André Cruchaga

 

Oscuridad sin fecha

 

 

 

I-Oscuridad sin fecha

 

 

Boceto

 

En el fuego de la memoria el país arde.

Allí se reflejan los antifaces de todas las semanas.

El amor como el mar  pinta  bocetos.

Las fotografías no son necesarias donde hay balcones,

Ni la ambigüedad es necesaria cuando levitan las sombras del invierno.

Lúgubres tambores sustituyen las palabras.

El país es una ráfaga  donde se calcinan las sienes.

Como animal muero en un país caduco,

Difuso por esas viejas escopetas de las fábulas.

28072004

 

 

A manera de paréntesis

 

Y hablando de la vida no hay por qué temerle a los fantasmas.

Toda penuria tiene su esperanza y su sigilo.

A veces los sueños nos vienen en una taza de café espeso,

Humeante, sonando al sonido sordo de la madera.

Sé después de andar entre inviernos caóticos,

Que las hormigas mueren viendo espejos inasibles…

 

 

La noche

 

La noche inunda el lagrimal de los puntos cardinales.

Un tren cae en el precipicio de las horas;

La tormenta de los transeúntes enciende la atmósfera,

Mientras los relámpagos agotan sus cohetes.

Los relojes proyectan semáforos en las hojas de los árboles:

Su fluorescencia se vuelve diminutos balastos y venablos.

La noche salta sobre las verjas y las sombras.

La noche tiene sortijas sobre sus muslos de puerto.

La noche arma su red erótica sobre el horizonte.

La noche abre los periódicos de los techos

Y me prende  corbatas grises y espejos de nostalgia.

La noche me pone en las manos pedazos de luna.

 

Miro largo y tendido hasta penetrar en su piel…

 

La noche rueda con su piel de antiguas soledades.

 

 

Otros silencios

 

El silencio nos arroja rostros reales:

Los cuerpos como son: acres, expirantes.

Su palpitación intensa es bosque descuajado,

Seco pajar sin madera, punzante.

Capaz de sorprenderlo a uno en los cansancios.

El silencio no sólo es serenidad

Y un recurso sutil que usa la memoria,

A veces es la herramienta del fuego, del cansancio,

De la desesperación para disolverse en el alma.

Pero también es un dolor de cabeza,

Igual al rumor dejado por los difuntos.

El silencio desgarra la totalidad del cuerpo:

Es un secreto mortal parecido al de los amantes

Cuando beben fuertemente las palpitaciones del aliento,

Hasta caer al fondo del último abismo.

Ah, este silencio! Nada parecido, por supuesto, a la cobardía.

Funesto quizá. Sutil. Saeta de la noche.

Barrotes ciegos, sí. Ígneo por lo arraigado.

El silencio es profundo en sus bocanadas ardientes.

Tiene el cortinaje de suaves espadas

Y un terciopelo de sigilosas hojas.

Tiene de eco, de viento y de lóbrego mar…

29072004

 

 

Horas agitadas

 

Hay horas desordenadas agitando puñales.

Agujas en el aire, lunas líquidas

Tendidas en la piel. Balcones como tumbas hambrientas,

Cierzo de la lluvia removido por los ojos,

Meses parecidos a los ojos de las rejas,

Sueños donde el tiempo no cabe en ti ni en mí,

Porque ya traspasamos la cabalística de los círculos.

A estas horas, donde todos los pájaros son cuervos,

Nos toca morir en un país de gritos,

Chorrear silencio sobre persianas de libélulas,

O interpretar con una sonrisa ciertos atardeceres.

Después de todo,  las horas nos llevan al abismo,

Las pupilas pierden su abanico de cometa.

Tiempo de confusión “no sentir el peso de los años”.*

Es hora de partir con el sudor a cuestas

Y saber que el tiempo nos habita

Con un deseo interminable de nostalgias.

01082004

__________

*El verso entre comillas, pertenece a un poema de   Jaime Gil de Biedma.

 

 

Con el paso de los años

 

Uno siempre sueña con ciertas lejanías:

El otoño cayendo en Central Park,

O las velas de intrépidos navegantes

En el Columbia River de Portland,

O los brazos del viento para sentir un cuerpo

Detrás de una mirada de ausencias.

Uno a menudo sufre cuando el atardecer

Se acerca y recuerda los sueños de ayer.

Uno se da cuenta que ya no se es de aquí ni de allá;

Hay una ola de orgasmos cuesta abajo,

Lenta, lenta y absorta como las gaviotas.

Hay un rebaño lánguido de luces

Cuando el invierno hiere las pupilas,

Cuando uno piensa en esa chimenea herrumbrosa

De los sueños imposibles…

01102004

 

 

Esbozo del recuerdo

 

Soy fiel a la iguana del trópico,

A la noche y a las rendijas de las puertas;

Soy fiel al memorable oleaje de la hierbabuena

Y a las ventanas abiertas con afán perdurable.

Recuerdo la casa de mi infancia:

Ella tenía puertas de madera entrañable

Y un corazón donde latía el río.

Soy fiel a la luz que invade mi noche

Y a la memoria impregnada de espesura:

El tiempo hace sus propios tapices en el alma

Y la cunde de velámenes copiosos.

Como una hoja de hierro cae la noche:

Los suspiros quiebran la luna y las alas capitulan

En la misma habitación donde los ojos se apolillan.

13102004

 

 

Eco de Louis Armstrong

 

El viento repite historias al oído:

Puertas, relojes, sombras insomnes;

Todo arde en tardes de tafetán

Y en lenguas de fuego sobre vigas crepitantes.

La memoria se extiende en sus resquicios:

Una sola nota de Louis Armstrong

Me delata como una bocanada de calcinante sigilo.

¿Qué hay en el horizonte de la nostalgia,

oscura amalgama de metales?

Cuesta abajo un país de difuntos, convocado por cuerpos raídos.

Breve ha sido la transición a la Esperanza:

Una hoz de lenguas sirve de mortaja

Para cubrir el fardo de hormigas sobre la boca.

14102004

 

 

La oscuridad lleva a otros olvidos

 

La oscuridad hiere la memoria.

Sin embargo las ventanas se proyectan como diapositivas

En medio de imágenes con resplandor de hacha.

Quiero oír la sangre de mi cuerpo

Junto a los suspiros del viento. No morir,

Sino pintar verjas para hacer el paisaje menos gris.

En los días de lluvia, la respiración atrapa mi tranquilidad:

Los recuerdos reptan sobre hierbas de nostalgia:

Las muchachas cruzan la calle, descalzas, semidesnudas.

Suenan en sus espaldas las ráfagas del agua.

Así besan y respiran para disipar el tiempo,

Quizá porque todo presagio acaba con los sueños.

Es mejor ir viendo qué pasa con el rastro de los nombres,

Con los golpes de las sílabas cuando caen al vacío,

Cuando el aliento busca el viento de los poros.

La oscuridad, ciertamente, me devuelve los recuerdos:

El cuerpo hundido en las sábanas de la zozobra,

La tempestad de la ciudad y sus desaparecidos,

La Patria con sus oscuros charcos,

Algunos niños cantando de cansancio entre llamas de fuego

Y mi timón primitivo resistiendo al deseo.

 

La oscuridad, seguramente, me lleva a otros olvidos

Tan atroces como hablar con las sombras después de algunos años.

16102004

 

 

Confesiones

 

Todos los finales del gozo son llanto.

Aves nocturnas sobre tejados

Viendo las calles donde las ficciones transitan

En los rieles de extraños habitantes.

Más allá de la nocturna almohada

Y la esperanza que se dilata en los árboles,

La arena de los sueños en fotografías,

Delatan la última muerte: Ese instante

Esperando el cauce del anhelo.

He soñado, no lo niego. Pero los sueños

No existen más allá de la vida misma.

He soñado con una ciudad última:

―hacienda de pescadores justos―;

A cambio he tenido casa sin balcones, manos obscenas,

Y una marea cuyo filo corta los labios.

Ahora ya no pronuncio palabra alguna:

Me he poblado de una imprevista ceniza.

17102004

 

 

Sombra del país (I)

 

Sé cuánto pesa la Esperanza en mi País,

Y la libertad asida de mis manos;

Sé caminar por los senderos de la noche;

Atajar las piedras es saber el camino de la aurora.

En esta pequeña aldea donde vivo,

Se conocen desde lejos los párpados: El corazón

No tiene inocencia Se salva el que puede.

Muere el que desnuda las playas de su desafío.

Vive mientras no crea en la justicia,

Ni en las seguridades de la certidumbre.

Este País fue hecho prohibido para el olvido;

Pese a lo despiadado y cruel, lo llevas en la memoria.

Nadie te conoce aunque arranques a pedazos el aliento.

De repente, alguien te cimbra un arpón de soledades;

Esto porque te consideran un conspirador de la noche.

Y así no entras. Tampoco te cambian la esperanza:

Tu intensidad resiste. Es más fuerte que esa herida

Que muchos llevamos en el alma…

21112004

 

 

Sombra del país (II)

 

El País que sueño arde en mi alma

Con sus crudas huellas de muerte cotidiana.

Aquí nacieron mis ojos y vi el sol sobre la tierra,

Girando sobre la retina de la noche y la aurora.

No fue fácil tocar el fondo de tus labios:

Para recorrerte miles de cuerpos cayeron sin resucitar,

Heridos, ciegos, bajo una lluvia de ventanas.

País densamente hondo de féretros, de noches,

Y sombras que se llevan las manos al pecho

Para hacer creer que duele, punza, el recuerdo de la penumbra.

En este sigilo y zozobra creció mi juventud.

Murió mi juventud sin soñar y ver la luz.

País sin el sonido de las campanas ¿Quién te recuerda

Con buen augurio? ¿De quiénes son

Tus pasos siniestros y sombrero de saña?

¿De quién la memoria insomne convertida en piedra,

Lengua de nubes sobre la hojarasca, tapiales de noche?

País de sombras goteando sombras.

Avispas besan tu boca bajo el murmullo del viento.

Cruces acechan como caballos a galope.

Vivir en ti no es fácil: La sangre gime

Frente a las imágenes que se tragan los sueños…

21112004

 

 

Elogio a tu movimiento

 

El viento de la noche sopla incesantemente

Como un pájaro sobre los poros;

Los árboles entre los aires jadean,

mecen las hojas vitales, las aguas diáfanas del cuerpo.

Campeas como el mar en mis pupilas. Habitas mi pecho,

Lates y te alzas en movimiento: césped desnudo

Sobre  mi cuerpo. Con el viento, dibujas el deseo;

Soplas la ciudad abierta y el pabilo desnudo bajo la luna:

soplas los bellos trashumantes de los lorocos y del tiempo,

Y la música vívida del gemido  y el musgo en la boca.

Todo va crujiendo y azotando y destellando en el viento.

Los cuerpos habitados allí, profundamente en su corteza

Al filo del agua espumeante, luminosos en su ruda fragante,

Al filo de la brisa, de la noche, al filo del ascua ciega,

En el eterno signo de la carne,  los cuerpos en su danza eterna.

28112004

 

 

Elogio a tu cuerpo

 

Tu cuerpo habla en mi boca. Me embriaga.

Tu cuerpo asume la luz de la llama.

Tu cuerpo en mis ojos
Como una ventana sosteniendo pájaros.

Tu cuerpo como una montaña sellada.

Tu cuerpo junto a mis manos urgentes.

Tu cuerpo abierto en el lecho:

Luz vasta de la carne. Luz al borde

Del agua. Cascada de fuego. Cielo con peces.

Sonido térmico,  irreversible, de combustión
sobre la  hojarasca  azul de la tierra.

Tu cuerpo en su total destello.

Tu cuerpo como las aguas de una quebrada.

Tu cuerpo como el gozo verde de los sueños.

Tu cuerpo secreto hasta mis venas.

Tu cuerpo frente al grito del mar.

Tu cuerpo poblado de intensa claridad.

Tu cuerpo leve, hijo del destello,  en la luz.
Tu cuerpo de rutilante turgencia

Sosteniéndose en el arco de mis manos.

20112004

 

 

Retrospectiva del miedo

 

Supe desde niño de la materia oscura

Y así dibujé presentes omnímodos.

El miedo era la sombra agolpada en mi pecho:

Puño cerrado la palabra sin andar,

Todas las sombras imponiéndose a la luz.

Yo desperté quebrando el cielo de los espejos:

Trituré el asfalto y el muro del aliento reteniéndome.

De qué sirve el miedo entre sangre y neuronas,

Qué extraña esencia lo cubre de noche

Para que inhiba la carne y transpire la piel

Como la lengua de un mediodía extenuante.

Esta impura llaga es la calle de mis ajetreos:

El mar que existe en la memoria, en la órbita de los ojos,

El todo habitado, el árbol marchito, sin tronco…

Qué luz de ese miedo me encegueció hasta el vacío:

No puedo encontrar un cielo distinto sin fantasmas.

Voy a decirle adiós para sentirme con vida:

El miedo es como este Universo absurdo y cierto donde vivo.

03122004

 

 

Retrato: Historia de mi Madre

 

Mi madre no fue una mujer de pomposas ciudades,

Sino de ardiente pueblo y nobles árboles:

“Todo un río que marcha callando entre las sombras”,

Flotando, bajo el sol, en la superficie,

En su íntima sencillez de juventud erguida.

No tuvo, pese a su mocedad sencilla, una rama de sosiego

En su alma, sino muchos caminos pedregosos.

Qué época aquella cuando corría, descalza,

Sobre las calles empedradas de la vida

Sin saber que el tiempo tiene muros y llagas

Y el horizonte no es como lo vemos…

Ella no tuvo esa cuna descrita en los cuentos de hadas,

Ni esa fastuosidad de los jardines parisinos,

Ni el carruaje alado con abanicos azules.

Mi madre tuvo máquina de coser, hilos y tijeras

Para hilvanar la fe en los pañuelos de sus entrañas,

Para alzar su frente y conquistar el rocío

Y darnos el fruto de sus manos: su vida entera,

Frente a los restos fríos del vacío…

04122004

 

 

El tiempo nos ha cambiado

 

El tiempo desnuda frente al sol nuestros rostros;

Nos cambia profundamente entre el rumor de la arena.

Aunque vengas, la luz no es la misma;

Ahora hay sombras sobre el sueño del césped.

Cómo ha cambiado el tiempo aquella carne develada

Aquella mirada de impaciente embriaguez, extraña

Ternura, hechicería de los labios, pájaros derretidos.

Todo era diferente cuanto rodeaba tu rostro…

El tiempo nos ha cambiado y sólo nos deja  sus despojos.

Toda la luz nos era fiel en la ternura

Como piedra sobre piedra: ardido calor: continuo fuego,

Y no ceniza huidiza de peces sin litoral.  

Lejos estamos de la lucidez: tocamos la fugacidad de las alas,

El traje hondo del océano, la juventud mágica…

El tiempo nos ha hecho guitarras diferentes:

Rejas las cuerdas de su índigo para mirar el horizonte

Con el rostro de mi soledad absoluta…

05122004

 

 

Restos del ferrocarril de mi niñez

 

Lejos estoy. Muy lejos. No en espacios,

sino en tiempo.

                               Vicente Aleixandre

 

Esos vagones desvencijados sobre viejos

Durmientes son los restos de muchas ilusiones,

Decía mi padre hechizado viendo al horizonte,

Que levitaba abierto, inmenso, en el confín.

(Él allí dejó su alma labrando durmientes

para que pasaran esas grandes máquinas sobre la tierra

virgen de la aurora de Las Pavas, Las Isletas, Guarnecia

y San Isidro) Fue un joven vigoroso para estos menesteres,

como todos los veranos e inviernos de nuestro terruño.

El tren era una maravilla, un azor de hierro cuyo sonido

Me hacía volcar mi corazón y volar mis fantasías.

Un zumbido de mariposas se desprendía de los rieles.

Mis hermanos y yo sentíamos aquí todo el planeta.

Y nos gustaba ver cómo los vagones devoraban el paisaje

Y las ventanas se convertían en pequeñas diapositivas.

Mi padre y yo nos mirábamos sin decir palabras.

Yo sólo tenía ojos para ver el delantal de las nubes

Chocar contra los hierros de esos desvencijados vagones.

Ahora pienso que es una extraña historia del corazón,

Una historia desmoronada sobre los dientes del tiempo.

O tal vez una loca imagen, muerta, de mi propia sombra,

Columna de luz y sonidos que alguna vez llamé ferrocarril.

Suena el tren en mis oídos, bufa su tensada garganta:

Vagones desvencijados sobre viejos durmientes…

12122004

 

 

El canto de la carne prosigue en la memoria

 

La memoria hace que escuche el ramaje de los ríos

Y vele el raro pájaro que habita bajo la tierra.

Al abrigo de los árboles apretados de cablote

Los mausoleos se han convertido en alegoría.

Como siempre hay un sonido subterráneo de élitros;

La brisa pasa arrastrando hojas secas, papeles desteñidos,

Y diciendo que en ese sitio no hay nadie. Sólo muertos.

En cada antigua lápida me reconozco: en su cruz lenta,

Mientras permanecen extendidas como alas mudas

Desde el hueco de la tierra. Ahí se mira caldear

La propia imagen y se inventan epitafios crepusculares

Que hablan de libertad y del sudario azul de la mañana.

Los epitafios  siempre dicen algo del sonido

Que está bajo la piel; por eso se modelan las tumbas

Con las yemas de los dedos. Las mismas. Las mías

Después de dos mil años: húmedas en el invierno certifican:

Que el canto de la carne prosigue en la memoria.

Cuando regreso de mi descenso la vida arde, libre…

12122004

 

 

Nacimiento de Adán

 

He oído tu voz en el paraíso: y he temido

Y llenándome de vergüenza porque estoy desnudo,

Y así me he escondido.

                 Génesis: Cap.III, Versículo 10.

 

Nada me sucedió como la historia bíblica.

Yo me descubrí cuando nació la luz en mis sentidos

Y lo vi todo: Luz sin límites bajo el día.

Era yo, ya no la piedra, sino un cuerpo con ojos

Proclamando el gozo en el bosque del cuerpo desnudo.

La única serpiente que hubo fue el fuego

Del deslumbramiento trepando hasta el tórax.

Tuve miedo, creo, pero pudo más el estertor

De dibujar líneas azules en las comisuras de la realidad.

Aquella sensación era de fuego: Volcán creciendo,

Incrustando su lava en los poros, fuego total despierto.

Tuve cierto miedo al ver mi imagen y la otra,

Espejos mudos chispeando en la sangre, sudorosos;

Pero luego pasó como un meteorito y mi cuerpo sin muros

Dejó de ser sombra para convertirse en milagro verdadero.

Así supe que un hombre y una mujer pueden arder

Y rendirse ante la hoguera sorbida por la boca.

Así me sucedió la historia en el Jardín del Edén:

Nací descubriendo ese otro cuerpo amante.

Me sentí vivo al beber todo su cuerpo y grité de gozo:

Desde entonces el mar y la tierra son desnudo viento.

23122004

 

 

II-Presencia en las cosas

 

 

Final de viaje

 

Ya sin dolores, sin recuerdos, sin nada.

Ir en paz, ebrio, abriendo otros caminos.

Ya con quietud, sin esperar la alegría;

Ya por encima del asombro, la levadura y la arcilla

Llega la hora y la bóveda de todos los impulsos,

Llega a su fin el combate contra las montañas.

Ya sin la posibilidad de segar fantasías,

Ya despojado de todas las nostalgias  y poseso de olvidos,

Uno puede emprender la libertad del viento

Con la plena conciencia de verse ante los espejos.

Ya asida la tierra por los poros, no hay desamparos,

Ni teorías que transgredan las ventanas.

Heráclito* sangra a estas horas junto al otoño.

_______

* Heráclito de Éfeso (nac. ca. 544 [fl. 504 -501]) 01082004.

 

 

Para toda la muerte

 

He muerto ya. Y sin embargo, te recuerdo

En los inviernos de agosto. Cuando la lluvia enciende pañuelos

Eléctricos. Otra vez te veo en la misma ínsula:

Cedros, guayabos y la calma ardiente de la melancolía.

La luz de los recuerdos vela tu cuerpo. Los velámenes

Del horizonte. El corazón azota. Hay vaho de pájaros.

He muerto ya. Y esto es desde el halo presentido

Del eco de los pensamientos. Desde allí alguien

―aunque estés lejana― nos adhiere a la batalla

De fundir cuerpo y emociones. De sonar campanas

Y seguir al viento  abrasados por la hoguera.

Al igual que todas las cosas morimos. No cabe duda.

Al igual que todos gozamos como seres normales.

Ariadna* es poderosa. Ella nos muestra el espejo:

Su órbita de cristal. Su propio hilo de luna desnuda.

Esta es otra vida. Tus labios con sudor humano me pronuncian.

No sé si hasta las ventanas penden de un hilo,

O si para toda la vida basta un solo amor. **

Esta piel antigua no cesa de derramar soledades

Como un sofá enfriado por el uso y el olvido…

_________

*Se refiere a la hija de Minos, que dio a Teseo el hilo con cuya ayuda consiguió salir del laberinto, después de matar al minotauro.

 **Hace alusión a los siguientes versos del poeta español Luis Rosales: “…Para toda la vida no basta un solo amor, / tal vez el nuestro sea para toda la muerte…”

 

 

Por el filo del cortejo

 

La muerte es un mundo, no sólo palabra.

Difícil su existencia vestida de vida.

Esta experiencia nos da una lección final:

Volver al vacío, borrarnos, fundar otro vocablo.

Ella se deja ver entre la argamasa del secreto:

Legión insomne de sueños. Ramas de luz invertidas;

Antiforma hilando surcos parecidos al desconcierto.

La muerte me trae las raíces auscultas de la memoria:

Imágenes de las cosas desprendidas de mí,

Palabras supurando desde la profundidad de las nubes,

Gangrena y agonía parecida a la historia

Y un sosiego perceptible por el filo del cortejo.

La muerte, transmutación o reminiscencia, no lo sé.

Me dice entre su hipnosis, aquello con vida;

Aquello extraviado por los intervalos de los puntos suspensivos.

La muerte tiene su propio oficio. Su propio mundo.

Su lenguaje. Su tipografía de abismos.

A mí no me queda más, siendo parte de mí, verla en indicativo:

Conjugarla en las propias redes del presente.

Ciudad Gótica, 07082004

 

 

De par en par  la muerte en el camino

 

De par en par el camino abierto y la muerte tropezando

Contra el aire y la misma muerte y la misma vida.

Dentro del pensamiento calendarios con insomnios,

Horizontes con hipocampos entre escombros,

La luna con sus gusanos de luz, con su sexo de gaviotas,

Desgranando gemidos en los petates del cielo.

En este hueco del que huyo retumban tus brazos,

La última caricia quizá sobre el dolor de la carne.

Abierto el camino, al acecho, como tus ojos,  nada se detiene:

Sé que la vida, de vez en cuando, es un manicomio

De espejos. Espejos densos como la noche que abre su herida

Y nutre de cruces mi lenta ansiedad y mi duro deseo de vida.

 

 

Soñamos tanto para morir

 

Hoy, el aliento de la muerte no ha tocado las ventanas.

Pero su brisa se deja sentir en los huesos.

Todos los días declinan en ceniza.

La luna resbala sobre los rieles de las sombras.

Desde siempre temí a este cofre extraño

De delincuentes, agonías y periódicos.

En vano soñamos con rascacielos para morir:

Horizonte de gaviotas, música de Hendrix,

O una suite de tres estrellas en Nueva York.

¿Pero quién, realmente, le gana la partida a la muerte?

Aves sin voz moviendo cortinas. Bruma entre redes.

Nadie sobrevive aunque arrastre la hojarasca de la metafísica.

Nadie porque somos siervos de su carruaje.

Nadie aunque se propague el ilusionismo de la vida eterna.

Hoy, por suerte, he podido gritarle a los confines

Y sacudir las ventanas y tirar mis dos mil años

De abismo al roto péndulo del océano. 

 

 

Fuera de circulación

 

He llegado a mis inseguridades definitivas.

Aquí comienza el territorio…

Roberto Juárroz: Sexta poesía vertical, poema 8.

 

Cuando entramos a ese trance de ya no ser,

Se nos pierde la mirada en el horizonte,

Se inunda el corazón, las ventanas desaparecen,

Y el amor nos quita sus zapatos.

Cuando el río de la vida languidece,

Las sombras aparecen en el vacío.

Ya no hay lugar para ver rostros,

Ni la luz de las palabras,

Ni es posible abrir los armarios de la memoria.

Cuando el tiempo se vuelve intraducible,

Es imposible volver a los mismos aposentos:

A uno lo invade el mimetismo de los sentidos

Y la forma de no ser uno. El del origen,

Sino, sencillamente, el de la muerte.

 

 

A pena tan esquiva, la muerte.

 

Tome tierra, que es tierra el ser humano*

                       Luis de Góngora

 

Sombra ardiendo en cuerpos fríos.

Prisión enamorada, herido beso en silencio.

Nube que pasa con sus ojos negros:

Calla. Aguarda. Mineral del suspiro.

Telón sin más, que detiene y calla el aliento.

Surco donde los bueyes deshabitan su lengua

Y desandan ciegos la memoria.

Ya “no me aflige morir”: El mar invade el camino;

Ni pretendo asir el eco tumultuoso de la vida,

Ni buscar los resortes del día,

Cuando sé que el hálito es un gran abismo

Donde las venas ostentan una sordera de montañas,

Y el tiempo es cadáver de humo; la noche, ceniza…

_______________

* Último verso del 2º terceto correspondiente al soneto: En el sepulcro de la Duquesa de Lerma.

 

 

Eterno juego en los ojos

 

En los embarcaderos nos engaña el aroma

De las algas vencidas de los peces amargos…

                                Roque Dalton*

 

Una plegaria dulce palpita alrededor de los féretros.

La muerte es un sonido que espero

Entre esta prisa de vivir bajo la zozobra

Y una casa con sus techos caídos.

 

Siempre sentí su piel debajo de las sábanas.

 

Era una luz ensimismada tocando la medianoche,

Picoteando los nervios con su polilla,

Invadiendo el espíritu de espesa neblina.

 

Es la hora, pienso.

El instante de esa hora que se torna en nada.

La vida en un viaje a cero,

Fin del hábito del cuerpo de transitar

Sin caer en esas lentísimas campanas del vacío.

 

Es la hora, pienso.

Siento sus labios como los pies la espuma del mar.

El rostro tiene ese perenne adiós de madera quemada

Y el filo de un relámpago sobre las rocas.

 

Está aquí, humeante sobre la ventana.

En un segundo me vi en ella,

Habitante de ella junto a Sansón o a Job,

Sobre dólmenes, criptas o, simplemente mausoleos.

Eran ellos y yo, todos los muertos

Habitantes subterráneos del fuego,

De peces siderales con lámparas sangrantes.

 

Era yo cuando la sangre penetró otro espíritu.

Era yo frente a las luciérnagas del vacío.

Sigo siendo yo, es verdad, con otro corazón

Entre labios fugados

Y una soledad con osamentas.

A fin de cuentas, este es el hilo transparente de la realidad.

____________

*Variaciones sobre el libro El Mar (poema II), colección Laura, La Habana, 1962.

 

 

“Destrucción, tú me has hecho”

 

Me duele saber que la vida encarna oscuridades.

Encarna luz, clavos y maderos.

Adonde va le sobrevive un cielo de pájaros negros;

Los ojos de la lluvia ciegan sus alas,

La lengua de la piel transpira fantasmas.

¡Qué muerte vive entre mis manos!

¡Qué noche se va haciendo en la piel y la mente!

Con mis últimas ropas, la espera es inmensa;

La oscuridad, atroz. La luz, innecesaria

Cuando la mirada está inerme y el sonido

Calla como un toro en desbandada.

Ah, destrucción, tú me has hecho

Cada instante bajo el fuego ensimismado de las sábanas.

Tú, boca de tizne. Tú, saliva hambrienta de la ilusión.

Tú me has hecho de palpable ramazón moribunda…

 

 

Al fondo de la noche

 

Al fondo de la noche, noche de espadas:

Muslos sobre mis ojos. La muerte

Sin tiempo, ofreciéndome sus llamas.

Confusos pájaros cierran mi pecho;

Eriales con llamas socavan el confín

Del silencio para anunciar el brebaje del olvido.

Las piedras proyectan los ecos; los espejos

Esas sombras opuestas a mí mismo.

En la memoria del día, las huellas del día hurtan la ceniza

Con su lengua seca: vaho de tierra mortal

Que ya no es carne ni presencia…

Ciudad Gótica, 29102004

 

 

Testamento

 

La tierra única heredera de mis premoniciones,

De mis  días diáfanos, de la ceniza fúnebre del cuerpo.

Dejo al viento las ventanas flotando en ojos ajenos,

Los resortes de los asientos para que la noche recline

Los pliegues de las sombras circulares del insomnio.

Dejo las uñas largas del recuerdo

Y a Dios desbordando en el vacío de las almas.

Quedan, también, esquirlas de Heráclito

Y la mesa donde el corazón goteó sus esencias;

Queda la astilla de sed por Dulcinea

Y el mundo gigante de los Molinos de Viento.

Queda la luna, callada, reptando en el granito,

Las manos asediadas por el crepúsculo

Y el ojo sobre el labio de la arena.

También dejo la espera. Sólo la espera

Lloviendo cielos grises…

Ciudad Gótica, 30102004

 

 

Cementerio

 

Aquí germina, en calma, el olvido…

                               Rainer María Rilke

 

La tierra es blanda para que en ella

Resbalen los féretros y el césped mude de aires.

En las noches musitan las  sombras,

Vuelan, insinúan fugitivas lunas.

Frente a ese canto de despedida hiriendo la garganta,

Me quedo sin palabras, hundido en mi sangre.

Frente a cada nicho helado, faltan las palabras;

Frente a cada cruz o imaginero,

Viene aquella infancia de noches, el candil oscuro,

El aire coagulado entre las nubes de los cirios.

Por eso los cementerios trastornan mis sentidos:

Esa presencia invisible, huidiza, lengua apagada,

Deshace mi aliento, pese a que es mi destino.

Ciudad Gótica, 31102004

 

 

Ferrocarriles

 

Los trenes van suspendidos en el aire. Van. Vienen.

Rieles ebrios entre los labios sumidos de los durmientes.

Abrazan la tierra y duermen en su pecho.

Nací siendo la conciencia de ellos, viajé en sus vagones.

Crecí viéndolos en las sombras del silencio.

Los anduve en Modesto, Las Pavas, San Isidro.

Siempre habité la oscuridad de sus fierros.

Su sombra es mi ser. Mi compañía. El centro de mí.

Ahora ha vuelto dibujando líneas curvas

Sobre el lienzo tensado de la muerte…

Ciudad Gótica, 31102004

 

 

Anticipo

 

El cuerpo sin túnica hacia la eterna luz.

Embriagado, cansado, entre telones

De espumante grito y secreta saliva.

Adónde va, polvo de las sombras, sangre del destello,

Transitorio como el pájaro que pisa el follaje

Y canta con plumas derretidas de invisible garganta.

Adónde cuando el ojo yace yerto

Y el cielo es esa espuma blanca en la comisura de los labios.

Allí un bosque quiebra las ramas del torrente

Y ciegamente los muros ciñen las alas de los ojos.

¿Adónde se va desnudo masticando el último beso?

No. No lo sé. No sé si Dios vive en esta agua oscura,

En este cielo duro bajo tierra…

Muchos me dijeron: Aquí comienza la vida eterna;

Pero esto es extraño cuando uno se pierde

En los brazos hondos, sin origen, de la herrumbre.

Otros invocaron el misterio de Lázaro y fue inútil.

Sólo la tierra se movió con la pala del sepulturero

Para seguir desparramando una escala de grises brillos.

Lo demás ya se sabe: Uno se funde en la eterna argamasa

Como el prisionero detrás de barrotes sin memoria.

Ciudad Gótica, 01112004

 

 

Die another day

 

Un segundo en un vaso es la vida;

Un segundo, también, la sorpresa de madurar para la tierra.

Mejor aun, tímidamente uno espera

Con su cuerpo hondo colmando los insomnios.

Sí, ¿qué puede ser ese suelo que nos muerde,

Sino el dulce caos de agónicos desplomes?

Uno la absorbe  de manera inasible en la conciencia:

Allí anda atada a la garganta

Y a la intensa agua del espejo premonitorio.

Uno la ve en el grano y atrás del grito de una ventana.

Es ella, luz vacía: ceniza, acaso, de la carne

Consumiendo respiración, gozo y risa.

La pira del viento en los labios se agosta;

El pezón del deseo se torna inhóspito y fósil.

No ocurre de otra manera este vuelo,

Ni esta pasión de alfileres en la espiga.

Uno debería morir otro día

Y no ese que da con delicia el calendario.

Uno debe hacerle muecas con los sentidos,

Hasta enmudecer sus relojes,

Hasta saber que su áspera desnudez,

Sólo es un sueño de evaporadas ventanas.

Ciudad Gótica, 02112004

 

 

En los límites del polvo

 

 

Las tumbas pertenecen a ese pueblo

Llamado cementerio. A esa isla de barcas y naipes.

A ese solitario puerto donde desciende el aliento.

Siempre supuse, allí, llorar lirios de ámbar

Y velar los poros de los cadáveres. Imitar el vértigo;

Seguir los rastros del polvo levantados por la lluvia.

Me acostumbré a vivir junto a los pilares densos de la noche:

Contar las gotas del reloj como arena caída en la ventana;

Escribir sobre los pañuelos de las lechuzas,

Ver la luna protegida por la hojarasca de los sueños.

Así, pues, he vivido mi vida en la muerte diaria;

Sin embargo, sigo poseso por el ropaje de sobreviviente:

Sé que los muros del tiempo rompen los espejos; por eso regreso al polvo:

Vestigio de la noche esperando el rostro de la muerte.

Le conté a Dios mi obsesión por los ferrocarriles:

El hilo de los rieles marca litorales sobre mi geografía.

Frente a la muerte los alquimistas de la vida,

Descifran el calendario de las vacas flacas y gordas:

Nada ven, sino los funerales de las semanas

Y los desvelos del pájaro que exorciza el horizonte…

06112004

 

 

Marea alta en el espejo

 

De esta nada soy, del hondo de la tierra,

De los platos donde aúlla la nostalgia.

Cada noche los espejos asaltan las ventanas:

Dóciles sombras se abrazan en el fuego;

Ataúdes anticipan el atrio de la mañana.

La memoria muere en la suerte de los sueños.

¿Quién conmigo en este vértigo goteando sobre el muro,

Sobre la lengua desangrada de los cerrojos?

Aquí la fosa es la mía y la de otros orfebres.

No hay altares, ni sedantes para seducir la ternura.

Todo es transitivo: la carne viva, la carne del paladar.

A ratos el incienso de los gritos espanta;

Espanta el chubasco del descenso y el pájaro final de las trompetas.

Ya para caer, infalible, ríen de par en par

Las sales pesadas del concreto, las campanas solemnes,

Y la ausencia que uno deja en otros hombros

Para repetirse como las fechas en otras humedades placentarias.

07112004

 

 

Todavía estaba allí

 

Cuando despertó, el dinosaurio

todavía estaba allí.

       Augusto Monterroso.

 

Cuando despertó el tiempo, todavía era errante:

No era ángel; apenas un símbolo de granito.

Vino la luna sobre la noche. El ángel estaba allí

Tocando, descubriendo, la lluvia del otoño.

Cuando el tacto despertó, encontró allí finitud de poros

Y un henchido crepúsculo entre las manos.

Cuando desperté, las palabras eran el cuerpo

Entre el tormentoso martirio de la Nada.

Cuando desperté, aún soñaba el Evangelio según Jesucristo;

Después anduve cargando la cruz por el Calvario.

Cuando otros despertaron, vi. un gran espejo-ciudad

Donde vivió Kafka y Edgar Alan Poe.

Cuando desperté, vi que la tierra me devoraba:

Eran el Ser y la Nada.

Era la ciudad que está allí, última de la vida…

Cuando desperté, en realidad, aquí no era el Paraíso.

09112004

 

 

¿Paraíso imperfecto?

 

―Es cierto  ―dijo melancólicamente el hombre,

sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche

de invierno―; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros;

lo único malo de irse al cielo es que allí el cielo no se ve.

                         Augusto Monterroso: El Paraíso imperfecto.

 

 

No sé realmente si en el Paraíso hay amigos;

Si existen, son tan etéreos que no se ven.

Tampoco sé si al cielo se va muerto o vivo.

Esa sabiduría profunda y misteriosa

Escapa a mi perenne quebranto terrenal.

El cielo es un vacío de glorias confusas, supongo,

Para el que se hizo polvo y no luz eterna.

¿Qué sueños atraviesan la mente, mientras el seno

De la muerte, turgente, poseso, llama

Al destino donde la noche, crujiente, se alza?

Son sueños: gaviotas confiadas al vuelo,

Los anhelos de tejer los hilos de la muerte…

¿Qué brazos se extienden por ese fondo traspasado

De espesa argamasa y forma de mar?

No lo sé. Pero, si preguntamos a Quevedo,

Nos diría que uno espera para morir al paso de la edad:

Se muere entre ceja y ceja: la noche lo cubre a uno

Con el asedio de un beso seco y espinas…

Paraíso imperfecto, frío y aspirado. Nadie lo ve.

10112004

 

 

 

Algo de todos los días

 

En cada paso me acerqué al portón de la muerte.

Me desangré en la carne y vacié los ojos.

Velé el conocimiento, soñé, morí en cada trajín.

Subvertí el orden de mi pecho y alcé vuelo;

Pero me di cuenta que el ojo muerto ya no ve:

La realidad termina imponiéndose a la existencia:

Censura, acosa, embiste, destruye, deshace risas.

¡Si! Su lengua se impone hasta para recordar

El último beso quemante, sudoroso de la carne.

Es difícil comprender esta luz subterránea;

Pero quien muere, ya no necesita hermosos senos.

Aquí, todo ruido es sordo; toda luz, ciega;

Todo sueño, tierra permanente de las sombras.

14112004

 

 

Luego de aquel silencio

 

Luego aquel silencio, cuando se elevó el canto.

                           Rainer María Rilke

 

Luego de aquel silencio, las sombras que nos aman.

El aliento cerrado. Los párpados sin ventanas.

La memoria sacudida por los estertores de los huesos,

Y los cantos como libélulas sobre los pabilos

De una luz menguante y aletargada…

Terrible cuando cabalgamos en la noche con la lengua

Liviana de la morfina y el cuerpo, sin ecos,

Distantes de la vida, pronta, sin resistencia a la muerte.

Luego del silencio, el respiro de tu desnudez duele en mi rostro.

Duele dejar tus senos que sólo conocieron a mis manos

A la deriva conspirativa del viento. Duele toda la redondez

Del presagio, canción tercamente ascendente de las sombras.

Mañana o pasado, el pecado original volverá a la cama

Y el paladar soltará sus alas con una sensación tibia,

Propia de un cuerpo pisando el asfalto…

 

Para entonces, sólo la lluvia meterá su lengua en la tierra.

19112004

 

 

Darlings of de Soil

 

En la lluvia reconozco el lugar de donde vengo;

El agua apaga este amor feroz, incandescente,

Que le tengo a las campanas cuando tocan las raíces

De mis músculos y el vino de mi sangre.

La vida ha de irse, es la única condición que compartimos

Cuando vemos partir todo lo que amamos. Lo único,

Tal vez, surco en la memoria abriendo el silencio.

Por eso, al recordar, hacemos un apéndice del eco:

El barco del reloj se pone quieto y en pos del trance;

Uno se descubre aprendiz de rostros, viajes y cavernas.

También me reconozco en los espacios vacíos y sangrantes:

Tiempo redondo, acaso mi propio horizonte. Mi desvelo.

Mi única querencia para asir la esperanza a mi pálpito.

 

Toda vida regresa recordando y muriendo. Lo demás es noche

Y un puente inventado hacia la eternidad…

20112004

 

La presente edición electrónica del libro  Oscuridad sin fecha
de André Cruchaga, fue colgada en la Red
a los  cuatro días andados
del mes de abril 
del año dos 
mil
cinco

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