos

y te ayude a peinar a nuestros dos mil hijos.

 

Vengo del Norte como la blanda niebla

que masticáis vosotros en las bodas del viento,

como el rostro moreno de la brea con que encendéis

los libros de la noche,

como las golondrinas que escapan de las cuadras

al reventar la seta del otoño.

 

Ella llora porque ha dejado atrás una cruz de violetas

encima de su raza,

porque sabe que aquí ahorcará su memoria

en esta lluvia de árboles que no hubieran nacido.

 

Los pastos están rotos,

pero traigo un arado con los dedos de un dios

que arañarán la tierra hasta tocar los huesos del primer

enterrado.

Ella rota un molino cada vez que me mira

para pedirme amor entre la hierba alta,

cada vez que me sube a los graneros donde la voz

deposita su harina indescifrable.

 

Os traigo una noticia envuelta con hojas de castaño,

una noticia fresca

que necesita tiempo debajo del estiércol,

pero será tan grata como la novia nueva

que grita cuando rompen su blanca idolatría.

Ayudadnos a descargar nuestra carreta;

que ella se pose despacio

como una edad que acaba de romperse las piernas

y necesita esclavos para bajar la vida.

 

Veo que está la noche cantando como un grillo

y que vuestras esposas han encendido el fuego.

Podéis iros,

que el vino sólo tiene un momento como las decisiones.

Mañana volveremos a vernos

cuando el rocío enmarque cristales a otro día

y amanezca de nuevo la palabra distancia.

 

 

 

IV

 

EN tus dominios las horas surgen de la nata,

de los campanarios del deshielo, del alma de la leche.

Esta es la estación de las promesas,

el mes por donde cruzan los afluentes del tiempo

y donde cogen agua las almas sin oficio.

No tengas miedo; la eternidad es húmeda

como los besos tiernos de una boca inundada.

 

Deja aquí nuestras cosas,

esta es la temporada de frutos deliciosos,

de américas y tangos maduros de coraje.

Deberías ponerte este pañuelo para pisar la vida

que palpita en las uvas

y viajar a la siega de nombres imposibles.

Canta como si hubieras estado muchas veces enamorada

del verano,

como si hubieras ido muchas tardes a las tradicionales

danzas de las espigas,

como si hubieras nacido para morir en una vieja mina

de amapolas.

 

Estas tierras han sido reservadas para el más allá

de los desesperados.

Por aquí han pasado muchos otros a preguntar a dios

cuántos pasos nos quedan al destino.

No tengas miedo; come unas bayas de esa esperanza roja

de la sangre del mundo;

prométeme, prométeme. Esta es la estación de las promesas:

de decir que estás acostumbrándote a no llevar la carne,

de empezar a ser un girasol de cicatrices,

de celebrar el llanto de la Naturaleza.

 

La mentira está dentro de todos los arbustos,

de todos estos seres que han echado raíces

sobre sus propias sombras,

pero tú necesitas una droga de barro,

un tallo de papiro que conserve los signos

de tu belleza acuática.

 

Aquí las horas no dejarán huella en tu mirada

porque las horas surgen de la leche que ordeñan los

montañeros,

de las ubres hinchadas de una madre parida.

Yo te prometo ser el campesino de todos tus dominios,

la voz que te detenga la lluvia y el granizo

cuando estén en flor aún los cerezos dispersos por tus labios;

 

Esta es la estación de las promesas,

el tiempo en que la tierra se abre como los sexos insaciables,

es la estación más larga de la vida.

 

 

 

            V

 

HOY tienes en el alma noche de luna llena,

tu eternidad aúlla detrás del pensamiento,

en las dunas del dolor que hemos dejado atrás

para llegar aquí y estar tan solos.

Encargaré a los pinos que lacren tu conciencia

con resina salvaje,

y entenderás el llanto de los lobos,

los frágiles dialectos de los copos de nieve.

 

Serás la reina aquí. Serás la enredadera que suba

por el tronco de mis árboles,

serás la milenrama que busquen los enfermos de esperanza.

 

Vengo del Norte,

de donde las sirenas siguen llamando a Ulises,

de donde los recuerdos se borran con la lluvia,

de donde los destinos se reman con los brazos muy abiertos.

Ella viene conmigo

para daros a luz una provincia de perfumes.

Ella trae las cenizas del gélido nordeste.

Vengo del Norte,

a encender las luciérnagas de vuestra soledad,

a tatuaros la piel con el rumor de los enjambres.

Mi silencio revienta como la pasión de las legumbres.

 

Aquí extenderemos las paredes de nuestro nuevo mundo

y ella tendrá un estanque y un sueño de pizarra

y unos ojos azules como los dioses áticos.

Quiero que la felicidad desprenda la fragancia

de los albaricoques

y se siente a morir cada tarde un momento.

Si me miráis así seré un poco más viejo que la tierra,

porque vuestras pupilas giran con el vapor de las embarcaciones

en que navegan los antepasados.

Ella tiene dos pueblos hundidos en el alma

y en noches como ésta habla con el acento de los pantanos;

lleva en el corazón un campanario

para que nunca más estéis tan apartados de las golondrinas

y sepáis la hora por su tristeza románica.

 

Vengo del Norte,

de una aldea tranquila donde la muerte viaja en un tren

de carbón,

de la llamada azul de los afiladores,

de una granja apartada de todos los destinos.

 

 

 

                        VI

 

DESDE las ventanas de tu cuarto

verás esa llanura donde habitan los hombres

que no tienen a nadie,

esos seres que escancian la nostalgia en las cubas sin fondo

de la niebla.

Verás todos los faros de la mitología

y a todas las esposas que esperan el regreso de los barcos.

 

Ha llegado a tu piel la primavera, ha llegado la pascua

a los laureles de tu aliento;

tendrás que bendecir estos terrenos

con la oración que traes escrita en el cansancio.

Ha llegado el momento de que pintes las flores

con el betún reciente de tu lengua materna

y pongas a los sauces a llorar para siempre.

Te nombrarán la dueña del espacio silvestre,

la artesana del polen,

la molinera azul de todos los panales

y cada abril que venga te pedirá permiso

para hacer el amor sobre la tierra.

 

Aquí serás feliz yéndote con las fuentes a conocer

lo efímero,

a comer fresas ácidas a los ocasos,

a bailar en las fiestas que hacen los campesinos.

Serás feliz y hermosa

y verterás dolor al tinte de las malvas

y llevarás pendientes como los manantiales

y te deshojarás toda en noviembre.

 

Estaremos tan sanos que en cada aniversario

la edad no llegará porque habrá nieve

y pasarán los años con el retraso de las indecisiones.

 

Desde las ventanas de tu cuarto

verás la enredadera de la costumbre trepando vida arriba

y no echarás de menos tu estancia en otra parte.

Jamás serán los días un eco indiferente

de las agrias campanas de los abutilones.

Quedaremos aquí,

apoyados en estos corredores donde cura el futuro.

 

 

 

VII

 

EN tus manos los pueblos se verán a lo lejos

como un olvido entero de luciérnagas

y pasarán los trenes por los márgenes rubios

de tus ojos

y se irán los pasajeros de tus lágrimas.

Vengo del Norte,

ella es hija de un humilde sereno

que vigila las calles de la conciencia,

ella trae la sabiduría de cultivar crisálidas

sobre los multiformes pétalos del alma.

 

Necesitaré un río para cruzar a las comarcas

donde se compra el grito de la felicidad eterna,

necesitaré una mano que bote las voluntades

río abajo,

necesitaré una corriente favorable a los deseos

y un puñado de brisa que apriete las edades.

Ella se quedará aquí consolando a la ribera,

protegiendo el capullo de la vida,

devanando los imperceptibles hilos de la existencia diaria.

 

Me iré con la última luna del invierno

y volveré enseguida;

volveré con la fluorescencia del verano,

con el saúco mágico del que comen los príncipes,

con la genciana donde se tiñen los crepúsculos.

Volveré con el azahar nupcial donde la libertad es virgen

siempre.

 

Esperad en vuestros puestos,

detrás de este paisaje de voz medicinal

donde la muerte no tiene aniversarios todavía.

Esperad sabiendo que regresaré muy pronto

y que ella estará en medio de vosotros como un estambre fiel,

como una catarata de respeto.

 

Vengo del Norte,

me mandan los patrones de la melancolía,

me mandan los barqueros de lo inolvidable,

los sabios cirujanos de las desilusiones,

los curtidos carabineros del ensueño.

 

                                                            (Para César y Ana)

 

 

VIII

 

 

YO no sabía que aquí mirabais el mundo

con los ojos cerrados,

que amabais las cosas con tanto desenfreno,

no sabía nada de vosotros ni de este continente

al que llegamos siguiendo el curso del olvido.

 

Vengo del Norte,

de los acantilados de un destierro,

de los muelles que esperan la ternura,

de las mareas del último suspiro.

Ella quiere pediros una estrella fugaz para amarrarse

el pelo;

está cansada y ha venido mirando atrás

como los que no vuelven.

Mañana se verá en las aguas y quedará preñada

de las profundidades; mañana, siempre mañana

como hacen las promesas.

 

Vengo del Norte,

de la edad retorcida de las viñas,

de los poblados rústicos del vértigo,

del alarido febril del urogallo.

Desde ahora poseeréis el delirio de arcilla

que retumba en el vientre de la cerámica,

poseeréis la fuga de las olas, el verbo de la espuma.

Desde ahora beberéis el jugo del pomelo

y plegaréis la simetría del alma en los moluscos

y llevaréis sombreros como los que vendimian

las llanuras del alma.

 

Yo no sabía que aquí entendíais la prisa de los ríos

y cruzabais la historia en balsas de corteza.

No sabía nada ni de vuestros frutales afrodisíacos

ni de vuestras mujeres migratorias.

 

Vengo del Norte,

de donde lloran las abuelas cuando suenan las gaitas,

de las escapatorias de los topos,

de las minas saladas de las lágrimas,

de la beatitud que fermenta en los hórreos.

Soy prisionero del salitre. ¿Por qué no preguntáis

cuántos naufragios tengo?

Puedo responderos con una nube.

 

Ella viene conmigo y en los días bisiestos

la amaré con dos bocas.

Ella es la amada que vieron los pescadores en las afueras

de la niebla.

Ella es la heredera de los faros,

la última gitana de la estirpe del llanto.

 

 

 

IX

 

EN las viejas miradas la luna canta tangos.

Soy el antepasado de los que me suceden,

soy un gitano oriundo de la flor de la pena,

soy el giro ancestral de la rueda del carro.

Soy un camino errante. Vengo del Norte.

 

He traído a mis muertos para que vuestros campos

germinen la promesa,

y ha venido la sangre a llover esta tarde

para que aquí reviente nuestra estirpe

con la fecundidad de los volcanes.

Soy el grisú que flota en las bocas ajenas,

soy el túnel que desemboca en la desesperanza,

soy el marzo que apunta en la rama del verso,

soy el corresponsal de las hogueras.

Vengo del Norte,

de la escritura cuneiforme del acebo,

de los funerales de la agricultura,

de la enorme tristeza con que se aleja el oso,

de la genealogía del pan de leña.

Ella viene conmigo porque es fértil

y amamanta a las mulas;

ella es la pregunta carnosa que rellena los frutos.

Algún día entenderéis por qué la quiero

y por qué come el polvo que levanta el futuro.

 

Tendremos una casa

y vendrán a cocer pan vuestras mujeres;

tendremos un establo y volverán los gritos de las fraguas.

Yo soy de un domicilio rural como la niebla,

soy el rompeolas de la edad tempestuosa,

soy el deseo marítimo de los de tierra adentro,

soy el invertebrado. Vengo del Norte.

 

No conocéis el viento ni sus silbidos rubios

cuando el bambú se seca.

Yo os traigo miradas viejas,

ojos parados en el solsticio.

Os traigo la luna en una jaula de lágrimas.

En las miradas viejas la luna enciende tangos.

 

Vengo del Norte,

del cazador furtivo de los páramos,

del relincho huérfano del asturcón,

            de los caserones dorados del poniente.

Ella tuvo un reino detrás de la distancia

y descifra los signos de los que nunca llegan;

ella habla dos mil lenguas como los ojos

y redacta los fósiles de la memoria.

 

Quedaremos aquí,

donde el humo regresa al fuego,

donde la eternidad no bautiza a sus huéspedes,

donde los dioses son salvajes,

donde la verdad cierra al crepúsculo.

Quedaremos aquí y ella estará orgullosa

 

como el ave que oculta a los polluelos

debajo de su vuelo.

Quedaremos aquí definitivamente cerca del origen del agua.

 

 

 

X

 

LAS madreselvas tienen vuestro mismo carácter,

vuestra misma bondad al trepar los abrazos,

vuestro mismo dialecto de palabras en ruinas.

 

Hay algo aquí parecido a la muerte,

tal vez esa nostalgia de sospechar que estamos

muy lejos de nosotros,

acaso ese susurro de los remordimientos,

quizá esa triste luna que ya no tiene pelo.

 

Vuestros cuerpos evocan la gran soberanía

de los que saben poco,

de los que no conocen más que aquello que tienen,

de los que dan la vida por amor a los suyos.

He venido a compraros la libertad del pájaro,

el alcance del águila;

he venido a poneros en hora los cuclillos,

a subiros los árboles casi cien años,

a humedecer la tierra con que engañáis el hambre.

 

Vengo del Norte,

del érase una vez del cuento de la vida,

de la paciencia mineral de la montaña,

del nerviosismo transparente de las libélulas,

de los bueyes que tiran del esfuerzo.

 

Ella viene cantando una canción de amor

que cantaba su madre,

habla de una muchacha que recibe gardenias. Vengo

del Norte

como la duda, como el conjuro.

Vengo del Norte como la orientación de las madreselvas.

 

Me envían los alquimistas de la brea,

la política de los castaños,

los cabreros del alba,

los números silvestres.

 

Os traigo vino dulce y pan de higo

y una puesta de sol y unas gaviotas.

 

Hay algo aquí parecido al olor del infinito.

 

 

 

            XI

 

EN las tardes de agosto te llevaré a las grutas

donde el fresco gotea como los condenados.

Serás dichosa aquí,

alta como los pinos, desplomada

como los tejos.

Sangrarás todos los meses por la palabra hembra,

beberás la mentira de las generaciones,

encontrarás la hierba que intoxica la angustia,

manarás de ti misma la venganza.

 

Serás feliz aquí,

noble como la higuera, furibunda como los rayos

y verás a los tuyos cada vez que haya bruma.

Yo te levantaré molinos con los brazos

de quienes suplicaron decirte eternamente

adiós desde lejos;

yo te dibujaré los planos del olvido,

el camino redondo donde giran los muertos,

la muralla de gritos donde da vuelta el tiempo.

 

Tendrás las manos siempre abiertas

como el día,

los ojos encendidos como una primavera.

Serás feliz aquí, te lo prometo.

Os prometo a vosotros que ella no cesará

de labrar vuestras tierras de sueño

y conquistar las mieses en que dora el destino.

 

 

 

XII

 

POR el sol es la hora de empezar a soñar;

recoge los aperos de la vida,

la realidad aquí -ya te lo dije- tiene la tierra

seca, ha sido abandonada.

 

Nadie es verdad más que los muertos

a pesar de sus siglos.

 

Nos acostumbraremos a existir al revés

como la calumnia,

surgirás con el apetito de la envidia.

 

  Olvidaremos todo lo que fuimos,

aunque nuestros padres lloren desde los astros;

y no tendremos nombre

para que nadie nos confunda desde ahora.

Nuestra casa estará rodeada de épocas,

de meses boreales.

 

Nos acostumbraremos a levantarnos pronto

para esperar el tiempo en otra parte

donde los labradores pongan la leche fresca

al borde del camino,

donde los trenes rompan la pereza del alba,

donde la primavera anide en los aleros de tu mirada

esdrújula.

 

Por el sol es la hora de deciros

que estoy enamorado

y que he venido aquí para dejar encinta a la geografía.

Vuestra historia me gusta porque baila desnuda

cuando llegan los huéspedes

y sus pechos morenos vibran infatigables.

Quedaremos aquí;

nos enseñaréis a pronunciar las sílabas del gozo,

a escribir las tablillas del deseo,

a conjugar la ley que nunca habéis violado,

a vivir sin el fugaz atuendo de los hombres.

 

Es tarde. 

Las estrellas empiezan a salpicar la noche.

 

 

 

XIII

 

DESDE el viento hasta aquí hay tantas leguas

como a la capital del infinito.

Mi casa está muy lejos de los rumbos

y ya nadie la habita más que el tiempo.

Vengo desesperado;

esta es la soledad, mirad sus ojos

llenos de agua,

mirad sus manos de abandono.

 

No renunciéis jamás a vuestra sangre

porque moriréis rabiados como un perro.

Nunca veáis la envenenada piel de la conciencia.

Creed en ellos,

en los que os dieron leche

y quedaron escuálidos,

en los que os dieron voz

y se quedaron mudos,

en los que os dieron pan

y no comieron,

en los que al veros felices se fueron alejando.

Creed en ellos

y no escupáis nunca encima de sus nombres.

 

Vengo del Norte,

de la isla de los desaparecidos,

de la locomotora del olvido,

de los abedules de la melancolía,

 

de los antepasados del saúco.

 

No tengo nada más que una experiencia en flor

que nevará enseguida

y una voz en plural como los ecos.

Ayudadme a sujetar las uñas de mi vida

y a descargar las dudas que me arañan.

 

 

 

XIV

 

AMÁRRATE el pañuelo como en los días pasados,

para que nadie ignore nuestro origen

y canta la corriente del río hasta que el sol

se oculte.

Somos los campesinos de la aurora,

los habitantes del poblado que da forma a la lluvia,

los dueños del aliento de la leche

y la frescura femenina de los cántaros.

 

Es tiempo de sembrar la voz que falta,

es tiempo de enterrar el hambre para siempre,

es tiempo de cocer el barro que nos hunde

en la memoria.

Ella podrá deciros los secretos del fuego

y la blanda leyenda del adobe.

 

Ella viene conmigo como la azul puntualidad

de las mareas

y romperá en espuma tan pronto como el beso.

 

Vengo del Norte,

de los brazos comidos de una generación enferma

como la misma muerte,

de las canteras del olvido,

de la simétrica antigüedad de los helechos.

Pero llego al fin,

con la esperanza tierna que apetece en los panes,

con el sabor a tierra que define los cuerpos,

con el escalofrío de la sangre.

Vuestras bocas reventadas

nunca más añorarán la gratitud del agua

ni el refrescante rumor de los cerezos.

Yo también sé cómo gritan las hembras

cuando paren criaturas malditas.

Llorad ahora. Ahora. Nunca os abandonaré,

nunca veréis a esos seres queridos

comidos por las moscas,

nunca estaréis tan solos como el suicidio.

Nunca. Mi palabra es promesa.

 

Vengo del Norte;

parece que fue ayer cuando caía el sol

en la cal de mi ausencia.

 

 

 

XV

 

SI me entregas tus tierras

las fuentes dejarán que beba tu ganado

y una tarde, cada cien primaveras,

celebrarán tu nombre con albahaca y lluvia

los pobladores que no conoceremos.

 

Pídeme que te ofrezca mi sangre,

ruégame que robe los dialectos del agua,

oblígame a entregarte la edad del viento.

Si me ofrendas tus campos todo será tuyo

y nacerán las flores orientadas a ti

y los montes tendrán distinta perspectiva

y las aves un vuelo sin frontera.

 

Estoy dispuesto a no volver al Norte

si firmamos la paz y enseñamos la mar a los desiertos,

la palabra a los bárbaros, el sol a los enfermos.

Aquí la muerte es una brisa

enamorada de tus pechos,

de las frágiles dunas del carácter humano.

Aquí la tierra posee la estatura de los sueños

y la sombra incapaz de la amargura.

 

Estoy dispuesto a no volver al Norte

para estampar los gestos de tu vejez anónima

en todos los espacios

y edificar santuarios donde viva la llama

de tus ojos abiertos.

 

Nunca regresaré ni hablaré del pasado

ni te reprocharé mi corazón sin dueño.

Pero quédate en mí, fuente, cometa, despertar,

únete a mi aliento, infinitud,

y respira conmigo

y toca con mis manos.

Todo podrá ser nuestro

sin distinción de género. La verdad

sabe ácima como el pan de los dioses,

a pesar de ser dulce.

Vendrán los peregrinos y tú, esfinge dolorida,

borrarás los caminos que no llegan,

pondrás todos los lugares aquí mismo,

responderás de luto como el tiempo.

 

Estoy dispuesto a no volver al Norte

y a llorar algún día recordando mi infancia

cuando ya estés dormida,

pero hagamos la paz y rompamos los nombres.

 

 

 

 

XVI

 

Fue dura la verdad como un arado

Pablo Neruda

 

 

SOLAMENTE una tarde soñaremos sin rumbo,

aunque soñar es fácil desde vuestra ternura.

Yo también quise ser y alcanzar tantas cosas

como vosotros mismos,

pero al final me tumbo a la sombra del hombre,

a la engañosa sombra de la vida.

 

Vengo del Norte

y canto la nostalgia de un verano que acaba,

de un pañuelo que dice adiós al horizonte,

de unos ojos que lloran cuando parten los barcos.

Por mi casa pasaban, al rayar la mañana,

pescadores morenos como la idolatría,

hombres con más salitre que el egoísmo del océano.

 

Soy recuerdo y soy faro

y soy costa que espera vuestros ágiles remos,

vuestro asomo de muelle, vuestra mirada libre.

 

Aquí merendaremos como en los viejos tiempos,

recordando las hembras que conocimos lejos

y perdieron su fe por el amor de un día.

Beberemos hasta que no sepamos la causa de la noche,

hasta que nos apene nuestro ser miserable

y escupamos el miedo que llevamos a cuestas.

 

Es muy fácil soñar lo que nunca seremos,

lo que, a pesar de todo, hemos perdido.

Pero es corto el camino, duro como el arado.

 

 

 

XVII

 

HOY estarán los dioses maldiciendo su nombre.

Hemos aprovechado la media noche

para salir del mito a oscuras

como el pecado.

No tenemos nada. Nuestros cuerpos desnudos

y la palabra en fuga.

 

Venimos decididos a ser los habitantes

de las brújulas,

la huella interrogante de los desorientados,

la onda que delira en la fiebre del agua.

 

  Hoy estarán los dioses desangrando su nombre

y una estirpe sin ojos surgirá de la lluvia.

Desde entonces veréis solamente lo incierto.

 

Vengo del Norte,

de la recolección de los fracasos,

de la prisa milenaria de la aurora,

de las desilusiones del poniente.

 

Si nos dais cobijo,

ella tendrá el augurio de las constelaciones,

será la mujerluna de la palabra cielo,

guardará la orfandad de la palabra alma.

 

Quisiéramos quedarnos en este amor vallado,

acariciar la vida templados como un clima;

quisiéramos amarnos al norte de la bruma

y dormir unos siglos en vuestros lechos blandos.

 

 

 

XVIII

 

VUESTRA mirada es dulce como la edad del mosto,

pero tenéis el seco aliento de la tierra,

la voz más solitaria que el eco de los muertos.

 

Ella ha venido

para haceros salir de vuestras vidas

con la hierba que absorbe el sueño de los grillos.

Ella ha venido.

Sus manos son recuerdo de todo lo que tocan

y en su carácter viajan las gramíneas del sueño.

 

¡Ay de vosotros,

ay de vosotros!

Conocemos los libros de la vida,

los eternos volúmenes del tiempo, la juventud

del agua, la mocedad del frío;

somos ya veteranos como el poso del dulce rencor

de los fracasos,

indiferentes como los faros,

rutinarios como el asomo puntual de las estrellas.

Pero aquí está el final de los eclipses,

el verano más íntimo, la marea más dócil.

 

Os doy el movimiento de los siglos pasados

y el olor de las casas que se quedaron solas.

Os ofrezco la desnudez del grito,

la curtida protesta de nuestros labradores,

la amarga ley de los pomelos.

 

Hablaremos con manos ágiles,

con pies como raíces,

con templos si es preciso,

y quedarán palabras

subidas a las torres,

manzanos encendidos sobre la primavera,

caminos y montañas y estaciones de ida y promesas

de vuelta.

 

Vuestra sonrisa es fresca como las pomaradas

entre la amanecida;

buscaremos juntos la provincia ilegal

donde habita el destino en los meses de invierno.

 

Seremos uno

y necesariamente uno para evitar las guerras

o las sangrientas cifras que originan los pares.

Seremos uno

como la dirección en llama de los girasoles,

como la hidráulica pasión del oleaje,

como el inesperado brotar de la naturaleza.

 

Una voz, un alma, una palabra,

que es lo mismo que hablar de un hombre entero.

 

                                               XIX

 

LA tristeza es redonda como un giro del mundo

y envejece los cuerpos con su mirada viuda

y separa los nombres, las manos, los océanos.

La historia vive allí,

por aquella explanada de las flores del número,

aproximadamente encima de los muertos.

 

Algún día la lluvia desprenderá un olor tan azulado

como el ardor del fuego

y cambiarán los días de piel y habrá otra raza

al mando del silencio.

Yo sé que en esta brisa navegan los aromas

de nuestros entrañables amaneceres

en la isla del tiempo:

aquel perfume un poco a temblor de los fresnos,

un poco a infancia y a cuerpo apetecible y a pizarra.

 

Volverán otros trenes cargados de años nuevos,

de nieve reciente, de veranos,

de brumas adormecidas, de hierbas venenosas

y libélulas al borde de los años del agua.

 

Volverán otros pasajeros con el destino a cuestas

y sus hijos mamando y sus mujeres

con cántaros

y fuentes sobre su pelo negro.

 

Volverán otros emigrantes a levantar sus casas

encima del olvido,

ese país de fiebre donde todos los seres

hemos perdido a alguien.

Y otros segadores por entre el mediodía de la avena.

Y otras hilanderas buscando los umbrales

para tejer su hastío hacia la media tarde.

Y otros pescadores con sus conchas de voz

marítima y profunda.

 

Todo regresará, pero nunca lo mismo.

Por eso os decía que el mundo gira triste,

más triste a cada vuelta,

casi tan triste a veces como la misma lágrima.

Y la historia se empeña en gritar en voz alta

sus mentiras de adobe

y repetir sus rosas como estación de sangre.

                      (A Cuca, Aurelio, Pablo y José, que volverán)

 

 

XX

 

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme a la tierra

  Miguel Hernández

 

ALGÚN día se posarán los pájaros a cantar

en tus brazos,

a descubrir que somos los náufragos del tiempo,

los herederos de una canción de amor

que se escuchaba en las brumas del norte.

 

Esta es la última primavera que estaremos juntos,

ésta es la última parada que precede al recuerdo,

éste es el tren que sale de la vida

a cada siempre en punto,

ésta es la noche que nos queda para romper en hijos.

 

Te irás y yo me iré,

pero te llevaré, te llevaré conmigo,

te enterraré conmigo a la sombra de un roble

milenario

y allí tendrás pastores que cuiden tus cenizas

y verás la oquedad montañas

y te despertarán los gallos de los dioses.

Todos los lenguajes quedarán sin tu nombre

y entonces las palabras brotarán en los prados

y arrancarán tus sílabas deshojando te quieros.

Hay alguien en el viento que recoge tu semen

y lo esparce a lo lejos. Hay alguien

que prohíbe tu mortal hermosura.

 

Te irás como una hora de labranza

dejando surcos llenos y un retorno.

Te irás como un camino hacia las estaciones.

 

Has sido tantas cosas que quedarán vacíos los sonidos

y morirán los números.

Pero estarás conmigo,

te encontraré un paisaje donde tus ojos crean

que la muerte es la vida en otra parte

con el mismo manzano, la misma casa al norte,

los mismos rostros gratos y el mismo perro.

 

Algún día los ríos terminarán enteros en tu boca

y molerás de nuevo esa nostalgia que madura en agosto

entorno a los maíces y a las romerías.

Tendrás jóvenes llenos de salud

que adorarán el árbol y encenderán sus fuerzas

en las paganas noches de solsticio.

Tendrás enamorados

y bueyes que carreten su ajuar a otro destino

y bosques silenciosos

y casas encaladas con sus cuadras, su estiércol

y su niño comiendo el primer bocadillo.

 

Te llevaré conmigo

a una lluvia que caiga sin rozar los balcones

a que se asoma el tiempo

para decir el nombre del que ha sido elegido;

a una noche estrellada

donde sobren los faros y te vean los barcos

desde la lontananza.

 

Esta es la última vez que te veo llorar

sobre la historia.

 

 

(A quienes quiero, ellos lo saben)

 

   


 

ESTA PRIMERA EDICIÓN DE «VENGO DEL NORTE» DE

AURELIO GONZÁLEZ OVIES, VOLUMEN 502 DE LA

COLECCIÓN «ADONAIS», PUBLICADA POR EDICIO-

NES RIALP, S. A., SEBASTIÁN ELCANO, 30,

MADRID, SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LOS

TALLERES DE FERNÁNDEZ CIUDAD,

S. L, CATALINA SUÁREZ, 19,

MADRID, EL DÍA 15 DE MAYO

DE 1993

.

 

LA

PRESENTE

EDICIÓN ELECTRÓNICA

DE VENGO DEL NORTE HA

SIDO HECHA SOBRE LA EDICIÓN

 EN PAPEL CITADA Y HA SIDO COLGADA

 EN LA RED A LOS DIECIOCHO DÍAS ANDADOS

DEL MES DE FEBRERO 

DEL AÑO

DOS 

MIL

DOS