Alfredo Buxán

 

 

 

EL VIGÍA

 

Anidar en el crepúsculo

de tu cuerpo, brotar de ti

como callada lágrima. Ser tiniebla

cercadora de tu sueño profundo, pozo

de tu inconsciencia, vigía fervoroso

en el murmullo de tu sangre. Habitarte

como herida, bucear en tu dolor

para apropiármelo y hacerte sonreír

sin que lo sepas, prisionera

del goce. Ser tú misma de pronto,

ser en ti cuando se filtre el sol

de la mañana para tocar en brevedad

tus párpados, reconocerte al murmurar

una canción, permanecer

en el silencio de la noche

como tú permaneces, minucia dulce,

sueño feliz de mi vigilia.

    (De Liturgia de la heredad)

 

 

SIN CALOR, QUE DESVENTURA

 

 

I

 

este hombre es un prodigio entre las cosas

sus gestos encadenan los días y van tejiendo el tiempo

van dejando memoria de sus rastros en los bancos

van legando a las esquinas su paso por la tierra

 

no resiste la muerte que acorrala sus pesares

no resiste la muerte y la comparte con los otros

la derrota con los otros en un acto de ternura

no resiste la muerte y se yergue a cada asombro

a remover el suelo en el que pisa y se sostiene

 

nunca cede aunque agonice aunque sus párpados

lluevan y rasquen sus mejillas aunque amarguen

sus picores la piel que lo une al mundo:

por esos surcos suyos navega un hondo sueño

por esos surcos viene su sol hasta las calles

donde abulta y --con los otros- edifica una sonrisa

 

este hombre es portador de suficientes ojos

para mirarlo todo para moverlo todo en las raíces

con el amor que empuja con el amor que arrastra

en sus hombros inclinados y muy serios mientras anda

 

 

II

no me vayan a haber dejado solo

 y el único recluso sea yo

                     CÉSAR VALLEJO

 

 

no vaya a ser que el mundo se aglomere en mis pupilas

por sorpresa y me deje en su mitad astutamente ciego

destapado sin bastones hecho un pobre para siempre

y ya no quede entonces universo al que agarrarse

y ya no venga nadie hasta las puertas

 

repósate a lo largo cuerpo triste duérmete

acuesta la rutina en la almohada y restituye la vida

no vaya a ser que sobre miedo sobre todos nosotros

y nos quedemos sin hermanos en los que amontonar piedad

sin hermanos a los que encomendar la fiebra alta

no vaya a ser que falte pan mientras tú sueñas

que no viva más el polvo en las paredes

que ya no quede calor en las baldosas

sudor en las axilas aroma en las cocinas

 

 

no vaya a ser que nadie no vaya a ser que nunca

no vaya a ser que entonces no vaya a ser que afuera

no vaya a ser que sobre miedo sobre todos nosotros

y que huyan las palomas con pavor

que las calles se apoyen desvalidas

en las espaldas límpidas del muerto

 

no vaya a ser que se terminen los hermanos

que el hombre se muera en un sollozo abarcador

y todo lo demás —los libros las ventanas las chaquetas—

 

se arrumbe se abandone se olvide de nosotros

y no se vuelva a abrir para que el aire afluya

 

no vaya a ser que cuando tú te allegues a mi dolor

descalza y con el lodo de la civilización

resbalándote el cuello abrumadoramente

no vaya a ser que cuando tú me abraces

no vaya a ser que entonces

me encuentres sin calor desarropado

    (De Acumulada numeroso herrumbre)

 

 

MAGREBÍ

 

En el principio no fue la voz sino la sombra, el milagro

de la perduración alrededor de tu boca.

                                                          No fue la voz

inmisericorde

                    que cayó sobre mí

con el atavío de una levísima túnica de misterio

muchos años después,

áspera y humana como la jara de los campos.

Parecía sustentarse en el vacío remoto de la noche

o en una oscuridad casi irreconocible,

paredaña de la luz,

brotar del fondo del abismo que anida en tus pulmones

como en todo lo que vive.

                                       No fue tu voz

sino los mil puñales de la risa brincando en los vértices

de tu mirada.

                    Más tarde sí, insumisa, mujer

impenetrable, nacida en la frontera de razas huidizas

cuyo origen se pierde en la turbulencia de la historia,

lusitana o magrebí, retinta, hosca de pronto o casi noche,

apartadiza o silenciosa y bajo la misma luna

miel entre los labios.

                               Más tarde

se propagó en mi carne

el incendio que se venía gestando desde el primer fulgor

que registraron mis pupilas.

                                          Mucho más tarde.

Toqué entonces tu brazo con la temeridad y la cautela

de quien se acerca al sol.

                                    A partir de ese instante, tembloroso

como un niño frente al mar, me propuse tallar la huella

de mis manos en el camino infinito

de tu piel

              y vivo

              desde entonces,

              oscura,

              perfectamente insomne,

busco tu rastro en los caminos inhóspitos del bosque,

entre una multitud de solitarios,

vagabundeo entre tus callejones con la lentitud de las arañas,

a ratos desarbolado por el viento de la felicidad,

a ratos temeroso de perder el rumbo.

 

Mucho temí, como temías tú, los zarpazos del tiempo,

su afilado escalpelo de miseria que todo lo erosiona,

la mordedura del tedio y su horrenda secuela de cenizas

en las habitaciones del alma.

                                           Hoy se que lo vivido

es indestructible, nada puede robármelo porque está en mí

como las articulaciones inflamadas o el amor a la vida.

Que lo mejor de mí,

la desnudez del sueño que alimento cada día,

la pavesa anhelante del deseo,

el pequeño calor inextinguible que me hace como soy,

te pertenecen por entero.

Que me basta cerrar los ojos para escuchar el murmullo

de tu voz indagando en los últimos rincones de mi cuerpo.

Que tu espalda es una nieve extrañamente cálida,

una tierra sin fin que mi festiva mano desmenuza.

Que mi aliento se adentra en las madrigueras de tu cuello

con la perseverancia de la niebla.

Como quien reconstruye, a tientas, la vida del jardín,

la luz del mundo o las desvencijadas paredes de la casa.